25.6.19

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Bocanada, de Gustavo Cerati





















Aunque en zonas artísticas diferentes y quizás hasta opuestas, Gustavo Cerati parece haber optado en “Bocanada” por un camino similar al de Manu Chao con “Clandestino”: la musicalidad calma e introspectiva. Ese punto parece un lugar inevitable al que llegaron después de haberse tomado su tiempo para exponerse frente a la disolución de los grupos que lideraban y con los que cambiaron la escena musical del continente, uno refugiado en la errancia exploradora y el otro en hipnóticos trances con beats electrónicos.

Más estético y glamoroso que el francés aunque con una misma carga nostálgica, Cerati también construye en su trabajo solista una unidad global que une las catorce canciones en una trama climática cargada de una melancolía que definió como eufórica. El género en boga internacionalmente que usa para vestir esas historias de amor contrastantes e intensas - siempre fue un oportuno traductor de las últimas tendencias musicales - es el trip hop, muy adecuado en sus beats quebrados, su búsqueda de asperezas tímbricas y su exploración de ritmos mentales para crear esos climas que parecen nutrirse de una mezcla de la acidez sonora de Portishead con el optimismo pop electrónico de Beck, también pacífico e instrospectivo en “Mutations”.

Lo que da un tono particular y un disfrute a la relectura es algo que el músico menciona como una necesidad aplicarle dulzura a la música, lo que parece estar haciendo desde que hiciera cada vez más explícito su reconocimiento a la herencia de Luis Alberto Spinetta. Cuesta entonces no asociar “Crisálida” del doble de Pescado Rabioso a la canción “Verbo carne”, centro emotivo del disco, donde su voz vuela épica sobre una orquesta de 48 músicos que le dan un marco dramático al texto de resonancias bíblicas: “desde que partió su verbo vive en mi carne”. Crooner wagneriano del dolor por la ausencia del otro, Cerati muestra con este experimento otro de sus referentes del trip hop, el director y primer violín de la orquesta trabajó con Massive Atack, grupo básico de la corriente.
Lo mejor de “Bocanada” está justamente en las canciones, que podrían ser casi todas tocadas en forma acústica sin perder su esencia, aunque sea ese tamiz electrónico que combina el dance con el ambient, el trip hop, el easy listening, los samplers de materias sonoras retro, los scratches, el drum & bass y las más variadas experimentaciones con ritmos y texturas lo que aporta un interés sonoro y estructural poco habitual en el pop argentino actual. 

Claro que, a pesar del tratamiento electrónico - donde lleva a un desarrollo mayor lo que ya venía trabajando en discos como “Confort y música para volar” o “Sueño Stereo” - hay una riqueza mayor en la lírica de las canciones, donde ya no le alcanza el esquema muy usado en la etapa inicial de su grupo de tomar las palabras para construir imágenes que resultaran modernas y estéticas. Una curiosidad se halla en “Aquí y ahora”, donde en un envoltorio ambient pop la letra se puebla de guiños al universo borgiano: “sé una gota en el jardín/ sigue el curso de agua/ que nos lleve donde nunca fuimos / por senderos que se bifurcan / por mundos paralelos”. La clave, quizás, para entender y disfrutar de “Bocanada” - tomado como mucho más que una compilación de singles, lo que sí sucedía con algunos discos de Soda de los ´80 - quizás esté en “Río Babel”, con su estructura circular y su lírica y musicalidad orientales en la idea del fluir de la conciencia: todas las canciones se dejan oír en un río fílmico que corre tomando distintos climas hasta llegar a la disolución en un largo instrumental techno ambiental que requiere del oyente una actitud relajada y sin prisa, la que el disco le exigió desde el inicio.


Comentario aparecido en revista La Contumancia. 1999

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