3.2.16

Caminos

  
El sendero altruista

Considerado “el hombre más feliz del mundo” por la neurociencia, a partir de estudios de su mente en estado de meditación profunda, Matthieu Ricard monje zen francés, mano derecha del Dalai Lama, fotógrafo y biólogo molecular, da claves para obtener una felicidad duradera: lograr libertad interior a través de la meditación y, sobre todo, cultivar el amor a los demás.


Diego Oscar Ramos - Revista Uno Mismo - 2015



         La felicidad, sea cual fuese la lengua en la cual se la mencione, tal vez sea una de las palabras más usadas e inasibles. Porque si bien suele asociarse en general a estados emocionales que se obtienen al conseguir resultados deseados, esos mismos deseos que al convertirse en realidad provocan satisfacción o bienestar autopercibido son tan variados como las personas a las que se les pregunte por la naturaleza de esas percepciones de lo que las hace felices. Claro que esa posible abstracción del concepto, analizado con profundidad por todas las ciencias humanas, desde la filosofía a la psicología, ha sido llevado a cierta claridad conceptual por las ciencias duras de occidente, aquellas que tienen a la medición exacta de parámetros repetidos que puedan registrarse una y otra vez en experimentos de alta precisión en sus métodos. Y es más precisamente el área de las neurociencias, la disciplina que esta época entrona como un saber de extrema confiabilidad al que se le profesa casi una fe religiosa, donde Occidente encuentra hoy explicaciones de todas las dimensiones de lo humano. Lo hace estudiando la manera en cómo, bajo todo tipo de estímulos, se dan las interacciones neuronales en nuestro amado cerebro, con la certeza de que cuanto más avance este conocimiento, más podremos usar la flexibilidad neuronal como factor para transformar nuestras vidas, al tener mapas cerebrales que sean indicadores de los usos más eficientes de nuestras aptitudes mentales. 
        
En ese sentido, la reciente visita al país del monje budista Matthieu Ricard, biólogo e investigador en genética, en el marco del  “Primer Encuentro de Felicidad” organizado por la productora de contenidos culturales Green Tara, puede trazar varios lazos de integración de disciplinas y culturas para contestarnos el sentido profundo de lo que llamamos ser felices. Y es que lo que el asesor del Dalai Lama, con más de 40 años dedicado a la práctica contemplativa budista, suele hablar en sus recorridos mundiales para promover proyectos humanitarios, suele ser escuchado, al menos en nuestros oídos occidentales, con un interés especial asociado al hecho de conocérselo públicamente como “el hombre más feliz del mundo”, luego de que participara en una investigación del neurocientífico Richard Davidson, de la Universidad de Wisconsin, en Estados Unidos, quién evalúo su cerebro en estados de meditación y compasión. Su gran activación de la corteza prefrontal izquierda, asociada por  las neurociencias al bienestar y a las emociones positivas, lo opuesto al sector derecho donde se activan la depresión, la ansiedad o el miedo, fue lo que le dio ese mote. El estudio, comprobó en el monje una actividad poco común en su lado izquierdo, ya que para la medición se utilizaron voluntarios cuyo grado de felicidad iba de 0.3 (tomado como signo de “muy infeliz”) a -0.3 (parámetro de “muy feliz”), y Ricard obtuvo una medición de -0.45. A partir de este estudio, que certificaba que los monjes budistas pueden suprimir de su mente los pensamientos negativos, el también gran fotógrafo francés ha recorrido el mundo, dando conferencias donde, como lo hace en su libro “En Defensa de la Felicidad”, sostiene con entusiasmo militante el concepto de felicidad, no como algo fugaz, sino como “una manera de estar que determina la calidad de cada instante de la vida”. Claro que para lograrlo hay una serie de hábitos, esos mismos que institutos como el Mind and Life Institute con el que el monje colabora, tienen en cuenta a la hora de reunir en un mismo cuerpo de estudios a meditación, cerebro y bienestar emocional.


