El camino de la identidad
Dueño de un
fuerte magnetismo y cada vez más respetado profesionalmente, el actor se siente cómodo con su decisión de haber vuelto a la Argentina.
Diego Oscar Ramos - Uno Mismo - 2010
Fotos: Claudia Jacksyn
“Es un momento muy interesante de la Argentina y me hace muy
bien poder participar a través del hacer, de la cultura, me siento más fuerte,
acompañado, este es un lugar intenso, lleno de posibilidades ricas a nivel
humano, social, artístico, es muy estimulante”, dice Leonardo Sbaraglia, en una
típica confitería porteña, tal vez el sitio menos recomendable para una
entrevista con un actor que atrae miradas tanto por su atractivo físico como
por una carrera que ha sabido construir a base de intuición afilada y decisiones
precisas a la hora de elegir trabajos y hasta lugares donde vivir. Por eso, por
una profesionalidad que lo ayuda a no dispersarse, aún cuando reciba saludos de
eventuales caminantes o se cuide de guardar una porción de su atención para la
aparición de un mail en su blackberry, tendrá la sonrisa siempre generosa. Y aún
cuando la política o lo social transite por sus palabras, el rostro del actor
de películas como Caballos salvajes o
Plata quemada, sabrá mantenerse en un
rango de expresiones amables, caballerescas y con una seducción apta para todo
público. “Volver es más fácil, porque uno viene viendo desde afuera que el país
está mejor en muchos aspectos, pero el haber ido fue muy estimulante,
esperanzador, me fui un par de años antes de la crisis, con la ambigüedad de tener
ganas de ver desde acá qué se podía hacer, pero en medio de una carrera en
ascenso y de nuevas alternativas”, relata Sbaraglia. Seguro de sí, hoy parece
estar ingresando en una madurez más relacionada con afirmarse en su identidad más
profunda que apenas con los prototipos existenciales asociados a los 40 años
que ya tiene. Quien es ya uno de los actores argentinos con mayor proyección
internacional, habla de lo que siente, piensa y hace hoy en su lugar en el
mundo.
-
¿Cuál fue ese sentimiento de querer vivir más de cerca la crisis del 2001,
cuando muchos jóvenes aquí desesperaban por irse?
- El deseo era verlo de
cerca. Pero era muy importante estar afuera, porque uno se arma mucho mejor en
esas circunstancias. Tuve todo un desarrollo estos últimos diez años, trabajos
diferentes, personajes distintos, entender y aprender de otra cultura, tener la
capacidad de adaptación. Y en esa asimilación, ver con qué herramientas contaba.
El puntapié inicial lo empecé a dar en el año 2000 y dos o tres años antes
venía sacrificando trabajos acá e invirtiendo allá, iba y venía, viviendo en la
casa de un amigo, teniendo que hacer cosas de actor que empieza, cuando venía
con éxito desde hacía 15 años. Pero tenía las condiciones bastante favorables, la
gente del medio había visto varias películas que había hecho y había mucho
trabajo en esa época. Necesitaban más actores de mi generación.
-
¿Hubo signos de valoración que hayan servido para que te quedaras?
- Los tuve inmediatamente,
la primera vez que fui, el ´96. Se había estrenado Caballos salvajes y me valoraron mucho. Tres o cuatro agentes quisieron
hablar conmigo para trabajar con ellos. Todavía estaba haciendo cosas acá,
teatro, pero algunos proyectos se caían allá, se posponían, hasta que decidí ir.
Y lo que quedó en el camino, lo que tuve que sacrificar, fue no hacer Nueve reinas, la película que iba a hacer en ese momento.
Fue el precio que pagué por irme.
Sbaraglia ya había filmado Caballos salvajes con Héctor Alterio, lo que le sirvió como
plataforma de despegue para mostrar su trabajo en una España que valoró tanto
su porte físico como cierta tradición actoral argentina que representaba con
entusiasmo. “A los actores argentinos nos dicen que somos como los norteamericanos
pero en castellano, ven mucha naturalidad, les parece que estamos improvisando,
que no estuviéramos diciendo un texto, tenemos muchas herramientas, estamos
bien formados y eso atrae mucho”, cuenta el actor, antes de deslizarse con
seguridad por los senderos de uno de los ejes de su reconocimiento global. “Tener
buena pinta cuenta en esta profesión, no sos uno más, tenés algo particular, pero
si te quedás preso de tu imagen te limita como actor, porque uno se hace una
imagen hacia afuera y también hacia adentro”, plantea y concluye: “Por suerte,
nunca me creí nada, no me miro de afuera. Mi intención fue siempre seguir
desarrollándome como actor y como ser humano, generando herramientas, como la
flexibilidad interna y la posibilidad de imaginarse ser otros, para lo que uno
debe desprenderse de las tensiones, de la propia estructura personal, para
volver a armarse en un personaje”.
