11.7.13

Creaciones


Canciones oportunas

Con temas influenciados por la música brasilera, el pop global, los ritmos latinos y esencialmente por la forma en que percibe la vida, las composiciones que Anabella Moreno reunió cuidadosamente en Hay amores, su primer disco, cuentan una historia sutil, sobre distintos estado del vínculo amoroso. Una obra, con delicadeza y potencia femeninas, para descubrir.


Diego Oscar Ramos


Con una hipnótica frase de piano del gran Pedro Giorlandini,  director musical del disco, una historia de tonos suaves, sobre amores de espíritu inquieto, como de quien descubre un universo en los ojos de otro que pasa, el disco de Anabella Moreno se abre con un sugestivo groove que capta nuestra atención. Pero no sólo a la atractiva melodía de Rosas violetas, un tema con potencia de hit pop romántico, sino a toda una secuencia de 12 canciones, en su gran mayoría compuestas por Moreno, quien trabaja con pasión de orfebre y mirada musical sumamente femenina, detalle éste que podrá apreciar quien ingrese con cuidado a estas historias que hablan de amores, con sus matices y sus escenarios. Sin que necesariamente deban fundarse en historias reales que le hayan pasado a su autora, el hecho de que haya bossificado el erótico tema Así de Sandro o que haya incluido A primera vista, la afectivísima canción de Chico César, sí dan cuenta de una relación que la creadora tiene con Brasil, con la incuestionable belleza de su música popular, pero también con su mismísima tierra, ya que algunas de las canciones propias, como Labios, han precisado de una interpretación bilingüe, más por ese link afectivo real que por cualquier estrategia estética.

Es cierto que la brasilidad está bien presente en Moreno, que ha sabido tener sus presentaciones musicales porteñas específicas con géneros del país vecino a lo largo de estos últimos años. Y ese componente fue parte importante de lo que hizo que eligiera al arreglador, compositor, pianista y productor Pedro Giorlandini para dirigir la producción. Pero con el músico que fuera socio musical de Ramiro Musotto en Bahía y girara por el mundo junto a Margareth Menezes tuvieron la decisión temprana de encontrar un universo estético propio, que pudiese incluir lo brasileño, pero que apuntase mejor a lo que encontró en la forma suya de encarar el arte de la canción popular. En ese sentido, la elección conjunta de las canciones tanto como el ropaje sonoro que merecían fue lo que trajo como resultado un trabajo homogéneo, que puede pasar por la balada, la bossa, los climas de flamenco, la latinidad más caribeña o el pop, para enlazar historias de encuentros y desencuentros, con el don de melodías inspiradas y una lírica cuidada, pero nada pretenciosa.  


- ¿Cómo se gestó el disco?
- Quizás existió siempre la idea, porque siempre escribí canciones. Desde que tenía 10 años. Obviamente eran las canciones de una niña, me salían como un juego, de alguna manera lo siguen siendo, porque no tengo una regla ni un método. En la adolescencia ya hablaban de amor, pero quizás eran cursis. Después, cerca de los 20 años percibí que tenían algún concepto musical. De alguna manera porque escuchaba música en mayor cantidad y variedad. Empezaba a incorporar sin quererlo ciertos acordes, ciertas cadencias. Después estudié armonía y entonces ahí sí las canciones fueron tomando forma de canciones. Cuando empecé a ver que las canciones parecían canciones, las mostraba, las cantaba en reuniones de amigos y dejaba de ser solamente un juego, empezaba a compartirlas. Hacía un trabajo más consciente al componer y armonizar. Creía que algún día iba grabar un disco.

