La proyección desde el vacío
Hugo Mujica es un caso particular dentro de la Iglesia: sacerdote,
poeta y ensayista, es difícil verlo dentro de la ortodoxia católica. Su elección del sacerdocio tiene una
implicancia significativa a la luz de los caminos que han enmarcado su
búsqueda de sentido y trascendencia: la pintura, las experiencias
psicodélicas, las religiones orientales y una intensa vivencia como monje.
Diego Oscar Ramos - Uno Mismo - 1996
Respetado intelectualmente -
cursó estudios de Bellas Artes, Filosofía, Antropología filosófica y Teología-,
no deja de ser observado con cierto resquemor por otros sacerdotes por su
costumbre de hablar con profunda libertad y detalles como no exhibir su condición
sacerdotal en su vestir cotidiano. Sabe que la religiosidad se muestra en los
caminos de la generosidad y la comprensión del dolor del otro. Mujica es ante
todo una persona interesante, poseedora de un magnetismo que se desliza con
armonía entre sus palabras. La paz que transmite su presencia y su hablar calmo
y reflexivo trastocan el sentido del tiempo. La publicación de sus
libros de poemas como Sonata para violoncello y lilas o Para albergar
una ausencia o ensayos como Keyre Eleison, Kénosis o La
palabra inicial -su último libro dedicado al análisis de la filosofía
de Heidegger - se convierte en una excusa para internarse en experiencias
e ideas en las que confluyen el misticismo, la importancia sacra del silencio y
la palabra, el sentido metafísico del arte y las vinculaciones centrales entre
las religiones.
La experiencia de lo divino
- ¿Su vocación religiosa surge por alguna
influencia de su entorno familiar?
- En absoluto. Yo vengo de esas familias que creen por ósmosis,
donde nunca apareció el planteamiento religioso. Fui bautizado porque es un
rito que se confunde con lo social y nada más. Dios no era una pregunta que
aparecía, y ya en mi adolescencia creía en la idea de la religión como “opio
del pueblo”. Además en aquella época digeríamos a Sartre, el
existencialismo era tema de discusión aunque uno no lo entendiera
perfectamente, representaba la entrada del absurdo como forma de comprensión de
la vida. Entonces por un lado no creía ni me planteaba el problema de Dios,
pero me cuestionaba fuertemente el problema del sentido de la vida, buscaba y
sentía que debía haber un sentido. Y quizás la forma más básica de comprensión
de aquello que nos falta es proyectarlo en la lejanía; por eso viajar, sin
tener dinero y consiguiéndolo con esfuerzo tenía que ver con todo esto.
- De su estadía en los Estados Unidos suele
destacarse su contacto directo con gente como Allen Ginsberg o Timothy Leary.
¿No puede verse una continuidad concreta entre la búsqueda mística y sus
contactos con las experiencias y fundamentos de la cultura psicodélica?
- Para mí hay una continuidad total. Yo diría que mi primera
experiencia de lo divino fue a través de las drogas. Hasta mediados de los ‘60
la droga siguió siendo parte de un grupo iniciático, en el cual se la usaba
para algo, era una búsqueda: las posibilidades de ir más allá. La experiencia
estaba dentro de una conceptualización, tenías un marco interpretativo de lo
que te pasaba. Yo trabajé con Timothy Leary, con Ralph Metzner,
en ensayos sobre los procesos de creatividad bajo efectos psicodélicos. Después
ya se trataba de tomar droga en medio de la vida cotidiana y hay que salir. Si
para apropiarte de lo que descubrís en vos necesitás volver a la droga y sos
incapaz de lograrlo en la vida quedás atrapado. La droga es una estación de
paso en esta búsqueda. Creo que no hay ninguna experiencia en sí que sea la
totalidad, y podés estar atrapado como sacerdote, como padre de familia o como
drogadicto.
- ¿Cómo evaluaría la cultura de los ‘60 y
por sobre todo el hippiesmo? Usted estuvo en Woodstock, el broche final del
movimiento.
