9.11.08

Krihnas argentinos


La via del mantra 


Fundado en pleno hippismo estadounidense por un gurú hindú y glorificado por contar con un beatle en sus filas, el Movimiento Hare Krishna llegó al país hace 35 años y hoy tiene 2 mil devotos iniciados. Rapados y vestidos con túnicas coloridas, venden libros o sahumerios en la calle. Cultivan una vida ascética, son vegetarianos y aseguran que a la felicidad llega cantando su mantra.


Diego Oscar Ramos - Critica de la Argentina - 2008

Fotos: Claudio Herdener 


      En la casona de Villa Urquiza, en su último año como sede argentina de la Sociedad Internacional para la Conciencia de Krishna antes de su mudanza a una casa propia en Belgrano, ya se hicieron ofrendas en homenaje al nacimiento de Srila Prabhupada (1896-1977). Y comienzan las bhajanas, músicas devocionales con instrumentos hindúes dedicadas al gurú hindú que llevó a Occidente una tradición con eje en el canto de un mantra sagrado rápidamente incorporado por un Occidente tan ávido de misticismo genuino en los ´60 como acostumbrado a un orientalismo primero pregonados por los filósofos Beats y luego por la cultura pop. Como simbolizando esta trayectoria, Maitreya Muni se deja retratar con una foto de Prabhupada y cuenta que si bien un libro sobre el fundador fue un imán para hacerse krishna, la que llegó primero fue la música. Tenía 12 años, aún se refería a sí mismo como Miguel Ángel Antonelli y estaba fascinado por el tema My sweet Lord donde George Harrison, con los Beatles recién separados, unía el Aleluya cristiano con el mantra oriental. “Escuché en el coro que decía Hare Krishna, no sabía bien qué era, pero sabía que Harrison estaba en la filosofía hindú, a los 15 compré el disco Viviendo en un mundo material y un dibujo de Krishna que tenía adentro me atrajo mucho, después supe que en sánscrito quiere decir aquel que es el más atractivo”. Cuando se decidió a ir al templo, Maytreya tenía 33 años, 3 matrimonios, 3 divorcios y unos cuantos libros leídos, entre ellos el Bhagavad Gita, el equivalente de la Biblia para el movimiento. Por entonces era piloto comercial, el trabajo andaba flojo, su pelo estaba largo desde sus 12, había tocado la guitarra en varis bandas de su Olivos natal y había dejado que algunos vicios entraran a su cuerpo. Se sintió bien, empezó a ir todas las tardes y a las dos semanas se quedó a vivir. Había fallecido su papá, no había tenido hijos y le dio una sorpresa grande a su madre católica cuando se le apareció pelado, un extremo de su viejo anhelo de que se cortara el pelo, y con algunos libros para que leyera.

      “Le gusta mucho leer sobre Prabhupada y está muy agradecida a él por mi cambio”, dice hoy Maitreya Muni, con 51 años y 18 de canto del mantra que, con más fuerza, se escucha ahora en el templo donde ejerce tareas como tesorero y administrador de la Oficina de Libros. El área es importante, ya que el fundador creía que los textos eran fundamentales para transmitir con fidelidad las doctrinas. Entre ellas, los cuatro principios a cumplir aquí dentro, el no comer carne, no ingerir tóxicos, no participar de juegos de azar y ser célibe si no se está casado y con disposición conciente a la procreación. “Ahora hay cosas que ni se me ocurriría hacer, como fumar, tomar drogas o andar con mujeres y se puede pasar perfectamente, porque la historia es encontrar un gusto superior”, explica con mirada calma y un poco melancólica. “Hay venenos que son tan sutiles que para saber su efecto hay que tomarlos”, dice citando a Oscar Wilde y afirma que ofrecerle a Krishna todos los actos con el corazón inaugura una relación con la deidad que va creciendo hasta que se vuelve palpable su presencia. En todo este tiempo, Maitreya viajó casi una veintena de veces a India, vivió dos años en una granja krishna en España y sintió una devoción tan religiosa como beatle en el templo de Londres donado por Harrison. Y se le hizo transparente que su misión está en formarse filosóficamente para dar clases y en administrar económicamente la sede, tareas a las que puede darle muchas horas por el respaldo económico que le dio su padre. Y porque no tuvo hijos. “Son arreglos de Krishna, porque quizás le interesaba que esté acá más que ganándome la vida, mientras otros devotos tienen que cuidar a su familia”, dice y aclara que, además de estar bien presente ante una actual enfermedad de su madre, también le da espacio a placeres como tocar en la guitarra algún tema del beatle místico al que siente como un amigo. Es que por él llegó a Krishna y a su mantra, “la morada donde está su nombre y él mismo”.

