18.2.16

INFORME ESPECIAL . ANTROPOFAGIA . REVISTA FOODIE . 2014





TEXTO



Canibalismo
Rito, sacrificio, tabú
El comer el cuerpo de otros hombres ha sido una práctica que, sometida a distintos grados de prohibición o trasladada finalmente al lugar del símbolo, ha estado presente en buena parte de nuestra historia como humanidad.

Diego Oscar Ramos

Seguramente pocos actos nos enfrentan con todas las dimensiones de lo humano, las que aceptamos gustosamente y las que rechazamos con disgusto, como la sexualidad y la muerte. Y si parte de lo que nos fue instalando como seres de la cultura en los rincones más remotos y los tiempos más diversos ha sido establecer reglas de prohibición de con quiénes tener relaciones sexuales y en qué circunstancias es lícito dar muerte a otro ser de la misma especie, el acto de comerse un congénere ha tenido una presencia muy fuerte a lo largo de nuestra historia como humanidad. Hoy puede parecer horroroso, más allá de que algunas crónicas policiales den cuenta cada tanto de la permanencia de su práctica en casos de graves patologías mentales, pero el hecho de comer carne humana no siempre ha tenido el carácter de tabú que hoy comparte con formas de la sexualidad como el incesto o la necrofilia. 
El registro más antiguo de esta costumbre se halló en la cueva de la Gran Dolina, en Burgos, España, donde grupos de homínidos fabricaban herramientas y compartían su alimento proveniente de caza o recolección, cuando arqueólogos descubrieron que junto a restos de huesos troceados y raspados de jabalíes, bisontes o ciervos había restos óseos también troceados y con marcas de descarnamiento de dos niños, dos adolescentes y dos adultos jóvenes. La conclusión de los especialistas fue que no se trataba de un procedimiento de tipo ritual o religioso, sino más bien de “canibalismo gastronómico”, por parte de un grupo homínido que cazó a otro para alimentarse. Este antecedente coincide con un reciente descubrimiento en la cueva de Shanidar en Irak, de un hueso de Neardenthal atravesado por una flecha que habría sido arrojada en forma de jabalina, algo que por su estructura corporal no podía realizar, lo que ha dado lugar a la hipótesis de que resultó presa de un homo sapiens, con quienes habrían convivido apenas unos 5 mil años antes de extinguirse. Esto confiere en una reciente entrevista en el periódico Página 12 el arqueólogo argentino Fernando Ramírez Rozzi, quien encontró en una cueva de Francia un fragmento de mandíbula con morfología de Neanderthal con marcas de cortes similares a las que había en huesos de animales allí presentes, lo que refuerza la hipótesis de primitiva cacería entre homínidos.
De alguna manera, casi no podríamos hablar de canibalismo, porque el término refiere al acto de alimentarse con miembros de la propia especie, proviene de la deformación de la palabra “caribe” o “cariba” del idioma taíno, etnia nativa de América que Cristóbal Colón encontró en la isla de La Española en su primer viaje, quienes al atacar a otras tribus hay testimonios que indican que capturaban a niños a los cuales castraban y criaban para comérselos. La palabra, que para la etnia originaria significaba “audaz” u “osado” terminó convirtiéndose para los europeos en “comedores de carne humana”, concepto para el cual es más apropiada la palabra “antropófago”. Sea como sea, el concepto terminó estigmatizando a los nativos del llamado nuevo continente, ya que, como establece el sociólogo francés David Le Breton en su trabajo “Éste es mi cuerpo. Comer carne humana”, lo que Colón termina haciendo es producir “el mito del salvajismo primitivo opuesto a la razón europea”, incluso haciendo descripciones de segunda mano, guiado por relatos de algunos nativos de etnias enemigas de los caribes, que hablaban de la presencia en nuestro continente de “hombres con un solo ojo y otros con hocico de perro, que comían seres humanos y que, cuando lograban apresar una persona, la degollaban, bebían su sangre y le cortaban las partes naturales”. Lo curioso que plantea Le Bretón es que en Europa existía por entonces toda una tradición de utilizar partes del cuerpo humano provenientes de cadáveres para generar medicinas de todo tipo, desde grasa a huesos, cerebro o sangre destilada.
 “Solamente el trabajo del tiempo y el cambio de las mentalidades condujeron a la repulsión hacia estas medicinas que, sutilmente en la tradición científica, dejaron de ingerirse por la boca, para administrarse de manera menos ambigua por otras vías corporales”, indica el sociólogo en referencia a procedimientos que se inventarían mucho tiempo después, como las transfusiones sanguíneas, el transplante de órganos o el uso de cosméticos en base a placentas. Posteriormente el teórico comenta que la única manera en que el ser “civilizado” occidental puede llevar hacia lo posible y sacar del lugar del espanto a la antropofagia es cuando la ingesta se da en situaciones donde está en juego la supervivencia, por lo cual no se estaría viviendo la transgresión absoluta implicada en comer carne humana por placer o gula. Señala Le Breton, además, tomando al antropólogo Claude Levi Strauss, que “la relación sexual y la alimentaria son socialmente pensadas en el mismo registro simbólico”, lo que hace que el acto antropófago, tanto como las violaciones a determinadas formas de relaciones sexuales, pone al infractor por fuera de lo que se considera civilizado, salvo que se haya dado la ingesta en contextos extremos de necesidad de sobrevivir. Así y todo, aunque el acto se haya dado, por ejemplo, en situaciones de guerra o aislamiento por accidentes, como indica el sociólogo, “surge la cuestión de los límites de la condición humana y el horror de la transgresión desafía el anhelo de sobrevivir”. Ahí es cuando hace la aparición la religión, para darle un carácter sagrado al acto, como indica Le Breton en base a casos de sobrevinientes de guerra que para no enloquecer, han apelado casi obligadamente a a sacralizar el acto que, de otra manera, sería insoportable de llevar en su conciencia.

