Está en
todas partes. También en las
calles de Buenos Aires.
Diego
Oscar Ramos - BA Metropolis . 2006
LUNES. No sé ni sabré por qué, pero ya llegó el
llamado. Debo saber, me dice la voz, que unos pocos elegidos me ayudarán a
encontrar a Dios, sólo si logro que el corazón guíe mis pasos. Mis pies
obedecen el mandato dulce y me llevan a la calle. Camino por la avenida Santa
Fe, sin pensar, cuando se cruza Jaeavasu en mi camino, envuelto en túnicas
naranjas, y me habla de Krishna. Nació en Colombia hace 28 años con el nombre
de Jaime, que aún sigue usando con él su familia. Me dice que el nombre
espiritual le recuerda que es un sirviente de Dios y que un plato de comida
preparado devocionalmente lo hizo despertar a la vida como monje. “Sentí algo
muy extraño, no era un alimento normal, había sido ofrecido a Krishna y tenía
la capacidad de cambiar la conciencia de las personas.” Seguimos la marcha.
Sentados en Plaza Italia, entona el mantra Krishna y asegura que al hacerlo nos
conectamos automáticamente con Dios, purificados al cantar sus nombres. Dice
que adora su vida monacal por estar todo el tiempo con la conciencia en Dios:
eso le da la certeza de que la necesidad fundamental de los seres humanos es el
amor. El sol del mediodía nos brinda su afecto y se vuelve metáfora para la
multiplicidad de nombres divinos: “En Italia lo llaman sole, en Estados Unidos
sun, pero el que alumbra la cabeza de todos es el mismo.” Compro uno de sus
libros y me voy, calmo, ante la primera prueba. Antes de partir, Jaeavasu dice:
“Dios comienza a manifestarse con todo tipo de señales, cuando por fin
aceptamos su existencia”.
MARTES. Camino por la avenida Sarmiento, antes de
llegar al Planetario y escucho una conversación de patos. Lo entiendo todo y
les ofrezco mi pan. Gozando como nunca antes del paisaje de agua y edificios,
continúo caminando. Sin proponérmelo, llego hasta la mezquita islámica, justo
en hora de visita. Fernando, porteño hijo de musulmanes, con 25 años y seriedad
ancestral, me recibe y cuenta que, para el islamismo, Allah es el único Dios,
que su gran profeta es Muhammad y que Jesús, de quien todos gustan preguntarle,
era un profeta importante, pero no el hijo de Dios. Reordeno nociones
culturales de lo sagrado y oigo que el compromiso con el rezo, obligatorio en
cinco momentos del día para los musulmanes, los deja sentirse muy cerca del
“Uno, Único e Incomparable”. Y les brinda una herramienta de salud: “Las
oraciones nos sirven para recordar a Dios. Son momentos donde uno se
desacelera, descarga y se calma, y eso es bueno para la mente”. Una voz en
árabe anuncia la hora santa. Las personas visitantes van saliendo. Algunos nos
quedamos y vemos a Fernando rezar junto a otros hombres en el enorme salón
blanco. No hay imágenes, apenas una media luna que se dibuja por la luz solar
en el suelo de alfombras sauditas tocadas una y otra vez por las cabezas de los
oradores. Salgo despacio, miro el símbolo lunar en una de las cúpulas, y me
dejo encandilar, confiado, por el brillo del sol.
MIÉRCOLES. Voy por Florida, guiado por el cuerpo,
hasta que una imagen televisiva me pide atención plena: una pelota iluminada
por il sole de Italia atraviesa un arco, en los días en que Maradona era un
semidiós en Nápoles. Hipnotizado por las proezas físicas que parecían acelerar
y desacelerar el tiempo, salgo como suspendido, con la sensación de andar sobre
una soga, en el medio del mar. Llego hasta Puerto Madero y entro a la iglesia
Nuestra Señora de la Esperanza, virgen patrona de los marinos. Es una capilla
redonda y sencilla. Rezo, medito y me dejo mecer en la calma cuando a través de
las paredes de vidrio veo que, en una fuente detrás del altar, Stella Maris se
convierte en Iemanja, con sonidos de tambores y un cielo de nubes blancas.
Recuerdo otras vidas y una voz de mil mujeres me susurra que toda ceremonia
vivida con corazón, cuerpo y mente unidos es un don único. Salgo, llego hasta
un parque con juegos y trepo por una enorme red de cuerdas, como si fuese uno
más de esos niños que se hamacan, corren y miran las cosas desde adentro, como
Diego en la cancha. Mareado por la imagen de los dioses niños, encuentro a
Mirta, vendiendo tortillas santiagueñas con chicharrón. Mientras calienta sus
delicias me cuenta que ya de chica “creía en Dios y en el laburo”, fe que
confirma todos los días al viajar varias horas hasta su puesto en la Costanera.
