14.6.08

Nuria Martínez


Mujer andina


Es uno de los más claros referentes musicales de la modernización de la música andina. A punto de sacar un nuevo disco, asegura que la riqueza de culturas como la aymara está en sus costumbres comunitarias y festivas. 


Diego Oscar Ramos - Rumbos - 2008
asas
Atraída por los ecos ancestrales de las culturas originarias en el Norte de la Argentina y Bolivia, donde hasta participó del reconocimiento indígena de la representatividad del mandato a Evo Morales, Nuria Martinez viaja seguido para estar en contacto con festividades donde las imágenes católicas suelen ser el ropaje sincrético de una adoración a las fuerzas más profundas de la vida. Por eso, suele ser parte de los festejos de semana santa en el cerro de Punta Corral en Tilcara, donde los jujeños permanecen tres días involucrados en homenajes a la Pachamama, con un fervor que se traduce en decenas de bandas de sicuris, uno de los instrumentos de madera con que se le habla directamente al viento. “La cultura andina no es mediática, pero tiene una vida propia impresionante, no sólo en el Norte, también acá en Buenos Aires, donde la comunidad boliviana juntó 80 mil personas en su fiesta del último octubre y ponen todo lo que haya que poner, porque el hombre andino subsistió a través de su cultura”, asegura quien es reconocida en la música popular argentina como una de las más refinadas intérpretes de quenas, sicus o flautas, a los que le aporta su formación musical académica, en un puente entre culturas que se nutre de experimentación con texturas sonoras, uso de audiovisuales e investigación antropológica. Todo para poner en valor actual un acerbo cultural que siente como transformador del ser humano.


- ¿Qué le atrae de la combinación de músicas ritualísticas con sonoridades más ligadas a las tecnologías digitales? 
- Las dos cosas me llaman la atención, lo más primitivo y puro, como estar en una banda de sicuris como hace miles de años, como las nuevas tecnologías, que me fascinan porque a través de la multimedia pude sintetizar una artista plástica, un antropólogo, una filmación, mucha gente confluye en esta estética. Podés interactuar impresionantemente desde el mundo digital, si lográs fusión sin confusión. Los recursos son infinitos, pero tenés que saber hacia dónde vas. El primer paso es tener clara la identidad, porque sino las herramientas te pueden aplastar.


- ¿Cuándo sintió claro un camino de identidad? 
- Con el tiempo. Se fue dando, al principio es una atracción y vas por ahí. Me parece que toda la forma de vida de los pueblos de acá tenían una sabiduría que si la logramos fundir con lo que tenemos en este presente, viviríamos un poco mejor. Básicamente viven con un espíritu comunitario y participativo, distinto al individualista que tenemos acá. Donde cada uno se quiere salvar a si mismo. Mi aporte de cambio es desde la música. Ya habrá más Evos por ahí.


- ¿Más Evos y menos Egos?
- Eso, totalmente. 


- ¿Y a quienes siente como su comunidad? 
- Puedo nombrar a los amigos, Ramiro Musotto, el Mono Izarrualde, Liliana Herrero, los chicos de Tonolec, entre muchísimos otros que sabemos lo que queremos, lo que nos gusta y vamos para adelante, con la responsabilidad de sostener el proyecto propio, una gran responsabilidad. 


- ¿Algunos de ellos participan en el disco que grabó, es así?
- Sí, en este disco, que es una evolución dentro de lo que venía haciendo, con temas de autores anónimos, de otros creadores y propios, además de mi trío formado con Luciano Larocca en percusión y Federico Beilinson en guitarras, participan Ramiro Musotto, Tomás Lipán, la cantante de Tonolec Charo Bogarín y Franco Luciani. Además, incluí la voz de Evo Morales cuando asumió en un Tihuanacu y un pedacito de una fiesta en Iruya, celebraciones que son un imán total para mí. Y una fuente de inspiración total.



Primer contacto


- ¿Cuándo tuvo el primer contacto con estas culturas?
- Fue de adolescente, a los 17 años, con la música de protesta, en plena dictadura militar, en grupos como Quilapayun o Inti Irimani que usaban quenas y sicus. Toda la música andina tenía un contenido social e implicaba una actitud de vida. Yo tocaba flauta traversa y me sentí atrapada por esta música, después la vida te va llevando. Egresé del conservatorio y aprendía folclore en las peñas, los viajes. Ahora hay cursos, existe la Escuela de Avellaneda, la cátedra de Juan Falú. 


- Y está al frente de una materia donde juntás ambos mundos.
- Doy Banda de Sicuris. Cuando lo conté en Bolivia no lo podían creer, les pareció impensado que se diera a nivel conservatorio.


- ¿Cómo vive la carga de ritualidad y festejo de estas músicas? 
- Las empecé a entender mucho más a partir de la danza. Integro el ballet de danza andina América Morena, en su mayoria de la comunidad boliviana. Y cuando sabés dónde el cuerpo tiene que apoyarse, eso se traduce en la frase musical que tocás. Y la fe del hombre andino se da a través de la danza, tienen otra escala de valores. Llegan a pagar fortunas para lucir los trajes que usan en las fiestas, pero es tan valioso ese baile que harán que bien vale ahorrar para eso. 


- Suele ser tomada como un referente de la música andina, ¿se siente con una misión de cuidado de un acerbo cultural?
- Esas cosas me llegan de afuera, no es algo intencional. Uno va por donde lo lleva la pasión. Y a mis alumnos les digo siempre que el único secreto es seguir, todos los días un poco, porque a los que le va bien son los más trabajadores, incluso en estas músicas que no piden virtuosismo y dan la experiencia de compartir. Es lo que tiene la banda de sicuris o el canto con caja, que permiten una vivir grandes emociones al ser humano.

Trayectoria 


La trayectoria de Nuria Martínez, nacida en Buenos Aires en marzo de 1961, incluye trabajos como intérprete, arregladora y compositora con Viracocha, Jamón Crudo, Coquena, o Nuria Martínez y Aldeano, agrupaciones con las que ha tocado en escenarios de Argentina, México, Perú, España e Italia, además de haber realizado numerosos conciertos didácticos en escuelas de todo nuestro país. Editó dos discos solistas, Al infinito (1996) y Caminando alto (2003), creó bandas sonoras para documentales y da clases en la Escuela de Música Popular de Avellaneda. La lista de artistas con los que hizo música incluye a León Gieco, Jaime Torres, Rubén Mono Izarrualde, Tomás Lipán, Miguel Botafogo, Mercedes Sosa, Mariana Baraj, Fernando Kabusacki, Nora Sarmoria, Fernando Samalea, Liliana Herrero, Abel Pintos, Kamaruko, María teresa Corral y hasta el gran Ricardo Vilca, el maestro jujeño recientemente desaparecido a quien dedicará un próximo espectáculo.