14.2.10

Percepciones


Secreto universo vegetal


Mucho antes de la actual revalorización de la conciencia ecológica, valiosas voces de la ciencia y la ensayística poética ponían el eje en la necesidad de transformar nuestra percepción sobre el mundo vegetal. Prestar atención a las plantas puede provocar un poderoso salto en nuestra visión de una naturaleza de la que somos parte.


Diego Oscar Ramos (texto y fotos) - Uno Mismo 

      
   Si bien las lecturas en sí no cambian el estado de las cosas, ya sea mejorar la salud corporal y espiritual de una persona como lograr soluciones efectivas para problemas de ecología planetaria, hay mensajes que saben unir el plano mental con el de la emotividad. Lo que sí le otorga un inmenso valor para estimular cambios en la conciencia humana. En ese sentido, poner en tiempo presente algunos textos, de gran actualidad pero perdidos de vista por muchos de los discursos actuales ligados a incentivar actitudes ecológicas en los seres humanos, se convierte en un acto de celebración hacia la lucidez sensible de quienes supieron ver antes cuestiones hoy sentidas como urgentes. Y también poner la lupa sobre lecturas enriquecedoras, que puedan estimularnos sensorialmente para apreciar la vida en su maravilla cotidiana y dejar impreso en nuestra maquinaria perceptiva un filtro sanificador que proporcione una atención inmediata ante las maneras de cuidar la naturaleza.

Inteligencia universal

   Fue Maurice Maeterlinck (1862-1949), poeta y ensayista belga, autor paradigmático del simbolismo literario europeo quien escribió en 1907 el libro La inteligencia de las flores. Este trabajo ensayístico de quien recibiera en 1911 el Premio Nóbel de Literatura, puede ser encontrado en las mesas de saldo de muchas librerías porteñas, lo que lo vuelve una pieza para ser buscada por la belleza con que hace que sintamos la presencia en la naturaleza de una inteligencia universal. Al detallar con la gracia de un poeta y la observación de un científico las diversas maneras en que se dan los procesos de reproducción en las plantas, ayuda a ver con detallismo documental la organización casi mágica que hay detrás de toda la naturaleza. “Se me figura que no sería muy temerario sostener que no hay seres más o menos inteligentes, sino una inteligencia esparcida, general, una especie de fluido universal que penetra diversamente según sean buenos o malos conductores del espíritu, los organismos que encuentre. En tal caso sería hasta ahora, en la tierra, el modo de vida que ofrecería menor resistencia a ese fluido que las religiones llaman divino”, escribe el ensayista, luego de varios capítulos donde llega a sorprender por la creatividad con que algunas flores logran seducir a insectos como las abejas para que sea exitosa la polinización y por ende se sigan multiplicando las numerosas especies vegetales que forman parte de lo que hoy llamamos biodiversidad. “(Las flores) nos permiten presumir que el espíritu que anima todas las cosas o se desprende de ellas es de la misma esencia que el que anima a nuestro cuerpo”, se aventura a declarar el poeta, sintonizándose con distintas corrientes místicas que a lo largo del tiempo han dicho que somos uno con las cosas, llegándose al éxtasis de transformación espiritual cuando nos des diferenciamos con la naturaleza que nos rodea. Lo particular del alegato de Maeterlinck es que va llegando a estas conclusiones luego de descripciones de alta minuciosidad sobre la fisiología de los vegetales, donde él mismo parece ir entrando en un vínculo comunicativo que enriquece su escritura. Tan es así, que luego de los capítulos dedicados a describir formas de interacción entre plantas y animales donde siente como evidente la presencia de un orden superior, encuentra espacio para hablar del alma. 

     Ya en 1907, mucho antes de que se hablara de la Nueva Era, el ensayista vislumbraba la aparición de una conciencia de mayor espiritualidad. “Es indudable que el dominio del alma se extiende de día en día. Está mucho más cerca de nuestro ser visible y toma en todos los actos una parte mucho mayor que hace dos o tres siglos. Diríase que nos acercamos a un período espiritual. Hay en la historia cierto número de períodos análogos, en que el alma, obedeciendo a leyes desconocidas, sale, por decirlo así, a la superficie de la humanidad y manifiesta más directamente su existencia y su poder”, escribe el poeta, volviendo a una imagen de la naturaleza que, algunos capítulos antes, nos dejaba sentir la sorpresa al saber de plantas acuáticas que lanzan una flor del fondo del agua hasta la superficie, donde se llevará a cabo la fecundación. Del mismo modo, la apuesta del vaticinio parece estar en anunciar la elevación progresiva de la conciencia de la humanidad, esa por la cual sentiremos la naturaleza desde la vibración de una espiritualidad viva, sentida, la que se opone a toda conceptualización de nuestra tierra como un almacén de recursos a ser explotados por el hombre como ser separado de lo natural. “El alma humana es una planta de una unidad perfecta y todas sus ramas, llegada la hora, florecen al mismo tiempo”, expresa el escritor, vislumbrando tal vez esta misma etapa que estamos transitando como humanidad, donde a las numerosas calamidades anti ecológicas posibles de mencionar, tenemos cada vez más hombres y mujeres que aportan energía, trabajo y sentimientos para alcanzar mejoras concretas en el medio ambiente y las formas de relación que tenemos con el lugar que habitamos. Es por este tipo de gestos humanos, donde diría certeramente que el alma se muestra, donde Maeterlinck podría ubicar lo que llama el bien invisible, que es ni más ni menos que la aparición del amor en las personas, el que la misma contemplación activa de lo natural, sentido como gema indivisible de nuestro ser, puede ayudar a revelarse como presente. Por eso, confiando en el hombre, asegura: “Importa menos transformar nuestra vida que percibirla, pues se transforma por sí misma desde el momento en que ha sido vista”. La belleza del orden universal que puede aparecérsele a quien pueda sentirse uno con una planta o un animal, estará entonces transformado para siempre y su conciencia será inevitablemente ecológica.  


Jardín universal

         Nacido como manual de difusión de toda una rama de investigaciones vanguardistas sobre las formas de comunicación probables de establecer entre plantas, animales y seres humanos, los investigadores Peter Tompkins y Christoper Bird lanzaron en 1973 La vida secreta de las plantas. Si bien la comunidad científica internacional presentó algunas objeciones, sobre todo en cuanto a algunos trabajos que querían demostrar la presencia de sensibilidad en los vegetales sin que tengan sistema nervioso a través de experimentos sobre los cambios de conductividad eléctrica, el libro fue muy importante en la década en la cual las teorías sobre la New Age tenían ya una gran presencia. Sus teorías dieron lugar a un film documental y hasta un disco bellísimo del músico norteamericano Stevie Wonder, quienes supieron sintonizar con el mensaje sensible que trascendía cualquier duda específica de algunos científicos sobre ciertos métodos de medir la percepción de los vegetales. El libro menciona lo que aconteció con un filósofo también ligado a la naturaleza como el alemán Goethe, a quien su editor se negó a publicar unos manuscritos que para él tenían un inmenso valor, ya que hacía analogías entre órdenes universales que percibía en su jardín y los del universo todo leído desde esas coordenadas. El pensador había escrito un texto llamado Sobre la metamorfosis de las plantas, donde, entre otros aspectos, daba cuenta de la importancia de los principios masculinos y femeninos como organizadores de todo. 
Y veía como mágico el que la raíz de la planta se dirigiese hacia la humedad y la oscuridad mientras el tallo se dirige al cielo buscando luz y aire.      Pergeñó entonces la existencia de un campo energético complementario al de la gravedad y comenzó a sentir a la Tierra como un organismo animado por el mismo ritmo respiratorio que los animales. Hoy se habla de Gaia, se traen al presente cosmovisiones religiosas o pertenecientes a comunidades originarias americanas que ya mencionaban a nuestro planeta como un ser vivo. Pero nada así acontecía en el tiempo de Goethe y en su círculo social, que lo respetaba como filósofo, pero lo ignoraron como generados de saberes científicos. Estas conclusiones desarrollan los autores de La vida secreta de las plantas, que rescatan también la unificación de ciencia y sensibilidad. Una historia curiosa que recopilan es la del químico agrícola norteamericano Georg Washington Carver, un hombre admirado en la era de la guerra civil norteamericano por un conocimiento admirable y secreto de las propiedades medicinales de muchos vegetales. Realizó todo tipo de descubrimientos que sorprendieron hasta al presidente de su país y llenaron de pregunta a la ciencia de su tiempo, que veía como un enigma como podía este hombre, también organista de iglesia, realizar tantos y tan precisos descubrimientos.
 “Los secretos están en las plantas. Para sacárselos hay que amarlas”, decía Carver a quien le preguntase y no dejaba de hablar religiosamente a quien quisiera indagar más acerca de esos poderes que le habían hecho ganar la admiración  hasta del gran inventor Thomas Edison e hicieron que un industrial como Henry Ford lo llamara “el más grande científico viviente”. Entre algunos de sus hallazgos estuvo la aparición de un pigmento azul que impactó a los egiptólogos por creer que el americano había dado con la fórmula de un secreto faraónico. Cuentan los autores que, poco antes de morir, fue visitado en su laboratorio por un conocedor de sus dones, quien se fue admirado de verlo con los brazos extendidos hacia una flor. “Cuando toco esa flor  es como si tocase el infinito. Existió mucho antes de que hubiera seres humanos en esta tierra y seguirá existiendo durante millones de años todavía. A través de esta flor yo hablo con el infinito, que es una fuerza silenciosa”, cuentan Tompkins y  Bird que contestó casi en éxtasis este hijo de esclavos, de cuyos ancestros parece haber aprendido la potencia de su percepción afectiva.

   En sintonía total con esta historia están las palabras de Marcel Vogel (1917-1991), científico e inventor cuyos trabajos sobre ondas electromagnéticas fueron base del desarrollo de actuales discos rígidos de computadoras o hasta las pantallas LCD y quien también sentó bases teóricas para la gemoterapia, al sostener que ciertos cristales podían amplificar y dirigir hacia otra los pensamientos o emociones de una persona. Citado en La vida secreta de las plantas, así expresa el científico su idea de los vínculos que podemos establecer con el mundo vegetal, como  inicio posible de un sentir verdaderamente ecológico, donde estemos fuertemente implicados como seres humanos: “El pensamiento es un acto de creación. Para eso es para lo que estamos aquí, para crear por medio del pensamiento. La manera en que una idea puede observarse y medirse con una forma simple de vida, con una planta, muestra una relación maravillosa existente entre plantas y hombre. Cuando amamos, liberamos la energía de nuestro pensamiento y la traspasamos al objeto de nuestro amor. En consecuencia nuestra responsabilidad principal es amar”.

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