23.12.10

Leonardo Sbaraglia



El camino de la identidad

Dueño de un fuerte magnetismo y cada vez más respetado profesionalmente, el actor se siente cómodo con su decisión de haber vuelto a la Argentina.  

Diego Oscar Ramos - Uno Mismo - 2010

Fotos: Claudia Jacksyn


      “Es un momento muy interesante de la Argentina y me hace muy bien poder participar a través del hacer, de la cultura, me siento más fuerte, acompañado, este es un lugar intenso, lleno de posibilidades ricas a nivel humano, social, artístico, es muy estimulante”, dice Leonardo Sbaraglia, en una típica confitería porteña, tal vez el sitio menos recomendable para una entrevista con un actor que atrae miradas tanto por su atractivo físico como por una carrera que ha sabido construir a base de intuición afilada y decisiones precisas a la hora de elegir trabajos y hasta lugares donde vivir. Por eso, por una profesionalidad que lo ayuda a no dispersarse, aún cuando reciba saludos de eventuales caminantes o se cuide de guardar una porción de su atención para la aparición de un mail en su blackberry, tendrá la sonrisa siempre generosa. Y aún cuando la política o lo social transite por sus palabras, el rostro del actor de películas como Caballos salvajes o Plata quemada, sabrá mantenerse en un rango de expresiones amables, caballerescas y con una seducción apta para todo público. “Volver es más fácil, porque uno viene viendo desde afuera que el país está mejor en muchos aspectos, pero el haber ido fue muy estimulante, esperanzador, me fui un par de años antes de la crisis, con la ambigüedad de tener ganas de ver desde acá qué se podía hacer, pero en medio de una carrera en ascenso y de nuevas alternativas”, relata Sbaraglia. Seguro de sí, hoy parece estar ingresando en una madurez más relacionada con afirmarse en su identidad más profunda que apenas con los prototipos existenciales asociados a los 40 años que ya tiene. Quien es ya uno de los actores argentinos con mayor proyección internacional, habla de lo que siente, piensa y hace hoy en su lugar en el mundo.

- ¿Cuál fue ese sentimiento de querer vivir más de cerca la crisis del 2001, cuando muchos jóvenes aquí desesperaban por irse?
- El deseo era verlo de cerca. Pero era muy importante estar afuera, porque uno se arma mucho mejor en esas circunstancias. Tuve todo un desarrollo estos últimos diez años, trabajos diferentes, personajes distintos, entender y aprender de otra cultura, tener la capacidad de adaptación. Y en esa asimilación, ver con qué herramientas contaba. El puntapié inicial lo empecé a dar en el año 2000 y dos o tres años antes venía sacrificando trabajos acá e invirtiendo allá, iba y venía, viviendo en la casa de un amigo, teniendo que hacer cosas de actor que empieza, cuando venía con éxito desde hacía 15 años. Pero tenía las condiciones bastante favorables, la gente del medio había visto varias películas que había hecho y había mucho trabajo en esa época. Necesitaban más actores de mi generación.

- ¿Hubo signos de valoración que hayan servido para que te quedaras?
- Los tuve inmediatamente, la primera vez que fui, el ´96. Se había estrenado Caballos salvajes y me valoraron mucho. Tres o cuatro agentes quisieron hablar conmigo para trabajar con ellos. Todavía estaba haciendo cosas acá, teatro, pero algunos proyectos se caían allá, se posponían, hasta que decidí ir. Y lo que quedó en el camino, lo que tuve que sacrificar, fue no hacer Nueve reinas,  la película que iba a hacer en ese momento. Fue el precio que pagué por irme.

         Sbaraglia ya había filmado Caballos salvajes con Héctor Alterio, lo que le sirvió como plataforma de despegue para mostrar su trabajo en una España que valoró tanto su porte físico como cierta tradición actoral argentina que representaba con entusiasmo. “A los actores argentinos nos dicen que somos como los norteamericanos pero en castellano, ven mucha naturalidad, les parece que estamos improvisando, que no estuviéramos diciendo un texto, tenemos muchas herramientas, estamos bien formados y eso atrae mucho”, cuenta el actor, antes de deslizarse con seguridad por los senderos de uno de los ejes de su reconocimiento global. “Tener buena pinta cuenta en esta profesión, no sos uno más, tenés algo particular, pero si te quedás preso de tu imagen te limita como actor, porque uno se hace una imagen hacia afuera y también hacia adentro”, plantea y concluye: “Por suerte, nunca me creí nada, no me miro de afuera. Mi intención fue siempre seguir desarrollándome como actor y como ser humano, generando herramientas, como la flexibilidad interna y la posibilidad de imaginarse ser otros, para lo que uno debe desprenderse de las tensiones, de la propia estructura personal, para volver a armarse en un personaje”.

