Secreto universo vegetal
Mucho antes de la actual revalorización de la conciencia ecológica, valiosas voces de la ciencia y la ensayística poética ponían el eje en la necesidad de transformar nuestra percepción sobre el mundo vegetal. Prestar atención a las plantas puede provocar un poderoso salto en nuestra visión de una naturaleza de la que somos parte.
Diego Oscar Ramos (texto y fotos) - Uno Mismo
Si bien
las lecturas en sí no cambian el estado de las cosas, ya sea mejorar la salud
corporal y espiritual de una persona como lograr soluciones efectivas para
problemas de ecología planetaria, hay mensajes que saben unir el plano mental
con el de la emotividad. Lo que sí le otorga un inmenso valor para estimular
cambios en la conciencia humana. En ese sentido, poner en tiempo presente
algunos textos, de gran actualidad pero perdidos de vista por muchos de los
discursos actuales ligados a incentivar actitudes ecológicas en los seres
humanos, se convierte en un acto de celebración hacia la lucidez sensible de
quienes supieron ver antes cuestiones hoy sentidas como urgentes. Y también
poner la lupa sobre lecturas enriquecedoras, que puedan estimularnos
sensorialmente para apreciar la vida en su maravilla cotidiana y dejar impreso
en nuestra maquinaria perceptiva un filtro sanificador que proporcione una
atención inmediata ante las maneras de cuidar la naturaleza.
Fue
Maurice Maeterlinck (1862-1949), poeta y ensayista belga, autor paradigmático
del simbolismo literario europeo quien escribió en 1907 el libro La
inteligencia de las flores. Este trabajo ensayístico de quien
recibiera en 1911 el Premio Nóbel de Literatura, puede ser encontrado en las
mesas de saldo de muchas librerías porteñas, lo que lo vuelve una pieza para
ser buscada por la belleza con que hace que sintamos la presencia en la
naturaleza de una inteligencia universal. Al detallar con la gracia de un poeta
y la observación de un científico las diversas maneras en que se dan los
procesos de reproducción en las plantas, ayuda a ver con detallismo documental
la organización casi mágica que hay detrás de toda la naturaleza. “Se me figura
que no sería muy temerario sostener que no hay seres más o menos inteligentes,
sino una inteligencia esparcida, general, una especie de fluido universal que
penetra diversamente según sean buenos o malos conductores del espíritu, los
organismos que encuentre. En tal caso sería hasta ahora, en la tierra, el modo
de vida que ofrecería menor resistencia a ese fluido que las religiones llaman
divino”, escribe el ensayista, luego de varios capítulos donde llega a
sorprender por la creatividad con que algunas flores logran seducir a insectos
como las abejas para que sea exitosa la polinización y por ende se sigan
multiplicando las numerosas especies vegetales que forman parte de lo que hoy
llamamos biodiversidad. “(Las flores) nos permiten presumir que el espíritu que
anima todas las cosas o se desprende de ellas es de la misma esencia que el que
anima a nuestro cuerpo”, se aventura a declarar el poeta, sintonizándose con
distintas corrientes místicas que a lo largo del tiempo han dicho que somos uno
con las cosas, llegándose al éxtasis de transformación espiritual cuando nos
des diferenciamos con la naturaleza que nos rodea. Lo particular del
alegato de Maeterlinck es que va llegando a estas conclusiones luego de
descripciones de alta minuciosidad sobre la fisiología de los vegetales, donde
él mismo parece ir entrando en un vínculo comunicativo que enriquece su
escritura. Tan es así, que luego de los capítulos dedicados a describir formas
de interacción entre plantas y animales donde siente como evidente la presencia
de un orden superior, encuentra espacio para hablar del alma.
