El músico y escritor español ha editado, de forma independiente un libro de sonetos cuya potencia surge de la combinación de ideas, sensaciones, belleza formal y una buena cuota de humor.
Diego Oscar Ramos - Foto apertura: Alicia Gosálvez
Porque cuando hallamos placer, pocas cosas renuevan ese goce como compartirlo para que se extienda, de esa sensación surge la certeza de recomendar la lectura de los poemas de PESONETO, un inspirado libro que el poeta y músico español Federico Leyva ha editado y distribuido personalmente entre unos cientos de afortunados. Con una estricta estructura de sonetos, la cual en otras manos podría hasta oler a naftalina dentro de los bolsillos de un saco de tatarabuelo, el poeta logró plasmar un cuerpo conciso de poemas que transmiten una apuesta vital por una cotidianeidad de glorias constantes para toda sensibilidad atenta. Y es el humor, presente en expresiones idiomáticas contrarias a cualquier pomposidad y también la forma en que tiene su espacio la duda, es que estos poemas tienen un color ameno y se alejan amablemente de cualquier proposición prepotente de enseñar formas unidimensionales de vivir. Vayan entonces algunos poemas de Leyva, antes de saber más de la forma en que dio nacimiento a su libro.
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PANTALLA GIGANTE
Deseando estoy deslilusionarme,
despertar de este mátrix fariseo,
caerme del caballo del falseo,
como el Buda poder iluminarme.
Muero de ganas de desengañarme,
de que acabe este rollo macabeo,
de dejar de jugar al Veo veo
e intentar que nada logre embaucarme.
Esto me empuja de nuevo al deseo,
al corazón del fatal laberinto
del que, cuanto más huyo, más soy reo.
¿Cómo escapar de este sueño angustiante?
¿Quizá aceptarlo haría distinto
este loco show de Truman gigante?
SIN BURBUJAS
Para Pablo Leyva
La puerta de la felicidad
se abre hacia afuera.
Sören Kierkegaard
Cada menda se enclaustra en su burbuja
ignorando a la burbuja de al lado:
no se vio mundo tan unido y aislado
como éste que el corazón nos estruja.
Pero siempre hay algo que nos embruja,
que nos refresca el ánimo cansado,
que nos llama de fuera del cercado
y a salir de nosotros nos empuja.
Reconforta escapar del propio ego,
visitar los adentros de otro talle,
aprender a jugar un nuevo juego.
Tratar a un alma ajena con detalle,
compartir su ámbito sin apego
ayudan a que la burbuja estalle.
ELECCIONES AUTONÓMICAS
Para Andrés, El Dragón Blanco de la Suerte
Cuando te conviertes en un amante de lo que es,
ya no hay más decisiones que tomar.
Amar lo que es,
Byron Kate
¿Cuál es la elección más acertada,
esa que nos va justo a la medida,
que nos ayuda a fluir con la vida
y nos deja la mente sosegada?
¿Cuál es la decisión más adecuada,
la que teníamos preconcebida
o esa que ya parece decidida
y que casi por sí sola es tomada?
¿Y si resulta que no hay decisiones,
que sólo nos cabe elegir? –Pregunto–.
¿Y si tan trascendentales cuestiones
no nos incumben ni son nuestro asunto?
¿Y si lo nuestro es lanzar intenciones
para que el cosmos disponga y punto?
- ¿Me puedes
contar cómo es que nace la pasión que puede sentirse en ti por la palabra
poética?- Eso quisiera saber yo… Supongo que es una expresión más de mi AMOR al arte, a la belleza, a la armonía. Siempre pensé que un Lorca o un Dalí, por el calado de su genio, se hubieran podido dedicar con la misma maestría que derrochaban en lo suyo a la danza o la arquitectura. Creo que mi pasión por la palabra es innata. Más aún, que la vengo cultivando desde muchas encarnaciones atrás. Una vez, mi gran amigo Fran Trovador, poeta y recitador talentoso, me dijo después de escuchar una canción que tengo titulada Azul: “Eso sólo lo puede componer alguien que ya ha sido compositor en otras vidas.” Argumentaba a su favor mi nula formación académica en lo musical, terreno en el que soy totalmente autodidacta. Sea como fuere, la palabra siempre me ha fascinado. La considero una poderosa herramienta de creación y construcción de la realidad, porque estructura el pensamiento y por tanto da pábulo a nuestro sistema de creencias. En el apartamento donde me crié había 4.000 libros y un padre novelista que mi mamá llamaba “la enciclopedia andante” porque siempre tenía la respuesta culta para todo. El ejemplo de mi papá, un verdadero alquimista de la palabra, sin duda hizo mella en el niño que yo fui y del que, al cabo, salió un poeta trovero y cantor.
