31.5.08

Koki y Pajarín Saavedra



En Danza


Juntos han revitalizado los recursos estéticos de las danzas folclóricas argentinas. Herederos de una estirpe familiar de bailarines y músicos, su último espectáculo homenajea los valores culturales de su provincia, la mística Santiago del Estero. 




Diego Oscar Ramos - Rumbos - 10-2-08 - Fotos: Gustavo Ciancio 




Palabra


        Hablar con los hermanos Koki y Pajarín Saavedra puede causar la misma impresión que asistir a sus espectáculos, una verdadera inmersión en un mundo de una riqueza tan sofisticada como al alcance de todas las manos. Con la sensación de estar bajo la sombra de una parra tomando mates para entregarse al placer de un círculo, la charla puede desvanecer no sólo el tiempo sino el mismo lugar donde conversan sobre la mágica Santiago donde nacieron, desde donde salieron al mundo y a donde inevitablemente regresan, real y simbólicamente. Porque la esencia de Puro Baile, Aldea Universal, espectáculo que presentaron en noviembre en el teatro ND Ateneo luego de más de medio año de preparación junto al elenco de bailarines de Nuevo Arte Nativo, está en sintonía con los valores propios de la tierra santiagueña. Como pueden hacerlo quienes la tuvieron tan cerca y tan lejos, en una trayectoria como artistas que nació bajo la influencia de su padre Carlos, experto zapateador y creció al lado de su tío Juan, virtuoso bailarín con el que compartieron giras mundiales dentro del grupo Los Indianos.
    Cuando a finales de los ´80, Koki y Pajarín crean su compañía, la experiencia acumulada en temporadas enteras en escenarios como el mítico Lido de Paris se sumó a una inquietud fuerte por incorporar los mayores recursos estéticos posibles. En tiempos donde Atahualpa Yupanqui y Astor Piazzolla dibujaban por años en Europa un mapa bien amplio del talento sudamericano y argentino, los Saavedra comenzaron a expandir su propuesta, en una búsqueda amplia donde los límites parecían estar en cuidar la presencia de ese alma viva del arte que vivieron en su infancia. Ese ímpetu explorador con la brújula de la identidad a mano es el que los llevó a cantarle hoy con sus cuerpos y los de los bailarines de la compañía a la magia de Santiago del Estero, la que logra pueden convivir en el show músicas de Peteco Carabajal, Horacio Banegas, La Juntada , Los Incas, Hugo Díaz o Mercedes Sosa. Y cuando ellos mismos cantan y tocan el bombo, además de su reconocido talento al zapatear y danzar con boleadoras, aparece el deslumbre que de niños tenían por las fiestas musicales de su familia en el juego virtuoso que hacen de cada espectáculo. Con planes de presentar este último en su tierra durante el verano y reponerlo en su Buenos Aires adoptiva a partir de marzo, Koki y Pajarín hablan con el círculo generoso de su charla sin tiempo.

Sentimiento 



     "Siento que Santiago es un lugar que me pertenece, como la niñez, cuando las cosas están indefinidas, los sentimientos, las historias, está todo por aprenderse, entonces quizás la región tiene que ver con ese espíritu de la niñez, tengo recuerdos de la primera guitarra, el primer bombo, de los músicos, los amigos, cuando no sabíamos que unos iban a ser bailarines o músicos, todo era una cuestión familiar", comenta Pajarín y el misticismo otorgado popularmente a la provincia lo lleva a la idea de lo sagrado, presente en algunas músicas de Peteco Carabajal que danzan: "uno va interpretando ese sentimiento como puede, en todo lo que hacemos, la danza, los ritmos, el movimiento, tener esa actitud de lo que tiene de sagrado la vida". Ser santiagueño para Koki "implica una cosa muy extensa, porque nos gusta introducirnos en las historias, investigar, a través de la literatura o a veces en la música y toda la gente que aportó al folclore en general es de Santiago". "El primer recuerdo que tengo de nosotros dos en la infancia es en Santiago del Estero, nos despertamos en la casa de nuestra abuela materna y estaba oscuro, nos levantamos, salimos hasta la vereda y no había nadie, al principio fue una especie de preocupación, después nos habituamos y volvimos adentro a acostarnos otra vez, fue la aventura de encontrarnos solos y al mismo tiempo teniendo complicidad", cuenta Pajarín y la cadena de imágenes va de un regalo de Reyes de un bombo y una guitarra cuando él tenía 5 años y su hermanito 3 al momento en que ya en la capital su padre trabajaba como bailarín y algunos fines de semana lo iban a ver con su madre. En esas especialísimas noches, el padre tomaba el micrófono y los presentaba como dos bailarines recién llegados de Europa. "Esto es increíble, era premonitorio incluso", dice casi sorprendido el hermano mayor, atento a los símbolos que la misma vida va dando, que tienen de algún modo el sabor de los juegos: "Siempre me llamaba mucho la atención verlo jugar a Koki, tenía un mundo interior muy fuerte, su imaginación le permitía crear sus propios juegos". Esa memoria sensorial enriquece sus creaciones y tiene mucho de esos espacios, reconoce ahora el hermano menor: "Santiago sigue manteniendo ciertas formas, tradiciones, vivencias, que han perdurado, venimos de una familia folclorista que mantenía sus tradiciones, entre ellas escuchar folclore en vivo, en la propia casa de nuestra abuela un hermano de ella componía y cantaba vidalas, eran fiestas que duraban todo el fin de semana, de canto, música, carnear un cabrito, hacer pan casero en un horno de barro".
     La narración permite sentir con él sabores y aromas que se entrelazan con tardes en que pescadores los invitaban a comer pescados recién sacados del río. En festejo evocativo Pajarín recuerda que de niño ya zapateaba por pedido de los que atendían los negocios del barrio, como el panadero, que le daba sus recompensas nutritivas al talento heredado de su padre, a quien a sus 16 años le dijo que quería empezar a ensayar regularmente. "Empecé a ensayar con mi viejo, trabajaba en una oficina, terminaba a las seis y media, a las siete comenzaba el ensayo hasta las diez u once de la noche, dormía muy poco, pero estaba muy feliz", cuenta Pajarín y Koki relata sus propios comienzos: "Lo veía a mi hermano y él sabía como zapatear, yo era más chico pero me largaba igual, ya de adolescentes, cuando vislumbramos que podríamos ser bailarines de profesión nos pusimos con mi viejo a ensayar, que es aprender, ahora puedo reflexionar que eso fue un curso acelerado, tanta sabiduría y conocimiento que él tenía, fue un aprendizaje intenso".