-
¿Qué aprendiste en España de tu persona?
- El español es muy
directo, no es sibilino. “Al pan, pan y al vino, vino”, “¿Qué te pasa, joder,
que me miras de esa manera? Saca lo que tienes adentro de esa cabeza”. Esa cosa
directa, transparente, es muy buena y de eso aprendí mucho, porque el argentino
es más enroscado. Lo que también es malo y bueno para el español, porque le cuesta
tener esa relación introspectiva nuestra. Tienen otros modos sociales, el suyo
es salir de copas, emborracharse. Tienen que romper una coraza. Lo de sentarte
a tomar un café, hablar de los problemas, es muy argentino. Muchas veces dicen:
“Vosotros, siempre con el psicoanálisis”. Lo maravilloso es poder ir y venir,
de un lenguaje a otro, de un modo social a otro, uno aprende a valorar las
cosas como son, cada quien con su propia identidad y su propia cultura.
-
¿En perspectiva, qué empezaste a revalorizar?
- De acá justamente esa
capacidad que tiene el argentino, de ser muy apasionado con su trabajo, somos muy
luchadores, tenemos mucho compromiso.
- ¿Qué implica para vos esta palabra y cómo la vinculás con tu regreso?
- (Piensa, se toma su tiempo). Me parece que tiene que ver con que a este
país uno lo comprende mucho mejor, con un amor intrínseco, una relación de
afecto con la propia cultura, donde uno sabe bien donde pararse. No sé si me
gusta la imagen del compromiso, uno se compromete con las cosas que siente que
puede comprender, que puede apoyar. Soy una persona que, por supuesto, se
compromete con lo que hace, pero con los títulos siempre salen cosas que te
encasillan. Los encasillamientos son siempre malos, porque te reducen a una
cosa y te quitan la alternativa a otra.
Preguntar por el instante de su decisión de regresar,
teniendo en cuenta el hecho de ser padre de una niña de casi cinco años, genera
el momento de mayor emoción en la entrevista y la intensidad de sus palabras le
dan, de muchas maneras, el espacio a una forma del compromiso que ve a las
bases de la formación del niño una zona de transformación social. “Uno acá tiene
más infraestructura familiar, comprende todo mejor, los lugares donde te
gustaría que se forme tu hijo. Hay muchas escuelas alternativas, otros modos de
educación. Quiero para ella una educación tranquila, que no tenga esa exigencia
de locos, absurda, como que a los cuatro años empiece a ir a un colegio
trilingüe. Son exigencias más de un mercado que necesidades reales”, describe
el padre de Julia.
-
¿Qué cosas sí quisieras darle, que no negociarías?
- Libertad (lo dice en voz alta, de forma enérgica).
Y que no haya un criterio de autoridad en la escuela, que sea libre, que
permitan un desarrollo individual, autónomo, porque cada quien tiene sus
tiempos y sus maneras de ir desarrollándose. Que no haya un criterio de
castigo, que ni siquiera haya notas calificativas, porque es parte de un
sistema de premios y castigos. En la medida de lo posible, quiero que ella
crezca con libertad, plena, con buena gente alrededor. Una de las bases de un
mundo mejor es criar bien a los hijos, con amor, con dedicación, con
originalidad. Hay muy buena gente, buenos padres, buenos chicos. Y para un
chico es muy importante el núcleo familiar, la atención, es la base que les da
consistencia, seguridad.
-
¿Hay algo de todo esto que te hubiera gustado tener en tu propia formación?
- Por supuesto, la mayoría
de las personas nos hacemos a los ponchazos. Yo me formé en la dictadura, entre
los cinco y los 11 años, las escuelas
eran muy autoritarias. Hice doble escolaridad, nos quedábamos a comer y ponían
a un chico de séptimo grado para vigilar que comieras todo, aunque no te
gustase, algo muy feo. A todos nosotros nos clavan aguijones a lo largo del
crecimiento y después hay que ver qué es lo que hacemos con ellos, porque guardan
una información intacta, en relación a las condiciones en que fueron clavados. Hay
que ver cómo reformularlos, en el propio cuerpo y la propia identidad. Cuando se
es padre la identidad se te viene encima. Los hijos presentan las perfectas condiciones como
para volverte a encontrar con lo mejor y con lo peor tuyo. Está en nuestra
responsabilidad escribir sobre esa página la mejor historia y no la peor.
