8.2.09

Víctor Laplace



Clown Político


Su carrera de más de 40 años en cine, teatro y televisión lo muestra como un hombre de fuerte compromiso estético y social. Hoy revaloriza el circo criollo, integra sus capacidades en el musical y asegura que es en escena donde encuentra lo sagrado.




Diego Oscar Ramos - Uno Mismo - 2008






Como en la leyenda germana del Varón de Munchhausen, donde la cercanía de la aventura y de alguna bella mujer reactivaban en el noble una glándula de vitalidad y lozanía, Víctor Laplace se vuelve atemporal en los papeles donde su cuerpo danza, su garganta vibra con una canción y su corazón sonríe al generar emociones intensas. Y si además su mente sintoniza con otras a través de ideas de justicia, amor o libertad, un brillo lo ilumina de una integridad que contagia entusiasmo. Eso puede acontecerle o mejor acontecernos hoy en alguna función de la obra Pepino el 88, un musical argentino, obra que actualiza el circo criollo, un género nacido en el pasaje del siglo XIX al XX que incluye el drama gauchesco y números musicales. Quizás sea este uno de los proyectos estéticos nacidos de su galera donde mejor se vea reflejada esa potente capacidad expresiva que gestó una carrera artística con más de cuatro décadas y un amor correspondido entre popularidad y prestigio. Claro que para llegar a que su cuerpo interprete con felicidad estos personajes clownescos donde despliega sus mejores capacidades, han pasado por el trapecio de sus días una serie incontable de funciones teatrales, más de sesenta películas como actor y ya cuatro como director, además de decenas de programas de televisión, desde notables ficciones que hicieron historia hasta programas de entretenimiento que la crítica pudo no haber valorado, pero que en su propia lectura emocional están entre los hitos de su desarrollo actoral. Para conocer entonces su postura ética y estética ante la vida, hablamos con el actor, poco antes de la función, antes de arreglarse para el encuentro con el público y su amiga de años, la diosa del tiempo, que en escena hechiza para él los relojes, cuando ve su sonrisa seductora y su cuerpo atento, feliz de estar en el mejor lugar donde podría estar, el escenario nuestro, de cada día.



- ¿Qué estás sintiendo al protagonizar esta obra y este género?
- Me da mucha felicidad, porque tiene que ver con la esencia de nuestro teatro, con el nacimiento de nuestros primeros hombres y mujeres que se animaron a la palabra, cuando el teatro era circo y se mezclaba con la ópera italiana. No había un precedente. Ahí arrancan los Hermanos Podestá, esta familia de artistas donde arranca el teatro criollo y empieza un movimiento teatral que no para más. Estamos hablando de 1880 a 1930, cuando estos hombres le dan lugar a Sandrini, Muiñio, Alipi y viniendo a nuestros días, Tato Bores, Enrique Pinti, los grandes capocómicos que tuvimos y tenemos.


- Sé sabe que hiciste mucho para que este proyecto se cumpliese.
- Cuando hice en Flop, la película maravillosa de Eduardo Mignona, a Florencio Parravicini, capocómico que también precedió a los Podestá, decía: “Qué bueno ponerse a indagar un poco de dónde venimos”. A partir de ahí empecé a investigar, a seguir el hilo y me surgió la idea de hacer un espectáculo que en principio iba a ser unipersonal. Después nos pareció con Daniel Suárez Marzal, el director, que había que hacerlo más ambicioso. Fue cuando surgió la posibilidad de que el Teatro San Martín accediera a permitirnos hacer esta puesta, con el beneficio de que ponen las entradas en un precio razonable para la gente.


- Parece vinculado a todo lo que has venido haciendo últimamente, como programas revalorizando nuestros artistas en la televisión pública.
- Sí. Es una cosa que uno tiene que hacer. En la medida en que uno pueda hacer solidario y devolver lo que a uno le ha dado el destino, la vida, la suerte o como se llame, está bueno hacerlo. Creo que cuando uno, además, tiene un rol social como actor, me parece bueno hacer un espectáculo económicamente accesible para la gente.