Miro los carbones encendidos y San Benito me canta su lema, Ora et labora,
hasta que mis oídos se curan con la voz de esta hija de 47 años de la mística
Santiago del Estero. “Cada vez que me acuesto digo En el nombre de Dios, que
amanezca viva al otro día. Me levanto y digo Que Dios me acompañe a trabajar”,
dice y me da el alimento. En el medio del mar, las mil mujeres me dicen que
Mirta y yo estamos siempre acompañados. Y me abrazan.
JUEVES. Una mujer toca el portero eléctrico y me
pide ropa usada. Cuando bajo, ya no está, pero los ojos de una chica que va en
bicicleta se posan sobre los míos y anuncian que ese encuentro casual es una
señal para los dos. Alineado, camino por Soler y doblo en Godoy Cruz. Cuando
llego a El Salvador, veo a un hombre arreglando sillas con su escritorio en la
vereda. Sé inmediatamente que tengo que hablar con él. Se llama Oscar, tiene 53
años y cara de profeta. Escucha mi pregunta sobre Dios como si también yo fuese
una señal en su mundo. “Hace cuatro años y medio me caí desde seis metros de
altura, me golpeé la cabeza y vi un paraíso de plantas y flores, una hermosura,
hasta que escuché voces que decían ¿Qué hacemos con él, lo subimos o lo
bajamos? Y aquí estoy”, cuenta. “Desde hace años voy a reuniones donde oramos
el mantra nam miojo rengue kyo y vamos estando mejor, porque si pulís tu vida
vas elevándote: es siempre uno mismo el que tiene que empezar a abrazarse”,
revela y como si supiera de mis caminatas, agrega: “A veces dejo que mi cuerpo
vaya solo, con la cabeza y el corazón juntos”. Iluminado, sigo por Honduras,
sobre las vías del tren, cerca del altar popular del Gauchito Gil, aparece
Julieta, una bellísima mujer de 25 años, con un ramo de flores en su mano y el
rostro lleno de hojas pintadas por ella. Elogio su arte y le pregunto por Dios.
“Creo que hay alguien en quien tenemos que creer, sobre todo en uno mismo: es
como el yo proyectado, que nos guía a todos”, dice y agrega con voz de sonrisa:
“Cuando uno se esfuerza y las cosas salen, es cuestión de creer nomás”. En el
Edén de su entusiasmo, me confiesa que su imagen de lo divino es la luz y la
confidencia me permite deslizarme, feliz, por el eco de sus ojos de miel.
VIERNES. Hace calor y me parece que la Tierra hoy me
acaricia. Anoche, en un restaurante devocional me dijeron que fuese al templo y
hacia allí voy. La temperatura aumenta y lo sagrado se convierte en una abuela
que juega con su nieta mientras riega el jardín. Veo a San Jorge en el cartel
de una remisería y estoy de nuevo en Bahía. Oigo buenos augurios de un pae de
santo y pido ayuda para mantener tranquilo al dragón que llevo adentro. Sigo
caminando, las casas se transforman en árboles de Mendoza, mi brazo de niño
alcanza un papelito escondido en una rama alta y encuentro una clave más para
encontrar el tesoro escondido. El sol hace estallar la burbuja del recuerdo infantil
y ya en Parque Chas, tierra de laberintos, un cartel con la Virgen María me da
confianza. Camino por Andonaegui y la remera de un chico con palabras en
portugués me regala olores y sabores de Sao Salvador. No me sorprende cuando
llego, acalorado de símbolos, que el templo Krishna sea amarillo y verde, ni
que el hombre que me espera esté vestido de blanco, como los sacerdotes del
candomblé. Juan Augusto tiene 58 años, esposa e hijos y, desde hace doce años,
canta aquí su roda de mantras. “Cantar genera felicidad trascendental. Te
enganchás en absoluta vibración espiritual y un devoto absolutamente vibrado
con la energía de Dios es un canto a la vida, es luz. Cada paso de su caminar
es como el de un bailarín”, cuenta y asegura que “si tu acción es para Dios,
funcionás bien en todo: amás a los demás, los demás te aman, trabajás y sos
feliz. Si empezás un camino de devoción, las cosas te llegan solas a las manos.
Hay que estar atento porque nada es casual”. Habla sabiendo que estoy ahí para
oírlo y sentir las vibraciones. Antes de partir, compro una empanada
vegetariana dedicada a Dios y la gema brilla por horas, dentro de mí, sin temor
al dragón, ni armaduras sobre la piel.
