23.9.07

Magia, sincretismo y carnaval




Sao Salvador da Bahía
de Todos os Santos



Una de las ciudades con mayor población negra del continente y la primer capital de Brasil, en Bahía ingresaron los primeros barcos esclavistas desde África. Su sincretismo religioso, su música, su capoeira, sus fiestas populares y su carnaval, enamora a quien viva con intensidad la seducción de sus misterios.




Diego Oscar Ramos (Texto y fotos). Uno Mismo. Marzo 2007


Felicidad. Bahía, tierra de la felicidad, la han nombrado sus poetas más fértiles, en homenaje a eso innombrable que se siente al llegar por vez primera o hasta cuando se la habita el tiempo suficiente para ser tocado por su alma sincrética y musical. Algo en el aire de este estado brasilero con la costa litoraleña más extensa del país, donde llegó por primera vez el hombre europeo y donde se fue mixturando su sangre con la del indio y los negros que trajeron como esclavos desde distintas naciones africanas. Aquí nació lo que conocemos como Brasil y a pesar de que por varias etapas el Cristo de brazos abiertos pareció poner a Río de Janeiro como la postal más reconocible fuera de sus límites geográficos, la fuerza y talento de los artistas populares bahianos ha hecho que los ojos del mundo estén cada vez más puestos en lo que se cuece aquí con aroma inconfundible a aceite de dendé. Aquí llegamos para tomar contacto con lo que pudimos leer en los cuentos de Jorge Amado, lo que vimos en filmes donde Sonia Braga nos llenaba de sensualidad y sobre todo lo que sentimos con sus hijos musicales, en ese linaje que va de los ya venerables Dorival Caymmi y Joao Gilberto, pasando por los casi profetas Gilberto Gil, Caetano Veloso, María Bethania y Gal Costa y llegando a grupos de revalorización de la cultura negra como Olodum, Ilé Ayé, Filhos de Gandhi o Timbalada, creación del talento desbordante de Carlinhos Brown. Aunque no todos estos nombres estén en el corazón de las personas que aman las músicas populares brasileras, seguramente cientos de veces nuestros cuerpos han ya gozado de la forma en que sus melodías, percusiones o voces nos traen recuerdos de tiempos donde nadie aún había soñado nuestros nombres.

Sincretismo. Los números pueden ser poco precisos y llegan a bordear la leyenda, pero la poesía popular dice que en Bahía hay una iglesia católica por cada día del año, por lo cual los bahianos están más cerca del cielo, claro que más aún por los incontables terreiros donde se practica el candomblé, religión de origen africano donde muchas de las deidades venidas con sus sacerdotes en los barcos esclavistas llevan aún hoy la imagen y el nombre de santos de un catolicismo que, más que orden social, provocó con el tiempo una curiosa mezcla sincrética donde conviven variadas formas de culto. Son famosas las festividades que hacen que se respire religiosidad durante todo el año, impregnándose todo lo que acontezca de un alma mística que no conoce límites en imagen o nombre para sentir que desde que nacemos estamos ligados a fuerzas que pueden mencionarse como Santos u Orixás, que conocen nuestros movimientos en la vida y pueden darnos su ayuda si estamos abiertos a percibir su presencia. Claro que en estos tiempos, no quedan afuera de Salvador los templos evangélicos para parar de sufrir o fenómenos carismáticos católicos. Lo curioso es que esta vivencia religiosa no ligada a un fenómeno único de culto atraviesa toda la cultura, de la música al propio lenguaje, siendo común que cualquier bahiano hable del astral de una persona, de una situación o un lugar, para mencionar algo casi intangible pero potente en la vida de las personas. Quizás hoy todos hablen de energía, pero en la Bahía esto se dice desde que las palmeras regalan su agua de coco a los más sedientos.