- ¿Y no hay también un gesto de generosidad en la valorización de lo que te precedió como artista?
- Sí. Y en hacerlo como lo hacemos, con toda la fuerza y la polenta que le ponemos a este espectáculo. La gente sale gritando “Bravo”, se para de pie, realmente es una fiesta. Me gusta mucho el género musical, me parece que cuando está bien hecho, metiéndose con la esencia de uno, da una buena ecuación, como la de esta obra, con una evocación de una época, con un toque de actualidad, dada en monólogos como los de Parravicini, de cien años!
- Además de los temas políticos, ¿no se habla también del rol del artista, que tiene una sensibilidad muy necesaria socialmente? Me refiero a la canción del final.- (Recita) “Y que siga la farándula, de soñadores y locos, el corazón es una glándula, que funciona en unos pocos”.


- Me remitía al lugar de salvación sensible que se le suele dar al arte.- Yo creo que la salida va a ser siempre por el arte. Por eso le doy tanta importancia en mi vida. Lo que sí creo es que no está despegado de lo social. Si uno lleva el arte a nivel popular y tiene prestigio lo que uno hace, como producto final, trabajando con muchísimas horas de ensayo, de búsqueda, ahí se completa la idea del arte. No creo en el arte separado de lo que pasa con los ciudadanos. Contar una cosa desde la realidad está siempre mejor que hacer un arte abstracto.


- ¿Tenés recuerdos de chico de haber disfrutado de los musicales? Porque en ellos se te como pez en el agua, como suele decirse. Y hasta contento.
- En realidad he disfrutado mucho de todas las cosas que han tenido que ver con la llegada al musical. Antes disfruté del circo, como cuando mis padres me trajeron por primera vez a Buenos Aires, al circo Sarrasani. Tengo unos recuerdos de una primera visión de algo que a mí me gustaba mucho. En el fondo de casa hacía una cosa de circo para divertir a mis hermanas y gracias a este espectáculo, recordé que cuando llegué a Buenos Aires trabajé en teatro para chicos y hacía animación de fiestas infantiles, como payaso y clown. O sea que hay una parte mía que tiene que ver con esta esencia cirquera, teatral y operística.


- ¿Qué te gusta de ese lugar de maestro de ceremonias y clown de la obra?
- Son varias las cosas, porque en realidad acá uno puede juntar el actor, con el clown, con el payaso y con el cantante, algo que muy pocas veces pasa. Me entrené, fue fantástico, porque me permití hacer el ridículo todo el tiempo. La unión de todas las cosas da una ecuación nueva para mí, es un privilegio que pocas veces se da en la vida de un actor. Así que estoy muy feliz. Claro que me lleva mucha energía.
El cuerpo atento


- ¿Te resultó un desafío especial a esta altura de tu vida y de tu carrera?- Sí, porque me entrené y me preparé mucho, pero de todos modos el cuerpo te dice, pará, llegué hasta acá. Siempre fuerzo mucho la máquina.


- ¿Pero lo hacés ya un conocimiento de tu cuerpo?
- Sí, sé hasta dónde puedo, pero de todos modos me desgarré ensayando, estuve dos semanas medio parado, porque me excedí. Uno cree que tiene 20, pero no los tiene. Supongo que tiene que ver con un estado de alegría de poder permitirme y que me permitan hacer este rol.


- ¿Y más allá de este entrenamiento, qué solés hacer corporalmente?
- Hago trabajos siempre. Hice Yoga toda mi vida, le agregué la técnica del Tai Chi, juego mucho al Tenis, trato de nadar y correr. O sea que me mantengo, porque sé que es parte de que el cuerpo esté ágil y atento.


- ¿Podría decirse que como actor tuviste una forma natural de poner el cuerpo al frente, de darle un rol expresivo protagonista? Muchas veces nuestra tradición escénica ha mostrado un teatro de grandes parlamentos y cuerpos rígidos.
- Es verdad eso. Por ahora mi cuerpo responde, toco madera! La palabra es la que nos permite expresar una idea, pero va acompañada de un cuerpo que acciona. Lo he enseñado en mis clases de teatro durante 10 años, quiero que los actores no estén disociados, que la acción corresponda a la palabra y la palabra a la acción, como decía Hamlet.


- Un principio importante para el actor, ¿pero no lo es también para la vida?
- Creo que sí. Ojalá todos podamos hacernos cargo de eso.


