9.5.08

Oscar Martinez


La pluma y el volcán


Es uno de los actores argentinos de más prestigio profesional y su carrera incluye verdaderos hitos teatrales, televisivos y cinematográficos. Aunque pudo sorprender su incursión a la escritura y dirección teatral, hace ya cinco años, asegura que ingresó al teatro fascinado con esos roles. Reconocido por papeles de intelectual sensible y comprometido, no teme mostrarse frágil ni ocultar una emocionalidad intensa con la que mira el mundo. Y lo escribe. ASAS


Diego Oscar Ramos - Uno Mismo - Abril 08 
ASAS
    Lo primero que se ve es su mirada, o más bien la forma en que sus ojos juegan con el tiempo, respondiendo a quien lo mira con amabilidad y una lejanía leve, como quien va y viene de un lugar donde el ahora se detiene para encontrar sentidos precisos. En su casa de espacios amplios y matices claros, a la vista de una espaciosa biblioteca plagada de libros de arte, Oscar Martínez enlaza con cuidado artesanal sus recuerdos con la concepción de la escritura como autoexploración y conocimiento. Escucharlo en estas búsquedas puede traer la imagen de aquel querible escritor de la miniserie De poeta y de locos, una de sus creaciones de comportamientos refinados y sensibilidad bien popular. Algo de esa magia de lo que puede parecer lejano pero es totalmente accesible aparece en tantos otros papeles de su carrera. Por traer a la memoria apenas algunas películas, baste recordar los personajes apasionados por los misterios del alma femenina y de la misma vida en ¿Dónde estás amor de mi vida? o No te vayas sin decirme a dónde vas. O su interpretación de ese alter ego de Jorge Luis Borges en El Sur, relato de ensueños donde la cultura más rústica puede ser un escenario sofisticado para explorar el alma humana. Sobre vínculos y conflictos, entre personas lejanas físicamente o de una proximidad mental, ha trabajado su propia escritura en obras como Ella en mi cabeza o Días contados, donde el autor mismo la ha llevado a escena y dirigió a los actores. Es que pocas cosas le dan el placer de recorrer todos los caminos y ver la totalidad de pasos que van dando los personajes que nacieron más de puro empujón pasional que de una pluma tibia. A punto de estrenar una nueva película, El nido vacío de Daniel Burman, Oscar Martínez habla con calma, pero sin ocultar el volcán que lo habita.


La revelación


- ¿Cuál es el primer recuerdo que tenés donde reconociste algo como arte?
- Bueno (piensa). Hay ciertas experiencias, como enamorarse, que aunque uno nunca las haya tenido antes, son como una revelación. Tiene que ver con una instancia emocional, no necesariamente sentimental, muy conmovedora, que te moviliza muy profundamente, algo no meramente racional, sino mucho más totalizador. Me ha ocurrido varias veces, no tanto como uno quisiera, porque el arte es la consagración de lo imaginario, pero al mismo tiempo una expresión de la excelencia. Y no todo lo que aspira a esa categoría accede a ella. Si tuviera que remontarme a la primera vez me costaría mucho.


- ¿Qué se te viene sin pensarlo demasiado?
- Lo que me viene es la primera vez que vi un espectáculo teatral dirigido por Cecilio Madanes hace más de 40 años, en el Teatro Caminito, de una enorme magnificencia, gran belleza visual y una comunión muy grande entre los espectadores. Fue algo muy potente. Estaba conectado con el hecho de estar compartiendo con esa multitud esa misma experiencia, al aire libre en la noche estrellada de La Boca. Y si bien la vocación estaba prefigurada inconscientemente desde antes, ese fue un punto de inflexión para que me dedicase lo que me dediqué. Tendría 12 años y me llevaron dos tías solteras. Con ellas conocí el teatro y el cine.


- ¿Eras un niño lector?
- No, empecé a leer más tarde. Fui un chico muy común, me gustaba mucho la calle, jugar con mis amigos, en mi casa paterna el habito de la lectura no estaba instaurado. Lo adquirí a los 17 años, luego de que empecé a estudiar teatro a los 14. Se me abrió la cabeza a otro universo diferente.


- ¿Qué le pasó a ese niño de los 12 a los 14 que decide estudiar teatro?
- Eso fue de más chico. Sin saber lo que era el teatro, ni haber ido nunca, lo hacía en la casa de mi abuela, para mis primos. Colgaba unas telas de un alambre y hacía cosas muy rudimentarias que me causaban mucho placer. Tenía una capacidad innata para imitar, a personajes de la radio, la televisión, el colegio, el barrio, la familia. Y eso resultaba muy seductor para los mayores. Además escuchaba a la noche en mi radio portátil un programa que Radio Argentina transmitía desde los teatros. Le hacían notas a los actores, a la gente, transmitían la función y volvían a hablar con actores y público. Yo escuchaba desde la cama, imaginaba todo, cómo eran los camarines, la escenografía. Era un ejercicio fenomenal.