-
¿Tenés momentos muy lúdicos con tu hija? Sé que le cantás.
- ¡Sí! (Se ríe, con entusiasmo y ternura). No sé
tener otra relación con ella. Como padre uno tiene que enseñar a guiarles, a
decirles: “No toques el fuego porque te vas a quemar, no metas los dedos en la
electricidad porque te vas a electrocutar, no pegues, porque podés lastimar”. Y
ayudar, conducir, explicar y volver a explicar, contar la historia las veces
que sea necesario.
-
¿Y cuidando de no ejercer negativamente la autoridad?
- Justamente, porque uno
se tiene que ganar el afecto de los chicos. No porque seas el padre te tiene
que querer. Uno tiene que construir una relación real, que no sea en base a
órdenes sino explicaciones, en ir conduciendo a esa persona por el mundo. Y uno
tiene el límite de cómo miramos, cómo leemos, cómo pensamos.
-
Tu esposa trabaja con artes plásticas, ¿qué te dio ese aspecto de ella?
- La mirada plástica es
muy importante, en lecturas estéticas, miradas, maneras de ver, compartimos
mucho el trabajo, conversamos mucho, su punto de vista es fundamental, como el
punto de vista de cualquier persona inteligente. Cuando tengo un guión, reparto
y me gusta conversar. Cuando estoy construyendo un personaje hablo con muchas
personas de diferentes ámbitos, diferentes cabezas que me ayuden a tener una
mirada más precisa de lo que tengo que hacer. Después eso se asimila y uno
termina traduciendo todo eso en el cuerpo.
-
Esta tarea tan cuidada, ¿qué te da como persona?
- La alternativa de
encontrarte con nuevas identidades. A la hora de actuar uno observa el mundo, como
están construidas las diferentes personas. Hay identidades que se paran de una
manera, que encorvan el cuerpo, que miran para arriba o para abajo, que hablan
pausado, se ríen. En España tuve que aprender un acento, eso es muy difícil,
pero me empezó a salir mejor cuando entendí mejor cómo eran los españoles, no sólo
la música o la forma. El actor tiene que apuntar a la punta del iceberg, a todo
ese engranaje complejo que conforma la identidad. Uno usa muchas veces a los
personajes y a la observación como una alternativa poética inclusive sobre uno
mismo, para encontrarse con zonas que uno no transita. Porque la identidad es
tridimensional, uno elije una porción de la torta para mostrarle al mundo, una
personalidad que nos ha ayudado a funcionar socialmente, la historia de lo que sufrimos,
fantaseamos, amamos. Es una manera expresiva, un camino que creés mejor. Y a
través de personajes uno muchas veces se acerca a cosas de uno, las comprende
mejor.
-
¿Identificás maestros que te hayan ayudado a tener contacto con tu identidad?
¿Fueron sólo en el teatro?
- Va unido. Mis maestros
fueron Fernando Piernas, un discípulo de Augusto Fernández con quien trabajé
diez años, tuvimos una relación de mucho afecto, hicimos un trabajo artístico
hermoso, me sorprendí mucho con él. Antes Joy Morris, Agustín Alezzo. Y otras
personas, del ámbito familiar, personal, del campo de la Sociología, la
Psicología, que me han ayudado mucho. Y
la experiencia de la vida, como la observación, que es muy importante a la hora
de la formación de un actor, ser curioso con el mundo que lo rodea, la
curiosidad con las personas.
-
¿Ves como importante para la vida a esa curiosidad?
- Creo que todos
deberíamos ser curiosos, es algo que te hace salir del automatismo, de un
prejuicio en relación a como es el otro.
Las personas tienen que ser generosas para ver al otro, para dejar que el otro
se vea en la identidad de uno. Lo que pasa es que muchas veces nuestra
identidad social está tan determinada por nuestra identidad económica, del modo
de subsistencia, que lo que nos interesa o no nos interesa es algo que no sirve
o no nos sirve. Según lo que tiene que ver estratégicamente para nuestro
trabajo, en ese sentido, todos caemos muy fácilmente. Y por caer en eso nos
perdemos muchas alternativas, muy valiosas.