“El canibalismo es una forma extrema de sacrificio humano en la que, no sólo los dioses se benefician del alma, sino que los hombres aprovechan la vitalidad de la víctima. Ninguno de estos ritos están motivados por la crueldad, sino por la piedad: la víctima, al ser sacrificada, obtiene un destino mejor que el que le esperaba en vida, entra en contacto con el mundo de los dioses; la comunidad, por su parte, gracias al sacrificio, restablece el equilibrio cósmico y satisface a los dioses tutelares”, explica el intelectual español Ernesto Milá en su artículo “La religión del canibalismo y el sacrificio humano”, donde observa que esta práctica en diversas culturas buscaba en general “absorber la energía vital del difunto que unos pueblos situaban en el hígado, otros en el corazón, algunos en el cerebro y muchos en la sangre”. Lo que Milá observa, a lo largo de su trabajo, es que estas prácticas, lejos de realizarse en la América donde Colón creyó ver la cuna del canibalismo, se han dado en toda la historia de la humanidad, en el planeta entero. Así, relata el horror que sintió en Nueva Guinea el navegante, explorador y cartógrafo británico James Cook cuando pudo ver como un sacerdote comía los ojos de la víctima del sacrificio. Luego menciona que en Hawaii ciertas etnias seccionaban la cabeza y las extremidades del sacrificado para ser distribuidas entre los jefes de los clanes, mientras el resto del cuerpo era troceado y repartido entre miembros inferiores jerárquicamente. Por otra parte, reconoce que la costumbre de comer la cabeza, especialmente el cerebro, se ha indicado como una costumbre ritual de pueblos europeos de la etapa paleolítica. En el icónico libro “La rama dorada”, por su parte, el antropólogo Robert Frazer detalla toda una serie de rituales ligados muchos de ellos a la agricultura, donde se realizaban sacrificios humanos que terminaban en canibalismo ritual. Menciona el caso de una joven siux a quien una tribu pawne sacrificó como pedido de abundancia de maiz en las cosechas, siendo comido su corazón por el jefe de la tribu, mientras el resto de su carne y su sangre, luego de ciertos procesos, se usaron para frotar o salpicar todo tipo de alimentos. Este tipo de ritual lo encuentra, en formas generales, repetido anualmente en tribus de Benim Guinea, con la diferencia de que todo el cuerpo sacrificial era comido. En india, indica que la raza de los gondos, hacían sacrificios de brahmanes, con un procedimiento similar.
Muchos otros casos son detallados por Frazer, aunque cabe aclarar que en no todas las culturas sacrificales la víctima era devorada. La antropología, la arqueología y la historia contienen decenas de registros que hablan de la manera en que los aztecas y mayas sacrificaban y comían a guerreros enemigos capturados, también se hace mención a civilizaciones guaraníticas que buscaban adquirir aptitudes y capacidades del sacrificado, entre otras costumbres rituales de culturas meso y sudamericanas, bastante similares a las encontradas en tribus africanas y polinésicas en distintos períodos. La progresiva “civilización” del mundo bajo el ala occidental judeocristiana ha hecho que el sacrificio humano y el canibalismo, como bien lo indica Milá, fuesen sublimados, en la figura de un Dios hombre que se sacrifica por todos los demás para salvarlos. De todos modos, el acto mismo de comer otro ser humano, suele aparecer en las noticias policiales, con cierta periodicidad, aunque ya no en el contexto social y ritual, sino como extremas patologías de personas que, valga la paradoja,  esta misma civilización parece generar. Tal vez se trate de una manifestación individual lo que asegura el intelectual español en su estudio: “Todos los pueblos de la tierra albergan un momento en el que sobre ellos planea la sospecha de haber practicado el canibalismo o realizado sacrificios humanos. En ocasiones estos se han abandonado para luego retornar con extrema ferocidad ante una situación nueva”.


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