23.9.07

Historias Budistas


Puede decirse hay tantos Budismos como el número de budistas. Vivido como religión devocional, práctica de conocimiento o herramienta para lograr la felicidad, este camino es explicado por cuatro personas a quienes les cambió sus vidas




Diego Oscar Ramos - Uno Mismo - 2007




Su película de 2005 Un Buda le permitió plasmar en celuloide a Diego Rafecas, director y coprotagonista, la intensidad de una búsqueda que antes de convertirse en monje zen lo había llevado a formarse en teatro, cine y filosofía, incluyendo un tiempo donde creyó que ser nietzscheano definía su identidad. Viajero curioso de tacto estético y comercial, llegó a fundar una empresa de arte y decoración de estilo oriental y africano, mientras se daba su evolución en la práctica budista y bien antes de crear la productora Zazen a través de la que hizo el film donde juntó sus mundos. Valioso por mostrar sin estereotipos las religiosidad y el misticismo budistas, el relato deja en claro que la espiritualidad profunda tiene necesidad de comulgar con el mundo cotidiano. Así, como forma encarnada de esos koan por los cuales los maestros rasgan el pensamiento lógico de sus discípulos, Rafecas dice que ahora el Budismo no le importa lo más mínimo y asegura que no podría vivir sin la práctica del Zazen. Lo que lo cautivó definitivamente fue conocer a su maestro, llamado Kosen y conocido también como Stéphane, el principal discípulo del maestro Deshimaru. “Me sorprendió su paz, su inteligencia, su gestos, su aplomo, quedé boquiabierto, lleno de admiración y sorpresa, sentía que todo lo que decía le salía de la panza”. Lo curioso es que, justo cuando estaba por viajar a la India para hallar guía espiritual, el encuentro se dio en su propia casa, cuando la ofreció al dojo donde hacía Zazen para alojar a un monje que venía de Europa. “Iba a salir a buscar al maestro y el maestro vino a mi casa, obviamente anulé el pasaje”, cuenta y confiesa que sus futuras visitas hindúes fueron para ver a Sai Baba, quien se le aparecía en sueños y lo prevenía de comerciar con gente que más tarde descubrió como estafadores. Aunque se había sentido un tanto hereje entonces, hoy concilia todas las formas en que llega a darse la presencia de la divinidad, desde esa “electricidad dulce” de la presencia babaista hasta el goce del silencio de la mente de la práctica continuada de la meditación zen, que considera claramente como uno de los caminos posibles y fuente de acceso a la verdad. Rafecas asegura que la práctica esta se aprende de maestro a discípulo, “con la gente correcta en el lugar correcto” y que es lo que hace que todo el entramado de sus acciones hoy cobre unidad. Hasta el estar trabajando en una nueva película que habla de tráfico y abuso de drogas, un universo extremo donde se puede llegar a encontrar “la misma energía del monje puesta en el camino de la destrucción total, que corrida 20 grados da la flor de loto”. Esta amplitud y carencia de poses espiritualistas es la que ha atraído hacia Un Buda las miradas de todo tipo de personas, budistas y de otras religiones. “La pasaron en lugares donde se hace yoga, en grupos espirituales, hasta estuve en charlas con 400 personas, que no se iban y que me decían que la habían visto 4 y hasta 8 veces”, comenta el cineasta con la expresión de sorpresa de alguien que, antes de mostrarse como guía espiritual y aún luego de ya haber dirigido su primer Sesshin, prefiere aliarse a un silencio que aporte paz a su vida y claridad a su testimonio como practicante de Zazen. Habiendo dicho en su película todo lo que podía ser hablado desde sí, la concentración de Diego está en su actual creación, uno de los territorios donde su alma se inflama de ocupaciones mundanas, tan complejas como investigar los peligros sociales de drogas como el paco. Pocas cosas tiene tan claro como que, como se dice en Un Buda, “la verdadera espiritualidad es una combinación de espíritu y mundo”.