Estado de bienestar

        
Con una sonrisa que parece nacerle del pecho, hay un sentido del humor en Ricard que se complementa con una firmeza en la manera en que sostiene lo que viene a decir, lo que parece ser su misión en la vida. Así, en un desayuno de prensa, ante una pregunta que buscaba su opinión, como hombre que llegó a la vida monacal luego de ser científico, acerca de la manera en que la ciencia occidental procuraba o no trabajar para la felicidad de la humanidad, explica que la ciencia que hay que atender es la de lidiar con la propia mente. Y recién luego de afirmar que la felicidad es un estado mental, atiende a la cuestión consultada: “La gente, para darle la razón a algo acude a la ciencia, y es entonces cuando le da un carácter de verdad, por eso es que buscamos la correlación entre la práctica de meditación que venimos haciendo desde hace mucho tiempo con los estudios científicos, para que se entienda que genera el estado de bienestar”. De inmediato, aclara un punto esencial en su discurso sobre la felicidad, dice que debe provenir del altruismo: “Está comprobado científicamente que cuando uno trabaja solamente en el propio ser, las células neuronales que se iluminan con las pruebas son mucho menos que cuando se medita sobre el amor a todos los seres humanos. Es con esa expansión de uno mismo y esas emociones positivas cuando el cerebro se ilumina como nada más lo puede lograr”.
         “Para una cuestión personal, no hace falta la ciencia, pues simplemente es la práctica lo que hace que uno se de cuenta de que esto que hablo es real, pero para una sociedad como la norteamericana, donde hay mucho individualismo, es importante que también la ciencia valide estas experiencias personales”, agrega el monje, explica que siente como algo bueno el hecho de que esas indagaciones científicas ayuden a que la gente crea, porque lo que percibe como realmente importante es que se expanda el mensaje de que “hay otra manera de encarar la vida”.

- ¿Pero la ciencia busca realmente que las personas sean felices?
- Lo primero que se propone la ciencia es investigar la realidad. Eso tiene que ver con la investigación, pero otro aspecto es como se aplica esa investigación. La ciencia es muy amplia, como la inteligencia. ¿Es bueno ser inteligente? No se puede abandonar la inteligencia, pero tenemos que saber que es sólo una herramienta, que puede usarse para hacer el bien o para causar daño. El tema es cómo usás el conocimiento. Es ética de lo que hablamos. Porque es lo mismo que tener fuerza. Podés usarla para ir a rescatar gente o lastimar a otros. Y eso tiene que ver con tu desarrollo personal. Por eso es tan importante el altruismo, porque en lugar de usar esa herramienta de manera egoísta, uno se mueve para ayudar a los demás.

- ¿Y qué es la felicidad?
- La felicidad con mayúsculas, como algo en sí mismo no es algo tangible. La felicidad es una conjunción de cualidades humanas básicas, que se pueden cultivar. La primera es el amor altruista, la mente benevolente. La otra es la libertad interior, no ser esclavo de las emociones, de tu mente. Estar a cargo de uno mismo, ser el capitán que decide para dónde va el barco. Estas cualidades se pueden desarrollar, porque son habilidades, justamente. Y la neurociencia lo comprobó. Cuando se le pide a ciertos meditadores que se concentren en pensamientos altruistas, las áreas del cerebro que se activan, tienen que ver con sentidos de pertenencia, lo que es muy importante para la felicidad, porque si te sentís solo no estás muy feliz.

“Son esenciales las emociones positivas, como el entusiasmo y el disfrute. Hay un área cerebral conectada con la empatía, otra ligada al cuidado parental y otra con experiencias de recompensa. La ciencia prueba que si uno se centra en uno mismo, las áreas del cerebro que se despiertan tienen que ver con el miedo y la angustia. Cuando uno se concentra en uno mismo y se pierde en pensamientos rumiantes, eso lleva a la depresión. La mente benevolente, en cambio, está ligada a la felicidad. El corazón de la felicidad es el amor altruista. No creo en la felicidad egoísta. No funciona. Podés intentarlo, pero colapsarás”, asegura el monje científico, clausurando con gesto risueño, que parece certificar que sabe bien lo que dice, pero que no niega a nadie la experiencia de intentar ese camino. Eso sí, se queda tranquilo con expresar lo que siente como una gran verdad que le dio la práctica misma.

