21.9.09

Federico Leyva

Cirujano de mariposas

El músico y escritor español ha editado, de forma independiente un libro de sonetos cuya potencia  surge de la combinación de ideas, sensaciones, belleza formal y una buena cuota de humor.


Diego Oscar Ramos  - Foto apertura: Alicia Gosálvez

      Porque cuando hallamos placer, pocas cosas renuevan ese goce como compartirlo para que se extienda, de esa sensación surge la certeza de recomendar la lectura de los poemas de PESONETO, un inspirado libro que el poeta y músico español Federico Leyva ha editado y distribuido personalmente entre unos cientos de afortunados. Con una estricta estructura de sonetos, la cual en otras manos podría hasta oler a naftalina dentro de los bolsillos de un saco de tatarabuelo, el poeta logró plasmar un cuerpo conciso de poemas que transmiten una apuesta vital por una cotidianeidad de glorias constantes para toda sensibilidad atenta. Y es el  humor, presente en expresiones idiomáticas contrarias a cualquier pomposidad y también  la forma en que tiene su espacio la duda, es que estos poemas tienen un color ameno y se alejan amablemente de cualquier proposición prepotente de enseñar formas unidimensionales de vivir. Vayan entonces algunos poemas de Leyva, antes de saber más de la forma en que dio nacimiento a su libro.
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PANTALLA GIGANTE

Deseando estoy deslilusionarme,
despertar de este mátrix fariseo,
caerme del caballo del falseo,
como el Buda poder iluminarme.

Muero de ganas de desengañarme,
de que acabe este rollo macabeo, 
de dejar de jugar al Veo veo
e intentar que nada logre embaucarme.

Esto me empuja de nuevo al deseo, 
al corazón del fatal laberinto
del que, cuanto más huyo, más soy reo. 

¿Cómo escapar de este sueño angustiante? 
¿Quizá aceptarlo haría distinto 
este loco show de Truman gigante?


SIN BURBUJAS

Para Pablo Leyva

La puerta de la felicidad 
se abre hacia afuera.

Sören Kierkegaard

Cada menda se enclaustra en su burbuja
ignorando a la burbuja de al lado:
no se vio mundo tan unido y aislado 
como éste que el corazón nos estruja.

Pero siempre hay algo que nos embruja, 
que nos refresca el ánimo cansado,
que nos llama de fuera del cercado 
y a salir de nosotros nos empuja.

Reconforta escapar del propio ego, 
visitar los adentros de otro talle, 
aprender a jugar un nuevo juego.

Tratar a un alma ajena con detalle, 
compartir su ámbito sin apego 
ayudan a que la burbuja estalle.


ELECCIONES AUTONÓMICAS

Para Andrés, El Dragón Blanco de la Suerte 

Cuando te conviertes en un amante de lo que es, 
ya no hay más decisiones que tomar.

Amar lo que es,

Byron Kate

¿Cuál es la elección más acertada, 
esa que nos va justo a la medida, 
que nos ayuda a fluir con la vida 
y nos deja la mente sosegada?

¿Cuál es la decisión más adecuada, 
la que teníamos preconcebida 
o esa que ya parece decidida 
y que casi por sí sola es tomada?

¿Y si resulta que no hay decisiones, 
que sólo nos cabe elegir? –Pregunto–.
¿Y si tan trascendentales cuestiones

no nos incumben ni son nuestro asunto?
¿Y si lo nuestro es lanzar intenciones 
para que el cosmos disponga y punto?
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Juan Mart
- ¿Me puedes contar cómo es que nace la pasión que puede sentirse en ti por la palabra poética?
- Eso quisiera saber yo… Supongo que es una expresión más de mi AMOR al arte, a la belleza, a la armonía. Siempre pensé que un Lorca o un  Dalí, por el calado de su genio, se hubieran podido dedicar con la misma maestría que derrochaban en lo suyo a la danza o la arquitectura. Creo que mi pasión por la palabra es innata. Más aún, que la vengo cultivando desde muchas encarnaciones atrás. Una vez, mi gran amigo Fran Trovador, poeta y recitador talentoso, me dijo después de escuchar una canción que tengo titulada Azul: “Eso sólo lo puede componer alguien que ya ha sido compositor en otras vidas.” Argumentaba a su favor mi nula formación académica en lo musical, terreno en el que soy totalmente autodidacta. Sea como fuere, la palabra siempre me ha fascinado. La considero una poderosa herramienta de creación y construcción de la realidad, porque estructura el pensamiento y por tanto da pábulo a nuestro sistema de creencias. En el apartamento donde me crié había 4.000 libros y un padre novelista que mi mamá llamaba “la enciclopedia andante” porque siempre tenía la respuesta culta para todo. El ejemplo de mi papá, un verdadero alquimista de la palabra, sin duda hizo mella en el niño que yo fui y del que, al cabo, salió un poeta trovero y cantor. 