- ¿Te ha pasado tener alumnos que hayan ido a tus clases más para buscar una alineación personal que para tener una carrera teatral?
- Sí, sí, claro. En las escuelas de teatro hay de todo. Estuve diez años y ahora no tengo tiempo, porque estoy haciendo cine, estoy preparando un documental, hago televisión, teatro y estoy filmando este trabajo para que quede el testimonio de una época.




El cuerpo comprometido


- Pareciera que el compromiso aparece en tu carrera en lo social y lo artístico con el mismo nivel de importancia.
- Es que de toda mi vida vinieron unidos, no es de ahora. Fui obrero metalúrgico a los 14 años, mientras hacía teatro. Para mí lo teatral estaba acompañado por mensajes y por llegarle a la gente. Cuando llegué a Buenos Aires hice mucho trabajo social y político en las villas, hice películas con contenido social. Es, sin duda, una parte fuerte de mi vida y estoy orgulloso.


- Y en el circo criollo se juntan el humor, el entretenimiento con los aspectos de conciencia social…
- Claro, porque creo que los mensajes no siempre tienen que ir con el dedo levantado, hablando de una manera muy sesuda. Está bueno si uno puede introducir el humor, contar una historia de amor y una historia política. Uno tiene que entretener, después si despierta conciencia mejor. Y si uno disfruta, mejor todavía.


- Hablando de disfrutar, en los ´80 conducías un programa de televisión muy popular, El gran club, donde parecías juntar con gran placer todos estos aspectos.
- Sí! Yo amaba ese programa (con brillo en los ojos).

- Era muy entretenido verte junto al actor Roberto Catarineu, en pasos de comedia musical. Y hasta aparecía tu seducción en la comunicación con las personas.

- Nos divertíamos mucho con Catarineu. Hacía un programa donde bailaba, atendía gente de todo el país, les cantaba zambas y bagualas, venía Susana Rinaldi y cantábamos juntos, hacía entrevistas a políticos, venía Norma Aleandro. Era muy completo, me representaba mucho, porque soy así. Me gusta indagar en todas las maneras de expresarse y creo que esto me ha dado la posibilidad a través del tiempo de hacer de una comedia musical a un drama como el que hice en Camino del cielo, una obra sobre el judaísmo y el nazismo, donde hice un oficial nazi. Voy tratando de buscar alternativas expresivas que evidentemente están dentro de mí.


- ¿Y una parte importante es el compromiso integral?- Sí, el compromiso fuerte de meterme a fondo con las cosas. No concibo otra manera, no se puede tocar de taquito esta profesión. Uno cuando llega al escenario tiene que estar a full. Es feo ver a alguien trabajar de taquito, hay gente que antes de subir a escena está averiguando de cuánto es la recaudación.


- ¿Y cómo ha operado en tu vida ese lugar de compromiso?- No sé en todos los aspectos de la vida. En lo profesional siempre me he metido mucho y muy a fondo. Cuando hicimos con Eduardo Mignona la vida de Horacio Quiroga en Misiones me fui a vivir a la selva, era Quiroga, me sentía él. Cuando hice Perón lo mismo, cuando hice Parravicini, igual. El compromiso afectivo, de entrega, siempre ha estado, no sé otra manera. También es cierto que tengo muchos referentes, de actores y actrices que son así y me han marcado, como el grupo de Las grandes novelas: Cipe Lincovsky, Ana María Picchio, Walter Bidarte, Héctor Alterio, Helena Tasisto. Desde chico entendí que la profesión era así.


- ¿Y qué sentís que le da a la gente ese nivel de trabajo?- Le da la posibilidad de ver que hay un montón de personas que hacen las cosas en serio. Tengo devoluciones de muchísima gente que ha visto obras de teatro que hice hace 20 años y que se acuerdan como vos te acordás de El gran Club. Esto es lo que tiene de maravilloso la profesión, que si bien tiene cierta cosa efímera, con funciones irrepetibles, también es cierto que en el espectador queda algo fijado para siempre. Uno está aquí para algo.
- ¿Cómo vivís las ideas de la trascendencia, de la religiosidad?
- Creo que en realidad esta profesión tiene que ver con un acto de fe. De hecho, cuando la elegí sentí un llamado que me venía de arriba, que me decía: “Vas a hacer esto en la vida”. Fue a los 12 años, cuando vi teatro por primera vez, con mi madre en la plaza de Tandil, donde llegaban los artistas de Buenos Aires. Fue con una obra de Osvaldo Dragún, me acuerdo como si fuera hoy, la vi y me puse a llorar. Esa fue mi conexión con el de arriba (ríe con afecto).


