7.5.09

Joao Gilberto y Caetano Veloso


La sonrisa eterna

  Cuando la Bossa Nova cumplía su aniversario número 40, dos de los astros máximos de la Música Popular Brasilera eligieron Buenos Aires para celebrar la vigencia del género. 




Diego Oscar Ramos – La Contumancia - 1998 



       Reían en el concierto del teatro Gran Rex, cada uno a su manera, dejando escapar de sus rostros la felicidad que vivían y hacían vivir. No había tiempo en esa enorme sonrisa de Caetano, más grande y contagiosa que nunca, ni en la de Joao, pequeña y tímida, tan susurrante como su canto. Ambos traducían la ceremonia fraterna con sus caras, reían porque seguramente disfrutaban de lo que los trascendía. Y el gesto conjunto mostraba un encuentro artístico y humano que superaba la relación del maestro con el alumno. Porque si Veloso reía más que siempre por compartir el escenario con el músico que impulsara su vocación, Gilberto también sentía el peso de la presencia de su continuador. Era un Joao caetanizado el que conversaba como nunca con el público, el que aceptaba gustoso los pedidos de canciones y rompía con su popular parquedad. También él podía ser discípulo, dejándose habitar por el humor, aprendiendo la sabiduría de la calidez y valorando el camino sensual de Caetano. El bahiano más joven no se cansó nunca de reír, mostrando en uno de sus gestos más usuales esa forma suya de festejar cada segundo. Y de regalar su don de sonrisa en la dulzura de su voz. ¿Quién más que él puede concebir una canción como Luz do sol? En Gilberto, en cambio, la risa es contenida, calma, interna, reflexiva, siempre lejos de cualquier extremo. No podría imaginarse escuchar en él una carcajada. Sonríe con la paz del que parece haber encontrado un lugar que sigue explorando, incansable, sin necesidad de moverse demasiado para seguir creciendo. ¿Quién podría hacer que un bolero transitadísimo como Bésame mucho se cubra de extrema sofisticación?
     Los gestos durante el concierto celebraban el complemento, la unión de personalidades y caminos artísticos aparentemente opuestos. Gilberto aparenta ser tímido, introspectivo, misterioso, retraído, ermitaño, silencioso. Y reinventa desde hace ya cuarenta años un repertorio limitado de canciones. Veloso parece social, extrovertido, sensual, abierto, vinculante. Y siempre buscó la forma de ligar lo más diverso a su arte. Si Joao atrae, nos lleva hacia él, encantándonos con sus susurros y síncopas, Caetano se expande, se mete en nosotros, seduce a través de la dulzura y la profundidad, de forma tan amplia como los matices de su voz. Parecería más cercano a la tierra, a las pasiones, al cuerpo, aunque sea un camino para llegar a lo espiritual. Joao, por su parte, parece más celestial, lejano, etéreo, virginal. juntos se unen en un punto que los trasciende a los dos, en una alquimia única que vuelve menos aplicable la metáfora del maestro y el discípulo.
      No es casual que la base en la que ambos centraron su intersección talentosa sea la bossa nova, caracterizada por elementos como una línea melódica y un acompañamiento independientes en tensión atractiva o unas disonancia y complejidad rítmica enmarcando una voz melodiosa. Claro que esta noche porteña la unión no dejaba lugar a lo tenso. La invención de Joao enriquecida por la sensibilidad y el pensamiento lúcido de Caetano dibujaron un punto pacífico donde se cruzaban dos formas de lograr que la canción popular llegue al máximo de sus posibilidades. Caetano y Joao cantaban, sintiéndose quizás muy leves, afuera de todo, en otro lugar, nuevo, distinto. Y no podían dejar de sonreír, cada uno a su manera, dejando escapar de sus gestos la alegría despreocupada y armónica a miles de ojos que respondieron con silencio a la ceremonia. Sólo el telón cerrado y los aplausos insistentes luego de la última canción transformaron el estado de calma. La euforia creciente, entonces, se parecía demasiado a la lucha por no despertar de un buen sueño, los gritos interminables guardaban así un mensaje muy claro: vuelvan al escenario, mantengan el hechizo, no nos dejen regresar al tiempo.*



* (Unos cuantos años después, hoy siento que lo que estaba sucediendo era que estábamos más adentro del tiempo que nunca, antes que escapar, la música puede ser muy sanificadora cuando acompaña gestos completos de unidad con el entorno e integridad con uno mismo)






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