Alimento y perfume


     Un chico de probables 20 años y mirada un tanto perdida, está sentado de cuclillas en la puerta y parece recitar el mantra. “Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama, Hare Hare”, susurra en sintonía con los devotos que, a viva voz, continúan adentro con los festejos. La vibración sonora, transmitió el homenajeado Prabhupada a sus primeros seguidores norteamericanos, libera la mente de la ansiedad y genera felicidad al religar al que canta con la energía de Krishna. A él le dedican la preparación de alimentos diversos una decena de devotos dedicados al prasadam, el banquete espiritualizado que se servirá al final de la noche. Notable entre ellos, por su enorme corporalidad y una mirada de siglos, Mahabasu Das pide unos momentos para un baño que alivie su cansancio. Vuelve con ropa ceremonial y notablemente perfumado. Cuenta que nació hace 51 años como Héctor Velasco en este mismo barrio, que para el tiempo en que el movimiento se instaló en el barrio de Once, en 1973, él estaba en crisis existencial. De familia trabajadora, “sin necesidades y sin derroches”, con trabajo, dinero para comprarse ropa, salir a tomarse unos tragos con amigos o hacer algunos viajes, como comenta, lo que le pasaba era la pérdida de atractivo de sus relaciones. Había terminado el secundario, trabajaba de noche en una confitería bailable, vendía enciclopedias en cuotas y en medio de lecturas urgentes de Rampa, Kalil Gibrán o Tagore su madre le dio un libro krishna que sintonizó más con su búsqueda. Quiso varias veces pasar por el templo de Ecuador y Corrientes, pero su novia de entonces pudo frenar los impulsos. Terminó la relación y “la depresión y soledad” le dieron coraje y entró.


     “Me sentí muy impresionado, la hospitalidad fue impactante, percibí un deseo de dar atención y ocuparse por el prójimo, algo extraño en esa época de represión, con el pueblo alzado en revanchismos políticos y sindicales”, explica Mahabasu Das, que rápidamente se hizo devoto, varios de sus amigos lo acompañaron y su padre cristiano se hizo vegetariano. No tuvo rechazo familiar, su madre hasta se hizo devota en el ´86, pero vivió persecución y violencia policial en la calle, fue golpeado y vivió de cerca el cierre del templo en el ´77, poco después de que balearan su frente, cuando “la Iglesia veía como peligrosas a las doctrinas orientales”, como detalla. Ahí empezó a viajar junto a otros monjes por países como Brasil, Perú y Bolivia. Se casó dentro del movimiento, tuvo una hija hoy adolescente que comparte con él y su madre las tradiciones y estéticas orientales, que convierten este lugar en una foto posible de ciudades como Vrndavana, hogar de la niñez de Krishna. Saciado de lo que considera la verdad de la vida, dice que en Argentina, con cerca de 2 mil iniciados frente a un total aproximado de 5 millones en occidente, el movimiento está bien establecido. “Tenemos jóvenes muy capacitados, con un talento brillante, que se sienten contenidos y practican la doctrina porque tienen resultados prácticos en su conciencia”, señala Mahabasu y delicadamente pide retirarse para darle los toques finales al prasadam.

Libros y néctar


    En la entrada del salón y atendiendo la mesa de venta de libros, de túnica enteramente blanca y una picardía en sus ojos que hace eco con el imaginario popular sobre la sensualidad centroamericana, el dominicano Baghavata Nitaydas llegó aquí hace unos meses para especializarse como monje. Y es justamente la sexualidad una de las zonas que admite como más precisas para ordenar, porque cree fundamental no dejar asuntos sin resolver antes de llegar a ser maestro. “Y en la vida sexual está la parte sutil y la burda, puedes ser monje y tener deseos subconscientes”, explica el devoto de 32 años cuyo nombre social es Héctor Benjamín Medina de Rosa. Confiesa que en lndia se sintió atraído por mujeres, lo que evidenció que su destino no era ser célibe. Y eligió una compañera argentina para casarse en un futuro. “Valoré su conciencia de Krishna más que su cuerpo físico, porque aunque no sea una estrella de Hollywood me ayuda a despertar mi devoción”, confiesa y asegura que a partir del noviazgo dejó de sentir lo sexual inconciente como un conflicto latente.