Un blues para la risa de Buda En Ricardo Toledo, que coordina el Grupo Zen Viento del Sur y trabaja como counselor psicocorporal, el Zen llegó a su vida primero con lecturas adolescentes como el ultra clásico Shidartha de Herman Hesse, pero mucho antes Zen Comics, de donde una escena entre el maestro y sus discípulos compuso un blues sobre la frase “Nada te queda ahora más que sonreír”. Desde bien niño era actor, con trabajos en televisión y teatro, profesión que dejaría ya influenciado totalmente por el camino del Zen en un camino de encuentro al que ya lo llamaban las letras del grupo Manal como “Hoy nací”, donde sentía con el compositor y baterista Javier Martínez “una afinidad en el cuestionamiento existencial de qué estamos haciendo en esta vida y en el despertar a lo que verdaderamente es en relación a lo que nos dicen de ella”. Aún como actor, apenas cruzada la barrera de la mayoría de edad, su hermana le presenta en su casa al maestro zen Augusto Alcalde, en plena crisis para decidir si participaba o no de una obra de teatro. Las palabras fueron claves, aunque primero no entendiera nada. Le dijo que no decidiera. “Me pareció un tipo raro, pero me fui al cuarto y me dormí, cuando desperté ya estaba decidido, esto lo tomo como un encuentro”, cuenta Toledo y aclara que el broche definitivo lo tuvo el maestro de teatro Carlos Gandolfo, a quien llegó ya como su última prueba dentro de una vocación actoral ya en crisis. Y dentro de los textos a trabajar estaba “El Zen en el arte del tiro con arco”. Fue clave, había perdido a su madre hacía poco tiempo y su salud estaba en deterioro por procesos emocionales. “Gandolfo fue el primero en señalar la luna claramente”, dice el councelor sobre esa época, donde y se percibía dentro de un camino de “transformación, sanación y crecimiento”. Pronto llegarían trabajos de antropología teatral que lo introdujeron al Zazen, que pasaría a practicar diariamente, en un compromiso fuerte, que trajo más lecturas y un reencuentro con Alcalde en un entrenamiento de verano en Córdoba. “Fue como un salto al vacío, para estar completamente abierto y disponible a la vida” dice Toledo, que vivió un año en ese retiro, dejó el teatro y su trabajo. “Luego empecé a ver que había un sistema ético, de entrenamiento, de enseñanza y tuve la suerte de conocer a Robert Aitken Roshen, el primer maestro zen de América, de quien me impactó ver cómo se movía, cómo respiraba, cómo se reía”, cuenta emocionado y contento de pertenecer a la Sangha Diamante, donde se le da mucha importancia a la relación fluida entre discípulos y maestro, como lo que pasa con el actual, el chileno Daniel Terragno, que viaja una o dos veces por año para guiar a esta comunidad laica en un camino de transformaciones. Para Toledo, hubo un antes y un después que hasta sintió como salto al vacío. “Cambió toda mi vida, conocí a mi señora ahí, tuve hijos, cambié de profesión por una que se relacionó con la práctica de la atención, la Dinámica Corporal con especialización en Eutonía, luego estudié Counseling y fusioné ambas disciplinas”, detalla Ricardo, para quien el Zen es lo que marca su rumbo, más allá de que aún existe el preconcepto de creer que las vías no monásticas son menos rigurosas. Esto está cercano a que aún “se relaciona el Budismo con la túnica o el ser pelado”, porque aún es incipiente en Argentina el desarrollo de esta tradición, por lo que siente útil aclarar que su esencia “no es ni la forma, ni el color, ni la ropa, ni la campana, ni la cultura japonesa, ni la cultura tibetana”. Esa otra cosa, inaccesible seguramente a las palabras, es lo que lo hizo elegir a Toledo una vía de evolución donde cada vez siente que hay más comunicación entre las personas. La iluminación, naturalmente, puede empezar a darse en la riqueza de todos los vínculos.

