24.2.11

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Un gallo para Momo

 Coco Romero, especialista en murgas y carnavales, homenajea la obra del poeta titiritero Javier Villafañe. 


Diego Oscar Ramos . Rumbos .  2009



Este 2009 que anda marchándose, al son de bombos y matracas, tuvo entre sus aconteceres uno de esos grandes eventos de visibilidad masiva quizás circunscripta a unos pocos curiosos. Repitamos entonces, que en el año en el que se cumplió un siglo desde su nacimiento, el histórico titiritero poeta argentino Javier Villafañe recibió, desde el paraíso de los creadores, un presente de Coco Romero, habitante incansable de la tierra del carnaval. El regalo al máximo exponente nacional de la escritura para títeres fue el disco Los caminos del gallo pinto, donde el murguero musicalizó los poemas del libro homónimo, basándose en una edición de 1947 de la obra. Allí Villafañe buscaba movilizar la imaginación poética de los niños, a quienes también valorizaba al incluir en la publicación una selección de los miles de dibujos que fue juntando en las giras nacionales donde los hacía dibujar. “Fue un desafío conceptual musicalizar 10 de los poemas, encontrarle un clima a cada uno y encontrar la idea de la carreta como un personaje central, porque el viejo hizo el camino de pueblo en pueblo así, lo que es increíble”, comenta Romero, sorprendido aún de la gesta itinerante del poeta argentino, que pasó buena parte de su vida andando en carromato por el país. “Toda su obra la hizo andante, no hay titiritero del mundo que no haga sus obras, fue a Rusia, a China y en Cuba tiene una plaza dedicada a sus personajes”, resume el guitarrista sobre la carrera de Villafañe, nacido en 1909, a quien Romero llegó a conocer poco antes de que se fuera con sus retablos, en 1986, de gira hacia otros mundos que precisaran de sus títeres. 


- ¿Cómo nace tu historia con Villafañe?

- Después que terminamos con el grupo La fuente, con quienes grabamos 3 discos y hasta hablamos de los desparecidos durante la dictadura, hice un viaje por el norte, me enamoré del mundo de los títeres, uní las Bellas Artes que había estudiado de joven y el nombre de Javier Villafañe, el padre mítico del género, aparecía mencionado por discípulos de él, como Ariel Bufano, uno de mis maestros, que lo trae al Teatro San Martín. Gracias a uno de sus biógrafos llegué a cenar con él. Además, haciendo teatro de objetos, fui a México en los 90 y llevé a la feria de Guadalajara un par de obras de títeres de Javier. Ya había musicalizado dos poemas de Los caminos del gallo pinto, que cantaba ante 2 mil niños. Ahí me di cuenta, cuando veía que había chicos que venían varias veces, que estaba siendo un transmisor de Javier. Lo venían a ver a él.


- ¿Qué te atraía de su arte?

- Lo que me fascina es su poesía. El viejo contaba sus poemas y los niños dibujaban, esto me impactó. Y su historia. Nació en Almagro, un barrio murguero, juntaba letras de murgas y en la década del 30, renunció a su trabajo en Obras Sanitarias, con una carta en decimas, diciendo que se iba a hacer títeres. Ahí pegó un carro, para viajar mirando al cielo, con una paja en la boca, haciendo títeres con un amigo, por la Argentina. En la década del 60 escribe Las aventuras de don Juan el zorro, los cuentos más desparramados en el país, en todos lados hay relatos tradición oral ligados a ese personaje. Y ese libro, publicado por editorial Claridad, fue prohibido en la etapa de Onganía, él debe irse a Venezuela, donde empieza a desarrollar una movida con los títeres, en la Universidad, saca revistas, sigue escribiendo y se le ocurre un proyecto que ofrece a la Secretaría de Cultura, para hacer el Camino de La Mancha. Y pagado por el gobierno, va por todos los pueblos, haciendo títeres, contando poemas y los chicos dibujando. Después vuelve a Buenos Aires, con esta experiencia hecha libro, Maese Trotamundos por el camino de Don Quijote.

- ¿Y esos libros deben estar entre tus tesoros, es así?
- Sí, junto a mis 3 mil libros de carnaval. Cada vez que veía algo de Javier lo compraba. Un día paso por Sarmiento al 1500, por una librería y encuentro una edición divina, de 1947, de editorial Huarpes, de Los caminos del gallo pinto. El en un año había juntado 30 mil dibujos de niños, de todas las geografías y niveles sociales. Y decía que cuando un niño no come, no pinta, se ocupaba de lo social, además de motivar a los niños con la poesía. Ahí fue mi enamoramiento con el libro, se me juntaba todo, la fantasía, la creatividad.



Diseños de María Wernicke para el arte del disco.


- Ya habías musicalizado dos poemas de ese libro. ¿Cómo se da la decisión de hacer todo un disco entero en su homenaje?

- En 2001, quise hacer un disco para niños y empecé la producción de este disco, muy lentamente. Ofrecí el proyecto comercialmente y a nadie le interesó, por eso decidí hacerlo yo, porque me encanta que la gente conozca la obra de Villafañe. Traté lo mejor que pude, de transformar sus poemas en canciones, menos uno, que pertenece al Tata Cedrón, quien no sólo aceptó que volviera murga su milonga, sino que me prestó su guitarra cuando me robaron todos mis instrumentos, un gesto impresionante. Y como trabajo con talleres en el MOMUSI (Movimiento de música para niños), hice La murga para Javier, donde hago un resumen de su obra,  como fruto final de un año de trabajo. Son sueños que uno tiene, ¿por qué un chico no puede jugar a la murga y conocerlo a Villafañe?


