1.12.08

Agustín Pereyra Lucena


Parte del mar


Como guitarrista de Bossa Nova contó con la bendición de Vinicius y tocó con mitos como Carlos Lyra o Nana Caymmi. Pero una carrera de casi 40 años y un flamante disco lo confirman como un refinado creador de música popular sudamericana.


Por Diego Oscar Ramos - Rumbos - Nov. 08 - Fotos: Alejandro Baccarat


“La transparencia supone experimentar la luminosidad del objeto en sí, de las cosas tal como son”, escribió Susan Sontag y así la cita Agustín Pereyra Lucena en el sobre interno de su noveno disco solista, titulado finalmente 42:53, pero cuyo nombre inicial iba a ser justamente Transparencia. Claro que, a la hora de revisar los registros, la palabra había sido usada como título de un disco. Ahí fue que, para titular el trabajo que marcaba su regreso a las bateas desde el 2000 y el primero compuesto sólo con obras de su autoría, se le apareció la cifra mencionada, ni más ni menos que la duración de la música grabada. Lo particular es que ese número que puede aparecer en el display del equipo de música o en el monitor de la PC que toquen el disco de Pereyra Lucena, podría ser similar al de los vinilos que marcaron sus inicios como músico. Promediaban los 40 minutos aquellos LPs que en su adolescencia lo ayudaron a aprender a tocar clásicos de Joao Gilberto, Tom Jobim, el Tamba Trío o los afrosambas con que Baden Powell y Vinicius de Moraes agregaron colores a la sofisticada bossa. Es cierto que la primera vez que escuchó O barquinho, Samba de uma nota só y Desafinado fue en las guitarras de dos amigos de sus hermanos mayores, pero las que lo formaron fueron las grabaciones que estudiaba una y otra vez, en la era vinílica.


Lazos sonoros


“Me acuerdo que cuando era chico esperaba que algunos discos llegaran de Brasil, era socio del Centro Cultural del Disco, los reservaba, iba todas las semanas y preguntaba si habían salido, tenía interés por saber lo que estaba haciendo Baden Powell, con quién grababa, quién lo editaba”, cuenta el guitarrista argentino, sorprendido por estos tiempos donde la percepción y el consumo de la música son bien diferentes en algunos aspectos a los tiempos en que, hace exactamente 50 años, nacía la Bossa Nova. “Hoy arman mp3 con 30 mil temas, pero me parece que al final no escuchás nada, un alumno mío, muy joven, me dijo que a sus amigos puede gustarles una canción, pero no les interesa buscar nada más del artista y ese desinterés es raro, por ahora no lo entiendo”, explica Pereyra Lucena, que hoy celebra en su tema Por eles la existencia de músicos como Joao, Carlos Lyra, Jobim o Baden, de quienes asegura que le dieron música y todo un sentido de la vida.  Uno de los que también nombra es Mauricio Einhorn, armoniquista brasileño histórico de los tiempos iniciales de la Bossa y convidado ilustre de 42:53. La experiencia de grabar con Einhorn incluyó curiosos lazos afectivos transfronterizos: “Mauricio era fanático de nuestro gran armoniquista Hugo Díaz y cuando lo llevé a los estudios Ion, el técnico de grabación, el portugués Da Silva, era quien había grabado ahí mismo casi todos sus discos, fue una emoción muy grande para él”, cuenta el argentino y comenta que los tres temas que grabaron entonces, en el 2001, significaron el corazón del disco, cuyos demos se hicieron con el guitarrista Lucho González, su gran amigo, el pianista Guillermo Romero y la cantante Adriana Ríos, su compañera escénica desde hace casi dos décadas y la principal letrista del disco. Esa grabación se completó siete años después, junto a músicos como Guillermo Vadalá, Daniel Mazza, Leandro Braga, Fabián Miodownik, Jota Morelli, Alejandro Santos, Ana María Hlousek, Helena Uriburu y Sergio Liszewski, quien ofició como productor. “Trabajó como un director de cine, armando el disco con lo que tocó cada uno y quedó como si lo hubiésemos grabado todos tocando juntos”, comenta el músico y hace una comparación con la forma en que trabajaba al principio de su carrera: “Tocábamos con paneles que nos dividían, se ensayaba un rato antes o se daba un cifrado, se mostraba la forma y se hacían dos o tres tomas, cuando ahora grabás aisladamente, sin el contacto instantáneo, pero las cosas suenan mejor”.
    Hasta la fama de frialdad del sonido digital se ha evitado, con programas que procesan todo el material y le dan a la guitarra una sonoridad similar a la que se lograba con equipos valvulares, propios de la época en que grabó piezas actuales de colección como su disco debut de 1970, la jam session del ´71 con el percusionista brasilero Naná Vasconcelos o sus álbums del resto de la década como Climas, Ese día va a llegar y Sambaiana, como miembro del grupo Candeias junto al multiinstrumentista Guillermo Reuter y el flautista Rubén Mono Izarrualde. Ellos fueron el núcleo de largas giras europeas y placas como La rana (´80), Puertos de alternativa (´88), Miradas (´98) y Acuerdos (2000).


