19.8.09

Dúo Coplanacu


Canción del monte


Nacidos hace 25 años con la renovación folclórica de la democracia argentina, giran por el país con un disco que critica los desmontes y revaloriza el arte de las teleras santiagueñas.



Diego Oscar Ramos - Revista Rumbos - 2009

     
  Roberto Cantos y Julio Paz parecen imantados hacia la generación y celebración de juntadas, como suelen decir en Santiago del Estero, el sitio donde nacieron ambos músicos, aunque se conocieran en Córdoba. Fue allí donde eligieron como nombre grupal la unión de la palabra castellana copla con el prefijo quichua nacu, que implica encuentro, reciprocidad o comunicación. Por eso es que el Dúo Coplanacu ha estado atento a trabajar por una musicalidad cuidada y rústica que sepa mantener un contacto fuerte con las personas. Con ese lema fueron ganando gran popularidad desde su fundación en 1985 y para cumplirlo decidieron quedarse en Córdoba, centro geográfico del país, para llevar las canciones a la mayor cantidad de puntos de nuestro mapa. En estos movimientos, donde Buenos Aires fue un sitio más antes que objetivo de conquista, su provincia natal les regaló recientemente un encuentro significativo.
       Desde hace dos años que participan del Festival de las teleras, realizado en el departamento de Loreto, donde el arte de los grupos de artesanas Huarmi Sumay y Huarmi Huapas son el centro de un intercambio de saberes regado de música. Tal fue el impacto de Coplanacu con estas creadoras populares que titularon su último disco Taquetuyoj, el nombre del pueblo santiagueño donde se asientan estas mujeres. “La palabra quiere decir algarrobo chico o monte bajo y nos ha gustado muchísimo la idea de esos árboles que crecen en salinas adversas, con frío y calor extremos, sin agua, que se ven de lejos y dan la idea de agruparse solidariamente”, explica Paz. Él llegó a la historia de las teleras a través de una hermana suya, asistente social, que trabajó con ellas. “Trató de tomen conciencia, valoren su trabajo, lo cobren bien”, detalla Cantos, asombrado por la fuerza conjunta de estas mujeres, contraria al prototipo habitual. “Conozco una zamba de María Elena Walsh dedicada a las tejedoras, que se llama La paciencia pobrecita, pero no tiene nada que ver con lo que he visto de estas tejedoras santiagueñas”, dice el guitarrista, que compuso una vidala en su homenaje. Y su compañero agrega: “Juntas generan un movimiento que aglutina, con un festival donde se respira mucha solidaridad, nos alegra la forma natural de estas juntadas, algo muy del hombre rural, que se maravilla con la sencillez de lo artesanal, que no lo ve como cuestión antropológica sino simplemente como amor, habilidad, entrega, aprendizaje, memoria, porque en una manta de ellas hay mucha identidad”.
       Las teleras y Coplanacu filmaron el clip de la vidala de Cantos y para el dúo esa vivencia reforzó la imagen que ya tenían de las artesanas y afirmó el entramado vital en el que se habían unido con este trabajo. “Creo que todo eso es una trama, el nombre del disco, las teleras, nosotros del medio urbano integrándonos, ellas que no se apichonaron con una cámara”, comenta Paz, dice que ellas son músicas para él, ya que asegura poder sentir música en sus diseños artesanales. Por eso ve como natural que Taquetuyoj se haya gestado como en un telar. “Hay chacareras viejísimas, temas como Volver a los 17 de Violeta Parra y las canciones de mi cumpa, todas hebras relacionadas con lo que te pasa al ver una colcha de ellas”, aporta el músico y menciona a Peteco y Carlos Carabajal, los hermanos Díaz, Leocadio Torres, Onofre Paz, Abel Saravia, Jaime Dávalos, Cuchi Leguizamón, Andrés Chazarreta y Oscar Mazzanti, todos puntos valiosos de los diseños santiagueñísimos de la octava obra del grupo.