- ¿Cómo es que decides trabajar sobre estructuras tan fijas como el soneto?
- Por un lado, fue un mero capricho. Me explico. Sabina, el famoso cantautor ubetense, había publicado años atrás un libro con 100 sonetos titulado Ciento volando de catorce. Y yo, como admirador de quien es para mí un grandísimo hacedor de canciones, pensé: “Pues yo no voy a ser menos. Si él lo ha hecho, yo también puedo.” Y me puse como meta redactar 111, por superar los 100 y porque fuera un número que sumara 3, porque 3 son los avatares de Dios en numerosas religiones. Por otro lado, el soneto es la forma poética reina y yo quería honrarla con todo merecimiento, es decir con un libro sustancioso y bien escrito. Tuve un flirt con el soneto en otra obra mía, poesía.es, un libro-cd que saqué en 2007 y con el que aprendí a familiarizarme con la estructura de los cuartetos y los tercetos, así como con la cadencia del endecasílabo. Y también había escrito ya mucho verso libre. Tenía ganas de hacer algo con más empaque y reconocimiento formal, como para demostrarme a mí mismo que, como autor de poesía, había alcanzado ya una cierta madurez y era capaz de una empresa más seria en el formato lírico más aplaudido según los cánones.
- ¿Qué le
encuentras de interesante al formato en sí? ¿Qué sientes que te permite?
- En cierto modo, lo acabo de explicar. Por ahondar un poco
más, añadiría que el interés del soneto reside, quizá por su peso histórico, en
que es tremendamente seductor para todo poeta. Llega un punto en el camino de
un poeta en donde, amén del trabajo y la inspiración, se empieza a comprender
la importancia de la tradición y eso anima mucho a remedar a los grandes. Se
empieza a despertar el amor por conocer las reglas del arte, por andar el
camino que otros anduvieron; ya que no es llegar a ningún sitio lo que los hizo
grandes, sino recorrer el camino. Y
yo soy de los de antes, quiero ser un alma grande, una buena luz: me gusta el
camino, andarlo me transforma, me ilumina. Y mis poemas son mi mejor legado
para el mundo. Bueno, mis poemas y mis canciones, que son sólo aire, sí, pero
se te cuelan entre las hendijas del alma bastante mejor que los billetes y las
propiedades inmobiliarias. Y contestando a la segunda pregunta, el soneto me
permite volar con los pies en el suelo.
- ¿Percibiste
durante el proceso alguna limitación o algún escollo que debiera ser
solucionado para poder seguir con el libro?
- No, en ningún caso. Fluyó como la seda, a una media de dos
sonetos por semana, lo cual, teniendo en cuenta mis condiciones laborales de
entonces, me parece una maravilla. ¡Gracias, tespíades! Sólo cuando terminé de
redactar los 111 sonetos, quise dividir el libro en partes, como he visto en
los libros de poesía. Quise agrupar poemas por semejanza temática para montar
capítulos y conducir así al lector por una senda vivencial de transformación progresiva
que culminara en un colofón catártico e iluminador, pero los poemas no
quisieron. Por más vueltas que les di, ellos volvían a su orden cronológico de
redacción. Al final comprendí el mensaje y respeté la secuencia en que habían
venido. Tantas veces he pensado de la relación entre la Naturaleza y el ser
humano: “Lo único que tenemos que hacer con Ella es dejarla en paz.” Pues eso.