- ¿Cómo es que decides trabajar sobre estructuras tan fijas como el soneto?
- Por un lado, fue un mero capricho. Me explico. Sabina, el famoso cantautor ubetense, había publicado años atrás un libro con 100 sonetos titulado Ciento volando de catorce. Y yo, como admirador de quien es para mí un grandísimo hacedor de canciones, pensé: “Pues yo no voy a ser menos. Si él lo ha hecho, yo también puedo.” Y me puse como meta redactar 111, por superar los 100 y porque fuera un número que sumara 3, porque 3 son los avatares de Dios en numerosas religiones. Por otro lado, el soneto es la forma poética reina y yo quería honrarla con todo merecimiento, es decir con un libro sustancioso y bien escrito. Tuve un flirt con el soneto en otra obra mía, poesía.es, un libro-cd que saqué en 2007 y con el que aprendí a familiarizarme con la estructura de los cuartetos y los tercetos, así como con la cadencia del endecasílabo. Y también había escrito ya mucho verso libre. Tenía ganas de hacer algo con más empaque y reconocimiento formal, como para demostrarme a mí mismo que, como autor de poesía, había alcanzado ya una cierta madurez y era capaz de una empresa más seria en el formato lírico más aplaudido según los cánones.

- ¿Qué le encuentras de interesante al formato en sí? ¿Qué sientes que te permite?
- En cierto modo, lo acabo de explicar. Por ahondar un poco más, añadiría que el interés del soneto reside, quizá por su peso histórico, en que es tremendamente seductor para todo poeta. Llega un punto en el camino de un poeta en donde, amén del trabajo y la inspiración, se empieza a comprender la importancia de la tradición y eso anima mucho a remedar a los grandes. Se empieza a despertar el amor por conocer las reglas del arte, por andar el camino que otros anduvieron; ya que no es llegar a ningún sitio lo que los hizo grandes, sino recorrer el camino. Y yo soy de los de antes, quiero ser un alma grande, una buena luz: me gusta el camino, andarlo me transforma, me ilumina. Y mis poemas son mi mejor legado para el mundo. Bueno, mis poemas y mis canciones, que son sólo aire, sí, pero se te cuelan entre las hendijas del alma bastante mejor que los billetes y las propiedades inmobiliarias. Y contestando a la segunda pregunta, el soneto me permite volar con los pies en el suelo.

- ¿Percibiste durante el proceso alguna limitación o algún escollo que debiera ser solucionado para poder seguir con el libro?
- No, en ningún caso. Fluyó como la seda, a una media de dos sonetos por semana, lo cual, teniendo en cuenta mis condiciones laborales de entonces, me parece una maravilla. ¡Gracias, tespíades! Sólo cuando terminé de redactar los 111 sonetos, quise dividir el libro en partes, como he visto en los libros de poesía. Quise agrupar poemas por semejanza temática para montar capítulos y conducir así al lector por una senda vivencial de transformación progresiva que culminara en un colofón catártico e iluminador, pero los poemas no quisieron. Por más vueltas que les di, ellos volvían a su orden cronológico de redacción. Al final comprendí el mensaje y respeté la secuencia en que habían venido. Tantas veces he pensado de la relación entre la Naturaleza y el ser humano: “Lo único que tenemos que hacer con Ella es dejarla en paz.” Pues eso.