- ¿Lo sentís como una forma de diálogo?
- Sí! (con firmeza total). Es un acto de amor y de fe. Sino no se puede entender cómo uno puede dejar de lado un montón de cosas, es una vocación muy fuerte.


- ¿Te han entendido tus parejas en esto?- No! (categórico). (Hace una pausa y prosigue) A veces, con alguna gente sí, que entiende profundamente dónde va uno y por qué va por tal lugar de la vida. Sino no hay manera, nadie se puede quedar al lado de una persona que se enloquece buscando un personaje. Hay gente que lo entiende en profundidad. Mis iniciales parejas tuvieron que ver con personas que estaban muy ligadas al arte, como fueron Renata Schussheim y Nélida Lobato.


- ¿Ellas han sido ellas tus grandes amores?
- Sin dudas.


- ¿Qué sentís que te han dejado?- (Piensa). No me gusta hablar de lo personal, pero creo que sí, que fui entendido, porque del otro lado había una persona en una búsqueda muy incesante, muy profunda, de algo que considero un camino, una forma, un para qué uno está en la vida, en este tránsito.


- ¿Y el diálogo con el otro se tiene que dar a partir de esta intensidad?
- Sí, creo que es una cosa muy de monje jesuítico, una cosa muy profunda, muy en serio, muy de acto de amor, de fe, de esperanza, aunque sean palabras un tanto en desuso. Pero cuando uno se proyecta y da cosas las da desde un lugar muy amoroso y sin esperar nada a cambio, ese es el acto de amor, dar por el acto de dar, no por esperar la retribución. Porque puede no venir o uno creer que no viene, hasta que alguien de pronto te dice: “No te pude saludar porque me quedé absolutamente impactado”. A pesar de que soy un hombre que ha descreído de muchos representantes de Dios sobre la Tierra, tengo algo muy fuerte con la fe, creo profundamente.


- ¿Lo personificás a Dios o lo sagrado en alguna figura?
- No, eso sale en los trabajos, así uno haga un oficial nazi que manda judíos a la cámara de gas.

- ¿No es duro hacer un papel así?- Sí, bueno, pero es la única manera. No creo que sólo haya que hacer personajes buenos, la vida es el ying y el yang. Y alguien tiene que hacerse cargo de hacer los personajes de los malos para ayudar a pensar a la gente qué es la vida, adónde vamos con esta cosa del poder, la gloria y la permanencia.


- ¿El teatro te ha ayudado a entender cómo es todo?- Absolutamente. Y le estoy agradecido.




- ¿Cuando iniciaste tu carrera, arte y militancia no se podían percibir como juntas, en relación a poder generar cambios?
- Si, es cierto. Fue el auge de ambas. Nosotros vivimos un tiempo muy particular, los años sesenta y setenta, fueron momento de mucho cambio en el mundo. Cuando llego a Buenos Aires estaba el Di Tella, trabajo con Les Luthiers, de entrada estuve involucrado en cosas muy fuertes, de mucha creatividad. Pero creo que sigo haciendo cosas que tienen que ver con eso, como algo que voy a dirigir sobre Abuelas de Plaza de Mayo. Hay un mundo que me es afín, en el que creo, que tiene que ver con la memoria, con los recuerdos, de dónde viene uno, quién es uno. Y no decir me salvo yo, uno siempre tiene que estar relacionado para poder salvarse en conjunto, porque la cosa unipersonal no sirve.




