17.5.09

Héctor Alterio



“El humor es fundamental, me hace estar bien con mi entorno”


  Por su compromiso con la calidad artística y los valores humanos, es uno de los actores argentinos más prestigiosos y queridos a nivel internacional. Hoy hace teatro en Buenos Aires, donde emociona y hace pensar a través del humor.


Diego Oscar Ramos - Uno Mismo - 2008


 Con más de cien películas, decenas de obras teatrales y superado el medio siglo de trayectoria actoral, Héctor Alterio encarna - tanto en su Argentina natal como en la España que lo adoptó como exiliado político en 1975 - el paradigma del gran actor de carácter. Ese que, con sólo su presencia y sobre todo su mirada profunda y penetrante, puede aportar verdad a toda escena. En su caso, el prestigio está indisociablemente ligado a una calidad profesional premiada en ambas orillas del océano y hasta dueña de una mística que reflejan datos como ser el único actor presente en todas las películas argentinas nominadas y galardonadas con el Premio Oscar, de La Tregua o La historia oficial a El hijo de la novia. En España ha repetido esta ya casi lógica de ser parte de los films más respetados y hasta obtuvo un Goya honorífico a su historia como actor. Luego de una década en la que no protagonizaba una obra en Buenos Aires, la próxima primavera lo verá cumplir sus 79 habiéndole regalado a la ciudad una larga temporada con Dos menos, del escritor francés Samuel Benchetrit, donde comparte un escenario por primera vez junto al español José Sacristán. En la comedia dramática, dirigida por el actor y escritor Oscar Martínez, el anuncio médico de la muerte cercana es el despertador para lanzarse a la paradójica aventura de vivir con intensidad, habiendo resuelto primero las cuentas afectivas pendientes. Hoy Alterio disfruta del humor con que la obra habla de verdades que pueden ser duras y tiene en esta estadía laboral su regalo. Vivir varios meses en la ciudad que dejó hace tanto y que redescubre caminando, junto a sus recuerdos y al cariño de las personas que lo saludan, como a un amigo de siempre.


La felicidad del caminante


- ¿Qué está sintiendo con este regreso a Buenos Aires?
- Varias cosas que se repiten, de acuerdo a la frecuencia con la que vengo y al tiempo que estoy. Ahí se conjugan varias cosas. Hace 34 años que vivo en España y en los ocho primeros no vine para nada. Recién alcancé a venir al final del gobierno militar. Y de acuerdo a las contingencias sociopolíticas del momento se producen situaciones diversas que voy manejando, siempre en base a una situación muy curiosa: estoy siempre con un billete de vuelta. Esa primera llegada coincidió con la guerra de las Malvinas, evidentemente venía con una información mucho más profusa y certera de la que se vivía aquí y me llamaba profundamente la atención que mis amigos, mis pares, la gente de mi entorno, difería bastante de lo que yo pensaba. Me llamó bastante la atención el nacionalismo cultivado por el gobierno de turno y me di cuenta de que me sentía extranjero en mi propio país, me sentí ajeno. Yo discutía, manifestaba mis opiniones, pero después me volvía a otro lugar. Fui testigo presencial del corralito, de la quema de coches, todo ese desastre del 2001, pero siempre con la actitud del billete de vuelta.


  - ¿Cómo vive esa actitud?
- La vivo bien, porque he conseguido disfrutar mi país, más allá de los hechos dolorosos. Siempre fui hincha de Chacarita Juniors y lo sigo siendo, pero me da mucho pudor cuando me preguntan cómo forma el equipo. Soy muy futbolero, hincha del Real Madrid, un equipo del que puedo decir cómo forma, de abajo para arriba y de arriba para abajo. Los jugadores argentinos que conozco son los que juegan en Europa. De aquí, sólo algunos puntuales. Y todo eso repercute en la situación política, conozco las cosas puntuales, pero hay una cantidad de políticos importantes y de peso a los que no les conozco el nombre. Lo que me gusta es recorrer las calles, tirar de la cuerda del recuerdo, revisar todos mis años de infancia, de adolescencia, de juventud.


  - ¿Qué lugares de la ciudad recorre caminando?
- La zona de Chacarita, donde viví toda la vida. Hay una gimnasia que hago, mirar hacia arriba, porque la parte de abajo ya está reformada, por negocios, por carteles, pero los frisos de las casas se conservan intactos. Eso hace reverdecer mis recuerdos, es una gimnasia que me lo permite el caminar. Chacarita porque era mi barrio, pero trabajé muchos años como corredor de la empresa Terrabusi y tenía zonas, conozco mucho Liniers, Villa Devoto, el centro. Esos años me permitieron conocer mi ciudad, que es la que recupero cada vez que vengo.


- Y en esta venida llegó con más tiempo. 
- Sí, hay salidas en las que estoy 20 días, un mes, depende de la propuesta de trabajo. En esta me quedaré un tiempo largo, en otras oportunidades me tocó bastante tiempo, pero no en Buenos Aires, sino en el sur. En fin, son contingencias del trabajo. A pesar de que veo los problemas, gozo de mi país, me gusta, siento algo muy gratificante, que es la palmada de ese anónimo, que no vi nunca en mi vida, que no voy a ver más, salvo por esa fracción de segundo donde me dice “Gracias flaco”.




- ¿Siente mucho cariño de la gente? 
- Mucho, respetuoso, gratificante, sincero, sin que entre en la frivolidad, porque no soy un cantante de rock, ni mucho menos. Entonces, eso también forma parte de mi gratificación con mi país y mi ciudad. Ahora me ha tocado vivir, por razones de producción, por el echo de estar tanto tiempo, en un departamento que me alquilaron en Palermo. Y salir a la calle por la mañana me produce sensaciones muy particulares, me acuerdo que de adolescente me iba a la casa de un tío mío, Eduardo Alterio, arquero de Chacarita, que vivía con mi tía y mi primo. A veces los fines de semana iba a dormir ahí, en el Once, en Castelli 340. Mirá cómo me acuerdo! Y salir a la calle era una cosa distinta de lo que me pasaba en Chacarita, que era más aldea, un lugar más tranquilo. Es lo que estoy sintiendo ahora cuando salgo en la calle Anchorena, donde estoy viviendo. Esas cosas me provocan, me movilizan mucho y me retrotraen inmediatamente. No puedo dejar de acordarme de mi tía, de mi tío. Eso me hace feliz. Y me entretiene.


Tiempo de decir


- ¿Qué siente con la creencia popular de que el tiempo da sabiduría?
- Lo tengo que relacionar con mi trabajo. Y en mi trabajo la continuidad de mi tarea hace que no repita errores. Si eso es sabiduría, no lo sé. Me molesta mucho estar sentenciando. Me gusta mejorar en mi trabajo y como resultado de eso también mejorar en mi forma de ser. Soy muy respetuoso, a lo mejor lo soy porque quiero que me respeten.


- ¿Es hombre de tener muchos amigos?
- Tengo amigos, sí. Curiosamente voy teniendo más amigos en España. Y curiosamente argentinos. Aquí se van diluyendo, pero como tengo la posibilidad que me da mi profesión de sentirme querido por la gente, eso suple cualquier (piensa levemente)... Siento amigos por todos lados. Siento cariño y eso me hace sentir bien.


  - ¿Y cómo es en relación a expresar sentimientos, un tema muy presente en Dos menos?
- Soy muy melancólico, me duele mucho todo lo relacionado con la niñez, eso ahora se va acentuando porque tengo una nieta que acaba de cumplir dos años. Todo está centralizado en ella y me resulta tremendamente doloroso ver a un chico angustiado, aunque sea por la pérdida de un juguete o porque no quiere salir del baño y llora. Son cosas que me provocan una angustia terrible y expreso mis sentimientos de una manera un poco primaria. Pero por suerte lo reconozco y trato de controlarme.

