30.7.09

Juan Leyrado



El explorador


El popular actor argentino, protagonista de un suceso teatral como Baraka, asegura que ser actor ayudó a encauzar su sensibilidad y a aprender el valor de lo grupal.




Por Diego Oscar Ramos - Revista Rumbos - 2009


        Fue el mismo Juan Leyrado quien dio el puntapié inicial para poder hacer Baraka, la obra de la dramaturga holandesa María Goos con la que se luce junto a fieles compañeros de arte escénico como Hugo Arana, Jorge Marrale y Darío Grandinetti, en una pieza que habla de la amistad, el tiempo y las formas en que un grupo puede ir pasando por lealtades, traiciones, corduras o desvaríos. Como sólo grandes actores pueden volver creíble una representación que ponga la lupa en aspectos complejos de la condición humana, Leyrado llamó a viejos compañeros del grupo Rarum Humanum Est – al que también supo pertenecer el expatriado Miguel Angel Sola – con quienes ya había hecho obras como Los mosqueteros y Los lobos. “Actuar con ellos es no tener que cuidarte las espaldas, es un acto de arrojo grupal e individual”, dirá el actor, poco antes de salir a escena en un camarín donde la presencia de unos cuántos libros, entre ellos uno del Dalai Lama, muestra un Leyrado explorador e inquieto. Quizás el perfil suyo menos conocido de este actor, famoso en roles de gran juego actoral, tanto en dramas como en comedias, que ha sabido conquistar el imaginario popular a fuerza de una intensidad escénica y fama de fuerte carácter.


  - ¿Cómo fue el inicio del arte en su vida? ¿Qué recuerda?
- La necesidad de seguir jugando. Cuando uno es chico juega, hasta que llega la orden de dejar de hacerlo. Y cuando me hice grande, entre comillas, recuerdo un espacio llamado teatro, en el que unas personitas iban, se hacían pasar por otras, se vestían diferente, hablaban más fuerte y después iban a comer algo. Eso me gustaba, pero fue todo una casualidad, porque nunca había ido al teatro, lo descubrí arriba del escenario. Había llegado a buscar un grupo de contención, de amigos, donde poder desarrollar el deseo de comunicarse con el otro. Podría haber sido otra cosa.


- ¿Que edad tenía?
- 14 años.


  - ¿Era una etapa de búsqueda?
- Total. Creo que empecé la búsqueda a los 6. Siempre tenía la cabeza puesta en otro lado, era muy de mirarme de afuera. No sabía qué era todo esto, después me analicé y vi que era parte de la vida, pero me asustaba todo ese mundo imaginario. Por eso el teatro me permitió ponerlo en un lugar y hacer algo, además de conectarme con gente a la que también le pasaba lo mismo.


  - ¿El arte trajo un orden?
- Creo que el arte es totalmente curativo y sanatorio para los que somos más pensantes, volamos un poco más con la imaginación o estamos más sensibilizados. Esto es una forma. Uno puede transitar la creatividad con elementos nobles, no tiene que ir a buscarlos por otro lado, es algo que todos tenemos, una combinación de lo genético, lo químico, lo cuántico, todo lo que te rodea.



El compromiso


- ¿Con el teatro estaba ya en el lugar que quería y tenía que estar?
- No sé si donde tenía que estar, pero sí de los que conocía y se me abrían como posibilidad. También hubiese navegado, algo un poco solitario pero donde es fundamental el equipo. Todo lo que veía con ganas y como posible de hacer estaba relacionado con esa cosa grupal que me sigue interesando. Mi padre era marinero, viajaba mucho, de él recibía las fotos de sus viajes. Entonces era lo que veía como posibilidad de abrirme y escapar a ese encierro de la cabeza y el pensamiento, me gustaba mucho lo abierto, en lo físico, en los espacios. Eso estuvo siempre presente en mi vida.


  - ¿Qué momento recuerda como especialmente intenso?
- Toda la etapa inicial fue fantástica, era una época muy movilizante. La recuerdo como muy creativa, noble, abierta. En esa época militaba, como lo hacíamos todos. Pero también me enojé un poco, porque para muchos compañeros militantes el artista era, no sé…


  - ¿No se podía asociar el arte con el compromiso político?
- Había un poco esa cabeza, en algunos. Uno estaba necesitando cambios.


