10.9.10

Santiago Vázquez


Usina Musical

A partir del diseño de su propio sistema de signos físicos para guiar la improvisación grupal, la curiosidad constante del músico argentino han generado agrupaciones -como la ya clásica Bomba de Tiempo o ahora La Grande- que buscan unir experimentación técnica con ritual de encuentro colectivo.

Diego Oscar Ramos - Concepto F (especial Creatividad) 

         Como un niño que desarmara una vieja radio familiar con atención total a cada paso dado y un estudio previo de cuanto manual técnico pudiese haber conseguido, Santiago Vázquez se mueve por sobre los caminos de la experimentación musical con paso firme y la calma activa de quien ha sabido nadar con tiburones. Es que, habiéndose iniciado en la música como baterista y percusionista tocando con músicos como Dino Saluzzi, Roberto Goyeneche, Luis Salinas, Pedro Aznar, Mono Fontana, Néstor Marconi o Lito Vitale, los últimos quince años lo han visto generar todo tipo de renovaciones formales de la música popular argentina. Con una propensión clara a la búsqueda de lenguajes nuevos que no se divorciaran del todo con músicas que le hayan dado placer en su vida, la inquietud exploratoria no sólo lo llevó a generar una versión erudita sin naftalina académica del folclore y la canción argentina en Puente Celeste, sino también el Colectivo Eterofónico, una agrupación de 17 músicos, que a fines de los 90, solían musicalizar proyecciones fílmicas con tramas sonoras compuestas en vivo, a partir de un sistema de señas que Vázquez creó inspirado por el músico norteamericano Butch Morris. Tres años duró esta formación, que entre otras experiencias performáticas hizo conciertos de 10 horas continuas de improvisación guiada o un recital en una fábrica recuperada donde los obreros eran parte de la creación, a través del sonido que pudieran hacer con sus máquinas, consideradas un instrumento más.
        
   La masividad de su virtud investigadora llegaría cuando, la voluntad de trabajar más profundamente sobre cuestiones rítmicas y sus ganas de que lo que encontrara en estas experiencias pudiesen bailarse hizo que creara La Bomba de Tiempo. Desde 2006, el combo de virtuosos percusionistas logró otro de los objetivos de Vásquez, instalar un lugar de ritual rítmico. “Quería usar la improvisación como una forma de sinceridad, me gustaba la idea de generar un espacio en Buenos Aires para que la gente disfrute de la percepción y el baile, del ritmo de los tambores, sólo que me pareció que no era posible haciéndolo una réplica de lo que pasa en otros lugares”, comenta el músico, que quería era generar algo propio, no imitativo: “Habiendo disfrutado y aprendido de otras músicas folclóricas y de percusión, me pareció que replicar eso era más un ejercicio de estudio que algo a mostrar y siempre me pareció que la improvisación requiere una conexión con tu presente y tu yo más profundo”. Desde esa visión de operar desde lo más genuino que pudiese ofrecer, Vázquez tenía como punto innegociable consigo mismo el hecho de estar en diálogo con un público que sintiera como propia su propuesta, que no le sonara algo raro, por más compleja que pudiese ser por el uso de polirritmias o compases irregulares. “Muchas veces se llega a ciertos recursos por una exploración intelectual, que no llega a sintetizarse con algo que finalmente conecte con la emoción de las personas, hay gente que se aventura en ese camino, que no llega a la síntesis y muestra su proceso creativo, llamándolo música experimental, pero es distinto mostrar un proceso creativo que el resultado”, explica el creador de La Bomba de Tiempo, agrupación que tuvo la rápida adopción de público de variada edad, raza y nacionalidad que lunes a lunes comenzó a regalarse a sí mismo, desde 2006, un espacio para el encuentro y la ritualidad festiva del cuerpo en la Ciudad Cultural Konex, en el barrio de Once. 