Música del monte

      Entre músicas como Escondido de los Bombos, Velay no sé, La Causaleña o Zamba de los mineros, una piezas nueva compuesta por Cantos, Desmonte, aparece como un llamado de atención sobre el medio ambiente, pidiendo proteger ese lugar que el folclore argentino ha festejado tanto. “El monte tiene ese lugar mítico para los habitantes y para el folclore, lo que se suma ahora es el problema ecológico, que es algo político, es una obviedad que no hay que desmontar, pero aún así la codicia y la ambición de tener más ha hecho que otros valores queden descartados”, explica enérgico Cantos. Y dice que la soja transgénica ha hecho que en Santiago se acabaran con grandes porciones de monte para plantaciones sojeras. “Por cómo se agota el suelo con estos cultivos en cuatro años no habrá monte ni nada, lo que nadie resuelve, además de que se compraron campos con personas dentro, familias que vivían compenetradas con el monte y formaban parte del paisaje”, completa el compositor, seguro de que puede hablarse de estos niveles desde la potencia de la poesía.
       “La canción se vuelve una posibilidad de denuncia, de comunicación, lo que no podemos dejar de hacer”. Paz completa el concepto. “Se puede hacer un panfleto torpe o algo muy delicado, un camino que te lleve a un entendimiento, que sea mucho más contundente”, dice y cuenta que tuvo la experiencia de vivir el monte santiagueño. Por eso agrega: “Sé que Esteban Agüero tenía razón cuando hablaba de los algarrobos como catedrales de pájaros”. Entre ellos seguramente debe de tener un lugar privilegiado el crespín, un ave muy presente en el imaginario poético de Santiago. “Cuando se terminó el sol, cantan el crespín, la lechuza, se escuchan los zorros y todo tiene que ver con el descanso”, responde Paz y pide reencauzar una fama emocional del canto de este pájaro, algunas veces símbolo de un carácter provincial: “Aunque al crespín se lo nombra en tantas vidalas y chacareras por su canto triste, siento que el canto de Santiago no lo es, tiene una cosa melancólica, de añoranza, pero el lugar tiene un colorido tremendo, la salina te puede llegar a sorprender, igual que el cielo, las diminutas flores, el suelo o el mismo monte, riquísimo en felinos, aves de rapiña, aves, todos conviviendo con el lugareño”.

Alma del noroeste


 La ocupación precisa de las palabras del músico sobre las riquezas de su tierra, traen a la memoria ecos de cierto don que suele otorgarse al santiagueño a la hora de componer músicas. Julio Paz toma el dato y lo ubica en el tiempo. “Eso es algo muy de la década del sesenta, cuando las grandes delegaciones de la música folclórica venían de Santiago y se difundía el folclore del noroeste argentino, por eso parecería que sólo es folclore la zamba, la chacarera y el gato, pero todos los otros géneros, como el chamamé o la tonada, lo son también”, aclara y reorienta la cuestión. “Ser del noroeste argentino sí tiene un plus, porque la música es un protagonista diario, en el inconciente de todos los norteños hay una gran musicalidad, todos cantan, cualquiera toca la guitarra o el bombo”, explica el músico. Y luego valoriza el lugar donde vive y tiene su base de operaciones: “Hace 30 años que estamos en Córdoba y nos ha dado hospitalidad, amor, amores, hijos, la vida”. Su cumpa aporta luego el rol organizativo que tiene vivir allí. “Nosotros nos planteamos trabajar desde Córdoba para tocar por el interior del país, por eso es que llegamos a Buenos aires con una propuesta clara, fue una plaza más, cantar en el teatro Opera fue tan lindo e importante como hacerlo en el 25 de mayo de Santiago o el Alberdi de Tucumán, somos naturalmente federales, no es una postura”.
      En ese sentido es que ambos dicen que como músicos han aprendido que lo más importante es lo que puedan generar sus canciones. Las mejores noches, dicen, pueden palpar desde el escenario el ritual de unión, logrando ver como anda volando la canción por la sala, haciendo que se encienda lo más sensible del público y de ellos mismos. Por eso, en este cuarto de siglo, comenta Paz, el aprendizaje mayor estuvo en el ejercicio humano de entenderse y respetarse, además del compromiso con una estética y una ética que resume como la del hombre que vive en armonía con la naturaleza. Desde que se juntaron, dice Cantos, se comprometieron con todo lo que les iba pasando como grupo y cuidaron que el ego no atravesara la relación entre ellos, su música y el público. Y si siguen juntos, aclara, es porque no sienten estar sosteniendo ninguna estructura. “Esto es nuestra manera de vivir”, asegura Cantos y Paz, apelando a la autenticidad, completa: “Nosotros somos Coplanacu”.


Trayectoria


Al juntarse como dúo, en tiempos de la flamante democracia, Cantos y Paz unieron fuerzas en una búsqueda común. “Apuntamos a cantar cosas sólidas, de poetas como Hamlet Lima Quintana, Tejada Gómez, Miguel Ángel Pérez, el Cuchi Leguizamón, el Chivo Valladares, Manuel J. Castilla, Jaime Dávalos, Ariel Petrocheli, Mario Arrendó Gallo, gente que estaba prohibida”, detalla Paz y agrega: “Paramos la pelota con ese canto fuerte, de meta palo y a la bolsa”. Así fueron creciendo, paso a paso y apostando a la autogestión. A fines de los ´80 fueron parte del movimiento Alternativa Musical Argentina, haciendo giras nacionales junto a Miguel Angel Estrella, Lito Vitale, León Greco y Juan Falú. En los 90, participaron de distintos encuentros internacionales, se convierten en números habituales de los festivales argentinos y son premiados por la UNESCO. Al iniciar esta década ganan en Cosquín el premio Consagración y son ternados por tres años seguidos a los premios Gardel. Entonces ya estaba también consagrada su propia peña en Cosquín, inaugurada en 1997, reconocida por servir habitualmente a la expresión de músicos de gran calidad. Han editado los discos: Dúo Coplanacu (1991), Retiro al norte (1995), Paisaje (1997), Desde adentro (1999), El encuentro (2000), Guitarrero (2002), Corazón sin tiempo (2005) y Taquetuyoj (2008).

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