- Con Woodstock los ‘60 se habían terminado, para los que teníamos
un poco de claridad significaba el sistema chupándose todo. Era el velorio y no
la fiesta. El hippismo, en la idiosincrasia sajona, había sido un brote
afectivo en medio de una vida cruelmente racional y funcional. Un
neo-romanticismo, un medievalismo, una vuelta a las comunidades, al trueque, a
la plaza. Pero la falla básica era que no había contenido. En otros movimientos
de vanguardia la figura era siempre el tipo con el libro debajo del brazo: los
existencialistas, los beatniks. Con los hippies ya no aparecía el libro, y el
afecto necesita estructurarse, sino se disuelve. En medio de esta disolución yo
me estaba dedicando a pintar y buscaba aquello que la palabra Dios señala y el
camino era ir descartando. El show de los ‘60 había bajado el telón mucho antes
de Woodstock, había que volver a la vida de todos los días.
- La pintura debe haber sido importante en
esta etapa de búsquedas...
- Precisamente el último cuadro que hice fue un mandala, de varios
metros, había trabajado un año en la tela. Se la mostré a Timothy Leary y fue
él quien me dijo que era un mandala, entendiéndolo en un sentido oriental, como
instrumento para meditar. Yo en ese momento no conocía el significado del
símbolo, y en mi casa y lo encontré en un texto de Jung, quien explica que
Occidente incorpora el símbolo entendiéndolo como el contacto con sí mismo. Y
cuando uno termina un cuadro hay un momento como de orgasmo, donde el cuadro y
vos sos uno, hasta que aparece el primer descubrimiento del error y eso da
nacimiento al próximo cuadro, el darse cuenta que ahí no lograste todo. Pero
cuando terminé ese mandala el momento de fusión no se cortó por la evidencia
del error sino por la sensación de que había puesto todo ahí. Después seguí
dibujando, pero técnicamente. Con el tiempo, me di cuenta de que
la pintura me había llevado hasta mí mismo, pero nada más; en cambio, lo
religioso fue lo que me llevó más allá de mí. Cuando dejé de pintar tuve
dos años de una depresión muy fuerte, de repente se me había acabado la vida.
Me había hecho una imagen de mí siendo más que Picasso por lo menos y de
golpe sentí que no, y me pregunté ahora qué hago, cuando según mis cálculos me
faltaban unos sesenta años de vida. En esa época había vivido tres años con una
chica, pero diría que eso también se había agotado, aparecía como un pasaje y no
como estadía.
El inconsciente cristiano
- Su vinculación con lo religioso se da,
luego de estos puntos de pasaje, con el orientalismo y no desde lo cristiano.
- Claro, porque el sistema religioso oriental encaja muy bien como
conceptualización de la experiencia mental de la droga. En el fondo de lo que
se trata es de una experiencia energética, de símbolos. Esto se da en los ‘60
pero no surgía de la nada; en los ‘50 los beatniks van hacia la India y en la
década siguiente los gurúes se dan cuenta de que hay demanda y vienen hacia
acá. Fue William Burroughs quién en un viaje a la India conoce a Swami
Satchidananda, que sería mi gurú, y le regala un pasaje para que recorra el
mundo. Al llegar vino a orientar a todo un grupo de personas que estábamos en la
droga pero a la vez en búsqueda, y el paso al orientalismo es el paso que damos
muchos. Y si bien el gurú no era más que un cura de allá, venía vestido de
azafrán y no de negro, liberado de todas las connotaciones negativas que para
nosotros tenían los sacerdotes católicos; había una ingenuidad de pensar que
todo lo que venía de Oriente era perfecto. Después cuando fui a India me di
cuenta de que son tan supersticiosos como nosotros, que es lo mismo decir una
mantra que el rosario; pero entonces a ninguno de nosotros se nos hubiera
ocurrido ir a una Iglesia. Anteriormente yo había estudiado
filosofías orientales, pero sólo con un interés intelectual, y estuve dos meses
con los hare krishna. Con el gurú estuve una año y medio, no fue una moda pasajera,
éramos cinco discípulos viviendo en una casa en las afueras, practicando yoga y
meditación. Y un día nos planteó que sentía que lo suyo era la divulgación y no
la formación de discípulos, por lo que debíamos seguir nuestro camino sin él.
Yo me había planteado ir a la India, tenía todo preparado, cuando viajé con el
gurú a una conferencia en un monasterio trapense de Spencer, cerca de Boston.
