4.3.12

Fernando Samalea

Músico universal


Reconocido por su trabajo como baterista de músicos como Charly García o Gustavo Cerati, desde que toca bandoneón y vibráfono editó once discos solistas que vinculan climas de tango, música árabe, electrónica, jazz, ambient y flamenco. 



Diego Oscar Ramos - Revista Beglam - Foto: Dina Cantoni


Si todos podemos ser infinitamente complejos y simples, pocos artistas del Río de la Plata requieren como Fernando Samalea que nos desplacemos en espiral sobre su obra para captarlos en totalidad. “El lugar que tengo es ideal, por un lado pude participar de conciertos multitudinarios, pero a la vez me gusta la vida que llevo, entre normal y ultra delirante”, asegura en un bar de Constitución cercano a su casa, de donde pidió salir luego de una sesión de fotos para cumplir un deseo imperioso de tomar un café con leche. Aliviado tal vez por el placer que le da el contacto con esa información constante y vertiginosa que se da en las zonas cercanas a estaciones de trenes y grandes avenidas, dirá que su reciente DVD - En vivo en los teatros Alvear y ND Ateneo-  funciona como una postal sonora de su vida en los últimos años, resumida en esas músicas nostálgicas y esperanzadas que había grabado en discos muy recomendables como El jardín suspendido (1998)Padre ritual (1999)Full femme (2000), Metejón (2001)Fan (2004) o Alhambra (2005). Y si bien el DVD fue creado en base a registros de algunas de las pocas presentaciones porteñas que ha dado a lo largo de toda su carrera solista, la estética toda de los conciertos está impregnada de la europeidad que tuvo como ambiente Samalea durante poco más de media década -cuando entre muchos otros proyectos fue baterista de Joaquin Sabina- y su redescubrimiento de su ciudad nativa. “Quería plasmar la nueva Buenos Aires y el haber descubierto a Alejandro Jodorowsky con sus actos psicomágicos, en París”, cuenta el músico y revela levemente que varias sincronías lo fueron llevando con el artista chileno, famoso mundialmente por su trabajo terapéutico a través de actos simbólicos que movilicen la estructura psicológica. “En su momento fue un lindo estímulo para tomar las cuestiones familiares desde un lugar más claro”, explica sutil Samalea, sin la euforia que lo había llevado a dedicarle un disco como Fan y a teñir el DVD con símbolos del Tarot, cultivado con fervor por el místico chileno. 
Lo cierto es que hoy, el músico que como baterista ha tocado con buena parte del rock argentino -de Charly García o Gustavo Cerati a los Illya Kuryaki-  está componiendo una obra instrumental en homenaje a las grandes orquestas de jazz de las primeras décadas del siglo XX. Y siente que en su vida lo que más lo impacta está en relación con la simpleza. “Llega a un punto donde sentís que lo más valioso no es desarrollarse artísticamente sino las relaciones entre las personas”, asegura. Y habla de García, a cuya banda regresó el año pasado. “Fue muy emocionante, porque sumarme con vibráfono y bandoneón implicó estudiar mucho, si hubiese ido con la batería sería el mundo que conozco, pero me preparé para estar a la altura de esta música maravillosa”. Otros vínculos que Samalea advierte que lo unen más al músico, se extienden a formas de vida que percibe como muy suyas, como el hecho de estar en constante desplazamiento, algo que comenzó a vivir con potencia cuando era su baterista, a finales de los ´80. Desde entonces encontró una manera de rendirle tributo a los ideales de aventura que antes había aprendido a disfrutar en libros de Julio Verne o Emilio Salgari que leía en su infancia o de autores como Paul Bowles en su adolescencia. Todos esos estímulos, del arte y la vida nómade, fueron generando finalmente una forma propia de componer: “La posibilidad de ir y venir estimuló el hecho de hacer esos discos tan cosmopolitas, como si el propio bandoneón estuviese viajando por distintas culturas del mundo”.




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