- ¿Qué aprendiste en España de tu persona?
- El español es muy directo, no es sibilino. “Al pan, pan y al vino, vino”, “¿Qué te pasa, joder, que me miras de esa manera? Saca lo que tienes adentro de esa cabeza”. Esa cosa directa, transparente, es muy buena y de eso aprendí mucho, porque el argentino es más enroscado. Lo que también es malo y bueno para el español, porque le cuesta tener esa relación introspectiva nuestra. Tienen otros modos sociales, el suyo es salir de copas, emborracharse. Tienen que romper una coraza. Lo de sentarte a tomar un café, hablar de los problemas, es muy argentino. Muchas veces dicen: “Vosotros, siempre con el psicoanálisis”. Lo maravilloso es poder ir y venir, de un lenguaje a otro, de un modo social a otro, uno aprende a valorar las cosas como son, cada quien con su propia identidad y su propia cultura.

- ¿En perspectiva, qué empezaste a revalorizar?
- De acá justamente esa capacidad que tiene el argentino, de ser muy apasionado con su trabajo, somos muy luchadores, tenemos mucho compromiso.

- ¿Qué implica para vos esta palabra y cómo la vinculás con tu regreso?
- (Piensa, se toma su tiempo). Me parece que tiene que ver con que a este país uno lo comprende mucho mejor, con un amor intrínseco, una relación de afecto con la propia cultura, donde uno sabe bien donde pararse. No sé si me gusta la imagen del compromiso, uno se compromete con las cosas que siente que puede comprender, que puede apoyar. Soy una persona que, por supuesto, se compromete con lo que hace, pero con los títulos siempre salen cosas que te encasillan. Los encasillamientos son siempre malos, porque te reducen a una cosa y te quitan la alternativa a otra.

         Preguntar por el instante de su decisión de regresar, teniendo en cuenta el hecho de ser padre de una niña de casi cinco años, genera el momento de mayor emoción en la entrevista y la intensidad de sus palabras le dan, de muchas maneras, el espacio a una forma del compromiso que ve a las bases de la formación del niño una zona de transformación social. “Uno acá tiene más infraestructura familiar, comprende todo mejor, los lugares donde te gustaría que se forme tu hijo. Hay muchas escuelas alternativas, otros modos de educación. Quiero para ella una educación tranquila, que no tenga esa exigencia de locos, absurda, como que a los cuatro años empiece a ir a un colegio trilingüe. Son exigencias más de un mercado que necesidades reales”, describe el padre de Julia.

- ¿Qué cosas sí quisieras darle, que no negociarías?
- Libertad (lo dice en voz alta, de forma enérgica). Y que no haya un criterio de autoridad en la escuela, que sea libre, que permitan un desarrollo individual, autónomo, porque cada quien tiene sus tiempos y sus maneras de ir desarrollándose. Que no haya un criterio de castigo, que ni siquiera haya notas calificativas, porque es parte de un sistema de premios y castigos. En la medida de lo posible, quiero que ella crezca con libertad, plena, con buena gente alrededor. Una de las bases de un mundo mejor es criar bien a los hijos, con amor, con dedicación, con originalidad. Hay muy buena gente, buenos padres, buenos chicos. Y para un chico es muy importante el núcleo familiar, la atención, es la base que les da consistencia, seguridad.

- ¿Hay algo de todo esto que te hubiera gustado tener en tu propia formación?
- Por supuesto, la mayoría de las personas nos hacemos a los ponchazos. Yo me formé en la dictadura, entre los cinco  y los 11 años, las escuelas eran muy autoritarias. Hice doble escolaridad, nos quedábamos a comer y ponían a un chico de séptimo grado para vigilar que comieras todo, aunque no te gustase, algo muy feo. A todos nosotros nos clavan aguijones a lo largo del crecimiento y después hay que ver qué es lo que hacemos con ellos, porque guardan una información intacta, en relación a las condiciones en que fueron clavados. Hay que ver cómo reformularlos, en el propio cuerpo y la propia identidad. Cuando se es padre la identidad se te viene encima. Los  hijos presentan las perfectas condiciones como para volverte a encontrar con lo mejor y con lo peor tuyo. Está en nuestra responsabilidad escribir sobre esa página la mejor historia y no la peor.