    Para todos, desde el comienzo, lo central era bailar con una música interesante, tal vez inducidos por el entusiasmo con que el creador del grupo llegó a su gestación. Desde que sintió que confluían muchas de sus inquietudes en este esquema musical, pasó cerca de un año, en el cual desarrolló una sistematización de señas corporales específicas para poder dirigir, pensó la formación instrumental ideal, hizo la lista de su propio seleccionado ideal, buscó qué tipo de lugar sería el preciso para convocar al público para esta propuesta y tuvo en cuenta cómo sostenerla económicamente.
         “Cuando todo estuvo maduro, supe qué decisiones tomar para los primeros años, para dónde ir y convoqué a los músicos, a los que lo que más le interesó fue quiénes iban a tocar, la lista les daba ganas de estar, para poder compartir y aprender de los demás”, cuenta Vázquez y revela cómo se da en él el acto creativo completo: “Lo que intento antes de cada proyecto es conocerlo muy bien, tener muy claro lo que  quiero lograr, cuáles son algunos caminos para lograrlo, trato de ver  qué me pide esa idea, también de improvisar, porque sino uno no puede tomar las oportunidades que se aparecen”. Claro que el músico asegura que ha tenido más de un choque contra la pared del riesgo, pero asume que los grandes hallazgos creativos han surgido de instantes de recombinación de elementos, donde la improvisación con confianza en sí mismo se unen al permitirse seguir sin muchas preguntas o justificaciones al instinto. En estos caminos del escuchar señales, aún en medio del dolor, pudo captar un mensaje poderosamente vital: “La muerte de mi papá, obviamente un golpe tremendo, cambió mi vida para siempre, tuve que hacerme cargo, de la noche a la mañana, literalmente, de la empresa que él tenía, durante dos años, sin dejar la música pero dedicándole mucho menos tiempo, me metí de lleno en su mundo, para hacerme cargo de un montón de situaciones enormes, en su momento angustiantes, pero aprendí, a los porrazos, una cantidad de cosas que sin ellas no hubiera podido armar La Bomba de Tiempo, que hoy me da tantas alegrías”. Los saberes que pudo ir asimilando, en relación a capacidades organizativas, estructurales a todo acto de fabricación y comunicación de objetos de consumo, sumados a los saberes de conducción de personas, los sigue aplicando hoy en La Grande, su última criatura.  
            El sistema de señas, todo un lenguaje que nació a partir de un par de indicaciones fértiles -memorizar alguna célula musical y luego repetirla - ahora las utiliza para componer música en vivo junto a una docena de músicos, que tocan tanto percusión, como secciones de vientos, guitarras, bajo y teclados. El trabajo con este nuevo camino sigue teniendo al groove bailable como centro de acción, pero complejiza las acciones al incluir el plano armónico y generar músicas en constante movimiento. “No es solo explorar el asunto melódico con las señas, sino una búsqueda específica de un lenguaje musical que quería lograr, cierto tipo de melodías, una forma de enlazar los temas o superponerlos, ciertas maneras de improvisar, en eso estamos ahora, que recién mostramos una punta del iceberg”, asegura el músico, ya inquieto por un nuevo sistema de grabación que quiere instaurar pronto para poder grabar un disco hecho con improvisaciones conducidas y retoques posteriores de estudio para llevar a un cierto orden mayor a ese objeto más destinado a la posteridad que un concierto en vivo, donde las rutas improvisadas que hayan estado poco habitadas pueden olvidarse rápidamente en esos desvíos repentinos que pueda sugerir una dirección atenta. Cuando esa grabación se concrete, habrá espacio en el universo Vásquez para reunir en otro disco canciones de muchas épocas, incluyendo la presente, en un nuevo trabajo solista. “La canción es un bicho musical con su propio hábitat para sobrevivir, hay que mimarlas, cada una viene a decir algo muy específico, no son tan maleables, los adornos no le hacen muy bien, son como haikus”, dice el creador, casi como un rezo, frente al formato que siente como uno de los más sintéticos y tal vez, por el que menos se lo conozca como artista. Tanto como la elección espontánea que hace cuando se le pregunta sobre un sonido que le genere placer inmediato. Muchos podrán buscar en la percusión africana, en la música electrónica universal o por qué no en los vientos rítmicos de los Balcanes, pero no fue este mapa fragmentario de sus intereses musicales lo que pasó por su entusiasta respuesta acerca de una matriz sonora placentera: “Las voces de mis hijas, las escucho un poquito y me produce alegría, porque la asocio con todo un mapa emocional de mi vida”. El afecto se hace presente en el rostro de Vásquez, en los gestos que surgen sin filtro alguno, generando una música corporal, entusiasta, silenciosa, breve, sintética, como la mejor de sus improvisaciones inspiradas.

1 comentario:

HERMAFRODITA dijo...

Como ente hermafrodita con la patologia de melomania, tuve la suerte de presenciar cuatro actuaciones de la bomba de tiempo hace casi un año, JAMAS HE SENTIDO NADA IGUAL. Nunca habia bailado tan agusto,,,, y que conste que las tres cuartas partes de mi vida me las he pasado bailando, tocando y cantando.
SALUD SANTIAGO.