Historia. Uno de los atractivos de todo el año es el Pelourinho, la parte histórica de la ciudad, declarado por la UNESCO como patrimonio de la Humanidad. Si bien en su astral está latente su pasado como lugar donde los esclavos eran vendidos y no pasaban buenos ratos, fue la música la que ha logrado sanificar el aire del Pelourinho, un lugar de belleza arquitectónica única, plagado de casas coloniales recicladas e iglesias barrocas. Además de estar lleno de bares, clubes de reaggae donde se evidencia la revalorización de las culturas negras americanas y de músicos populares tocando en sus laderas empinadas, son muy concurridos los ensayos abiertos que aquí hace Olodum, la agrupación escuela que genera una reconstitución del valor de la vida para muchos menores excluidos socialmente. Otros aprenden casi desde que nacen las artes de los capoeiristas, que nos hacen gozar con sus destrezas de danza ritual en el histórico Peló donde siempre encontraremos lugares donde comer batapá, abará o acarajé. Ya sea en restaurantes lujosos o en los típicos puestos de las baianas, mujeres negras vestidas del más puro blanco, de amabilidad natural y presencia folclórica. Mientras esperamos que se cocinen las delicias fritas, seguramente algún profeta callejero nos pondrá en la muñeca una cinta con buenos augurios del Senhor do Bonfim y si lo miramos bien quizás podamos oír en sus ojos alguna palabra santa.

Pueblo. Dicen que la magia de Bahía puede respirarse en su mezcla de naturaleza generosa y gran urbe del nordeste que funciona como punto de llegada para los que desde los estados más nordestinos viajan para trabajar a Río o San Pablo. Como punto de pasaje, seguramente debe ser buena la transición progresiva hacia la velocidad urbana del sur del país, porque se sabe que aquí se vive otro tiempo, donde la calma es casi un pedido que se le hace al que llega de fuera con urgencias de metrópolis. En Salvador no hay urgencias dice una conocida broma que muestra como se lo ve al bahiano en el resto de Brasil, pero algo en ese mismo ritmo acompasado se vuelve atrayente y seduce para regresar o hasta habitar sus rutinas de distress aliviado por un mar donde Iemanjá llama a sus hijos para regalarles su belleza de aguas cálidas. Es muy común que los bahianos marquen encuentros antes o después de la puesta del sol sobre el mar, para compartir un presente natural que influye con fuerza transformadora en el astral de las personas. La poesía, nos muestra esta tierra, no aparece sólo en las canciones de los poetas sino en el común de su gente, que desde niños saben lo que tienen a su disposición, como privilegio de la naturaleza que no implica necesariamente evadirse de sus necesidades o carencias. Son estéticos, desbordantes y hasta en sus mercados más caóticos, donde pueden verse con un orden muy particular desde las especias más exóticas a cabritos destinados al candomblé, muestran un goce con lo que más verdadero tiene la vida para darnos.

Carnaval. Para entender Salvador conviene alguna vez entrar en la vibración más fuerte de su carnaval, donde millones de personas de todo el mundo sudan entusiasmo, viviendo un fenómeno de contacto que en su mayor intensidad puede compararse con lo que acontecería si en un subte porteño en hora pico las personas bailaran sin temor a sensaciones corporales que llegan cuando el calor es mucho y el movimiento más. Las personas bailan en circuitos que van del centro a las zonas balnearias, rodeando a camiones preparados con potentes equipos de sonido sobre los que tocan bandas musicales de estilo axé, una combinación de pop con rítmicas de origen negro. Claro que se puede mirar todo desde camarotes instalados en los bordes de los recorridos, pero el alma de este evento se vive desde adentro, corriendo junto a los tríos eléctricos, nombre que habla de los comienzos de este rito donde se tocaban músicas más tradicionales del carnaval brasilero, como frevos, en formaciones de tres músicos. Hoy las cosas cambiaron, pero el motor festivo es el mismo: ser nosotros la fiesta, sintiendo quizás por primera vez la dimensión de nuestra corporalidad en relación a un número casi inimaginable de personas en estado de alegría, euforia o excitación. Para completar el impacto, es habitual que encima de los camiones, entre los artistas populares aparezcan ídolos máximos de la música popular como Caetano, Gil, Djaban, Milton Nascimento o hasta Marisa Monte, brindando sus canciones en un marco bien diferente también para ellos que el de los escenarios. Porque todos somos uno cuando la música enciende la sensibilidad colectiva.