Profunda serenidad

“¿Pues entonces qué es la felicidad?”, ya se preguntaba el meditador francés en una de las famosas conferencias Ted (“Technology, Entertainment, Design”) organizadas por The Sapling Foundation, dedicada a "potenciar el poder de las ideas para cambiar el mundo". Y esto se contestaba, por 2004: “La felicidad, por supuesto, es una palabra tan vaga, que mejor usaremos bienestar. Así, creo que la mejor definición, según la visión budista, es la de que el bienestar no es meramente una sensación de placer, sino una sensación de profunda serenidad y realización; un estado que impregna y subyace en todos los estados emocionales y todas las alegrías y penas que se atraviesan en el camino”. El camino de la felicidad, entonces, ligado al bienestar permanente, no puede ser una emoción fugaz, sino un estado del ser.
Una clave que Ricard daba por entonces, y sigue repitiendo en el presente, como un mantra preciso en su emisión constante, es estar muy atentos a no confundir felicidad con placer. “Si miramos las características de ambas, el placer depende del tiempo, del objeto y del lugar, es algo que cambia de naturaleza. La primera porción de un sabroso pastel de chocolate es deliciosa, la segunda no tanto, y si comemos más nos da asco. Esa es la naturaleza de las cosas, nos cansamos”, expresa el monje y agrega: “Solía ser un fan de Bach, tocaba la guitarra, lo podía escuchar dos, tres, cinco veces, pero si tuviera que escucharlo 24 horas sin parar, terminaría fastidiado. Si tienes frío, te acercas al fuego y es algo maravilloso, pero después de un rato, te hacés un poco para atrás porque comienza a quemarte. Por eso, en cierta forma, el placer se consume a sí mismo conforme lo experimentas”. 
También en la misma conferencia, concentraba la atención de los espectadores acerca del poseer como trampa en la búsqueda de la felicidad. “A menudo buscamos afuera. Pensamos que si pudiéramos juntar esto y aquello, tener todas las condiciones, seríamos felices. Pero si algo nos falta, es el colapso”. Con un discurso claro, preciso, basado en la experiencia compartible, el monje francés, apela a cierto sentido común, basado en las sensaciones que nos dejan algunos estados mentales, como para elegirlos o desecharlos, en el camino de buscar la felicidad. “Hay algunos que son adversos al bienestar, si miramos en nuestra propia experiencia: ira, odio, celos, arrogancia, deseo obsesivo, codicia extrema no nos dejan en un buen estado después de experimentarlos. Además que perjudican la felicidad de otros. Podemos considerar que entre más nos invaden la mente, como una reacción en cadena, más nos sentimos miserables, atormentados. Por el contrario, todos sabemos que en lo profundo, que un acto de generosidad desinteresado, si a la distancia, sin que nadie sepa de él, podemos salvar la vida de un niño, hace a alguien feliz. No necesitamos reconocimiento, no necesitamos gratitud. El mero acto de hacerlo nos llena de una sensación de plenitud con nuestra naturaleza profunda. Y quisiéramos estar así todo el tiempo”.

Transformar la mente


Para cambiar nuestra mente, asegura Ricard, tenemos que ir detrás de la conciencia desnuda, pura, que hay detrás de cada pensamiento, sea cual sea. Y la posibilidad de cambiar, existe, porque las emociones son pasajeras. Ese es el fundamento para entrenar la mente. “El entrenamiento de la mente se basa en la idea de que dos factores mentales opuestos no pueden ocurrir al mismo tiempo. Puedes pasar del amor al odio, pero no puedes, al mismo tiempo y hacia el mismo objeto, o la misma persona, querer herirla y hacerle un bien. No puedes, en el mismo gesto, dar la mano y dar un golpe. Por lo tanto existen antídotos naturales a las emociones que son destructivas a nuestro bienestar interno”, explica Ricard y detalla que podemos cambiar regocijo por celos, libertad interior por codicia extrema, afecto por odio. La otra manera es ir al fondo de la totalidad de las emociones: “Si se mira a la ira, se desvanecerá como la escarcha bajo el sol matutino. Si hacen esto una y otra vez, la propensión, la tendencia de que surja la ira otra vez se reducirá más cada vez que logren disolverla. Al final, aunque puede surgir, simplemente cruzará por la mente como un pájaro que surca el cielo sin dejar huella. Así que este es el principio del entrenamiento de la mente”.

