12.9.13

Arte y transformación


El juego, amoroso, de la verdad.


Un día antes del estreno de “Amor de mis amores”, impactante puesta en escena que combina arte escénico con rituales simbólicos ligados a la Psicomagia, el multifascético Cristobal Jodorowsky habla del proceso creativo colectivo que dio lugar a la obra. Y asegura que la entrega absoluta de los actores y él mismo a un trabajo potente con la emocionalidad, no sólo generó una obra de gran impacto, sino una genuina transformación grupal.

Diego Oscar Ramos


    Si bien sus visitas previas recientes habían estado vinculadas a una de sus facetas, la de explorador de la conciencia humana con sus intrincados lazos con lo inconsciente personal y colectivo a través del Tarot, ya se sabía que algo teatral con ecos posibles de sanación psicológica espiritual a través del trabajo con símbolos y rituales estaba por acontecer estos tiempos. Y es que quien desde niño aprendiera junto a su padre, el mítico Alejandro Jodorowsky, que hay lazos tan sutiles como concretos que unen todo tipo de ritos humanos de sanación con formas simbólicas que nuestra dimensión inconsciente toma como su lenguaje natural.

Impresiones
   
    Y es desde esa concepción de la llamada psicomagia jodorowskyana por las formas de sanar viejos traumas que proporciona el contacto intenso con ciertos contenidos poético simbólicos que puede entenderse la vuelta de tuerca que Cristobal Jodorowsky ha querido poner en escena todos los domingos de septiembre en Buenos Aires. Es que “Amor de mis amores”, ni más ni menos, parece buscar ir al fondo más hondo de lo que todo ser humano precisa para sanar todas sus heridas internas, esas que en esta ciudad suelen depositarse como discurso fragmentado en los divanes psicoanalíticos. Y ese blanco es el amor, lo que todos necesitamos, pero que no siempre sabemos percibir en toda su dimensión, generando todo tipo de conflictos en la adultez, sobre todo cuando se busca pareja sin haberse curado de perversos ritos cotidianos, aceptadísimos por la ceguera social cultural, de vivir reclamándole al ser que decimos amar que haga cosas que en realidad no pudimos conseguir de nuestros padres.
      Pero antes que una tragedia en sí misma, la gracia mayor del trabajo de los 18 actores que se internaron un mes y medio con Jodorowsky hasta llegar a este resultado final, es que dejan un testimonio vital, con más movimientos en escena que parlamentos rígidos, del nudo central de la mayoría, sino la totalidad, de problemas vinculados a lo que solemos llamar amor en relación a la pareja. Ese núcleo, básicamente, es el que intentan desatar en cada espectador, al mostrar en dos horas de alto dinamismo que lo que todos necesitamos es dejar de actuar como niños heridos, para evolucionar de una buena vez y hacernos cargo de nosotros mismos, buscando cada uno lo que precisa y dejando de reclamar lo que nadie tiene la obligación de darnos. No hay obras así en Buenos Aires, por lo que verla se vuelve un acto ideal para quien ande con ganas de vivir mejor, para accionar desde el ser que somos, ahora, sin quejas ni uso de ninguna relación para depositar allí viejas frustraciones o dolores. 
       
El teatro que impulsa Jodorowsky, reconocido tanto por sus acciones teatrales como por su trabajo con el cine o la pintura, presenta un juego en tiempo real, con imágenes que pueden ser shock, pero también caricia. Tal vez sólo esa combinación traiga la sanación colectiva que esta ciudad, como tantas otras, merece. Porque nadie más que cada uno, con todo el proceso que implique quererse realmente, podrá ser el amor de sus amores. Y desde ahí comunicarse con verdad con otro ser humano que también esté en ese camino del conocerse con afecto. Eso sí, quien crea que aquí se habla de la media naranja, pues bien, creo que más que nunca debe entrar a ver la obra. Para dejar definitivamente esa vieja idea, que poco o nada tiene que ver con el amor real. Y empezar a transitar caminos más sanos, de afectos poderosos, con personas que se buscan y logran encontrarse.

Encuentros


    En un día lluvioso, que en la Buenos Aires de septiembre suele asociar el temporal con una santa de nombre Rosa, se da la entrevista con un Cristobal Jodorowsky que desde el primer contacto visual se muestra entusiasta y afectivo, mencionando la alegría que le causaba el estreno al día siguiente de la obra que, aseguraba, había sido producto de un estado colectivo de amor. Desde ese fervor por la creación, ligada no tanto al ego del autor individual, sino a la sinergia virtuosa de un grupo que supo unirse para gestar potencia liberada y liberadora, es que comenzó esta entrevista, cuyo audio publico a continuación:


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