Mateo Liébana
- ¡Qué pregunta tan bonita! El proceso de creación fue a la
vez una sorpresa para el alma y un camino de descubrimiento. También de
afirmación personal, de entendimiento de mí mismo, de liberación de creencias
enquistadas, de definición de lo que soy y de cómo veo yo la vida. Y sobre todo
fue un camino de amor, de AMOR más bien, así como de afinación de los sentidos
para ahondar en los sentimientos, y de observación contemplativa para atinar
con total exactitud en la expresión de la verdad que aprehendía de lo
observado. ¿Anécdotas? Todas las que quieras. Por de pronto, una confesión: la
idea raíz de numerosos sonetos nace de conversaciones con mi compañera Patricia
Mateo, o de meras frases que ella soltaba mientras hablábamos durante la comida
y que eran casi perfectos endecasílabos. Yo vivía pegado a una libreta y en
cuanto los escuchaba, zas, los “endecasilababa” (si es que acaso no lo estaban
ya) y los apuntaba a la velocidad del rayo, para que no se los llevara el
viento. Ella, musa elocuente, dice que ha aprendido de mí a detectar eso que yo
he llamado a veces “la brisa de la inspiración”. Se aprecia como un giro de la
luz, una mudanza apenas perceptible en el ambiente, un matiz distinto en las
hebras que sustentan la realidad, un baile de los átomos, una paz repentina en
nuestro interior, como si una melodía inaudita aquietara la mente y la focalizara
en algo para hacernos ver, escuchar,
sentir: ese algo es la poesía. Un
poeta es un vigía, ya lo he dicho muchas veces, que debe estar atento a la
brisa para oír los susurros de las musas, pero al mismo tiempo vivir el
presente, el momento, porque todo sucede aquí y ahora, y porque toda obra es
hija del tiempo y de una emoción que transcurre por la vía del tiempo, que es
el hilo de la vida. Esta labor es una especie de vigilancia pasiva, un estar en
guardia sosegado… Es una tarea tremendamente hermosa y delicada, como la de un
cirujano de mariposas o de sueños, pues se trata ni más ni menos que de atrapar
lo inefable. Las musas son la parte activa y el creador, quien transcribe lo
que ellas musitan. Eso es todo. Un poema es algo que yo transcribo mientras
ocurre, pero no es mío, yo sólo lo he captado en esa forma. Otro lo hará a su
manera. Esa es la riqueza infinita de la Creación. Por supuesto, hay más
anécdotas: cada soneto tiene la suya. Perdonen
las molestias, por ejemplo, se me ocurrió porque vi un cartel con ese
mensaje en unas obras mientras iba en tren, MBA
porque escuché a un canario cantar desde su jaula en el alféizar de un quinto
piso, Se ruega silencio porque estaba
de excursión por la montaña y una amiga no paraba de hablar, Mercado de valores porque me impactó la
inhumanidad de Gordon Gekko, el villano protagonista de la peli Wall Street, de Oliver Stone, de la que,
por cierto, se ha empezado recientemente a rodar la segunda parte. En fin, habría
incontables anécdotas por desgranar.
- ¿Puedes ampliar
las referencias bibliográficas que sirvieron de inspiración para el cuerpo de
ideas del libro?
- Buff… Como ya explico en un pie de página, en la época en
que escribía el libro, estaba leyendo Un
nuevo mundo, de Eckhart Tolle, que me influyó decisiva y poderosamente por
cuanto me ayudó a detectar y reconocer los mecanismos de mi propio ego; amén
de, por supuesto, hacerme ver al ego como el mayor problema de la humanidad y,
por idéntico motivo, como el mejor instrumento de conocimiento de que disponemos
para decidirnos a cambiar, si es que queremos cambiar, claro… Más allá de las
referencias bibliográficas, está el mejor libro de todos: la vida misma, que es
la piel del mundo. Todo lo que aprendemos, lo aprendemos porque amamos y donde
más aprende un ser humano es en la piel de otro ser humano. Todo lo que he
amado y aprendido, todo lo que soy, también lo que he leído en el pasado, en la
piel de mis amores y en las páginas de los libros, la música que me ha nutrido,
la películas que he visto, no sé, tantas cosas… Todo eso me ha influido y, de
algún modo, se refleja también en la obra. Me complace honrar siempre las
fuentes, igual que honro a los amores. Cada cita de inspiración que pongo es un
homenaje particular a la obra o el autor que me hizo alumbrar la idea para una
creación mía. Y en PESONETO hay bastantes citas.
- ¿Estabas en
pleno influjo de esas ideas cuando acometiste la escritura de tu libro?
- Sí, si no, ¿de qué otro modo hubieran podido reflejarse en
sus páginas? Soy un ser deliciosamente influenciable por la vida. Soy vida y
todo lo que es vida me toca y me deja huella. Es así que se aprende a vivir:
siendo un vividor sensitivo.