- En la obra es muy importante lo que les pasa a los personajes cuando pueden hablar de su vida y hasta redescubrir zonas ocultas de su historia, lo que termina siendo liberador. ¿Qué siente con el poder expresar lo que nos pasa?
- Creo que expresarse es fundamental en todos los órdenes de la vida. El psicoanálisis tiene un basamento fundamental en todo eso. Es necesario hablar, comunicarse, entablar relaciones, aunque no haya amistad. Yo soy bastante retraído y silencioso, debe ser producto de una timidez que no se me ha ido nunca. Ahora parecería que no soy tímido, pero sólo parecería. Soy muy de no ir donde no me llaman, de pedir permiso, de golpear la puerta, de tocar el timbre. Tengo un hermano aquí, el único que tengo y cuando voy a su casa pido permiso, aunque sé que estoy en la casa de mi hermano...


- ¿Pero eso no es educación o respeto más que timidez?
- Puede ser educación, soy una persona bien educada. Soy una persona que saludo, digo “Buen día”, pero todo eso está incorporado en uno para que también reciba el “Buen día” del otro. Tampoco me preocupa si no me saludan, estoy en un momento en que no me hago tanta malasangre como en una época. Será que estoy previendo el final de la carrera, que no me afecta.


- ¿Habla de su carrera como actor?
- Bueno sí. También de mi carrera como ser humano. Pero no me afecta. Claro, en tren de elegir, en utopías, me gustaría estar otra vez en mi adolescencia, que lo pasé muy bien, cuando me iniciaba en el teatro. Por lo demás, la vida está hecha, tengo dos hijos, que viven en Madrid, también dedicados a esta profesión. Y uno de ellos fue el que me dio a mi nieta. Estoy muy bien, llevo más de 40 años de casado con mi mujer, con las vicisitudes lógicas y la posibilidad que me da esta profesión, de estar tiempos alejados, que acentúan el cariño. He pasado once meses muchas veces o un año trabajando fuera de mi casa y la necesidad del reencuentro hace que refortalezca la relación. Así pasaron, como quien no quiere la cosa, 40 años. Y aquí estamos.



El histrionismo del niño


- ¿Qué recuerda de su niñez?
- Quizás de aquí viene mi forma de ser. Fui un chico muy enfermizo, muy tímido, muy introvertido, muy miedoso, nada brillante en el colegio. La única brillantez, que iba despuntando a medida en que iba creciendo era el sentido del humor, que me posibilitaba imitar a los profesores o a los compañeros. Esto acrecentaba mi sentido del protagonismo. Ese histrionismo ocultaba mi ignorancia, porque era un negado para las matemáticas, era un mal alumno o un vago, en el buen sentido de la palabra.


- O no le atraía todo eso. 
- No, pero sí me atraía lo otro. Tengo una imagen muy anterior a esto que estoy contando. Tenía cinco o seis años, me veo rodeado de un grupo de chicos con sus caras divertidas, escuchando lo que yo les contaba. Estoy con un palo, divirtiéndolos. Eso, digamos, es el inicio de mi necesidad de entretener, de divertir. Allí estaba centralizado todo, pero seguía siendo enfermizo, introvertido. Además me disfrazaba en los carnavales de mi barrio, con lo que me encontraba. Ese disfraz me permitía ocultar mi timidez, mis defectos y ser otro. Me transformaba en galante, en arrollador, en simpático, en atrevido. Eso para mí era una liberación que me duraba todo el tiempo que duraba el carnaval y todo el tiempo que me permitía tener un disfraz, que hacía con lo que encontraba. Era un divertimento que, con el devenir de las cosas, fue para otro lado, fue el basamento de esta profesión. Cuando imitaba a un profesor y estaba esperando la amonestación, resultó ser un director de teatro, que tenía un conjunto. En vez de la amonestación me dijo: “Lo que te conviene es venir a hacer teatro”. Así empecé a los doce años a trabajar en el Conjunto Filodramático, que se dedicaba a hacer funciones. Luego seguí. Esos son recuerdos gratos.