- ¿Tenés momentos muy lúdicos con tu hija? Sé que le cantás.
- ¡Sí! (Se ríe, con entusiasmo y ternura). No sé tener otra relación con ella. Como padre uno tiene que enseñar a guiarles, a decirles: “No toques el fuego porque te vas a quemar, no metas los dedos en la electricidad porque te vas a electrocutar, no pegues, porque podés lastimar”. Y ayudar, conducir, explicar y volver a explicar, contar la historia las veces que sea necesario.

- ¿Y cuidando de no ejercer negativamente la autoridad?
- Justamente, porque uno se tiene que ganar el afecto de los chicos. No porque seas el padre te tiene que querer. Uno tiene que construir una relación real, que no sea en base a órdenes sino explicaciones, en ir conduciendo a esa persona por el mundo. Y uno tiene el límite de cómo miramos, cómo leemos, cómo pensamos.

- Tu esposa trabaja con artes plásticas, ¿qué te dio ese aspecto de ella?
- La mirada plástica es muy importante, en lecturas estéticas, miradas, maneras de ver, compartimos mucho el trabajo, conversamos mucho, su punto de vista es fundamental, como el punto de vista de cualquier persona inteligente. Cuando tengo un guión, reparto y me gusta conversar. Cuando estoy construyendo un personaje hablo con muchas personas de diferentes ámbitos, diferentes cabezas que me ayuden a tener una mirada más precisa de lo que tengo que hacer. Después eso se asimila y uno termina traduciendo todo eso en el cuerpo.

- Esta tarea tan cuidada, ¿qué te da como persona?
- La alternativa de encontrarte con nuevas identidades. A la hora de actuar uno observa el mundo, como están construidas las diferentes personas. Hay identidades que se paran de una manera, que encorvan el cuerpo, que miran para arriba o para abajo, que hablan pausado, se ríen. En España tuve que aprender un acento, eso es muy difícil, pero me empezó a salir mejor cuando entendí mejor cómo eran los españoles, no sólo la música o la forma. El actor tiene que apuntar a la punta del iceberg, a todo ese engranaje complejo que conforma la identidad. Uno usa muchas veces a los personajes y a la observación como una alternativa poética inclusive sobre uno mismo, para encontrarse con zonas que uno no transita. Porque la identidad es tridimensional, uno elije una porción de la torta para mostrarle al mundo, una personalidad que nos ha ayudado a funcionar socialmente, la historia de lo que sufrimos, fantaseamos, amamos. Es una manera expresiva, un camino que creés mejor. Y a través de personajes uno muchas veces se acerca a cosas de uno, las comprende mejor.

- ¿Identificás maestros que te hayan ayudado a tener contacto con tu identidad? ¿Fueron sólo en el teatro?
- Va unido. Mis maestros fueron Fernando Piernas, un discípulo de Augusto Fernández con quien trabajé diez años, tuvimos una relación de mucho afecto, hicimos un trabajo artístico hermoso, me sorprendí mucho con él. Antes Joy Morris, Agustín Alezzo. Y otras personas, del ámbito familiar, personal, del campo de la Sociología, la Psicología,  que me han ayudado mucho. Y la experiencia de la vida, como la observación, que es muy importante a la hora de la formación de un actor, ser curioso con el mundo que lo rodea, la curiosidad con las personas.

- ¿Ves como importante para la vida a esa curiosidad?
- Creo que todos deberíamos ser curiosos, es algo que te hace salir del automatismo, de un prejuicio en relación a  como es el otro. Las personas tienen que ser generosas para ver al otro, para dejar que el otro se vea en la identidad de uno. Lo que pasa es que muchas veces nuestra identidad social está tan determinada por nuestra identidad económica, del modo de subsistencia, que lo que nos interesa o no nos interesa es algo que no sirve o no nos sirve. Según lo que tiene que ver estratégicamente para nuestro trabajo, en ese sentido, todos caemos muy fácilmente. Y por caer en eso nos perdemos muchas alternativas, muy valiosas.