- Pero antes llegó el tocar en vivo.
- Sí, tenía que empezar a mostrarme, a cantar en público. Empecé cantando música brasilera, que cuando llegó a mi vida fue todo un huracán, un mundo nuevo que abrió mil puertas. Fui ganando confianza como intérprete. Entonces llegó el día en que dije “Bueno, tengo que grabar un disco, quiero y puedo hacerlo”. Y a la hora de grabar y saber el esfuerzo que iba a significar, pensé que hacer mis propios temas era un valor agregado. Por medio de otros músicos me contacté con Pedro Giorlandini, que había trabajado en Brasil, conocía ese universo y podía entender que, aunque no fuera un disco de música brasilera, de ahí venían algunas sonoridades. Me junté con él por primera vez en el año 2008, cuando ya había grabado demos con Miguel “Chino” Brignole, un músico guitarrista completísimo y generoso que me compaña desde hace años. En 2010 empezamos esa serie de reuniones, una vez por semana. Lo primero fue elegir el repertorio. Pedro me dijo: “Lo que no puede suceder es que llegues al estudio de grabación sin ganas de grabar uno de los temas que elegiste”. Y así nos pusimos en acción. En verdad, querer gestar el disco fue tan sólo decir “¿Por qué no?”. Ya estaba en marcha.

- ¿Hay un momento del trabajo de composición donde aún la canción está apenas siendo, pero aún no parece tener una entidad completa, real?
- Pienso que hay canciones que aunque no serán grabables, tengo la necesidad de escribirlas. Sale letra, música, acordes, todo. Y sin embargo siento que no formarían parte de un recital o de un segundo disco. Después de la mezcla y el máster, fue que comencé a sentir que las canciones elegidas comenzaban a sonar a un disco.

- ¿Cómo fue el proceso de selección de los temas?
- Ese fue un trabajo importante que hice con Pedro, la elección de canciones. Me pidió que le muestre todo el material que tenía. Le dije iba a hacer un pulido previo y me pidió que tratara de filtrarle lo menos posible. Pero de todas maneras, de unas 60 canciones que tenía, empezamos escuchando 40. Primero la consigna fue elegir descarnadamente lo que a mí me gustara. Era un trabajo muy introspectivo, era indagar por qué me gustaban. La primera selección fue de 20, cotejadas con él, porque también esperaba su devolución, alguien de afuera que las mirara, que las escuchara. Ese fue el primer corte. El segundo corte tenía que ver con encontrarles una familia. Había canciones de una misma familia, otras que formaban parte de otra familia. Todo el proceso del disco lo fui escribiendo en un cuaderno, las reuniones con Pedro, lo que trabajaba sola, todo. Y releyendo me di cuenta que ya en las dos primeras semanas de trabajo había 10 que ya estaban. La idea era encontrar un concepto, pero como había canciones de distintas etapas mías, no siempre tenían un eje musical común. Pero pudimos encontrar después un concepto en cuanto a la narrativa. Y hubo un momento donde pensé que determinada canción no podía quedar afuera, sin importar que no  formara parte de alguna familia elegida. Y pasó con Hay Amores, un flamenco en un disco que tiene otra influencia. Nos dimos cuenta que no podía ser otra cosa que ese aire de rumba flamenca que tiene. Está en la naturaleza de la letra, de la música y de los acordes. Y no sólo quedó dentro del disco, sino que también fue su título. Ese es el cuento que permanece: distintas formas del amor, por los otros, por uno mismo, por la vida, por los hombres.

- ¿Y qué sentiste con ese cuento que se iba armando?
- Sentía que había un abanico de ideas, sensaciones y climas. Ahí está también el desafío del orden de los temas. Quizás en la era del MP3 no siempre tiene sentido. Uno ya no llega con el LP y lo pone en su Winco.

- Pero si hubieras pensado en estas nuevas formas de consumir música, seguramente no hubieras hecho este trabajo.
- Claro! Además es un trabajo divino hacerlo. Para mí tiene mucho sentido. Uno empieza a contar el cuento. Cuando trabajaba sobre el orden, lo que hacía era escribir una historia, contaba una novela, como si fuera una comedia musical. Finalmente llegué a esa construcción.

- ¿Qué proyectás ahora?
- En principio sé que me identifica y eso me da mucha alegría y paz.  Creo que todavía tiene una larga vida. Seguiremos presentándolo, haciéndolo crecer. Para eso están las canciones, para que se escuchen. Hacer un disco tiene esa intención, lejos de toda vanidad. Ahora hará su camino. El modo en que llega a los demás es otro descubrimiento. Saber que alguien se identificó o que tararea tus canciones, en definitiva, es darte cuenta de que ya no nos pertenecen.