Nostalgia marítima


En el pasaje de los ´60 a los ´70, cuando ya habían compartido escenarios en Mar del Plata y en Punta del Este, en la era del mítico local La Fusa, fue Vinicius quien le escribió un texto que lo apadrinó desde la contratapa del disco debut. "Creo que nunca vi, con excepción de los guitarristas brasileños Baden Powell y Toquinho, nadie más ligado a su instrumento que Agustín Pereyra Lucena, daría la impresión de que, si le retirasen la guitarra, se desvanecería en música", le escribió sin salir de la bañera en la que se instalaba por horas, según cuenta hoy otro Pereyra Lucena. “En ese momento era verdad lo que decía, porque yo no componía, pero ahora si me sacan la guitarra llamo a alguien que toque y le dicto acordes, como hacia él con Toquinho, cuando se metía mucho en las composiciones, tenía mucha idea musical y compuso Valsa de Eurídice, uno de los temas más lindos para guitarra”, dice el músico. Y agrega que lo que más recuerda del poeta es su humor y una descontractura que volvía absurda la actitud de todos los que se le acercaban como buscando de él una revelación de Buda. “Le decían maestro y él les ofrecía un whisky”, describe con sonrisa cariñosa y revela que había en él carioca cierta visión melancólica que no siempre se percibe en sus creaciones de la Bossa Nova. “El que tiene que amar tiene que llorar, decía y sus amores eran infinitos mientras duraban, pero duraban poco, si se casó ocho veces”, comenta con gracia el compositor argentino y remarca algunas particularidades que vuelven única a la saudade brasileña que todos conocimos a partir de la Bossa: “Siento que ellos todo lo empiezan desde lo vital, pueden transmitir un drama, pero siempre hay algo que te deja bien, cierto humor, una relación especial con la vida, tienen una nostalgia que mira al mar”.

Con Billy Reuter y Lucho Gonzales, con Piazzolla de público



El agua, elemento estimulante de la estética de Pereyra Lucena, además de encontrarla en el mar brasilero o ciertas playas bonaerenses donde fue haciendo su historia, la encuentra también en nuestro litoral, que - como a lo largo de su carrera lo hicieron los desiertos patagónicos o la llanura pampeana en temas como Rutas (desiertas), Desolación o Planicie, que incluso regrabó para 42:53 - estimula hoy su sensibilidad artística. “Los músicos litoraleños componen una música muy llevadera, muy emocional, que tiene esperanza y eso lo quiero para mi música”, explica el guitarrista y comenta que lo que más lo identifica actualmente es una musicalidad que salga sin esquemas de género. “La música de Brasil me abrió la puerta de armonías que después fui aplicando en todo lo que siento hacer, pero nunca me fijo si estoy componiendo un samba, una chacarera o un frevo”, dice, firme en su convicción de optar antes por el desarrollo de la composición que por el desenvolvimiento técnico de virtudes como instrumentista. Por eso ha incluido ahora más canciones, algo poco habitual en sus anteriores discos. Y hasta se permitió experimentar con la guitarrabajo, una particular intervención de Sebastián Arias para bajar una octava las cuerdas 5ta y 6ta de una guitarra Del Vecchio. Con ella grabó el único tema que no había compuesto ni probado muchas veces en vivo antes de grabarlos. En este caso, tocó “lo que salió del alma, sin intenciones pretensiosas” y así le puso su nombre, Transparente, como mejor siente al arte. “Las obras tienen que ser sinceras, que lo que esté sea lo que se muestra, porque cuando sale de lo profundo, uno está en lo que hace”, explica Agustín Pereyra Lucena, quien puso en la tapa de su CD un dibujo suyo titulado Fiesta, hecho de trazos vertiginosos e impreso con un delicado proceso de resalte cromático. El detalle, es un buen índice de la música que grabó. Y seguramente de la que vendrá.

Aniversario


- Ahora que el género cumplió 50 años, ¿qué siente en perspectiva con la Bossa?
- Me sorprende cómo entró en todo el mundo. Quién imaginaba que pasaría eso con esa música que había tomado elementos del Bolero y el Jazz, a quien luego le devolvió más de lo que le había dado, como dijo Jobim. Hoy casi no hay músico que no toque Bossa, hasta en estilos increíbles. No sería raro que Madonna la hubiera hecho. Si la hizo hasta Jamiroquai, un grupo que me encanta.





- ¿Qué opina de la relectura electrónica?
- Hay que hacerlo con talento, no importa si se mezcla con la Milonga o el Samba con la Zamba. Algunas cosas me gustan, como Bossacucanova.


- ¿Y que siente con Bossa´n Stones ese invento argentino?
- Eso empezó con lo que hizo Rita Lee, que algunos temas me gustan más por ella, aunque otros ni siquiera son Bossa. Y Bossa´n Stones es una música muy light, muy de Punta del Este, que no tiene contenido. Sigue con esa cosa íntima de Astrud Gilberto llevada a esta época, se usa mucho en desfiles y es una excusa bárbara para ver modelos. La bossa puede ser fantástica para un ascensor o para comer, porque es suave y no molesta, pero tiene mucha profundidad, lo que pasa con Jobim, pero no con Bossa´n Stones.



- ¿Cómo se lleva con el bajar y compartir música por Internet?- Por un lado me parece un desastre para los músicos, porque si ponen tu disco vas a vender mucho menos. Pero si estoy buscando un disco que ya no existe o no puede conseguirse ni importado puedo llegar a bajarlo. Pero si acaba de salir uno de Iván Lins, quiero tener el original, puedo comprarlo y lo hago, porque estoy ayudando a que él grabe otro. Es una cuestión de ética.
Con Rubén Mono Izarrualde y Andrés Laprida



2 comentarios:

Sherezade dijo...

Que interesante.
Muchas gracias por compartir!.

Anónimo dijo...

Gran musico...desconocido para muchos. Ejemplo para todos!!!
Gracias por la nota.