Nacido
como manual de difusión de toda una rama de investigaciones vanguardistas sobre
las formas de comunicación probables de establecer entre plantas, animales y
seres humanos, los investigadores Peter Tompkins y Christoper Bird lanzaron en
1973 La vida secreta de las plantas. Si bien la comunidad
científica internacional presentó algunas objeciones, sobre todo en cuanto a
algunos trabajos que querían demostrar la presencia de sensibilidad en los
vegetales sin que tengan sistema nervioso a través de experimentos sobre los
cambios de conductividad eléctrica, el libro fue muy importante en la década en
la cual las teorías sobre la New Age tenían ya una gran
presencia. Sus teorías dieron lugar a un film documental y hasta un disco
bellísimo del músico norteamericano Stevie Wonder, quienes supieron sintonizar
con el mensaje sensible que trascendía cualquier duda específica de algunos
científicos sobre ciertos métodos de medir la percepción de los vegetales. El
libro menciona lo que aconteció con un filósofo también ligado a la naturaleza
como el alemán Goethe, a quien su editor se negó a publicar unos manuscritos
que para él tenían un inmenso valor, ya que hacía analogías entre órdenes
universales que percibía en su jardín y los del universo todo leído desde esas
coordenadas. El pensador había escrito un texto llamado Sobre la
metamorfosis de las plantas, donde, entre otros aspectos, daba cuenta de la
importancia de los principios masculinos y femeninos como organizadores de
todo.
“Los
secretos están en las plantas. Para sacárselos hay que amarlas”, decía Carver a
quien le preguntase y no dejaba de hablar religiosamente a quien quisiera
indagar más acerca de esos poderes que le habían hecho ganar la
admiración hasta del gran inventor Thomas Edison e hicieron que un
industrial como Henry Ford lo llamara “el más grande científico viviente”.
Entre algunos de sus hallazgos estuvo la aparición de un pigmento azul que
impactó a los egiptólogos por creer que el americano había dado con la fórmula
de un secreto faraónico. Cuentan los autores que, poco antes de morir, fue
visitado en su laboratorio por un conocedor de sus dones, quien se fue admirado
de verlo con los brazos extendidos hacia una flor. “Cuando toco esa
flor es como si tocase el infinito. Existió mucho antes de que
hubiera seres humanos en esta tierra y seguirá existiendo durante millones de
años todavía. A través de esta flor yo hablo con el infinito, que es una fuerza
silenciosa”, cuentan Tompkins y Bird que contestó casi en éxtasis
este hijo de esclavos, de cuyos ancestros parece haber aprendido la potencia de
su percepción afectiva.
Inteligencia
universal
Fue
Maurice Maeterlinck (1862-1949), poeta y ensayista belga, autor paradigmático
del simbolismo literario europeo quien escribió en 1907 el libro La
inteligencia de las flores. Este trabajo ensayístico de quien
recibiera en 1911 el Premio Nóbel de Literatura, puede ser encontrado en las
mesas de saldo de muchas librerías porteñas, lo que lo vuelve una pieza para
ser buscada por la belleza con que hace que sintamos la presencia en la
naturaleza de una inteligencia universal. Al detallar con la gracia de un poeta
y la observación de un científico las diversas maneras en que se dan los
procesos de reproducción en las plantas, ayuda a ver con detallismo documental
la organización casi mágica que hay detrás de toda la naturaleza. “Se me figura
que no sería muy temerario sostener que no hay seres más o menos inteligentes,
sino una inteligencia esparcida, general, una especie de fluido universal que
penetra diversamente según sean buenos o malos conductores del espíritu, los
organismos que encuentre. En tal caso sería hasta ahora, en la tierra, el modo
de vida que ofrecería menor resistencia a ese fluido que las religiones llaman
divino”, escribe el ensayista, luego de varios capítulos donde llega a
sorprender por la creatividad con que algunas flores logran seducir a insectos
como las abejas para que sea exitosa la polinización y por ende se sigan
multiplicando las numerosas especies vegetales que forman parte de lo que hoy
llamamos biodiversidad. “(Las flores) nos permiten presumir que el espíritu que
anima todas las cosas o se desprende de ellas es de la misma esencia que el que
anima a nuestro cuerpo”, se aventura a declarar el poeta, sintonizándose con
distintas corrientes místicas que a lo largo del tiempo han dicho que somos uno
con las cosas, llegándose al éxtasis de transformación espiritual cuando nos
des diferenciamos con la naturaleza que nos rodea. Lo particular del
alegato de Maeterlinck es que va llegando a estas conclusiones luego de
descripciones de alta minuciosidad sobre la fisiología de los vegetales, donde
él mismo parece ir entrando en un vínculo comunicativo que enriquece su
escritura. Tan es así, que luego de los capítulos dedicados a describir formas
de interacción entre plantas y animales donde siente como evidente la presencia
de un orden superior, encuentra espacio para hablar del alma.