- ¿Cuando se disfrazaba, había algún disfraz que le atrajera más?
- No, porque no eran disfraces concretos. No me disfrazaba de mosquetero ni de Superman. Eran cosas que encontraba para taparme, si encontraba una careta, mejor, o un sombrero, ropa vieja de mi casa, zapatos. Así iba gritando, transformándome en lo que no era realmente.


  - A lo largo de su carrera hay una imagen promedio de sus papeles, donde interpreta hombres duros, de carácter muy fuerte. ¿Qué siente con esos roles?
- Fueron trabajos en películas que pudieron tener una mayor convocatoria, que me permitieron desarrollar personajes que difieren bastante de mi forma de ser. Ahí entra en juego la curiosidad, la necesidad de indagar en uno, de hacer cosas que uno no es. Hay un viejo actor americano que decía: “Entre elegir un personaje malo y uno bueno, elegí el malo, porque es el que más molesta y el que más queda en el espectador”. Más allá de la molestia, el espectador se queda hablando más de ese personaje. Y eso es lo que creemos que nos permite a los actores hacer cosas ajenas a nuestra personalidad. Durante un tiempo tuve que hacer militares, gente relacionada con la corrupción, una cantidad de cosas que yo no soy, seguro! Esos papeles, que me hicieron trascender mucho, me gustó hacerlos por el sentido del histrionismo.


- Hoy sin embargo, en el papel que hace en el teatro genera ternura y humor. 
- Bueno, sí, más que la ternura, lo que me gusta más es el humor, me resulta muy importante, para mi vida personal y profesional. Me aporta el divertimento, el entretener y estar bien con mi entorno. Es fundamental.


- ¿Tiene que ver con ese niño entretenedor del que hablaba?
- Sí. Y además porque soy un enamorado del Neorrealismo italiano, previo y posterior a la guerra, que fue fundamental en mi vida. Consiguieron despertar la atención de mucha gente a través del humor, contando cosas terribles. Siempre estuve lamentando no haber participado de ese movimiento y por otro lado siempre estuve agradecido porque los grandes maestros italianos que participaron de ese movimiento me han dado muchas cosas. Fueron mis maestros.

- Ya que menciona al humor, fue protagonista de una escena famosísima de la película Caballos Salvajes...
- La puta que vale la pena estar vivo, sí.


- ... que generó muchas parodias también.
- (Se ríe con ganas)


 - ¿Qué siente hoy con esa escena?
- De esa escena, recuerdo que estábamos en el sur, haciendo una secuencia al aire libre y Marcelo Piñeiro, que estaba en permanente contacto con Aída Bortnik, la coguionista, recibe una llamada telefónica de ella cuando estábamos a punto de filmar. Y me dice: “Acaba de llamar Aída diciendo que digas La puta que vale la pena estar vivo”. Eso nos dio un vuelco total a la escena, que estaba prevista con otras frases. Decir eso implicaba una manifestación de optimismo frente a los hechos y aún hoy está coleando. Hay periodistas que la tienen en el contestador. (Se ríe). Y la gente que pasa por la calle me lo grita. A mí me gratifica mucho.


- ¿Y sobre el sentido de la frase?
- ¿Con la idea de estar vivo, poder decirlo y poder hacerlo? Sí, sí. Claro que vale la pena, por muchas cosas. Vale la pena poder dar palmadas y que te las den.


- ¿Y qué vale la alegría, en lugar de la pena?
- Vale la alegría el humor. También las reflexiones. Y si se pueden decir con humor, mejor!