Mateo Liébana
- ¿Cómo fue en sí el proceso total de creación? ¿Recuerdas alguna anécdota que sea ilustrativa del corazón de ese tiempo creativo?
- ¡Qué pregunta tan bonita! El proceso de creación fue a la vez una sorpresa para el alma y un camino de descubrimiento. También de afirmación personal, de entendimiento de mí mismo, de liberación de creencias enquistadas, de definición de lo que soy y de cómo veo yo la vida. Y sobre todo fue un camino de amor, de AMOR más bien, así como de afinación de los sentidos para ahondar en los sentimientos, y de observación contemplativa para atinar con total exactitud en la expresión de la verdad que aprehendía de lo observado. ¿Anécdotas? Todas las que quieras. Por de pronto, una confesión: la idea raíz de numerosos sonetos nace de conversaciones con mi compañera Patricia Mateo, o de meras frases que ella soltaba mientras hablábamos durante la comida y que eran casi perfectos endecasílabos. Yo vivía pegado a una libreta y en cuanto los escuchaba, zas, los “endecasilababa” (si es que acaso no lo estaban ya) y los apuntaba a la velocidad del rayo, para que no se los llevara el viento. Ella, musa elocuente, dice que ha aprendido de mí a detectar eso que yo he llamado a veces “la brisa de la inspiración”. Se aprecia como un giro de la luz, una mudanza apenas perceptible en el ambiente, un matiz distinto en las hebras que sustentan la realidad, un baile de los átomos, una paz repentina en nuestro interior, como si una melodía inaudita aquietara la mente y la focalizara en algo para hacernos ver, escuchar, sentir: ese algo es la poesía. Un poeta es un vigía, ya lo he dicho muchas veces, que debe estar atento a la brisa para oír los susurros de las musas, pero al mismo tiempo vivir el presente, el momento, porque todo sucede aquí y ahora, y porque toda obra es hija del tiempo y de una emoción que transcurre por la vía del tiempo, que es el hilo de la vida. Esta labor es una especie de vigilancia pasiva, un estar en guardia sosegado… Es una tarea tremendamente hermosa y delicada, como la de un cirujano de mariposas o de sueños, pues se trata ni más ni menos que de atrapar lo inefable. Las musas son la parte activa y el creador, quien transcribe lo que ellas musitan. Eso es todo. Un poema es algo que yo transcribo mientras ocurre, pero no es mío, yo sólo lo he captado en esa forma. Otro lo hará a su manera. Esa es la riqueza infinita de la Creación. Por supuesto, hay más anécdotas: cada soneto tiene la suya. Perdonen las molestias, por ejemplo, se me ocurrió porque vi un cartel con ese mensaje en unas obras mientras iba en tren, MBA porque escuché a un canario cantar desde su jaula en el alféizar de un quinto piso, Se ruega silencio porque estaba de excursión por la montaña y una amiga no paraba de hablar, Mercado de valores porque me impactó la inhumanidad de Gordon Gekko, el villano protagonista de la peli Wall Street, de Oliver Stone, de la que, por cierto, se ha empezado recientemente a rodar la segunda parte. En fin, habría incontables anécdotas por desgranar.

- ¿Puedes ampliar las referencias bibliográficas que sirvieron de inspiración para el cuerpo de ideas del libro?
- Buff… Como ya explico en un pie de página, en la época en que escribía el libro, estaba leyendo Un nuevo mundo, de Eckhart Tolle, que me influyó decisiva y poderosamente por cuanto me ayudó a detectar y reconocer los mecanismos de mi propio ego; amén de, por supuesto, hacerme ver al ego como el mayor problema de la humanidad y, por idéntico motivo, como el mejor instrumento de conocimiento de que disponemos para decidirnos a cambiar, si es que queremos cambiar, claro… Más allá de las referencias bibliográficas, está el mejor libro de todos: la vida misma, que es la piel del mundo. Todo lo que aprendemos, lo aprendemos porque amamos y donde más aprende un ser humano es en la piel de otro ser humano. Todo lo que he amado y aprendido, todo lo que soy, también lo que he leído en el pasado, en la piel de mis amores y en las páginas de los libros, la música que me ha nutrido, la películas que he visto, no sé, tantas cosas… Todo eso me ha influido y, de algún modo, se refleja también en la obra. Me complace honrar siempre las fuentes, igual que honro a los amores. Cada cita de inspiración que pongo es un homenaje particular a la obra o el autor que me hizo alumbrar la idea para una creación mía. Y en PESONETO hay bastantes citas.

- ¿Estabas en pleno influjo de esas ideas cuando acometiste la escritura de tu libro?
- Sí, si no, ¿de qué otro modo hubieran podido reflejarse en sus páginas? Soy un ser deliciosamente influenciable por la vida. Soy vida y todo lo que es vida me toca y me deja huella. Es así que se aprende a vivir: siendo un vividor sensitivo.