Cuerpo asasasa


     El rigor del que ambos hablan les dejó una huella que vibra en la manera en que trabajan hasta hoy en sus puestas, por eso le agradecen el aprendizaje de la disciplina y el trabajo, el que transmiten a sus alumnos. Verlos dando clases o ensayando con los jóvenes bailarines de su compañía permite percibir un trato que no por riguroso deja de tener una dosis alta de afecto. "Uno busca eso, es parte del criterio de trabajo, podés tener errores, pero incentivamos que el bailarín pueda acceder a la evolución que buscamos", explica Koki y aclara con énfasis que Nuevo Arte Nativo "no es un cuerpo de baile que acompaña a protagonistas, por más que haya momentos de lucimiento individual, lo que define la cuestión grupal es el protagonismo de todos". De cierta forma, los Saavedra encuentran las vías de transmitirles corporalmente las vivencias que ellos tuvieron desde niños, creciendo en un entorno donde el baile es hasta integrador a nivel familiar. Un legado que aceptan como valiosísimo si se le puede sumar el plus de investigación sin fronteras. "Al estudiar otras disciplinas cambian miradas sobre lo tuyo, porque uno va evolucionando y va encontrando cosas que te sirven para comunicarte", comenta Pajarín y pone luz sobre esa misma condición de unión de diversidades para ver un origen de la riqueza simbólica de su querida provincia nativa: "es un lugar cargado con cosas que no sólo apuntan a una cuestión artística sino a las comidas, las relaciones, el humor, a cruces de distintas personas, de muchos lugares del mundo, que han convergido en esta provincia, hasta desde el norte de África". Ambos dicen que esa influencia negra es cada vez más aceptada históricamente, aunque fuese oculta o negada en otros momentos. "En el bombo, instrumento de percusión de Argentina, ¿algún golpecito de aquellos no les quedó?", se pregunta el mayor de los hermanos antes de reafirmar que sea cual sea su fuente, lo innegable es ver en la chacarera, con todas sus polirritmias un parámetro potente de una identidad en la que a lo afro se suman también otras vertientes: "la chacarera sobrevivió como un canal en el que convergen varias vertientes, lo turco, lo español, lo indígena y hasta se dice que los Incas han llegado hasta las termas y nosotros tratamos de descifrar todas estas cosas".
     "A nosotros nos gusta integrar, es un privilegio lo que vivimos", expresa Koki y sintetiza con humor una capacidad que es base ya en su trabajo como equipo desde que eran niños en Santiago, adolescentes en Buenos Aires y jóvenes girando en el mundo: "Hay personas que han creído que éramos dos en uno, una sola persona, pero no es así, somos dos". Las risas de ambos se entremezclan certificando ese nivel fuertísimo de integración que en el arte los enorgullece de haber llevado a un nivel de sofisticación técnica al zapateo o las boleadoras heredados como pasión por sus mayores. "Vamos fijando algunas cosas y en las clases podemos seguir investigando", finaliza también sintético el hermano que vio el mundo primero. Y que lo disfrutó más cuando apareció ese alguien con quien jugar con sus misterios y maravillas. Para danzarlas juntos.