Biografía 





1929: Nace en Buenos Aires el 21 de septiembre. 1948: Debuta en el teatro como protagonista en la obra Cómo suicidarse en primavera. 1950: Crea la compañía Nuevo Teatro, donde trabaja hasta 1968, generando una revitalización de la escena argentina. 1965: Debuta en cine en Todo sol es amargo, de Alfredo Mathe y su presencia es constante en las mejores películas del resurgente cine argentino, como en la épica El santo de la espada, de Leopoldo Torre Nilson (´69). 1970: Actúa en consagratorias películas como Argentino hasta la muerte de Fernando Ayala y La Fidelidad, de Juan José Jusid. En los años siguientes se le ve en films como La mafia, Los siete locos y La venganza del Beto Sánchez. 1974: Un año especial en su filmografía: La Patagonia rebelde, de Héctor Olivera, recibe el Oso de Plata en Berlín y La tregua, de Sergio Renán, es nominada al Oscar como Mejor Película Extranjera. 1975: Estando en España se entera de amenazas de muerte de la Triple A y decide no regresar al país. Comienza a construirse un lugar importante en el cine español y participa de hitos como Cría Cuervos (1975), de Carlos Saura, A un dios desconocido (1977), de Jaime Chavarri y El crimen de cuenca (1979) de Pilar Miró. 1980: Recibe el premio al Mejor Actor en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián por su trabajo en El nido, de Jaime de Armiñan. La película fue nominada al Oscar y la Asociación de Cronistas de Nueva York lo premia como Mejor Actor. 1982: Regresa al país para trabajar en coproducciones argentino españolas, pero sigue viviendo en España. En los años siguientes es premiado por la Asociación de Críticos Latinoamericanos como mejor actor. Participa de películas marcantes del cine argentino post dictadura como Adiós Roberto (de Enrique Dawi), Los chicos de la guerra (de Bebe Kamín), Camila (de María Luisa Bemberg) y La historia oficial (de Luis Puenzo), ganadora del Oscar a la Mejor Película Extranjera. 1990: Durante los ´90 profundiza su trabajo en ambos continentes, en films de María Luisa Bemberg, Gonzalo Suárez, Marcelo Piñeiro y Eliseo Subiela como Yo la peor de todas (90), Don Juan en los infiernos (´91), Tanguito (´93), El detective y la muerte (´94), Caballos Salvajes (´95), Cenizas del paraíso (´97), Pequeños milagros (´98) y Plata Quemada (2000). 2001: El nuevo siglo afianza su lugar de actor de prestigio en éxitos como El hijo de la novia, de Juan José Campanella, nominado al Oscar como Mejor Película Extranjera y por el que recibió el premio de Mejor Actor Secundario por el Círculo de Escritores de Cine de España. Por la película de Diego Arsuaga El último tren (´02) fue reconocido como Mejor Actor en el Festival Internacional de Cine de Valladolid. 2004: Es homenajeado con un Premio Goya Honorario por su trayectoria actoral y comparte escena con su hijo Ernesto en el film de Inés París Y Daniela Fejerman Semen, una historia de amor. Ya había trabajado con él en Tango Feroz y en 2005 lo haría en la miniserie televisiva Vientos de agua, dirigido por Campanella. Estrena en teatro en España la obra Yo Claudio. Y dos años después la pieza El túnel, dirigido por el argentino Daniel Veronese. 2008: Luego de protagonizar en España la película del debutante Aitzol Aramaio Un poco de chocolate y a una década de su última presencia teatral en Buenos Aires, inicia en mayo una temporada de más de medio año con la pieza Dos menos, junto al español José Sacristán, con quien ya compartió películas españolas como Asignatura pendiente, A la pálida luz de la luna y ¡Arriba Hazaña!, dirigidos por José Luis Garci, José María González Sinde y José María Gutierrez.

2 comentarios:

Walter - Madrid dijo...

Hace algo así como un mes, estaban presentando ellos mismos esta obra en España. Buena entrevista Diego, como siempre.

mabel dijo...

hector alterio dijo tener solo un hermano.
yo tengo entendido que tiene una hermana y 2 sobrinos. Daniel se parese fisicamente mucho a el.ya no recuerdo el nombre de la hermana.pero la conoci ya hace tiempo. se que vivio en cordoba. Alta Gracia.