24.9.07

Jorge Drexler



Dulce magnetismo



Con canciones tan sensibles como reflexivas, el músico uruguayo muestra con su auge actual - el Oscar que ganó aumentó notablemente las fechas de la gira mundial que acaba de cerrar en Buenos Aires - la vigencia y valor de un modelo de hombre, latino pero bien alejado del estereotipo de Hollywood, que logra enamorar al mundo sabiendo expresar con dulzura y firmeza sus emociones.



Diego Oscar Ramos - Escrito para Playboy México - 2004


 
        Cómo no sentir como una gesta personal, como hombre latino del Río de la Plata que también gusta de la vida y de las metáforas, el gesto de Jorge Drexler en la ceremonia de entrega de los premios Oscar al cantar dos estrofas de esa canción donde no se escapa de la expresión poética para hablar de política. Porque en “Del otro lado del río” – ganadora del premio a mejor canción original, por Diarios de motocicleta de Walter Sales - le bastó decir que “en esta orilla del mundo, lo que no es presa es baldío” para pintar la historia de una Latinoamérica empobrecida y devastada que da hombres que ven las luces del otro lado del río. Daba alegría que en lugar de largos discursos Drexler remara con su voz suave una situación incómoda también para todos los que asistimos a la falta de sutileza con la que interpretaron el tema dos artistas hispanoparlantes como Antonio Banderas y Carlos Santana, subidos a un espectáculo sin remos que llenó de agua nuestra imagen de hombres latinos. Porque no era la rudeza elegante ni el virtuosismo instrumental de dos que no conversaron musicalmente, la mejor forma de acunar a una de esas músicas melodiosas y cargadas de imágenes ya típicas de Drexler, un músico siempre ocupado en decir lo que haya que decir – sea una declaración política o una amorosa - con la estética como aliada principal. Lo que podría pasar con otros sudamericanos talentosos de estas latitudes, como Caetano Veloso o Luis Alberto Spinetta, quizás con más barroquismo el brasilero y un gran surrealismo el porteño, pero todos artistas que han puesto en su voz y su poesía una herramienta sutil de crear un lugar sensible desde donde cantarle al mundo quiénes somos. “Yo muy serio voy remando, muy adentro me sonrío”, cantó el uruguayo ya en el fin del otoño porteño, junto a una multitud que llenaba por segunda vez el teatro Gran Rex, verdadero templo del mundo del espectáculo en estas tierras. Ahora podía cantarla entera y el público lo ovacionó al presentarla, como haciéndose eco del eco de ese sentimiento de orgullo por un viejo amigo que consigue reconocimiento haciendo algo bueno. El premio, ahora, era acompañar con total afinación canciones que en su mayoría hablan más de encuentros que de desencuentros, escritas con la mirada de un latino zen que pone en la calma el mejor promedio de sentimientos aconsejable para vivir bien.


Guitarra y voces


         Hacía bien ver a tanta gente emocionada y tranquila, cantando felices y sonriendo tranquilos, con voces contentas, muchas de las cuales dejaron sus opiniones en el foro del site oficial del médico músico, haciendo caso al estímulo de la expresión que genera Drexler con sus canciones. “El recital que diste fue excelente, con matices realmente profundos hacia el espectador, me pasan cosas al escuchar tus letras y encuentro muchas que se ligan a nuestra vida cotidiana, estoy más que seguro de no ser el único que lo siente”, escribió Eduardo, de Buenos Aires y su idea quedó confirmada en opiniones como la de Juan, otro argentino que dijo: “tus canciones me ayudan a buscarme, me libera el pensamiento dentro de este mundo que trata de anestesiarte con estupideces que no te llevan a ningún lugar grato”. “Tu sonrisa y tu mirada, me dejan verte por dentro y no sólo encuentro talento sino que se me hace evidente que además sos buena gente y si cada uno da lo que recibe dejame darte un poco de poesía, paz, tranquilidad algo de alegría, dejame darte las gracias por compartir tus canciones y generar en pocas estrofas un millón de emociones”, expresa con fervor Tere del Campo, argentina que encuentra su eco en las palabras de la paulista Eliane, que confiesa haber conocido su música luego de la película de Salles y dice: “hacía mucho tiempo que no me emocionaba tanto”. Lily, presente en los conciertos porteños, dice que “fue una delicia para mis oídos y una caricia para el alma escuchar su voz tan suave y dulce”, palabras que de nuevo rebotan con gracias en las de otra argentina, Mariángeles, que le agradece al cantante “toda su música, toda su ternura y sensibilidad al escribirlas”. “Gracias por transmitirle paz a mi alma y amor a mi corazón!, sos hermoso, igual que tus letras y tu voz”, le expresa sin vueltas Valentina, Dios sabe de donde será, pero lo cierto es que nos provoca certeza en cuanto a los efectos seductores de nuestro amigo artista mercosureño, que en su tierra adoptiva encuentra un hombre, Pablo, que afirma: “hace falta que las personas como Jorge impulsen una nueva forma de hacer música y en último término arte, mirando hacia la luz, hacia el amor”. Las voces, cientas, se complementan y arman un rompecabezas sensible que debe causarle bastante placer al compositor del Uruguay, supongo y fantaseo con que una mujer nos acaricie con las mismas ganas con que la uruguaya Marianita Rabiza lanza al mundo su sentir: “Paso todo el día escuchando a Drexler y no me cansa, al contrario, me purifica su música sin importar la ocasión, si es de mañana, escucho para comenzar bien el día y por la noche para quitar el stress de dormir en paz. Jorge es grande por ser simple, y siendo simple logra llegar a lo más complejo, al corazón”. De este lado del Río de la Plata, hace tres años, una publicidad de sopas, también premiada, volvía famoso al médico cantante con una canción bella y simple que tenía un estribillo pegadizo que le cantaba - con una afectividad pop bien cercana al mejor Paul Mc Cartney - al amor más sano, ese que nos permite decirle “me hacés bien” a alguien que amamos. Desde entonces, como hombre que ha sentido un calorcito interno diciendo o queriendo decir palabras como estas a un amor que nos de calma, es que daba alegría bien masculina estar con tanta gente, mujeres y hombres, cantando contentos con Drexler en Buenos Aires canciones de amor como la que él se había animado a cantar, para millones de personas en el mundo, que lo vieron por televisión, preciso y delicado, retomando los remos de su arte y llegando hasta la otra orilla, victorioso, del otro lado del río. Como lo hace un hombre.




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