  - ¿Cómo juntaba su militante con el artista?
- Militaba artísticamente, formaba parte del grupo Octubre, con Norman Briski, un gran maestro, dramatizábamos los conflictos sociales, íbamos a fábricas tomadas. Nos reuníamos antes con la gente, hacíamos cosas en las facultades, era un laburo muy comprometido. Nunca agarré ni agarraría un arma, la nuestra era la palabra. Entonces tenía deseo de aprender de mis maestros, de los textos, de meterme en la piel de esos personajes y vivir esas situaciones. Y cuando uno va tocando otros cuerpos, otras almas y otras mentes, se amplía mucho el espectro de la vida, todo se va mezclando en una alquimia con uno mismo. En esto tan complejo del tránsito de la vida, uno va llenándose de más imágenes, más formas y te vas sintiendo más acompañado en esta soledad de la creatividad.


  - ¿Y puede asociar esto con la felicidad? 
- Si hubiese sido concientemente feliz, quizás no hubiese hecho tantas cosas. Siempre sentí que la felicidad eran momentos: te nace un hijo, te encontrás con alguien. Y mi caso también tiene que ver con entender más de qué se trata todo. Cuando me voy dando cuenta de cosas mías me vienen sensaciones felices, propias de la búsqueda.


  - ¿Quién diría que es?
- Una partícula pequeñísima más en este cosmos y este movimiento cuántico en el que estamos metidos. Soy un pequeñísimo ser en medio de todo esto donde estamos comprometidos, donde si se mueren cinco mil personas o una en la India, nos repercute a todos, aunque no lo sepamos. Somos una red cuántica, somos parte de todo.


  - ¿Cómo llegó a estas ideas?
- Con la lectura, que es importante para encontrarse uno en los demás, en gente a la que le pasa lo mismo que a vos. Te vas metiendo y vas descubriendo cosas. En una época, estudiaba acá y vivía en la provincia, tenía dos horas de viaje y leía. Fue un gran aprendizaje sobre mí mismo poder meterme en los textos. Hoy leo tres o cuatro libros a la vez, me gusta mucho escribir en los libros y tengo predilección por ensayos. Me cuesta bastante la novela, a no ser que sean clásicos.


  - ¿Puede ser que le atraiga menos la novela porque su trabajo ya lo pone en sí muy en contacto con historias de vida y personajes?
- Nunca lo pensé, es interesante, es probable que ya tenga cubierta esa zona. Me atrae más el pensamiento que la imagen y si el tema es muy grande me gusta más, como me pasa con el Quijote, un libro que me apasiona, lo leo y releo, porque son una serie de pensamientos filosóficos.



El aprendizaje


  - El tema de la amistad, incluyendo sus puntos complejos, aparece fuerte en Baraka, ¿qué es lo que siente sobre este tema?
- No lo tengo muy claro. Pero uno cambia todo el tiempo y cambia lo que lo rodea a uno. Si uno acompaña ese movimiento, si uno se deja llevar, todo alrededor se va instalando de otra manera, aparecen nuevas formas, nuevos colores, nuevas músicas, nuevos temas.


  - ¿Desconfiaría de alguien que sólo se haya quedado con su grupo inicial de amigos?
- No. Porque es lo que le tocó, lo que eligió, lo que transita. No es lo que me pasa a mí esencialmente. Son otras formas, distintos engranajes, otros roles dentro de esa gran red en la que estamos tejiendo y somos tejidos.


  - ¿Tiene amigos de décadas?
- No mucho. En realidad de aquella época que hablábamos antes tengo amigos desaparecidos, otros que viven afuera y a veces vienen, como uno pintor que vive en España. Tengo amigos no actores, compañeros de las clases de pintura, que empecé hace tres años. Ahora me doy cuenta de que sigo con cursos, con grupos.