Modernidad. Muchos jóvenes bahianos no gustan del carnaval y las formas habituales con que se exporta su cultura y viajan a San Pablo, donde les parece que el mundo está más cerca de una modernidad de información y arte. Cuando se quedan tienen lugares con aura bohemia como el Museo de Arte Moderno de Bahía, uno de los sitios de mayor belleza de la ciudad baja, con una iglesia transformada en centro de exposiciones del arte más refinado y donde es habitual que los sábados haya sesiones de improvisación musical. Allí Camila Oliveira, vestuarista y productora, me aseguró que la Bahía también es cerrada porque se apoya básicamente la cultura hecha para el Turismo, por lo que se necesita tiempo para conocer realmente lo que acontece en el alma de esta ciudad donde sigue eligiendo criar a su hija y donde genera películas de cine. También Zé Carlos, creador de imágenes plásticas, contó que aquí comenzó Brasil pero también se detuvo, porque lo que más fuerza tuvieron fueron las creencias y formas sincréticas que se impregnaron en la estética que atrae al turista. Para crecer hay que viajar, dice, porque aquí siempre estará dominando la cultura de la tierra, por lo que los artistas bahianos consagrados supieron evolucionar con mucho cuidado de resguardar la identidad. Así hizo Carlinhos Brown, que antes de improvisar con los músicos presentes en el museo, me dijo que tenía la certeza de que al artista le ha sido entregado un don de ver que todo a su alrededor está vivo y que hasta sus canciones eran voces continuas del tiempo que los espíritus, o el mismo Dios, componen. La música es una sola, precisa Brown y asegura que cada persona tiene su propia melodía, como un color que le pertenece y que debe intercambiar. Entre la gente y atenta a todo, Carol Lima, actriz performática, me mira con ternura y asegura que para ella el planeta es un barco sin rumbo definido, en el que todos estamos juntos, para darnos afecto y estar conectados con todo en una actitud de atención sincera con las personas y las cosas. Con el eco vivo de sus palabras, comienza a sonar la música y cada músico comparte sus colores, improvisando con alegría, un buen rato, hasta que escucho que cientos de voces dicen que el mayor arte que tenemos es compartir nuestra belleza con el universo. No pienso ya más nada y logro sentir como la música, húmeda y cálida, me acaricia, sin tiempo, en esta bahía llena de santos.


ORIXÁS

Los Orixás, dioses del Candomblé considerados como espíritus de la naturaleza y provenientes de elementos fundamentales: tierra, agua, fuego y aire, poseen cada uno su día, su color, su danza, sus instrumentos, comidas y formas particulares de saludos.

Oxalá – Es el Orixá de la creación e hijo de Omolu, el Dios supremo. Dueño de la paz, amor y armonía.

Iemanjá – Dueña de la plata, belleza y protectora del mar. Madre de todos. También conocida como Janaína - reina de las aguas.

Xangô – Dios Justicero, de los rayos y relámpagos. Representado con hacha de alas con dos gumes.

Yansã – Orixá de los vientos y de las tempestades. Guerrera y luchadora.

Oxum – La dueña del oro, de la riqueza y de la belleza, de las aguas dulces, de la belleza y de los cuidados.

Omolu – Dios de las enfermedades. Protetor de enfermedades incurables, también llamado de Obaluaiê.

Nanã – La más antigua de las orixás de las aguas.

Exu – Mensajero entre los hombres y los orixás.

Ogum – Abre caminos.

Oxumaré – Trazo de unión entre el cielo y la tierra, simbolizado por la serpiente.

Oxóssi – Cazador, es el responsable por la cantidad y por la abundancia de alimentos.

Ossain – Dueño de las hojas, es el médico del candomblé.

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