Biografía


1943. Nace en Tandil, pcia. de Bs As, el 30 de mayo.
1954. A los 14 años tiene su primer trabajo, como obrero en la Metalúrgica Tandil. Al mismo tiempo que inicia sus estudios teatrales.
1963. Pocos años después, entre los 18 y los 20 deja su ciudad para estudiar teatro en Buenos Aires. Pocos años después ya estaría inserto en la prestigiosa escena porteña de vanguardia. Se formó con Conrado Ramonet, Julio Castronuovo y tuvo cursos de Literatura y Filosofía con Witoldo Gombrowich. Entre sus maestros estarían Alejandra Boero, Pedro Asquini y Héctor Alterio. Más tarde tendría maestros como Carlos Gandolfo, Augusto Fernández y Lee Strassberg y sería dirigido por Villanueva, Renán, Bortnik, Stivel, Jusid, Doria, Midon, De Sanzo y Kogan.
1971. Participa de films como Pájaro loco y Argentino hasta la muerte. En estos años participa de hitos como Les Luthiers cuentan la ópera y haría películas como Vení conmigo, Operación Masacre, La sartén por el mango y Disputas en la cama. En esta década nace su hijo Damian, hoy músico de sus films, fruto de una larga relación con la escenógrafa y artista plástica Renata Schussheim. Otro de sus grandes amores fue la mítica vedette Nélida Lobato, con quien haría el musical Así como nos ven.
1973. Filma La malavida, Julio, el oriental y ya comienza a destacarse por su compromiso político y social haciendo teatro político en barrios obreros de todo el país.
1974. Participa estos convulsivos años de películas como Los gauchos judíos y La guerra del cerdo y Una mujer. Los musicales son parte de esta década, como Soldados y Soldaditos, Viet Rock y La ópera del malandra. En el género llegaría a dirigir a Valeria Lynch en Están tocando nuestra canción.
1983. En el regreso de la democracia, está presente en películas como Gracias por el fuego y No habrá más penas ni olvido. En televisión también es parte de hitos renovadores de la década como Situación Límite, Cosa Juzgada, Los miedos, Compromiso y Las grandes novelas. También haría programas muy populares de entretenimientos como El gran club y comedias teatrales como Popeye y Olivia.
1985. Protagoniza la recordada Flores robadas en los jardines de Quilmes y la polémica Adiós, Roberto, además de Sin querer, queriendo, El rigor del destino, Los días de junio y El caso Matías. En el auge del policial hace Expreso a la emboscada.
1986. Filma Pobre mariposa, Chechechela, una chica de barrio. Y en estos próximos años haría películas de todo tipo y género, como Chorros, Sentimientos, Debajo del mundo, Los dueños del silencio, Los amores de Laurita y Mamá querida.
1989. Participa de La amiga y Nunca estuve en Viena. Un año después protagoniza Flop, haciendo de Florencio Parravicini, valioso capocómico argentino. En esta década protagonizará recordados programas de TV como Donde estás amor de mi vida que no te puedo encontrar, De Corazón y Señoras y Señores.
1993. Actúa en la inédita La garganta del diablo y El camino de los sueños. En los años siguientes filma Convivencia, compone un intenso Horacio Quiroga en Historias de amor, de locura y de muerte y participa de Lola Mora.
1996. En la película Eva Perón haría un recordado Juan Domingo Perón, personaje a quien haría teatralmente en Borges y Perón, historia de dos muertes. Un año después actúa en films como Comodines y Sin reserva.
1998. Actúa en películas como Pozo de zorro y recibe el premio al Mejor Actor en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano por el film Secretos compartidos.
1999. Comienza con El mar de Lucas su carrera como director. Recibe la Mención especial del Festival Internacional de Mar del Plata como mejor primer trabajo y obtiene el premio como mejor guionista del Festival de Cartagena de Indias. Pronto actúa en las películas Casi ángeles, El amor y el espanto y Un amor en Moisés Ville.
2001. Actúa en la inédita El fuego y el soñador y I love you... Torito. Participa de la ficción televisiva PH
2003 Dirige la película La mina, premiada como Mejor Película por el Jurado Joven del festival Internacional de Cine de Biarritz y protagoniza Mate Cosido, el bandolero fantasma y participa del episodio Estado de sitio de la película Costo argentino. En estos años va de gira por el país y por España con la obra Made in Lanús.
2006. Dirige La otra Argentina. Un año después filma también como director Angelelli, la palabra viva. Protagoniza Detrás del sol, más cielo, participa en la popular miniserie de TV Mujeres Asesinas y en la comedia teatral Educando a Rita.
2008. Además de la película Mentiras piadosas y un rol en la serie televisiva Socias, protagoniza la obra teatral Pepino el 88.

No hay comentarios: