16.9.10

Ecología



Volver a la Tierra

Fenómenos en expansión como la agricultura orgánica, la relectura actual de cosmovisiones indigenistas o el consumo responsable, son parte de un nuevo paradigma emergente, donde la conciencia ecologista se nutre de culturas regionales y acciones, a las que alimenta.

Diego Oscar Ramos - Uno Mismo - 2010

         “Somos hijos de la madre tierra, somos hijos del cosmos, por lo tanto no existe la dicotomía ser humano-naturaleza, somos naturaleza, somos Pachamama, somos Pachacamac, somos vida, por lo tanto, somos responsables también como agricultores de la vida”, reza Fernando Huanacuni, líder indígena aymara, nacido en  Bolivia, en un valioso texto surgido d una conferencia, llamado “El Buen Vivir de los Pueblos Indígenas Andinos”, donde uno de los puntos centrales tiene que ver con la posibilidad que todos los humanos tenemos de aceptar una sabiduría de vida que desde siempre nos han legado distintas comunidades originarias americanas. Claro que parece que fuera hoy que estamos capacitados para escuchar los valores de un camino sagrado que nace de recuperar el conocimiento de quienes somos, reconociendo la presencia de raíces que por mucho tiempo nuestras culturas europeístas han intentando disimular o borrar del imaginario popular de lo que nos da identidad. Y aunque hoy todos tengamos como usual conceptos como ecología, respeto del medio ambiente, producción a escala humana, comercio justo y hasta hablemos de Gaia para reconocer al planeta como una entidad viva, teníamos mucho más a manos todos estos conceptos de lo que pudimos alguna vez creer. Y es en este sentido que vale escuchar a Huanacuni cuando con gran claridad aporta lazos en el tiempo y entre nuestras culturas para vincular el vivir bien con una forma de situarse en el universo donde el ser humano esté en diálogo franco con todas las fuerzas que lo constituyen: “Vivir bien significa mirar bien el horizonte, reconocer que la vida humana no es el único parámetro, ni la forma de entender a través de lo racional es la única. En aymara decimos: sin perder la cabeza caminemos la senda sagrada del corazón. Es abrirnos a la vida, es comprender que la vida tiene facetas importantes para reconstituir la vida misma”, asegura el líder aymara, que agrega en otro momento: “Vivir bien es devolvemos el equilibrio y la armonía, comprender que hay ciclos de la madre tierra, por lo tanto hay que sembrar y cosechar en su época y no en otras épocas, salir del monocultivo que ha destrozado nuestra vida, como la fertilidad de la madre tierra, salir del monocultivo mental que no nos permite ver tanta diversidad de la vida”.
         El texto forma parte del material que la Fundación de Actividades Biosféricas comparte para el mundo en su site, una agrupación argentina ligada a actividades y pensamiento que podríamos llamar de ecologista. En el sentido de estar conectados, no sólo a la realización de sostenidas tareas de reforestación en las sierras cordobesas sino también la recuperación de la sabiduría de los pueblos originarios. Y lo hacen tanto sumando reflexividad sobre el tema como uniendo los pensamientos con acciones concretas para la vida cotidiana. Es en ese sentido que organizan talleres de cocina andina, música afroamericana o arte chamánico, como zonas concretas de trabajar sobre ideas, sensibilidad y costumbres que nos vinculen directamente con la vida.

Cambio de paradigma

         La psicóloga Diana Bracelas, investigadora de prácticas de subjetivación en pueblos originarios de América y vicepresidente de la Fundación de Actividades Biosféricas, ha reflexionado sobre los cambios que han ido acontecido en nuestra época, en cuanto a la forma en que percibimos ahora que el paradigma de la modernidad occidental, el que intentó hacer invisible al legado de nuestros pueblos nativos, está en crisis. “En verdad, asistimos a una transformación fundamental en nuestra forma de ver el mundo, según la cual el objetivo de entender los fenómenos naturales descomponiéndolos en sus partes más pequeñas se ve reemplazado por el propósito de comprender cómo se organiza colectivamente la naturaleza”, sostiene Bracelas, para quien lo que podríamos llamar de holístico y de alguna manera también ecológico, está más a flor de piel en cómo se vive esta era, donde en lugar de buscar las causas últimas a las cosas, importa más el develar el comportamiento del conjunto, en un paradigma de la organización. Ahora lo que antes podía verse como menor, ahora puede ser parte de una revolución total de los sentidos. En relación a las filosofías originarias, Bracelas asegura que lo que le propone el ethos precolombino al individuo occidental es reintegrarlo a un nosotros, a una ética colectiva, de los pueblos. “La era de los espejitos instalados por los colonizadores a cambio de la riqueza de Abya Yala, está llegando a su fin, aunque queden aún años de transiciones, resulta una buena metáfora del proceso de alienación y enajenación de la humanidad creada a partir de la invasión de 1492. Los tesoros de América no son sólo sus recursos naturales, sus instituciones culturales que parten de formas de relación básicamente ‘vitales’, con gran respeto a las formas diversas de la vida, la acotación de los márgenes de muerte, presentes en la vida misma, la regulación de la agresividad y el narcisismo de las lógicas comunitarias, son canteras de riqueza para la humanidad, que hoy aparecen intermitentemente, sin alardes, pero como posibilidad”, contesta ahora la investigadora ante la consulta específica de si estamos viviendo en Sudamérica una revalorización de formas culturales regionales dentro de un patrón ecologista. 
          Su mirada de tiempos largos responde que en nuestro continente hay una reserva cultural, afincada en un sentir colectivo que se sabe arraigar al suelo. “Se trata de un conocimiento filosófico en el que se funda, por ejemplo, la ética comunitaria, de  reciprocidad y complementariedad, de las culturas andinas. A la vez, este tipo de filosofía no se despliega como respuesta a una serie de problemas o interrogantes, sino más bien como el efecto inmediato de estar vivos, o sea, de comprender el mundo de vida al que se pertenece, un mundo que no se puede concebir sin que la naturaleza tenga estatuto de sujeto y sea parte de los miembros de una comunidad”, dice la escritora y reorienta sus ideas hacia la cuestión de lo ecológico:  “Encontramos en la sabiduría de culturas milenarias, una coherencia racional impecable, en tanto el accionar colectivo está rigurosamente planteado desde las consecuencias de los actos y el reaseguramiento de las condiciones de preservación de aquello de lo que depende la vida. Esta orientación del pensamiento actualmente identificado como ecologista, es de una raigambre milenaria, aún cuando en esos tiempos ni siquiera estaba en cuestión la extinción de especies o el agotamiento de los recursos naturales vitales como el agua, el aire respirable o la tierra cultivable. Se trataba de una posición ética, un juicio categórico de valor, incluido en la transmisión práctica del saber. Las culturas que hoy conservan el espíritu de pueblos originarios, en diversos mundos del planeta, la Naturaleza como sujeto, la hermandad de los seres vivos, abarcando también los ancestros, el cuidado por el medio ambiente, los recursos y la distribución justa de todo lo  necesario para desplegar un bienestar en común, son valores culturales en acto, es decir, no se escribe tal vez sobre ello, se practica cotidianamente”.

Tener conciencia

         En nuestro país, acciones concretas como el comprar alimentos a pequeños o medianos productores, en una escala humana, sabiendo quiénes son y cómo trabajan sin agroquímicos, ¿puede ser considerada una manera de hacer ecología desde este nuevo paradigma?  “Es una manera de resistir, de sobrevivir y de estimular otra configuración de los vínculos, construir mundos con justicia y equidad, es un sano alimento para los humanos”, responde veloz la investigadora, tanto como a la cuestión del comercio justo. “Aún siendo muy minoritarios, estos tipos de producción y comercialización son saludables para quienes lo practican y quienes participan en alguno de sus eslabones de comercialización”, expresa la escritora, valorizando las relaciones comerciales donde se pasa del precio abstracto del modernismo capitalista a una concepción del valor donde el consumidor tiene total noción de cada fase de producción de lo que compra. Y aunque tal vez paga más un alimento producido sin tóxicos a un productor independiente que si lo comprara en un gran supermercado, la calidad final del alimento como la humanidad misma de la transacción acaban siendo un punto de altísima estima. 

    Un lugar emblemático en la ciudad de Buenos Aires para este tipo de intercambios se ha dado en lugares como el Centro Comunal El Galpón,en el barrio de Chacarita, donde una centena de productores ofrecen alimentos sin agroquímicos ni transgénicos, además de otro tipo de productos artesanales, donde el precio suele ser fijado de acuerdo a la decisión de quien lo ha realizado sino también del consumidor. Entres los participantes de este verdadero acontecimiento emergente está Movimiento Agrario de Misiones, el Movimiento de Campesinos de Santiago del Estero, el de Formosa, además de organizaciones de productores de distintos puntos del país. Así explica la entidad sus normativas básicas: “Producimos cuidando nuestro medio, la salud presente y de las generaciones futuras; la vida. Producimos valorando los derechos de trabajadoras, decimos no a la explotación infantil, a la intermediación ociosa y buscamos una interacción con quienes compran nuestros productos, acordando precios que permitan el acceso de una mayor cantidad y diversidad de personas. Producimos y creamos con características sociales y comunitarias con un profundo sentido ecológico, de respeto a la Tierra y de amor por sus equilibrios y armonías. Lo que venimos a ofrecer en nuestros productos, no es mercancía, es nuestra búsqueda de un sentido de lo humano. Una conciencia de que somos seres libres del gran País que es el planeta. Y empezamos por lo más cercano: nuestro espacio”.

Tan lejos, tan cerca

         Nuestra propia casa, nuestro barrio, nuestra ciudad puede y debe ser un espacio de cambio, de apropiación de los valores ecológicos basados en un diálogo constante, inmediato e inevitable con una naturaleza de la que somos parte. Y a esta concepción cotidiana le habla con claridad la Permacultura, una concepción de la vida relacionada con el escuchar las leyes de la naturaleza antes que querer imponer las propias. En ese sentido, aunque nace de la mano de grupos que intentaban cultivar en tierras semi desérticas en Australia durante los años 70, muchos puentes podría tener con algunas cosmovisiones americanas. Lo cierto es que aquí, desde hace más de una década el técnico mecánico e inventor metalúrgico Antonio Urdiales Cano se dedica de forma incansable a la investigación y enseñanza de estas formas amigables de habitar el planeta. Hoy se dedica habitualmente a transmitir temas como el diseño de hábitats humanos sostenibles, mediante el seguimiento de los patrones de la naturaleza. Entre los puntos fuertes de los talleres que suele brindar los puntos son la agricultura ecológica, sembrar sin puntear, sin arar, sin sacar pasto, malezas, árboles, piedras o raíces, intercultivos, siembra, poda, injerto, control selectivo de insectos, huerta urbana y reciclaje de basura orgánica sin producir líquidos ni olores. Además de cuestiones como uso inteligente de bacterias para  limpieza, desinfección y cuidado de la salud, calefacción y refrigeración solar, reciclaje del agua, hornos y cocinas de barro, cocinar sin fuego, electricidad solar, energía eólica e hidráulica, entre otros aspectos de una alianza efectiva, progresiva y potente la inteligencia, la sensibilidad y una practicidad que vea en todo lo que nos rodea una posibilidad de crecimiento conjunto antes que un uso irresponsable.
         “Mirando a nuestro alrededor, se observa que toda forma de contaminación está relacionada con la concentración de los mercados en manos de pocas grandes empresas. La forma de escapar a esto es la autosuficiencia. Es contar con la huerta en la casa, tener animales como gallinas, plantar frutales en las veredas, para uno y para quien los quiera, reciclar la basura y el agua, producir la energía eléctrica. Dejar de colaborar con las grades empresas aunque sea en algo mínimo. Vivir en armonía con el Universo es ser responsable del entorno, de los propios desperdicios y excrementos, es comer todo natural, es dormirse aturdido por el canto de grillos, sapos y ranas, y despertase con el canto del gallo. La permacultura enseña a hacer todo esto sin esfuerzo, sin gastar tiempo ni dinero. Si todos los habitantes del Mundo lo practican, se acaban los problemas de la ecología, la lucha entre los hombres y la falta de sentido”, asegura Urdiles Cano y cada lector sabrá cómo incorporar las sentencias de un pensamiento que tiene tanto de poético como de pragmático. Tal vez esa misma unión, paradójica o inevitable según en qué paradigma se pose el entendimiento o la sensibilidad del que recibe estas palabras, sea la fórmula para empezar a cambiar la realidad. Desde adentro de nosotros mismos, el corazón de la Tierra.


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Dónde conseguir alimentos orgánicos:


1 comentario:

Anónimo dijo...

hola!
muy buen post
lo publicamos en nuestra pagina:
http://blog.permacultura.com.ar/prensa
muchas gracias
abrazo grande
Ezequiel Urdiales