La danza del silencio Budista desde hace dos décadas, la lama Rinchen Chandro, cuyo nombre occidental es Consuelo Navarro Ocampo, tiene 46 años y dirige junto a su esposo también lama, la Asociación Jardín de Budismo Mahayana, Kagyu Tekchen Chöling, el primer centro argentino de estudio y retiros de Budismo Tibetano de Argentina. Con una tradición cristiana practicante que siente como base natural para su camino devocional, Rinchen, tenía un grupo de amigos con los que compartía misas y retiros espirituales. En su familia de origen, donde es la menor de ocho hermanos, “había un contexto religioso y artístico, que le daba importancia a estar en silencio, cada uno haciendo lo que le gustara”. Fue así que estudió música y danza al terminar el colegio. Y en el estímulo al silencio que la danza moderna le daba para que se concentrara en los movimientos fue donde se iniciaron grandes cambios. “Me interesó más el silencio que la danza”, cuenta risueña. Ya practicaba Budismo Zen cuando dos maestros visitaron el país, uno de ellos un lama tibetano que le dio enseñanzas de filosofía y prácticas devocionales. “Me sentí muy en casa, como si fuera el mismo sentido de una misa católica, donde había una participación personal, con la plegaria como comunicación con lo divino, que en este caso era Buda”, dice sobre ese momento en que el Zen fue ya inaprensible para su sensibilidad. Con la tradición tibetana percibió una comodidad que la fascinó y la llevó, junto al compañero que había conocido compartiendo meditaciones, a viajar, conocer la cultura y a estudiar juntos en un monasterio francés por tres años y tres meses, luego de lo cual ambos se convirtieron en lamas. “Fue un entrenamiento vivencial de los diferentes métodos de meditación para conocer la realidad y al terminarlo nuestro lama nos dio el cargo para dirigir este centro”, cuenta Rinchen y agrega que han compartido muchas vivencias con monjes, maestros y gente laica tibetana, además de visitar centros de peregrinaje del mismo Buda donde su apertura sensible le dejó percibir la presencia sagrada. Esa misma sacralidad de la que se nutre diariamente su matrimonio: “Hay un manejo de nuestras actitudes personales, de la forma en que encaramos nuestro día, que hace que no haya tantos conflictos como pareja, además tenemos una actividad muy complementaria como directores del centro”. Habiendo sido elegidos como anfitriones para la llegada al país una colección de reliquias de santos budistas, pequeños cristales en forma de perlas que surgen de la cremación de seres iluminados, la lama argentina se siente bendecida y a la vez reconoce en esta visita privilegiada una forma de reconocimiento de los meritos del centro. Lo menciona porque dice que debemos siempre “reconocer las buenas cosas que nos pasan, como estar vivos, tener gente amorosa alrededor, cosas que uno da por sentado sin reconocer que somos nosotros los que generamos esas condiciones”. Una forma de cambiar las cosas, dice aún aceptando momentos de incertidumbre ante el dolor, es tener pensamientos virtuosos, que son “como pelotitas de nieve que después nadie puede parar”. Todo en el Budismo Tibetano, comenta, puede ser una herramienta para la iluminación, porque estimula el aprovechamiento de cada instante para dejar en el mundo “la impronta a largo plazo de la fuerza de nuestra aspiración y nuestros pensamientos”. Entre los saberes importantísimos para la vida menciona el saber reconocer nuestra responsabilidad en la vida que llevamos: “Si no comprendemos lo suficiente las enseñanzas de Buda, siempre parece que el sufrimiento lo provoca alguien de afuera”, dice con la misma voz firme y ritmo pausados con los que menciona al Dalai Lama como figura inspiradora por su presencia amorosa, tanto como la que tuvieron la Madre Teresa y la que tienen científicos que trabajan para aliviar el dolor del ser humano. Todos ellos, asegura, pueden ser budistas aún sin serlo.