- ¿Qué similitudes y diferencias percibes con este tipo de creación poética y la de tus canciones?
- Son primas hermanas y, en algunos casos, se llevan muy bien. El primer soneto que yo escribí, titulado Presagio de las flores, acabó convertido en canción. De hecho, el segundo terceto se me atragantó y hasta que no agarré la guitarra y le puse melodía al poema, no pude acabarlo. De modo que mi primer soneto nació a la vez como poema y como canción. Curioso, ¿verdad? Un bonito maridaje. Supongo que la diferencia estriba en el ánimo con que uno afronta el tema. Hay temas que el alma desea expresar como canción y otros, quizá más intelectuales, que encuentran una expresión más acertada en el poema. Sí, eso es, yo creo que depende de las sensaciones que a uno le producen las cosas. Hay vivencias que salen ya con la música puesta y otras que son mera palabra y no les hace falta nada más.

- En el libro aparecen referencias al mundo del teatro, vinculadas simbólicamente con la propia vida, ¿ha tenido mucho impacto vital en ti la experiencia escénica?
- Sí y no. He ido muy poco al teatro, o menos de lo que me hubiera gustado, si bien me ha impactado sobremanera, sobre todo determinadas obras que vi en el Teatro Alfil de Madrid hace un montón de años. Iba mucho porque trabajaba en un Noticiario adonde nos llegaban invitaciones y como nadie las quería, yo las aprovechaba. Iba cada semana. No tenía entonces ni 25 años. Me nutrió mucho. Vi muchas obras, muy variadas. Pero después de esa época, apenas sí he acudido al teatro. Tuve una novia que hizo una obra y me pasé todo un verano yendo cada tarde a los ensayos y luego una temporada entera a cada representación, la cual, casualmente, se hizo en el Teatro Alfil, qué cosas. También he sido actor circunstancial en algunas teleseries españolas, nada reseñable, sólo papeles ínfimos, que busqué por ganar un dinero antes que por vocación. Y el año 2008 representé en la Real Escuela Superior de Arte Dramático, RESAD, de Madrid la obra La loca de Chaillot, de Jean Giradoux. Hice de juglar, aunque no de mí mismo. Era un papel un poco soso, sin pulir. Fue una experiencia agridulce. Me gustó hacerla, incluso compuse una canción que interpretaba al final de la pieza, y fue edificante compartir escenario con auténticos profesionales de las tablas, pero me di cuenta de que no tenía el espíritu de sacrificio que a ellos, a lo que parecía, les sobraba a puñados, porque trabajábamos por amor al arte y eso requiere vocación de verdad, y yo me di cuenta, quizá con tristeza, de que ya no era ese muchacho risueño que hacía mimo o breakdance en las funciones de las fiestas del colegio. Y además, yo era el diferente, el único que no era actor, y aunque la compañía me acogió muy cariñosamente, lo cierto es que yo nunca terminé de hallarme entre ellos. Después de las funciones de rigor, todo pasó sin pena ni gloria, como un examen que al fin apruebas y del que te olvidas después de la borrachera pertinente. Ahora, aposentada la vivencia gracias al paso del tiempo, me doy cuenta de que el juglar era un papel que apenas exigía autenticidad por mi parte, más bien al contrario, que me empobrecía, pues de otro modo, me hubiera enseñado muchas cosas y me hubiera dejado un gran recuerdo, como el que imprimen las experiencias que nos hacen crecer. La loca de Chaillot, como obra, sí me enseñó a comprender mejor nuestro mundo dividido en buenos y malos, en ricos y pobres, en cuerdos y locos permutados, pero representarla me enfrentó a la realidad del teatro, que tendrá sus laureles y sus pompas, no lo niego, pero yo lo que vi fueron muchas miserias.