- ¿Qué
similitudes y diferencias percibes con este tipo de creación poética y la de
tus canciones?
- Son primas hermanas y, en algunos casos, se llevan muy
bien. El primer soneto que yo escribí, titulado Presagio de las flores, acabó convertido en canción. De hecho, el
segundo terceto se me atragantó y hasta que no agarré la guitarra y le puse
melodía al poema, no pude acabarlo. De modo que mi primer soneto nació a la vez
como poema y como canción. Curioso, ¿verdad? Un bonito maridaje. Supongo que la
diferencia estriba en el ánimo con que uno afronta el tema. Hay temas que el
alma desea expresar como canción y otros, quizá más intelectuales, que
encuentran una expresión más acertada en el poema. Sí, eso es, yo creo que
depende de las sensaciones que a uno le producen las cosas. Hay vivencias que
salen ya con la música puesta y otras que son mera palabra y no les hace falta
nada más.
- Sí y no. He ido muy poco al teatro, o menos de lo que me
hubiera gustado, si bien me ha impactado sobremanera, sobre todo determinadas
obras que vi en el Teatro Alfil de Madrid hace un montón de años. Iba mucho porque
trabajaba en un Noticiario adonde nos llegaban invitaciones y como nadie las
quería, yo las aprovechaba. Iba cada semana. No tenía entonces ni 25 años. Me
nutrió mucho. Vi muchas obras, muy variadas. Pero después de esa época, apenas
sí he acudido al teatro. Tuve una novia que hizo una obra y me pasé todo un
verano yendo cada tarde a los ensayos y luego una temporada entera a cada
representación, la cual, casualmente, se hizo en el Teatro Alfil, qué cosas.
También he sido actor circunstancial en algunas teleseries españolas, nada
reseñable, sólo papeles ínfimos, que busqué por ganar un dinero antes que por
vocación. Y el año 2008 representé en la Real Escuela Superior de Arte
Dramático, RESAD, de Madrid la obra La
loca de Chaillot, de Jean Giradoux. Hice de juglar, aunque no de mí mismo. Era
un papel un poco soso, sin pulir. Fue una experiencia agridulce. Me gustó
hacerla, incluso compuse una canción que interpretaba al final de la pieza, y fue
edificante compartir escenario con auténticos profesionales de las tablas, pero
me di cuenta de que no tenía el espíritu de sacrificio que a ellos, a lo que
parecía, les sobraba a puñados, porque trabajábamos por amor al arte y eso
requiere vocación de verdad, y yo me di cuenta, quizá con tristeza, de que ya
no era ese muchacho risueño que hacía mimo o breakdance en las funciones de las fiestas del colegio. Y además,
yo era el diferente, el único que no era actor, y aunque la compañía me acogió
muy cariñosamente, lo cierto es que yo nunca terminé de hallarme entre ellos.
Después de las funciones de rigor, todo pasó sin pena ni gloria, como un examen
que al fin apruebas y del que te olvidas después de la borrachera pertinente.
Ahora, aposentada la vivencia gracias al paso del tiempo, me doy cuenta de que el
juglar era un papel que apenas exigía autenticidad por mi parte, más bien al
contrario, que me empobrecía, pues de otro modo, me hubiera enseñado muchas
cosas y me hubiera dejado un gran recuerdo, como el que imprimen las
experiencias que nos hacen crecer. La
loca de Chaillot, como obra, sí me enseñó a comprender mejor nuestro mundo
dividido en buenos y malos, en ricos y pobres, en cuerdos y locos permutados, pero
representarla me enfrentó a la realidad del teatro, que tendrá sus laureles y
sus pompas, no lo niego, pero yo lo que vi fueron muchas miserias.
- ¿Qué otras
vivencias sientes que han sido fundamentales a la hora de construir el nudo del
mensaje del libro?