- Y era un placer, por como lo contás.
- Sí era un placer. Y a los 14, en una temporada marplatense, saqué entradas para ir al teatro con mi hermana, que tenía nueve años. Y vi a dos grandísimos actores, Ernesto Bianco y Osvaldo Miranda, en una comedia deliciosa, Boeing boeing. Ahí sí, tuve la revelación, corporal, no sólo mental, de que quería hacer lo que hacían estos dos señores. Recuerdo perfectamente que tuve el impulso de subir al escenario. Me encantó, aplaudí a rabiar. Meses después ya estaba en la Escuela Municipal de Arte Dramático. Ahí entro al mundo de la cultura y el arte. Tuve la suerte de vivirlo en una época de un florecimiento cultural extraordinario, como fue la década del sesenta, impensable hoy. Y si bien esta ciudad sigue siendo muy cultural, entonces había una ebullición cultural muy grande. Yo era un chico con gran avidez y muchas ganas de vivir una vida fascinante. 


- ¿La cultura se vivía entonces como algo excitante?
- Sí, el pensamiento era algo vivo. Se esperaban los libros, las novelas, los ensayos, las películas. Cada día era un acontecimiento revolucionario para la vida, que te nutría y te preparaba con entusiasmo para lo que querías hacer. La cultura era una herramienta cotidiana y un aprendizaje apasionante. Era más divertido que mirar hoy la televisión. La efervescencia era permanente.


La Catedral


- ¿Y cómo lees este presente?
- Obviamente todo eso ha colapsado, el pensamiento aquel del hombre nuevo quedó desacreditado por los hechos, pero lo que pasó es más profundo, íbamos al colapso de una civilización entera. Estamos viviendo una crisis de significación enorme, una cultura entera tambalea como una catedral con un terremoto. 


- ¿Y ves en esta crisis una posibilidad de un camino hacia algo mejor?
- Es probable, sólo que los tiempos históricos son muy largos como para lo breve de una vida humana. Dicen los orientales que la noche anuncia la aurora. Seguramente, como la vida es cambio permanente, sí habrá alguno. Las luces que veo tienen que ver con organizaciones no gubernamentales como La red solidaria y por los movimientos ecologistas. Porque desde lo político, los estados absolutistas y totalitarios de todo signo han fracasado y la democracia ha sido sobrepasada por el pragmatismo económico, que gobierna al mundo.


- ¿Cómo ves el lugar del arte en relación al aura de esperanza que tenía en los ´60?
- El arte es una de las maneras de resignificación. No creo que pueda cambiar al mundo, pero ayuda a soportarlo, lo que no es poco, porque es un reducto en el que se atrinchera lo humano que hay en nosotros. Nos recuerda todo el tiempo que somos humanos. Contra la desesperanza, contra la alineación, contra la ausencia de otro dios que no sea el dinero, el arte es un refugio, no sólo para los que lo hacemos, sino para los que lo recibimos y disfrutamos.


La Palabra


- ¿Qué temas te incitan a escribir?
- Más que temas, es el corazón humano lo que me hace escribir. El arte da cuenta de la totalidad del hombre, no solamente su aspecto racional, aparecen las pasiones, las contradicciones, surge el hombre, en su lucha permanente por la conquista de un ser superior y también en su mezquindad y miserias. 


- ¿Escribiendo tuviste deslumbramientos como los que pudo darte el teatro?
- Sí, los tuve escribiendo, porque escribir es un acto muy emocional. Y lo tuve, obviamente, con mis obras en cartel, asistiendo a las funciones y viendo lo que le pasaba a la gente.


- De alguna manera completaste ese cuadro de totalidad sobre el teatro que vivías cuando escuchabas las obras en la radio. Hasta de un lado mayor porque escribiste, actuaste y hasta dirigiste a actores interpretando tus textos. 
- Sí, claro, el fenómeno teatral en su totalidad. Pero además, mientras hablabas hiciste un movimiento circular con la mano. Y la verdad que lo primero que quise hacer fue escribir teatro, fue lo primero que balbucee con una máquina de escribir de mi papá. No es algo que me aparece después de los cincuenta años. Estaba en mí, siempre supe que lo iba a terminar haciendo. Un día, a los 53 me dije: “Bueno, es ahora o nunca”. En ese sentido cerré un círculo.