  - Y en los reencuentros con amigos de mucho tiempo, ¿se sorprendió con alguna faceta suya?
- Mía, del otro y de la relación. Me he dado cuenta de que antes no era tan tolerante, pensaba que el otro tenía que cambiar o que uno iba a hacer que cambiara. Hoy me gusta haber aprendido todo eso. Además me di cuenta de que todo tiene su ying y su yang, de que pude ir aprendiendo. No soy el Dalai Lama, porque me sigo calentando por algunas cosas, pero ya no en otras. Me doy cuenta de que son sólo formas.


  - ¿Y qué formas han aparecido cuando pinta?
- Eran al principio todas cosas relacionadas a escenas, personajes, situaciones, un poco lo que sigo haciendo ahora. Pero ahora que empecé a aprender tengo miedos que no estaban cuando no sabía nada. Pero se me va a pasar.


  - ¿Es duro con usted, se juzga?
- No al producto, a lo que sale de mí, pero sí a lo que está dentro, pero menos que antes.


  - ¿Y de todo lo que ha hecho en todos los ámbitos, que le ha dado más satisfacción?
- Todo, porque todos fueron trabajos donde, además de ganarme la vida, estaba trabajando conmigo. Por eso, todos me dieron algo, hasta los que aparentemente no funcionaron, porque hicieron que trabajara más conmigo.


  - ¿Qué lo entusiasma más de esta etapa? 
- El poder estar un poco más sereno, como posibilidad de vida. Aparecen cosas que me alientan, me dan una cierta felicidad, me empiezo a tener respeto, pienso que me podría haber pasado otra cosa con esto que elegí, no tan linda, ni tan grata. Así que me viene como un abrazo, de decir: “Bueno, Juan, sos un buen tipo”.


  - Linda imagen para pintar.
- Sí. Abrazándose a uno mismo. Buena idea!



La popularidad


Juan Leyrado tuvo un pico de popularidad cuando encarnó la miniserie televisiva Gasoleros, la que tuvo enormes medidas de audiencia y abrió la imagen del actor a públicos y también cierto periodismo farandulesco que recién entonces parecía haber reparado en él. “Fue muy popular y lo sigue siendo, mucha gente cree que Panigassi está vivo, me pregunta cuándo vuelve”, cuenta Leyrado y asegura que le significó un gran aprendizaje: “Conocí ese éxito importante y estuvo bien conocerlo, pero no estaba preparado, no estudié para el éxito, donde el afuera todo el tiempo te pide que te manejes y te vistas como lo hace un exitoso, por ahí me pasaba un poco porque no podía congeniar el accionar del trabajo del actor con la exposición, pero me sirvió para darme cuenta de mis inseguridades y de las cosas que se afianzaron como forma de ser. Por eso una cosa es el trabajo y otra cosa es cómo puedo ser yo como persona”.


Para verlo

Dirigida por Javier Daute y protagonizada por Juan Lyrado junto a Hugo Arana, Juan Marrale y Darío Grandinetti, la obra Baraka se presenta de miércoles a domingos. En la Sala 2 del Teatro Metropolitan, Corrientes 1343, con entradas a partir de 50 pesos.


  Trayectoria


Nacido en 1952, Juan Leyrado tuvo como maestros a próceres como Augusto Fernández, a quien siente tan maestro como Norman Briski, con quien compartió una etapa de teatro con gran compromiso social. Su carrera teatral incluye obras como Madre Coraje, Un tranvía llamado deseo, Aquí no podemos hacerlo, Atendiendo al Sr Sloane, Israfel y más recientemente Cabaret Bijou y Ella en mi cabeza. Fue parte de ciclos televisivos históricos como Alta Comedia, Situación Límite, Atreverse o Nosotros y los miedos. También protagonizó programas como Desde adentro y Gasoleros, por los que recibió premios Martín Fierro a Mejor Actor de Drama y Mejor Actor de Comedia. En cine actuó en films como Camila, Asesinato en el Senado de la Nación, Los chicos de la guerra, Iluminados por el fuego y Despabílate amor, por la que recibió un Condor de Plata.

1 comentario:

Anónimo dijo...

PARA MI UN EXCELENTE ACTOR,,,,

SALUDOS DESDE PARAGUAY