8.3.16

Encuentros

El cuerpo del sonido

Naná Vasconcelos, uno de los más respetados percusionistas del mundo, estuvo presente en Buenos Aires para dar una serie de shows y un workshop donde mostró que el cuerpo es la fuente más sorprendente de descubrimientos musicales.


Diego Oscar Ramos - Para Diario Z   (2013)


Es cierto que podemos hablar de Naná Vasconcelos a través de su trabajo con músicos talentosos como Path Metheny, Egberto Gismonti, Don Cherry, Collin Walcott, Milton Nascimento o los argentinos Gato Barbieri y Agustín Pereyra Lucena, por mencionar apenas aquellos que la memoria y un criterio instintivo nos indican como guía para quien no conozca su nombre, pero sí el de figuras para las que ha sabido construir un universo percusivo que embelleció su música. Pero, además, si bien sigue siendo mencionado desde inicios de la década del 70 como uno de los percusionistas más importantes del mundo, sería justo decir que este pernambucano de 69 años le dio a géneros como el jazz o la mejor música popular brasilera, una concepción orquestal de lo percusivo vinculada directamente con la manera en que percibe la vida. Y en la primera semana de septiembre, Buenos Aires tuvo la oportunidad de escuchar en vivo (tres fechas en Notorius) a un creador único, que logra traducir la naturaleza más exhuberante a materia sonora basada en un uso increíble de la voz, el cuerpo, el berimbau y todo tipo de instrumentos percusivos.  Y fue en un workshop, previo a sus shows, en un gran salón céntrico ubicado en un sótano que acentuó la experiencia no habitual, donde el brasileño hipnotizó a un centenar de personas. Y los percusionistas, extranjeros amantes de la aventura, más de un musicoterapeuta y unos cuantos niños sonrientes, vivieron junto a este cronista extasiado una experiencia de vivencia mágica, tal vez real, del tiempo. Vasconcelos mostró que toda la música, y su poder más intenso, nace de lo más cercano, compartido por todos: el cuerpo, con el corazón como reloj vital, los pasos como marca del pulso básico y la voz, como don de construcción colectiva de armonía.
Un día después, cerca de su berimbao, el mismo que lo acompaña desde tiempos inmemoriales, Naná Vasconcelos se entrega a un intercambio de palabras, pautadamente breve, pero no menos intenso en la manera en que mira a quien habla con él. Aunque sus ojos parecen muchas veces casi cerrados, la atención del músico es absoluta.

- ¿Que lo mantiene entusiasmado después de tantos años?
- Es que sabemos cada vez menos, estoy siempre queriendo aprender. Tengo que seguir investigando. Nunca hay que decir que ya sabemos hacer. No. Yo estoy queriendo  aprender, por eso estoy siempre buscando. La música tiene que ser honesta.

- En el workshop dijo que si sabemos oír sabremos bien qué espacio ocupamos en la vida.
- Cuando desarrollás esto de oír, aprendés a encontrar tu espacio en cualquier situación. Eso es muy importante. Hay que ser humilde. No hay que pensar nunca que ya se sabe.

- ¿Siente mucha receptividad con sus ideas más espirituales o se encuentra con músicos que sólo piensan en la música?
- Dejo que ellos sólo piensen en la música (se ríe). Pero la música no puede ser sólo algo mecánico. Tenés que poner algo tuyo. Igual, quién soy yo para decir cómo es la cosa. Yo hago mi parte (se ríe con una gran carcajada). Cuando un músico toca tiene que tratar de decir alguna cosa, no explicar nada.

- ¿Puede identificar algún momento donde tenga un goce total con el sonido?
- Cada vez que toco el berimbau tengo mi gran momento, porque es una cosa muy espiritual. El primer instrumento es la voz, después el cuerpo. Y el resto es consecuencia de eso. La música para mí es algo espiritual. Y cuando toco cierro los ojos, para estar en el sonido, sin distracción, viviendo ese momento

- Parece como si estuviera en cierto diálogo...
- Estás queriendo saber mucho (da una carcajada).

- Hay cosas de la música que no se pueden hablar, ¿no?

- No, no se puede, sino se arruina, deja de ser algo bonito. La música y la divinidad deben andar juntos. Y lo más difícil de hacer en la música es el silencio. A veces una persona está callada, pero no está en silencio... (hace un gesto con la mano, como mostrando el ruido de la mente y da una gran carcajada). El silencio es un estado del espíritu.



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