         Así que, con menos apuro que real deseo de cambiar la mente para lograr la felicidad, Ricard asegura que es justamente esa chance de transformar la actividad mental lo que regala la meditación a conciencia. “Esto significa familiarizarse con una nueva forma de ser, una nueva forma de percibir las cosas más adecuada a la realidad, con interdependencia, considerando a todas las transformaciones continuas y fluyentes en las cuales se encuentra nuestro ser y nuestra consciencia”. Y en esto, sin renegar de las explicaciones vivenciales, el meditador se remite a la ciencia, hablando de la plasticidad del cerebro, para dar ciertas esperanzas de lograr los cambios: “Hasta hace 20 años se pensaba que todas las conexiones nominales, en números y cantidades, eran más o menos fijas cuando alcanzábamos la edad adulta. Recientemente se ha encontrado que puede cambiar mucho. Un violinista, como se sabe, con unas 10 mil horas de práctica de violín, sufre muchos cambios en la parte del cerebro que controla el movimiento de los dedos intensificando el reforzamiento de las conexiones sinápticas. ¿Entonces qué podemos hacer con las cualidades humanas? ¿Con el afecto amoroso, la paciencia y la apertura?”.

         En la comparación entre la disciplina de un artista y lo que hacen los grandes meditadores, como él mismo, que hace décadas que se ha dedicado con profundidad a cultivar las transformaciones mentales, está una respuesta posible, más allá de lo que cada lector sienta en relación a cuánto tiempo cree posible dedicarle a la meditación. “Algunos grandes meditadores han ido a laboratorios en Madison, Wisconsin o Berkeley han meditado de 20 mil a 40 mil horas. Hacen retiros como de tres años en los que meditan 12 horas al día, y luego, por el resto de sus vidas, lo hacen de 3 a 4 horas diarias. Son auténticos campeones olímpicos del entrenamiento de la mente”. Eso sí, gusta de aclarar Ricard, no es que estos meditadores hacen este tipo de pruebas como si fuesen estrellas de circo, no son freaks de la mente entrenada, sino personas que se decidieron a tomar en serio las riendas de su vida. Y desafía a que pensemos cuánto tiempo le dedicamos a factores como mantener la belleza física, para lo cual no dudamos en general en hacer esfuerzos o tomar decisiones de cambio. “Sin embargo, es sorprendente ver el poco tiempo que dedicamos a cuidar lo que más importa: la manera en que nuestra mente funciona, que es lo que finalmente determina la calidad de nuestra experiencia”.


Economía del cuidado
        
En un libro que se editará este año en el país, “La revolución altruista”, el ex investigador en genética, trabaja sobre la necesidad de ir mundialmente hacia una economía del cuidado. “En el sistema que vivimos prima la maximización de la ganancia, lo que hace que eso no esté ligado a ayudar a los otros. Y tampoco considera el bien común, porque uno está buscando maximizar su propio interés. Los dos grandes problemas de nuestro tiempo son la inequidad y el descuido del medio ambiente. Inevitablemente, necesitamos ir hacia una economía solidaria. Los grandes economistas de nuestra era ya lo están diciendo. Es el paso que hay que dar. El cuidado es una actitud, que hay que llevar lo más posible a la acción. Hay que tener en cuenta, en las decisiones económicas, al otro y al medio ambiente. Ese es el gran cambio”, desarrolla Ricard y aclara que puede asumirse una actitud progresiva de cambio, sin extremos que no sean naturales: “Esto no significa dar todo y quedarse en la calle, porque cada uno de nosotros tenemos necesidades que atender. Y hay un sentido común. Podés repocharte ser egoísta, pero nunca no hacer más de lo que realmente podés. Cada uno puede hacer según sus capacidades. Debe ser algo balanceado. Claro que ese balance muchas veces tira más hacia uno que al incorporar a los demás”. Así como nos pasa individualmente, indica el monje budista, como sociedad occidental también precisamos movernos hacia búsquedas profundas, existenciales, antes que en el tener, con su consecuente temor a perder lo que tenemos. “Nos creemos muy vulnerables, muy absorbidos por el miedo, por lo cual sería importante trabajar en la propia compasión para ganar fuerza interior y abrirnos así a los demás. Necesitamos indudablemente trabajar sobre el ser”.