SABADO. Cuando la Tierra apenas había pasado dos
horas del centro de su recorrido diario, lo vi en la esquina de Armenia y Costa
Rica, con su barba larguísima y su gorro oriental. A los 56 años, Nurudin,
podía hablarme de Dios, porque como derviche lo vio muchas veces en las
ceremonias giratorias del Sufismo, la rama mística del Islam. Nos sentamos en
un café y hablamos, mientras la Tierra seguía girando. “Las danzas son una
forma de devoción, todo está en giro constante, a una alta velocidad”, me dice,
señala el agua de un vaso, para que imagine la realidad en su esencia atómica y
me habla de sus encuentros danzados. “Si lo hacés desde el ego, estás
preocupado porque te cansás, te mareás o querés saber si das una buena imagen,
pero si girás con devoción, te sostiene el Creador: podés estar girando durante
días, meses, años.” Nurudin habla con la gracia elocuente del que tuvo una
larga búsqueda. “La máxima felicidad es Dios, él es el amor eterno e
incondicional y el nivel en que te comprometés es proporcional a lo que
recibís. Te van dando a medida que vas estando preparado: no podrías recibir la
experiencia de volar, porque no sabrías qué hacer”, dice, y asegura que hasta
nuestra economía muestra qué tan comprometidos estamos con nuestra vida. El
camino de la devoción, lejos de apenas vivir la religión sólo un día de la
semana, trae para el derviche porteño los frutos de una percepción ampliada,
para lo que dice que se necesita siempre un maestro espiritual, alguien que
sólo le llega al que está atento. Con el tiempo detenido, escucho con todo el
cuerpo el regalo de una de la claves, aprender a decir siempre que sí. Para ver
“esa realidad invisible que forma parte del todo” y aprender a vivir la magia
evidente: “El Corán dice que la Creación está llena de señales, nada se repite,
no encontrás dos hojitas iguales en la misma plantita, si eso no te alucina”,
dice provocante y me pide compromiso: “Andá y explorá a Dios, practicá la
devoción y no vas a poder negarlo. Abrí la puerta, porque está”. Cae la noche,
se encienden las estrellas y la vida gira, una vez más.
DOMINGO. Llueve una fina melancolía esta tarde y
llego sin saberlo a la casa de Nelly. Oscar, el tapicero, dijo que ella tendría
algo importante para contarme. Golpeo a su puerta y cuando sale, bellísima a
sus 80 años, me pierdo en sus ojos verdes. Y para de llover. “A Dios lo amé de
chiquita, he tenido muchas comunicaciones con Él. Hace unos días, una amiga
estaba en coma y se me presentó la virgen de Luján. Me seguía a todos lados. Le
pedí por ella y, cuando la fui a visitar, el médico nos dijo que estaba en estado
de alta”, me cuenta, mientras veo que detrás suyo salen rayos blancos del pecho
de un cuadro de Cristo, la imagen del Sagrado Corazón que para ella es la mejor
representación del dios a quien reza y habla desde siempre. “Cuando era chica
le decía a mis hermanas que un angelito me había dicho que raspara en la tierra
y así encontraba una bolita o un bracito de muñeca. Sentía amor a El y mucha fe
de tocar a alguien para darle energía y curarlo. Hubo ateos que estaban por
morirse, pero me venían a ver para que les hablara de mi Dios”, cuenta con la
verdad de quien habla desde el alma. “Yo andaría con El siempre”, dice y me
emociona. Desde que me abrió su puerta siento que estoy en un lugar donde
conocen a Dios, como cuando escuchaba rezar a mi abuela. Nelly aclara, pícara,
que no por santa ha dejado de ser pecadora. Sus ojos me hablan desde todo el
tiempo del mundo. Y nos reímos, bien adentro de la vida, con el fuego santo del
corazón abierto.
LUNES. Amanece y las gotas de la lluvia nocturna
se deslizan por el ficus en mi balcón, aumentando como lupas naturales la
maravilla vegetal. El viento desliza las hojas en una danza refrescante. Una
mujer hermosa, aún dormida, respira con gracia femenina en mi cama y disfruto
de sus movimientos leves. Es muy joven, tiene millones de años. Con ella sentí
mi propia eternidad. Despierta y sube conmigo a la soga, sobre el mar de las
caricias. Las musas nos miran y vuelan en su placer del alba. San Jorge echa
con su espada a la duda y el dragón quema la ironía y el cinismo. Krishna nos
ofrenda paz y los reyes magos nos traen sensualidad, humor y sabiduría como
presentes. Ambos sabemos que estamos juntos por un segundo, para siempre, en el
cielo de cambios constantes. Oxalá lanza millones de rayos de luz de su pecho,
iluminando nuestros cuerpos de centurias y danzamos contentos, con inocencia.
Hasta que un enorme estallido silencioso hace nacer al mundo. Como era en un
principio, ahora y siempre. Por los siglos de los siglos.







1 comentarios:
cuando miras hacia afuera suenias....
cuando miras hacia adentro te despiertas...
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