Ya en 1907, mucho antes de que se hablara de
la Nueva Era, el ensayista vislumbraba la aparición de una conciencia de
mayor espiritualidad. “Es indudable que el dominio del alma se extiende de día
en día. Está mucho más cerca de nuestro ser visible y toma en todos los actos
una parte mucho mayor que hace dos o tres siglos. Diríase que nos acercamos a
un período espiritual. Hay en la historia cierto número de períodos análogos,
en que el alma, obedeciendo a leyes desconocidas, sale, por decirlo así, a la superficie
de la humanidad y manifiesta más directamente su existencia y su poder”,
manifiesta el poeta, volviendo a una imagen de la naturaleza que, algunos
capítulos antes, nos dejaba sentir la sorpresa al saber de plantas acuáticas
que lanzan una flor del fondo del agua hasta la superficie, donde se llevará a
cabo la fecundación. Del mismo modo, la apuesta del vaticinio parece estar en
anunciar la elevación progresiva de la conciencia de la humanidad, esa por la
cual sentiremos la naturaleza desde la vibración de una espiritualidad viva,
sentida, la que se opone a toda conceptualización de nuestra tierra como un
almacén de recursos a ser explotados por el hombre como ser separado de lo
natural. “El alma humana es una planta de una unidad perfecta y todas sus
ramas, llegada la hora, florecen al mismo tiempo”, expresa el escritor,
vislumbrando tal vez esta misma etapa que estamos transitando como humanidad,
donde a las numerosas calamidades anti ecológicas posibles de mencionar,
tenemos cada vez más hombres y mujeres que aportan energía, trabajo y
sentimientos para alcanzar mejoras concretas en el medio ambiente y las formas
de relación que tenemos con el lugar que habitamos. Es por este tipo de gestos
humanos, donde diría certeramente que el alma se manifiesta, donde
Maeterlinck podría ubicar lo que llama el bien invisible, que es
ni más ni menos que la aparición del amor en las personas, el que la misma
contemplación activa de lo natural, sentido como gema indivisible de nuestro
ser, puede ayudar a revelarse como presente. Por eso, confiando en el hombre,
asegura: “Importa menos transformar nuestra vida que percibirla, pues se
transforma por sí misma desde el momento en que ha sido vista”. La belleza del
orden universal que puede aparecérsele a quien pueda sentirse uno con una
planta o un animal, estará entonces transformado para siempre y su conciencia
será inevitablemente ecológica.
Jardín
universal
Nacido
como manual de difusión de toda una rama de investigaciones vanguardistas sobre
las formas de comunicación probables de establecer entre plantas, animales y
seres humanos, los investigadores Peter Tompkins y Christoper Bird lanzaron en
1973 La vida secreta de las plantas. Si bien la comunidad
científica internacional presentó algunas objeciones, sobre todo en cuanto a
algunos trabajos que querían demostrar la presencia de sensibilidad en los
vegetales sin que tengan sistema nervioso a través de experimentos sobre los
cambios de conductividad eléctrica, el libro fue muy importante en la década en
la cual las teorías sobre la New Age tenían ya una gran
presencia. Sus teorías dieron lugar a un film documental y hasta un disco
bellísimo del músico norteamericano Stevie Wonder, quienes supieron sintonizar
con el mensaje sensible que trascendía cualquier duda específica de algunos
científicos sobre ciertos métodos de medir la percepción de los vegetales. El
libro menciona lo que aconteció con un filósofo también ligado a la naturaleza
como el alemán Goethe, a quien su editor se negó a publicar unos manuscritos
que para él tenían un inmenso valor, ya que hacía analogías entre órdenes
universales que percibía en su jardín y los del universo todo leído desde esas
coordenadas. El pensador había escrito un texto llamado Sobre la
metamorfosis de las plantas, donde, entre otros aspectos, daba cuenta de la
importancia de los principios masculinos y femeninos como organizadores de
todo.
