22.8.14

Entrevista: Fernando Ruíz Díaz



Potencia emocional

Catupecu Machu celebra sus 20 años con libro, documental, una exposición de objetos e imágenes y un concierto el 23 de agosto en el Luna Park.


Diego Oscar Ramos - Diario Z  (Foto: Guille Llamos)


“Significa amor universal”, explica Fernando Ruiz Díaz, alma cantante de Catupecu Machu, una de las bandas de rock más originales a nivel sonoro y conceptual que diera la escena argentina en las últimas dos décadas. Lo hace luego de mostrar un tatuaje que se hizo poco después que se accidentara su hermano Gabriel en 2006. Y si bien el punto central de la entrevista podía ser hablar de la forma múltiple en que el grupo está celebrando 20 años de existencia (un libro, un documental, una exposición de fotos y objetos, además de un show próximo en el Luna Park), el cantante de Catupecu encontrará la manera de hacer presente a su hermano. Y siempre lo hará con mirada sensible y relato optimista, como de quien ha puesto tanta potencia en transformar al grupo y su música cuantas veces fuera necesario como en no dejar de ver lo afectivo como el eje más importante para procesar todo lo que pase. También este aniversario de su banda.

- Hablás del amor, muchas veces, como fuerza para crear. ¿Qué tanto de esa frase resume esta trayectoria vital de Catupecu?
- Me gusta. Me interesa el tema del amor creador, creo que toda manifestación de la naturaleza es amorosa. Lo que pasa es que tenemos esa cosa de ligar al amor siempre al amor físico o al amor de pareja. Y en realidad, si la gente se diera cuenta que cuando nace una planta eso es amor, el hombre no habría inventado la gomera ni el fusil.  Ni las conquistas. Lo bueno que tiene la música, por el contrario, es que te hace llegar a un lugar para compartir lo tuyo, no para conquistar. Vamos para que nos pasen cosas. Igual no deja de sorprenderme que nos hayamos vuelto populares en tantos países, porque lo que hacemos no está hecho para imponérselo a la gente. Nosotros ensayamos los cuatro, encerrados, para después salir a compartir. Porque el show es como abrir una compuerta y que entra el agua. Y siempre es nuevo, no vive de recuerdos. Por eso lo que se vive es algo fresco, directamente ligado a la creación.

- ¿Que le dio a tu vida tener una banda como esta?
- Creo que los nacimientos de Catupecu y de mi hija Lila son los momentos más importantes de mi vida. Todos tenemos momentos que son como el pico más alto de una cadena montañosa, pero lo grosso que sucede con el grupo es que además de ser algo mío, le pertenece a millones de personas. Son ya 20 años, que generan cierto compromiso también, porque para nosotros siempre fue algo serio, algo esencial, a pesar de que nos hemos divertido mucho.

- En tu música siempre me llamó la atención cómo trabajás con conceptos complejos, usando el arte para mostrar con mucha potencia cómo percibís el mundo.
- Porque eso es lo que nos diferencia de un animal, una roca o un árbol.  Para mí la manifestación artística bucea en eso que nos hace humanos. Y veo que el arte que me llega es el que me hace ver el mundo como algo más interesante. Un día, cuando era más chico, escuchando a Pink Floyd descubrí toda una oscuridad o tristeza que tenía adentro. Cuando me llegaron a las manos los Sex Pistols,  descubrí esa furia que hace que podamos cambiar todo. Y cuando fuimos a masterizar el último disco a New York,  fui al Museo Metropolitano de Arte, porque quería ver un cuadro de Klimt (pintor austríaco al que le dedicara un tema homónimo), de quien siempre amé su obra. Cuando lo tuve delante me puse a llorar. Eso es el arte.  Tiene que ver con el sentimiento y las vicisitudes del ser humano.

- ¿Que es lo que más te sorprendió de devoluciones que te hayan hecho sobre tu música?
- (Piensa). Unos días después del accidente de mi hermano, el manager que teníamos, Fausto, me dijo que leyera las cartas y mails que nos mandaban, que eran miles, que le hiciera caso. Gaby hacía cuatro días que estaba en coma y la primera carta que abrí era de un nenito que en el sobre me dejaba un rosario. Tenía 8 años, me contaba que se tenía que hacer diálisis desde hacía 3 y me decía que lo único que le daba fuerza era escuchar a Catupecu. “Escuchá tus letras porque hacen bien”, me pedía. Yo tenía su rosario en la mano. Y ahí también me puse a llorar. 


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