Ya lo había expresado, con claridad y potencia, en su libro “El arte de la meditación”, cuando aseguraba que la actitud de vivir una vida pendulando entre la esperanza y el miedo, vuelven miserable la existencia individual y colectiva. Y asegura que la salida a la felicidad está precisamente en el considerar a los otros en cada acción, como una especie de ley de gran sentido común: “El mundo no está constituido por entidades autónomas dotadas de propiedades intrínsecas que, por su propia naturaleza, hacen que sean hermosas o feas, amigas o enemigas; las cosas y los seres son, esencialmente, interdependientes y están en perpetua evolución. Además, hasta los propios elementos que los constituyen sólo existen si están relacionados entre sí. El egocentrismo choca sin cesar contra esta realidad y sólo engendra frustraciones. El amor altruista, ese sentimiento que, según el budismo, consiste en desear que los otros sean felices, al igual que la compasión, definida como el deseo de remediar el sufrimiento de los demás así como sus causas, no son tan sólo nobles sentimientos, sino que están fundamentalmente en armonía con la realidad de las cosas”.




Amor altruista y meditación

“Cultivar el amor y la compasión es una apuesta doblemente ganadora, ya que la experiencia muestra que son los sentimientos que más bien nos hacen, y que los comportamientos que generan son bien percibidos por los demás. Cuando alguien se interesa con sinceridad por el bienestar y el sufrimiento de los otros, tienen la necesidad de pensar y actuar de modo justo y esclarecedor. Para que las repercusiones de los actos que se lleven a cabo a fin de ayudar a los demás sean verdaderamente benéficas, dichos actos tienen que estar guiados por la sabiduría, una sabiduría que se adquiere por medio de la meditación. La última razón de ser de la meditación es la de transformarse a sí mismo para transformar mejor el mundo, o convertirse en un ser humano más bueno para servir mejor a los otros. La meditación permite dar a la vida su sentido más noble”.

(M. Ricard. En “El arte de la meditación”)



Algunos datos sobre Ricard


- Monje budista, escritor, traductor y fotógrafo. Tiene un doctorado en genética celular en el Instituto Pasteur (Paris).
- Henri Cartier-Bresson dijo de sus fotografías: "la cámara de Matthieu y su vida espiritual son uno, y de allí surgen estas imágenes, fugaces y eternas".
- Hijo del filósofo ateo francés Jean-François Revel y artista Yahne Le Toumelin.
- Desde 1989 es intérprete al francés para el Dalai Lama.
- Es miembro de la junta del Mind and Life Institute, dedicada a la investigación colaborativa entre científicos y eruditos budistas y meditadores.
- Se ha dedicado en los últimos cuarenta años a concentrarse en la práctica contemplativa budista; desde 1972 ha vivido en la India, Bután y Nepal, conviviendo con los más grandes maestros de esta tradición.
- Autor de varios libros; entre ellos, «El monje y el filósofo», que muestra un diálogo con su padre, el filósofo francés Jean-François Revel, que ha sido traducida a veintiún idiomas; «El Quantum y el Lotus», un diálogo con el astrofísico Trinh Xuan Thuan; «Felicidad: una guía para el desarrollo de la habilidad más importante de la vida» y «¿Por qué meditar?».




10 consejos para ser feliz 
(Por Matthieu Ricard)


1. Vejez: Cuando la agudeza mental y la acción disminuyen, es tiempo de experimentar y manifestar cariño, afecto, amor y comprensión.

2. Muerte: Forma parte de la vida, rebelarse es ir contra la propia naturaleza de la existencia. Sólo hay un camino: aceptarla.

3. Soledad: Existe una manera de no sentirse abandonado: percibir a todos los hombres como parte de nuestra familia.

4. Alegría: Está dentro de cada uno de nosotros. Solo hay que mirar en nuestro interior, encontrarla y transmitirla.

5. Identidad: No es la imagen que tenemos de nosotros mismos, ni la que proyectamos. Es nuestra naturaleza más profunda, esa que nos hace ser buenos y cariñosos con quienes nos rodean.

6. Conflictos de pareja: Minimizarlos. Es muy difícil pelearse con alguien que no busca la confrontación.

7. Familia: Requiere el esfuerzo constante de cada uno de sus miembros, ser generoso y reducir nuestro nivel de exigencia.

8. Deterioro físico: Hay que aprender a valorarlo positivamente. Verlo como el principio de una nueva vida y no el principio del fin.

9. Relaciones sociales: Es más fácil estar de buen humor que discutir y enfadarse. Lo ideal es seguir siendo como somos y utilizar siempre que podamos la franqueza y la amabilidad.

10. Felicidad: Si la buscamos en el sitio equivocado, estaremos convencidos de que no existe cuando no la encontremos allí.




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