La Vida


- ¿Se podría mencionarte como un ser muy mental?
- Sí, bueno. Cuando decíamos que el arte es una revelación, uno con las revelaciones expande la conciencia, acerca de uno mismo y del mundo. El ejercicio de profesiones artísticas siempre es un camino de auto conocimiento y el teatro mucho más, porque se ocupa claramente de la conducta y la naturaleza humana. Necesariamente uno está en todos los personajes que actúa, en todos los que ha escrito y en toda obra que dirige. Trabajás con tu material emocional, sensitivo. Y con tu inteligencia, oficio, tu experiencia de la vida y de la profesión. Nada de lo que uno vive es indiferente a la hora de ir a la bolsa a buscar elementos.


- ¿Y esa capacidad de auto conocimiento opera en lo cotidiano?, ¿sentís una vuelta del trabajo con esos materiales hacia tu vida?
- Digamos que la experiencia va derribando todas las certezas. Pero siempre sentí que aprendía del teatro, de la ficción para la vida y de la vida para la ficción. Para mí es lo mismo. No sé cuánto fui capaz de poner eso a prueba en mi vida, porque estoy encarnado, tengo contradicciones y me he equivocado como todo el mundo. Claro que me gustaría haber accedido a un saber que me vacunase contra la necedad, la ceguera o la soberbia.


- ¿Hiciste análisis alguna vez?
- Hice, sí. En total nueve años y me parece que si uno lo hace con buenos profesionales y con la verdadera voluntad de ampliar sus límites, de flexibilizar sus capacidades de cambio y de mejoramiento, es una herramienta formidable. Antes me preguntabas si era una persona muy racional, sin duda hay un aspecto mío muy racional, pero hay un cierto prejuicio de que si uno es racional no es emocional. No creo para nada en eso, porque soy muy conciente de cómo tuve que desarrollar un aparato racional que ha sido siempre muy útil como dique y organizador de mis pasiones. Soy eminentemente emocional, pasional y caótico. En realidad ese aspecto racional, que es visible, es nada más que la punta del iceberg de un temperamento tumultuoso.


- ¿Practicaste algún tipo de terapia corporal?
- No, lo que hago es correr, desde hace 30 años. Tengo una rutina de día por medio. Eso me hace muy bien al cuerpo, a la cabeza y por lo tanto al alma.


- ¿Y qué cosas te entusiasman?
- Me entusiasma el desafío que significa estar vivo y conservar la alegría sin perder la lucidez. Tengo 58 años y siento que lo que viene, la vejez, es apasionante, pero me asusta. Estoy muy bien, no considero viejo a un tipo de mi edad, pero sé que 15 años son un pestañeo. Entonces me fascina estar con una mujer de 40, ver crecer a mis hijas y ver cómo la vida sigue: tengo un nieto de ocho meses y una nieta de casi dos años. Me siguen fascinando algunos fenómenos artísticos, encontrarme con amigos, comer rico y tomar buenos vinos. Disfruto muchísimo dirigiendo, casi más que actuando, pero no descarto volver a subirme al escenario. Pero el entusiasmo, hoy, me pasa por la escritura, algo sumamente emocional.


Mirada Total 


 Pocas cosas hablan más de Oscar Martínez que su trayectoria. Alcanza con mencionar obras como El zoo de cristal, El último de los amantes ardientes, Relaciones peligrosas o ART, programas televisivos como Cosa Juzgada, Situación Límite, Alta Comedia, Atreverse, Nueve lunas o De poeta y de locos y películas como La tregua, El Sur, ¿Dónde estás amor de mi vida? y No te vayas sin decirme a dónde vas para entender su claro lugar en lo más logrado del arte argentino de las últimas décadas. Distinguido con numerosos premios Moliere, Prensario, Konex, Estrella de Mar, Estrella de mar de Oro, María Guerrero, Martín Fierro, Martín Fierro de Oro, ACE y ACE de Oro, una de sus mayores consagraciones fue permitirse a los 53 años sacar a la luz una antigua pasión por la escritura. Así estrenó Ella en mi cabeza y Días contados, dirigiendo actores como Julio Chávez o Juan Leyrado. A punto de estrenar su coprotagónico junto a Cecilia Roth en el film El nido vacío de Daniel Burman y de dirigir en teatro a Héctor Alterio y José Sacristán, Martínez se afirma como un artista completo, con una mirada surround del mundo del teatro.