-
Volviendo al inicio, ¿cómo te sentís en relación a ideas como la pertenencia a
un lugar como a la errancia como lugares posibles de ser?
- Creo que el viajar es
muy importante, porque podés entender las identidades desde distintas
perspectivas, porque los países hacen identidades diferentes en las personas.
Una cosa es cómo se mueve y cómo piensa un alemán, a cómo lo hace un inglés, a
un argentino, a un indio, a un japonés, a un norteamericano. Poder transitar,
el viajar, es algo maravilloso. Y por otro lado, pertenecer a un lugar también,
las dos cosas son muy valiosas. Pertenecer a un lugar y formar parte de un
mecanismo, de un entramado social, solidario, de tener gente alrededor que a
uno lo estimula, es muy importante. Y que uno también estimula, construye con
otros. Eso es muy importante. Hay un amigo que dice que no hay que estar más de
dos años en un lugar, yo estuve 8 en España y llevo ya 2 en la Argentina.
-
Ya pasaste ese límite.
- Sí. Vamos a ver cómo
sigue la historia.
LOS
PREMIOS
Nominado al prestigioso premio Emmy por su participación en
la miniserie Epitafios, el tema de ser premiado le permite a Sbaraglia asegurar
que un trabajo es digno de un premio “cuando hay una identidad que está bien
construida, una lógica bien entendida, identidades bien comprendidas y no
solamente de mi parte sino de parte del director también, una comunión que hace
que algo sea decodificable para el público”. En su carrera, menciona
precisamente a Epitafios, además de Plata quemada, Salvador, Concursante, Sin retorno y Las viudas de los jueves, como trabajos donde hubo química con el
director, que le permitió ubicarse como actor en el lugar indicado, siguiendo
la lógica del personaje.
Biografía
1970.
Nace en Buenos Aires, el 30 de junio. Su madre es la reconocida docente
teatral, Roxana Randon.
1986.
Debuta en el cine en La noche de los
lápices (de Héctor Olivera), un
año después se inicia televisivamente con la popular comedia juvenil Clave de sol. En teatro hace Besos de fuego (´88)
1990.
En televisión trabaja en Atreverse, El gordo y el flaco y
Alta comedia (’91), De poeta y de loco
(´93), De poeta y de loco (´96), El garante (´97), Bajamar, la costa
del silencio y Casablanca
(´98).
1991. En teatro hace Huérfanos y al año, Los 80 son nuestros y Pájaros in de nait.
1993.
En
teatro hace La obra Calderón. Filma
la taquillera Tango Feroz, primero de
varios trabajos para el director Enrique Piñeyro, con quien haría Caballos salvajes (‘95), Cenizas del
paraíso y Plata quemada, (2000), premiada con el Goya a la Mejor Película
Extranjera en Lengua Hispana y la que le abre el mercado español.
1996.
Actúa
en la obra teatral En la soledad de los
campos de algodón.
1999. Hace la obra Closer en teatro. En TV trabaja en Tiempo final (2000).
2001. Recibe el premio Goya como actor revelación por la película
española Intacto. Viviendo en España,
filmará allí y en Argentina películas como Nowhere
(de L. Sepúlveda), Cleopatra
(de Eduardo Mignona), Carmen
(de Vicente aranda), Utopía, Deseo y En la ciudad sin
límites. En teatro hace El zoo de
cristal.
2004.
Participa de películas como La puta y la
ballena (Luis Puenzo) y al año siguiente en Salvador, La mitad negada
y Estrenando sueños. También actúa en
la serie de TV Al filo de la ley.
2006.
Actúa en films españoles como El rey de
la montaña, Concursante, De bares. Nace su hija Julia, de su matrimonio con
la artista plástica Guadalupe Marín.
2008.
Filma Diario de una ninfómana, junto
a Geraldine Chaplin. Vuelve a vivir en Argentina, es dirigido nuevamente por
Piñeyro en La viuda de los jueves. Y
comparte el film El corredor nocturno
con Miguel Angel Solá. En teatro hace Contrapunto,
con Pepe Soriano, hasta hoy en cartel.
2010. Protagoniza
la serie Epitafios, por la que se lo
nomina a un Emmy. Actúa en la serie Impostores
(versión de Nueve reinas) y en Lo que el tiempo nos dejó. Es
contratado como modelo por una marca de indumentaria masculina. En cine
protagoniza el policial Sin retorno.








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