TEMA POR TEMA

 Rosas Violetas. Me parece que tiene algo que atrae, es amable de escuchar, es entretenida, tiene un poco de humor. Es como un amor más adolescente, entonces, si fuera una cronología amorosa empezaría por ese tipo de amor y no porque haya sido compuesta en la adolescencia. 

Algo combinó. Rosas Violetas es de un amor platónico y en esta segunda, algo combinó. Me parece que va en ese rumbo, desde aquel  amor no resuelto”.

Hay Amores. Es como un racconto de las otras dos y preámbulo de lo que viene. Porque en realidad, ya tuvimos el platónico, ya tuvimos el real. Y ahora hay diversidad de situaciones, de idas y vueltas, los amores más descarnados. Habla de los que son oportunos, los que no, los que te hacen sufrir, los que te hacen feliz”.

Así (Sandro-Anderle). “Vamos bajando en los climas. Así, está ahí no sólo porque venimos del flamenco y pasamos a Sandro, que era El Gitano, sino por contar esta historia. Me gusta Sandro desde muy chica. Su voz, su poesía, las palabras siempre están perfectamente ubicadas, era un hombre culto y muy sensual. Y esta canción viene a contar el amor que dejé, que se perdió, aquello que nos deja sin amor”. 

Sin Amor. Es una canción bastante fuerte, dramática de tristeza y muy despojada, porque es guitarra y voz solamente. Tenía claro era que tenía que estar en el medio. No le tengo miedo a las canciones tristes. Hay tangos, poesías, novelas, películas, que son un drama y producen en mí cierta fascinación”.

Componiéndome, A Primera Vista (Chico César) y Madrugada. Componiéndome te eleva con ese violín que entra. Estabas en el clima del vacío y el desasosiego y de repente, algo te despertó y es el volver a empezar. Es un tema de reconstrucción. Primero me compongo, porque para volver a amar uno tiene que volver a quererse uno mismo y volver a estar de pie. Y ahí llega el amor a primera vista, que anticipa a Madrugada, que me remite a una época de la música brasilera más pop y más fresca, más tribalista”.

Ritmo Moreno y Año Nuevo. "Preparamos la fiesta de despedida. Tienen cierta alegría. Las dos son historias de amor, pero a la vez hacen referencia a la música misma. Son como la narración de la música dentro de la canción, porque las dos, sin quererlo, remiten a cantar, bailar, tocar, describen un espacio mágico, de fiesta, de calle, de lugares y sonidos. Tienen una cadencia que no era tan habitual en mí. El acercamiento que tuve a los instrumentos de percusión, aunque no sean mi canal de composición o interpretación, me dieron otra paleta a la hora de escribir, tanto en la melodía como en la letra”.

Labios. Algunas de mis canciones son sólo mi mirada de la música de Brasil, pero no es algo nativo. Sin embargo, esta nació en portugués, quizás porque la historia que me conmovía en ese momento venía de Brasil. Con el mayor respeto por la lengua, las palabras salían en portugués. Y tal vez porque se trataba de dos personas con idiomas diferentes, tuve la necesidad de contar las dos versiones. Es un vals que podría ser argentino o brasilero. Habla en sentido metafórico de la distancia de esos mundos y del amor a pesar de todo. Tiene algo de saudade. De lo que se extraña pero con la esperanza de que se vuelva a encontrar”.

 El misterio, el azar. "Es una canción que si bien es lenta, no es en absoluto dramática. Y es una puerta que se abre. Hay varias cosas en esa canción que dan esa sensación, como que del laberinto se sale volando. Leopoldo Marechal decía que de los laberintos se sale por arriba. Y a veces la solución está afuera del círculo, uno está buscando la respuesta dentro del sistema y en realidad la solución está afuera. Me parece que es esperanzadora. Cuando un amor se va, otro vendrá".   



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