- ¿Qué otras vivencias sientes que han sido fundamentales a la hora de construir el nudo del mensaje del libro?
- Pues vivir, vivir y aprender que en nuestra dimensión la vida es dual, que hay amor, pero también dolor, que hay abundancia, pero también hambre. Es una enseñanza simple, pero a la vez muy profunda. También me ha ayudado mucho a desentrañar el núcleo de mi mensaje el hecho de hacerme cantautor del alma, de componer y escribir mucho y con total dedicación desde mi verdad humana más esencial e incontestable, y luego, hacer de ello una profesión, que he desarrollado siempre junto a mi compañera Patricia Mateo, un tesoro de mujer a quien debo, entre otras perlas, el haber sumado el coraje necesario para subirme a un escenario a cantar mis canciones. Esto me ha hecho sacar a mi niño divino del armario y mostrarlo sin tapujos, mostrarme yo tal cual soy, sin miedo, rezumando alma por todos los poros de mi cuerpo. Viajar, hacer Biodanza, conocer otras concepciones del mundo… todo me hace ser lo que soy, y en lo que hago se refleja inevitablemente lo que soy. Y siempre, y por sobre todo, amar, entregarme a amar sin miramientos, piel con piel entretejida, uncidas ambas a la búsqueda ineluctable de lo sublime, irrefrenable el deseo de dar el salto vital que nos abisma en la hondura más insondable del alma para elevarnos después sobre lomo alado hasta la cima del misterio más excelso ya revelado. Eso es la guinda de la vida: el éxtasis. Y buscarlo, al menos para mí, equivale poco menos que a una obligación moral. Quien no vive el éxtasis, no puede decir que ha vivido.

- ¿Que has sentido al finalizarlo? 
- Sosiego, paz, alegría… La kalokagatia de la que hablaban en la Grecia clásica, esa satisfacción que sólo uno puede saborear de ver realizado un trabajo en el cual puso tanto empeño y amor. Y también he sentido alivio, un “ya está hecho” que me dejó muy tranquilo, feliz y listo para irme de veraneo con la sensación de haber hecho lo que tenía que hacer en el momento adecuado. Y para terminar, la certeza de que mi vida entraba en otra fase más placentera y vivible.

- ¿Cómo estás trabajando con la edición y distribución? ¿Podría decirse que estas formas que estás hallando o construyendo son un eco de la propia creación?
- No le he dedicado excesivo esfuerzo al asunto. Remitir originales a las editoriales es como lanzar globos al espacio, a ver si alguno se cuela por la trampilla de la Estación Espacial Internacional. Un autor desconocido publica por recomendación de algún pez gordo o por ganar un concurso, que a lo peor también se gana por recomendación. Yo he decidido trascender los trámites y montármelo por mi cuenta, como el que predica en el desierto y confía en que Dios hará pasar por allí a alguna caravana con gentes de buena fe a quienes su mensaje les muestre algo. De modo que me diseñé los libros en el ordenador y saqué 100 ejemplares en fotocopia con tapa de cartulina y los distribuí entre los amigos. Hay quien jura que la mecánica del mercadeo de la distribución cultural ha quedado obsoleta merced a Internet. Yo me adelanto al futuro en el que Internet también será obsoleta y sigo en el desierto, que es un lugar propicio para la poesía, porque los que acuden a buscar la verdad en sus arenas, siempre andan con sed de compañía y, además, saben agradecer la labor de quienes plantamos oasis en medio de tanta desolación. Lo del eco, que lo decida el silencio.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Un auténtico y dulce placer leer la entrevista a Federico, con esa maravillosa habilidad que tiene para enlazar bellas palabras y describir sentimientos.

Andrés 2.0 dijo...

Una muy grata sorpresa, esta entrada a raíz de este precioso libro de Fede. Totalmente de acuerdo con lo que cuentas sobre su forma de escribir, yo estoy totalmente fascinado por su sensibilidad y su humor.

Y me ha encantado la entrevista, así he podido conocer un poco más a este hombre, al que admiro desde hace tiempo, al igual que a su pareja, y de los que quisiera tener la suerte de poder considerarme amigo.

Anónimo dijo...

No he tenido la suerte de leer el libro de Ley, no he llegado a ser una de los afortunados, pero en la entrevista he visto al mismo chico que conocí hace más de 20 años. Quizá un poco más vivido y pulido, pero por siempre el hombre que encandilaba con su forma de hablar y de escribir...
Marga.

Ana dijo...

La entrevista me ha encantado pues me ha permitido conocer más a Fede y admirar su fluidez en la palabra certera.
El libro lo voy leyendo poco a poco pues cada soneto merece atención y por lo menos lo tengo que leer 2 veces, una me dejo llevar por la musicalidad y luego cada vez que lo releo descubro más significados, conexiones; pareciera que ninguna palabra está puesta allí por casualidad. FELICIDADES FEDERICO