La sagrada integridad del ser “A mí lo que me enganchó del Budismo fue conocer, cuando vivía en un centro budista en Francia, a gente que verdaderamente practicaba lo que dice, monjes y maestros, gente muy sencilla”, cuenta Susen Kandro, la monja budista que, nacida como Susana en Uruguay hace 39 años, trajo a nuestro país las reliquias de grandes maestros en la meditación, símbolos vivientes de lo sagrado que viajan por el mundo como inspiración hacia la presencia de lo sagrado. Haber sido la encargada de traerlas a Sudamérica fue para ella otra forma de “estar en contacto con este tipo de personas” y una inspiración para seguir mejorándose. Asegura que “estos pedacitos de maestros” pueden traer paz al continente, algo que escucha decir a muchas personas, en su mayoría no budistas, que hablan de encontrar un refugio de paz en las exhibiciones. Algo que acontece en un mundo donde “la gente está mal, pensando que todos debemos correr para más dinero, más placer y supuestamente más felicidad , mientras lo idílico es tratar bien al otro, no hacerle daño”, dice y se muestra agradecida de ser parte de un mensaje de cambio, donde siente que modificar la mente es una respuesta. Graduada en Estados Unidos como psicóloga, ejerció la profesión pero no sintió que le llenara un vacío espiritual que la llevó progresivamente a dejar su práctica para dedicarse al camino monástico. “Me parecía que lo que ayudaba a la gente eran más los aspectos de compasión que la escucha, pero cuando empecé a profundizar en el Budismo vi que da herramientas para desarrollar mayor paciencia, más generosidad y mayores virtudes”, compara Susen, para quien su religión también la ha ayudado personalmente a transformar los momentos de enojo en lugar de apenas expresarlo, por lo que trabajo fuerte para estar “siempre presente y verdadera”, con acciones efectivas en lugar de expresiones violentas cuando es testigo de injusticias que afecten su ánimo. Ya desde tiempos en que estos temas la hacían desplazarse de la Psicología a la practica de la meditación en templos americanos, lo que buscaba era una integridad que, luego de libros varios y unas cuantas horas de práctica, apareció en su llegada al monasterio francés. Allí se formó y comprobó que era un preconcepto la idea de que los budistas eran fríos o que podía volverse indiferente del mundo siendo budista. “El tibetano y el asiático va a mostrar lo que piensa y siente de una forma diferente, pero los lamas tienen una gran sensibilidad, al dolor ajeno, a la presencia de la otra persona”, asegura Susen y precisa que primero hay que mejorar uno para estar al servicio de los demás, una actitud también religiosa. En este juego de inversiones de lo preconcebido, tuvo que captar desde otro lugar las manifestaciones del amor, ya que antes de darse “un amor muy emocional, como si la manifestación muy exterior o exagerada fuera más fuerte”, la presencia es “más sutil”, sin tantos abrazos, sostiene, pero con “ese amor que uno lo siente en gestos o en que esas personas sean ejemplos que uno pueda seguir”. Mientras modelos como Cristo no le habían resultado tan fáciles de seguir, fue un enorme atractivo fueron esas presencias humanas, maestros o monjes íntegros, los que le confirman diariamente su elección: “Tienen un grado de compasión y sabiduría admirables, en situaciones donde puedo sentirme nerviosa veo que la teoría puede practicarse y sé que la fe y la devoción nacen en base a esa experiencia”. El hombre, antes que lobo, también puede ser santo del hombre. Si así lo desea. 


Información: Zazen Producciones . Grupo Viento del SurAsociación Jardín de Budismo Mahayana.

1 comentario:

El Gato Poeta dijo...

Gracias por este artículo tan completo y bien escrito, Diego.

A mí, la película "Un buda" de Rafecas, que he visto recientemente, me ha abierto los ojos y me ha hecho ver lo que siempre busqué, pero perdí por el camino debido a la ceguera que me produjo el deseo de querer lograr el éxito mundano.

Hoy sé que lo único importante es el AMOR y la VIDA, el aquí y ahora, la paz del cuerpo y del espíritu, y que todo lo demás nos es dado con generosa abundancia por la Vida, Dios, la Esencia, el Universo, el Gran Espíritu o el Nombre Sagrado que cada quien quiera darle a El Uno, que es Lo Que Es, en definitiva.

Gracias, pues, a ambos Diegos por sus trabajos.

Namasté,

EGP