Y veía como mágico el
que la raíz de la planta se dirigiese hacia la humedad y la oscuridad mientras
el tallo se dirige al cielo buscando luz y aire.
Pergeñó entonces la existencia de un campo energético complementario al
de la gravedad y comenzó a sentir a la Tierra como un organismo animado por el
mismo ritmo respiratorio que los animales. Hoy se habla de Gaia, se
traen al presente cosmovisiones religiosas o pertenecientes a comunidades
originarias americanas que ya mencionaban a nuestro planeta como un ser vivo.
Pero nada así acontecía en el tiempo de Goethe y en su círculo social, que lo
respetaba como filósofo, pero lo ignoraron como generados de saberes
científicos. Estas conclusiones desarrollan los autores de La vida
secreta de las plantas, que rescatan también la unificación de ciencia y
sensibilidad. Una historia curiosa que recopilan es la del químico agrícola
norteamericano Georg Washington Carver, un hombre admirado en la era de la
guerra civil norteamericano por un conocimiento admirable y secreto de las
propiedades medicinales de muchos vegetales. Realizó todo tipo de
descubrimientos que sorprendieron hasta al presidente de su país y llenaron de
pregunta a la ciencia de su tiempo, que veía como un enigma como podía este
hombre, también organista de iglesia, realizar tantos y tan precisos
descubrimientos.
“Los
secretos están en las plantas. Para sacárselos hay que amarlas”, decía Carver a
quien le preguntase y no dejaba de hablar religiosamente a quien quisiera
indagar más acerca de esos poderes que le habían hecho ganar la
admiración hasta del gran inventor Thomas Edison e hicieron que un
industrial como Henry Ford lo llamara “el más grande científico viviente”.
Entre algunos de sus hallazgos estuvo la aparición de un pigmento azul que
impactó a los egiptólogos por creer que el americano había dado con la fórmula
de un secreto faraónico. Cuentan los autores que, poco antes de morir, fue
visitado en su laboratorio por un conocedor de sus dones, quien se fue admirado
de verlo con los brazos extendidos hacia una flor. “Cuando toco esa
flor es como si tocase el infinito. Existió mucho antes de que
hubiera seres humanos en esta tierra y seguirá existiendo durante millones de
años todavía. A través de esta flor yo hablo con el infinito, que es una fuerza
silenciosa”, cuentan Tompkins y Bird que contestó casi en éxtasis
este hijo de esclavos, de cuyos ancestros parece haber aprendido la potencia de
su percepción afectiva.
En sintonía total con esta historia están las palabras de Marcel Vogel (1917-1991), científico e inventor
cuyos trabajos sobre ondas electromagnéticas fueron base del desarrollo de
actuales discos rígidos de computadoras o hasta las pantallas LCD y quien
también sentó bases teóricas para la gemoterapia, al sostener que ciertos
cristales podían amplificar y dirigir hacia otra los pensamientos o emociones
de una persona. Citado en La vida secreta de las plantas, así
expresa el científico su idea de los vínculos que podemos establecer con el
mundo vegetal, como inicio posible de un sentir verdaderamente
ecológico, donde estemos fuertemente implicados como seres humanos: “El
pensamiento es un acto de creación. Para eso es para lo que estamos aquí, para
crear por medio del pensamiento. La manera en que una idea puede observarse y
medirse con una forma simple de vida, con una planta, muestra una relación
maravillosa existente entre plantas y hombre. Cuando amamos, liberamos la
energía de nuestro pensamiento y la traspasamos al objeto de nuestro amor. En
consecuencia nuestra responsabilidad principal es amar”.










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