- Pues vivir, vivir y aprender que en nuestra dimensión la
vida es dual, que hay amor, pero también dolor, que hay abundancia, pero
también hambre. Es una enseñanza simple, pero a la vez muy profunda. También me
ha ayudado mucho a desentrañar el núcleo de mi mensaje el hecho de hacerme
cantautor del alma, de componer y escribir mucho y con total dedicación desde
mi verdad humana más esencial e incontestable, y luego, hacer de ello una
profesión, que he desarrollado siempre junto a mi compañera Patricia Mateo, un
tesoro de mujer a quien debo, entre otras perlas, el haber sumado el coraje necesario
para subirme a un escenario a cantar mis canciones. Esto me ha hecho sacar a mi
niño divino del armario y mostrarlo sin tapujos, mostrarme yo tal cual soy, sin
miedo, rezumando alma por todos los poros de mi cuerpo. Viajar, hacer Biodanza,
conocer otras concepciones del mundo… todo me hace ser lo que soy, y en lo que
hago se refleja inevitablemente lo que soy. Y siempre, y por sobre todo, amar,
entregarme a amar sin miramientos, piel con piel entretejida, uncidas ambas a
la búsqueda ineluctable de lo sublime, irrefrenable el deseo de dar el salto vital
que nos abisma en la hondura más insondable del alma para elevarnos después sobre
lomo alado hasta la cima del misterio más excelso ya revelado. Eso es la guinda
de la vida: el éxtasis. Y buscarlo, al menos para mí, equivale poco menos que a
una obligación moral. Quien no vive el éxtasis, no puede decir que ha vivido.
- ¿Que has
sentido al finalizarlo?
- Sosiego, paz, alegría… La kalokagatia de la que hablaban en la Grecia clásica, esa
satisfacción que sólo uno puede saborear de ver realizado un trabajo en el cual
puso tanto empeño y amor. Y también he sentido alivio, un “ya está hecho” que
me dejó muy tranquilo, feliz y listo para irme de veraneo con la sensación de
haber hecho lo que tenía que hacer en el momento adecuado. Y para terminar, la
certeza de que mi vida entraba en otra fase más placentera y vivible.
- No le
he dedicado excesivo esfuerzo al asunto. Remitir originales a las editoriales
es como lanzar globos al espacio, a ver si alguno se cuela por la trampilla de
la Estación Espacial Internacional. Un autor desconocido publica por
recomendación de algún pez gordo o por ganar un concurso, que a lo peor también
se gana por recomendación. Yo he decidido trascender los trámites y montármelo
por mi cuenta, como el que predica en el desierto y confía en que Dios hará
pasar por allí a alguna caravana con gentes de buena fe a quienes su mensaje
les muestre algo. De modo que me diseñé los libros en el ordenador y saqué 100
ejemplares en fotocopia con tapa de cartulina y los distribuí entre los amigos.
Hay quien jura que la mecánica del mercadeo de la distribución cultural ha
quedado obsoleta merced a Internet. Yo me adelanto al futuro en el que Internet
también será obsoleta y sigo en el desierto, que es un lugar propicio para la
poesía, porque los que acuden a buscar la verdad en sus arenas, siempre andan
con sed de compañía y, además, saben agradecer la labor de quienes plantamos
oasis en medio de tanta desolación. Lo del eco, que lo decida el silencio.










4 comentarios:
Un auténtico y dulce placer leer la entrevista a Federico, con esa maravillosa habilidad que tiene para enlazar bellas palabras y describir sentimientos.
Una muy grata sorpresa, esta entrada a raíz de este precioso libro de Fede. Totalmente de acuerdo con lo que cuentas sobre su forma de escribir, yo estoy totalmente fascinado por su sensibilidad y su humor.
Y me ha encantado la entrevista, así he podido conocer un poco más a este hombre, al que admiro desde hace tiempo, al igual que a su pareja, y de los que quisiera tener la suerte de poder considerarme amigo.
No he tenido la suerte de leer el libro de Ley, no he llegado a ser una de los afortunados, pero en la entrevista he visto al mismo chico que conocí hace más de 20 años. Quizá un poco más vivido y pulido, pero por siempre el hombre que encandilaba con su forma de hablar y de escribir...
Marga.
La entrevista me ha encantado pues me ha permitido conocer más a Fede y admirar su fluidez en la palabra certera.
El libro lo voy leyendo poco a poco pues cada soneto merece atención y por lo menos lo tengo que leer 2 veces, una me dejo llevar por la musicalidad y luego cada vez que lo releo descubro más significados, conexiones; pareciera que ninguna palabra está puesta allí por casualidad. FELICIDADES FEDERICO
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