    Ahora se siente más firme en el camino que inició en su país después de tres años de un seminario católico del que escapó antes del noviciado. Tuvo un período de lecturas metafísicas, de discusiones feroces con una madre que le inculcaba un Dios de la culpa y le llegó la respuesta que buscaba en el Bhagabad Gita. Se hizo monje en su país y luego de varios viajes espirituales llegó a este templo donde hoy practica el servicio junto a esos libros de los que habla diariamente, cuando los vende por la calle o en dietéticas. Es efusivo y las palabras son sus amigas, pero dice que lo esencial para entender el movimiento está en las sensaciones. “He podido saborear un poco de transe, el néctar del bhakti- yoga, del que una gotita te hace sentir firme, porque acá sabemos cómo es Dios”, sentencia y nos invita a la fiesta. La postal hindú, dentro del recinto ceremonial, se vuelve totalmente 3D, decenas de mujeres y hombres danzan y cantan, una escultura en tamaño real de Prabhupada parece que va a levantarse en cualquier momento. Más cuando horas más tarde, se le arrojan cientos de pétalos de flores. Un aroma exótico de lo que se cocina, acompaña una embriaguez progresiva que viene del mantra constante, esa especie de software de éxtasis colectivo.


    Podría ser India, pero la estampa incluye no sólo jóvenes rapados sino murgueros y hasta una mujer policía. Cuando llega el prasadam, alimentos vegetarianos salados y dulces, la oficial de la Federal se acerca y cuenta su historia apenas con la reserva de su apellido. Se llama Celeste, tiene 24 años, aún no tiene nombre religioso, hace 10 años que está en el templo y es factible que de aquí se vaya directo al patrullero que muchas veces también maneja, provista siempre de un aliviante mp3 de música krishna. “Siempre fui media satria, que en sáncrito significa los que luchan y ser devota me ayuda a tener misericordia, saber que cuando hay suicidio o muertes es lo que les tocaba, por el karma, me ayuda a no sufrir y Krishna me protege todo el tiempo, hace que no vaya a lugares donde hubo tiroteos, siempre me pasa, siempre, siempre”, cuenta, abre su uniforme, muestra collares sagrados que nunca se saca y dice que en su trabajo es indispensable estar todo el tiempo con la conciencia de Dios. Y como le hace bien lo predica entre sus compañeros, la mayoría evangelistas y amantes de los asados. Vive a fuerza de ensalada de frutas o sandwichs de queso, pero más de una vez se lleva prasadam para compartir, segura de que Krishna sabe entrar por las papilas gustativas. Y por los oídos, como le pasó a los 12: “Me gustaban los Beatles y como fanática quise ser hare krishna como ellos, mi mamá decía que estaba loca, pero en el primer año del secundario encontré en la calle a una devota que me dio un libro, ese mismo día fui al templo, a las tres semanas me puse la túnica, empecé a hacer servicio, dejé la carne y no me fui nunca más”.


La creencia



     El Movimiento por la Conciencia de Krishna es monoteísta y su libro sagrado es el Bhagavad Gita, registro de las palabras de Krishna, la “eterna, omnisciente, omnipresente, todopoderosa y supremamente atractiva personalidad de Dios”. Krishna es considerado fuente de todas las encarnaciones divinas, incluyendo a Buda y Jesucristo. A él ofrecen todos sus actos, en un servicio devocional llamado bhakti-yoga que reemplaza a la vida de complacencia al ego. Creen que el ser humano no es el cuerpo material sino un alma espiritual eterna integrada a Krishna, con cuya energía es posible conectarse cantando el mantra que incluye su nombre, para llegar progresivamente a un estado de conciencia espiritual máximo.

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