22.10.07

Moreno Veloso

Canciones simples, entre caos y belleza

La naturalidad con que fluye la música en el hijo mayor de Caetano hace que no necesite despegarse con pesados artificios del legado de su padre, evidente en el placer que demuestra cantando y tocando. El uso – sutil pero ingenioso – de recursos técnicos y estilísticos de la música electrónica parece más un gesto de contemporaneidad que una búsqueda de romper con tradiciones que le pesen. 


  Diego Oscar Ramos - Latin Pulse (México)- 2001


Esa sonrisa, inmensa, constante, es lo primero que delata el apellido que Moreno lleva con esa calma con la que enfrenta casi tímido al público con una guitarra acústica y una voz dulce, que sin pretender nunca llegar a esa típica brillantez caetanesca – ¿será posible explicar esa magia? - parece haber heredado la capacidad para transmitir belleza, aún sabiendo incorporar cierto desorden controlado en su música. Es que Moreno es casi físico y nada más común para él que la entropía, esa fuerza extraña por la que el orden puede irse rápido hacia desvíos donde del caos aparente vaya recobrando otros órdenes posibles. Por eso, mientras mantiene con su violao la base unplugged, sus dos parceiros - el imperturbable Alexandre Kassin en bajo procesado y el carismático Domenico Lancellotti en la percusión acústica y electrónica - van haciendo comentarios alrededor o por encima de las canciones, resaltando lo rítmico, creando efectivos grooves o hasta superponiéndose, haciendo que la simpleza acústica de Máquina de escribir música sea violada por un ropaje sonoro que busca excitar antes que sólo incomodar. Moreno, como su padre, no necesita del virtuosismo instrumental para que las canciones funcionen, tiene un claro sentido rítmico – absorvió el aprendizaje de Carlinhos Brown, con quien además tocó violoncello, otra de sus pasiones – y se nota que hay trabajo mental en la concepción de esas músicas que se arman y desarman sin nunca dejan de ser. Así puede pasar por bossa, samba, reaggae bien bahiano, funk y hasta un bolero, algunas veces mezclando entre sí los ritmos y todo procesado por una mezcla que reconoce y sabe reprocesar las actuales lecturas modernas americanas de la brasilidad. Este gesto no deja de ser una obvia aceptación de la antropofagia cultural abierta por el Tropicalismo y usada con más o menos suerte por tanto músico brasilero. Pero es al mismo tiempo una cita innegable a un sonido y una forma de trabajar de Arto Lindsay, el guerrero noise con quien también Moreno ha salido de gira y quien a partir de producir Strangeiro de Caetano cambiara la forma de grabar discos en Brasil. En este sentido Moreno está más cerca en sus formas de músicos como Vinicius Cantuaria o Adriana Calcanhoto que de la mezcla más contestataria de Chico Science y toda la escena mangue beat nordestina, que generacionalmente le serían más cercanos. Máquina de escribir música, además, está coproducido por Andrés Levin, músico venezolano vinculado a Lindsay que sabe jugar con lo aleatorio para hacer menos previsible una canción.


Pureza sensorial


El vanguardismo suave de Moreno parece también una relectura de las fuentes que formaron a su padre, no sólo se animó a enfrentar la mirada comparativa al cantar solo algunas canciones con espíritu crooner, trayendo en el standard Night and day la memoria de esa dulzura frágil fácil de rastrear en Chet Baker - como tan bien lo ha hecho Caetano - sino que hasta jugó aleatoriamente con la suavidad kish de I' m wishing, tema de Blanca Nieves, película de Walt Disney que habrá visto en su infancia, cuando se nutrió de lo que él considera como la etapa más clara de su padre, la de mediados y fines de los ´70, cuando su potencia llegó a un estado puro en Joia, Cualquer Coisa o Cinema Trascendental, creando un estilo donde apenas su voz y una instrumentación mínima pero bien elegida lograban expresar ese placer inmenso con que sabe mirar la vida. Hay mucho en Moreno de ese enfoque mínimo, preciso y tan sensorial como mental de encarar el arte de hacer canciones, más allá de la tecnología, la modernidad, las comparaciones, el mercado y tantos otros envoltorios que cubren la simple necesidad de hacer música. Como obligado por el destino, el hijo de Caetano acaba de ingresar en un universo en el que el nombre de su padre va a acompañarlo siempre, pero eso que algunos quieren ver como una carga pesada encima de su cuerpo parece pesarle bastante poco a ese que se sonríe, todo el tiempo, como su padre, claro.


Música inevitable


"Es curiosa la fuerza que las cosas parecen tener cuando precisan suceder”, dijo alguna vez Caetano, que viró notable figura de la música popular brasilera cuando sus sueños estaban más cerca de hacer jugar su intelecto en la filosofía o la creación de películas. Menos intelectual, pero igual de apasionado por la razón, Moreno hizo todo lo posible para convertirse en físico y hasta dedicó parte de su tiempo a escalar montañas, pero la música necesita acontecer en su familia. Y un convite del director del Museo de Arte de San Pablo hizo que se legitimara esa música que hacía con sus amigos. La música ya lo había elegido cuando su nombre salió de un viejo samba amado por Caetano, que anunció su llegada al mundo en Araça Azul (1972), cuando no sabía si habría “una tal vez Julia” o “un quizá Moreno”. Después saldría con su familia, desnudos, en la tapa de Joia (1975), obra que hoy menciona como marcante para su propia música. Cuando tenía nueve años fue visto con simpatía al cantar Um Canto de Afoxé para o Bloco do Ylê y cantando, con ese uso sin miedo del falsete, el inicio de Itapuá en Circulado (1991). Pero además de estudiar cello y participar de giras de amigos como Lindsay o Brown, cuando llamó la atención de todos fue al incluir Caetano en Livro (1998), la bellísima e ingeniosa How beatiful could a being be. El virus ya estaba dentro.