- Volviendo al inicio, ¿cómo te sentís en relación a ideas como la pertenencia a un lugar como a la errancia como lugares posibles de ser?
- Creo que el viajar es muy importante, porque podés entender las identidades desde distintas perspectivas, porque los países hacen identidades diferentes en las personas. Una cosa es cómo se mueve y cómo piensa un alemán, a cómo lo hace un inglés, a un argentino, a un indio, a un japonés, a un norteamericano. Poder transitar, el viajar, es algo maravilloso. Y por otro lado, pertenecer a un lugar también, las dos cosas son muy valiosas. Pertenecer a un lugar y formar parte de un mecanismo, de un entramado social, solidario, de tener gente alrededor que a uno lo estimula, es muy importante. Y que uno también estimula, construye con otros. Eso es muy importante. Hay un amigo que dice que no hay que estar más de dos años en un lugar, yo estuve 8 en España y llevo ya 2 en la Argentina.

- Ya pasaste ese límite.
- Sí. Vamos a ver cómo sigue la historia.


LOS PREMIOS


         Nominado al prestigioso premio Emmy por su participación en la miniserie Epitafios, el tema de ser premiado le permite a Sbaraglia asegurar que un trabajo es digno de un premio “cuando hay una identidad que está bien construida, una lógica bien entendida, identidades bien comprendidas y no solamente de mi parte sino de parte del director también, una comunión que hace que algo sea decodificable para el público”. En su carrera, menciona precisamente a Epitafios, además de Plata quemada, Salvador, Concursante, Sin retorno y Las viudas de los jueves, como trabajos donde hubo química con el director, que le permitió ubicarse como actor en el lugar indicado, siguiendo la lógica del personaje.


Biografía

1970. Nace en Buenos Aires, el 30 de junio. Su madre es la reconocida docente teatral, Roxana Randon.
1986. Debuta en el cine en La noche de los lápices (de Héctor Olivera), un año después se inicia televisivamente con la popular comedia juvenil Clave de sol. En teatro hace Besos de fuego (´88)
1990. En televisión trabaja en Atreverse, El gordo y el flaco y Alta comedia (’91), De poeta y de loco (´93), De poeta y de loco (´96), El garante (´97),  Bajamar, la costa del silencio y Casablanca (´98).
1991. En teatro hace Huérfanos y al año, Los 80 son nuestros y Pájaros in de nait.
1993. En teatro hace La obra Calderón. Filma la taquillera Tango Feroz, primero de varios trabajos para el director Enrique Piñeyro, con quien haría Caballos salvajes (‘95), Cenizas del paraíso y Plata quemada, (2000), premiada con el Goya a la Mejor Película Extranjera en Lengua Hispana y la que le abre el mercado español.
1996. Actúa en la obra teatral En la soledad de los campos de algodón.
1999. Hace la obra Closer en teatro. En TV trabaja en Tiempo final (2000).
2001.  Recibe el premio Goya como actor revelación por la película española Intacto. Viviendo en España, filmará allí y en Argentina películas como Nowhere (de L. Sepúlveda), Cleopatra (de Eduardo Mignona)Carmen (de Vicente aranda), Utopía, Deseo y En la ciudad sin límites. En teatro hace El zoo de cristal.
2004. Participa de películas como La puta y la ballena (Luis Puenzo) y al año siguiente en Salvador, La mitad negada y Estrenando sueños. También actúa en la serie de TV Al filo de la ley.
2006. Actúa en films españoles como El rey de la montaña, Concursante, De bares. Nace su hija Julia, de su matrimonio con la artista plástica Guadalupe Marín. 
2008. Filma Diario de una ninfómana, junto a Geraldine Chaplin. Vuelve a vivir en Argentina, es dirigido nuevamente por Piñeyro en La viuda de los jueves. Y comparte el film El corredor nocturno con Miguel Angel Solá. En teatro hace Contrapunto, con Pepe Soriano, hasta hoy en cartel.
2010. Protagoniza la serie Epitafios, por la que se lo nomina a un Emmy. Actúa en la serie Impostores (versión de Nueve reinas) y en Lo que el tiempo nos dejó. Es contratado como modelo por una marca de indumentaria masculina. En cine protagoniza el policial Sin retorno.

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