- ¿Te viene a la memoria alguna anécdota que sientas que muestre el alma de la obra y la personalidad de titiritero?

- Sí. En una de sus recorridos por el país, él encuentra unos niños que están enterrando unas plumas, les pregunta que están haciendo. Y entonces ellos le dicen que estaban plantando las plumas para que nazcan pájaros. El les dice, entonces, que lo iba a usar. Tenía esa frescura, de ver un mundo infantil, creativo, además de trabajar por una educación por el arte. Hizo un camino increíble, de mucha verdad, porque al niño que dibujaba con sus poemas, es que realmente le habían llegado.


Bellas Artes


- ¿Qué te han enseñado los chicos, en tus talleres de murga y en presentaciones de este disco?

- La reacción de los chicos es una cosa divina. En la presentación, los pibes bailan murga, dibujan. Y yo trato de ser fiel a Villafañe, he tratado de hacer lo mejor que pude, musicalicé sus poemas con la ley no escrita de valorizar la obra. Porque hay una deuda, con miles de tipos que han hecho cosas, tan valiosas como las de Javier, más o menos conocidos, que operan en una zona de la cultura que está separada del bestial camino de la comercialización. Llegando el bicentenario, este país tiene deudas con su cultura popular, yo me dediqué 30 años a algo que a nadie le interesó.


- ¿Y cómo vivís, en tu propia carrera, este lugar de llevar al circuito cultural estas investigaciones, haciendo grabaciones y shows de una música nacida en las calles?
- Es un tema delicado. Saqué tres discos, haciendo puentes con gente de otros palos diferentes al de la murga, hice un aguafuerte a la plaza de Once, puse vientos y arreglé a coro viejas melodías de carnaval, sin que se parezca al Uruguay. Siempre me pregunté por qué muchos músicos no se acercaban a trabajar con los pibes que en la esquina hacían un arte quizás desprolijo, para llevarles armonía. Me interesa seriamente que se desarrolle el fenómeno, que los pibes hagan más murga en el futuro.


- ¿Hacen que afinen aporta a mejorar su vida?

- Totalmente. Cuando era pibe, para mí la murga eran las Bellas Artes de la calle y si uno pudiera en ese espacio de la sociedad hacer que un pibe puede bailar, escribir, armonizar, bailar, actuar, después no me importa si sale con la murga toda la vida, pero fue una formación muy importante. La educación por el arte puede ayudar, en estos tiempos en que la sociedad vive una bestialización tan grande, que creo que es la falta de afinar las otras cosas que componen al ser humano.


- ¿Estamos a tiempo para plantar plumas y que nazcan pájaros?

- Estoy apostando a eso. Hay miles de personas que han bailado con El gallo pinto. Yo solamente encendí un fuego, para mostrar que algo está pasando y que un peregrino que no tiene donde cobijarse sepa que ahí tiene donde parar.


- ¿Qué te dio Momo para que le entregues tu militancia?

- Me parece muy osado ya el hecho de su planteo de que somos todos iguales. Además la leyenda del personaje está ligada a la crítica a los dioses y está unido a los ritos de la primavera, cuando aparece la muda del traje de los árboles. Es una deidad que precede las fiestas, algo que sólo el hombre, dentro del reino animal, tiene la capacidad de hacer. Por eso pongo la ficha ahí.


El titiritero


Poeta, escritor y titiritero, nació en Buenos Aires el 24 de junio de 1909. Fue el paradigma argentino del género literario titiritesco y tuvo trascendencia mundial. Uno de sus hitos fue recorrer con su carreta La Andariega todo el país y varias naciones americanas dando funciones de títeres. Uniendo lirismo con contenido social en sus obras, una de ellas, Don Juan el Zorro, lo vuelve una figura prohibida por la dictadura argentina, en 1967. Se radica en Venezuela, donde funda un taller de Títeres y llega a contar, en 1978, con el auspicio del gobierno para realizar una gira por los pueblos españoles donde Cervantes hizo andar al Quijote. En 1984 regresa al país, donde continúa una carrera con sucesos como Los sueños del sapo, Historias de pájaros, El caballo celoso, El hombre que quería adivinarle la edad al diablo, El Gallo Pinto y  Maese Trotamundos por el camino de Don Quijote. Fallece en Buenos Aires, en 1996.

                      El murguero


Nacido en 1955 como Gualberto Elio Milagro Romero, todos en Buenos Aires conocen como Coco a este músico e investigador salteño, apasionado por todo lo ligado a las murgas. Desde 1988 dicta talleres sobre estas temáticas en el Centro Cultural Ricardo Rojas, convertido en el sitio donde se renovaron las murgas argentinas. Y desde donde se edita el ya clásico periódico El corsito, vehículo difusor de la cultura carnavalesca. Además de haber viajado por el mundo para realizar sus indagaciones, el músico ha asesorado grupos teatrales, murguerizó piezas de Manuel Puig y ha editado discos con el Grupo La fuente, formó La aldea para darle otros aires musicales a la estética murguera. Bajo esa búsqueda formó agrupaciones como Los caballeros del caño o La brillante, antes de editar ya dos discos como solista, junto a La matraca, donde profundiza y expande sus sincretismos musicales.





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