Al bajar del avión le pregunté si nos íbamos a quedar y dijo que no sabía, pero
luego respiró profundamente y dijo the air is thick of love, el aire
está espeso de amor, y a mí me conmovió profundamente, porque yo pensaba ¡cómo
los cristianos van a tener amor!; estaba metido en esta superioridad oriental,
en el carro del triunfador, pero al entrar a la iglesia me agarró un ataque de
llanto. Ahí reconocí lo que Jung dice: que es imposible
para un occidental ser oriental, que el inconsciente sigue siendo
cristiano. Yo nunca me había sentido totalmente cómodo con lo oriental, y
lo que era una sensación pude explicármelo posteriormente: para ellos Dios es
la esencia y no la existencia, y el precio de la esencia es el descarte de la
existencia. Ese desprecio constante que había hacia todo, y que tiene cierto
contacto con la Iglesia de los años ‘20 con su idea del cuerpo como pecado, la
negatividad puesta en la materia, la materia como obstáculo. Quizás lo que
sentí como propio del cristianismo es que es en la existencia donde Dios se
manifestó, y es abrazando la existencia como podemos tocar la esencia, porque
la esencia es amor y el amor se materializa. La idea del Dios hombre, la
humanidad divina, poder abrazar la vida y no tener que irse de ella.
- Fue monje trapense durante siete años, y
una de las normas esenciales era el voto de silencio. ¿No halló una
continuidad entre este reinado del silencio y las practicas de meditación
orientales?
- Hay un contenido en la meditación que es un vacío, el regreso a
un vacío del cual surgís; todas las religiones tienen un núcleo psicosomático
para llevarte al espíritu, pero cuando el espíritu surge necesita encarnarse.
Es ahí cuando la das la conceptualización; no son conceptos racionales sino
canalizaciones. El llegar a ese pozo es común a todas las religiones, después
llega la simbolización que sentís más afín a vos, es la elección que
hiciste. En el monasterio esa idea de silencio y soledad la sentí muy
propia, en el silencio escuchamos a la muerte, escuchamos el vacío, algo que es
bueno y es malo. Llegamos a un hueco que nos produce miedo y que hay que atravesar,
para llegar a un silencio que es misterio, promesa de aquello que se reserva o
palabra que aún no fue pronunciada. En mi último libro el tema es ese: la
palabra inicial, la palabra que está siempre, cuando uno puede soportar el
vacío hasta que el ser le dispense una nueva palabra, un nuevo sentido.
El olvido de uno
- Heidegger habla del horror al ser,
presente en el niño antes de dormirse, cuando siente un vacío, cuando la
oscuridad le quita todos los velos al ser, la realidad se desmaterializa y no tenemos
referencias físicas a las que aferrarnos.
- Lo que estaba haciendo Heidegger en el libro La serenidad
es tomar la mística de Master Eckhart que habla del vacío como el
lugar donde Dios vuelve a decir su primer palabra: el verbo, haciéndonos sus
hijos. Un vacío es promesa de fecundidad y otro es simplemente ausencia de
todo, a él le tenemos miedo, pero sin pasar por este no hallamos al otro. Un
tipo de vacío pertenece a la huida de la sociedad y otro a nuestra comunión.
- El Zen también habla del contacto con un
vacío al que hay que llegar silenciando nuestro discurso interno sobre el mundo.
-La idea es ir más allá de ese nivel discursivo de la mente, hacia
un lugar que si es realmente puro no hay nada que decir. Para mí la vida en el
monasterio es simplemente una concreción física y existencial de ese vacío,
desde su estructura con el patio en el medio donde suele haber un aljibe y en
los cuatro corredores que lo circundan; de la habitación pasás a dar vuelta en
torno a ese vacío, o vas al patio donde no hay nada más que el cielo arriba. El
voto de silencio te aísla de toda proyección tuya a través del discurso y de
comprensión del otro a partir de su discurso; la rutina te aísla de toda
comprensión de vos mismo a través del proyecto de una realización y la
obediencia te desconecta de toda comprensión a través de tu voluntad. De
repente, de vos no queda nada más que vos, no queda ninguna posibilidad de
proyección ni de espejo; ahí te encontrás con algo.
- En su libro Kyrie Eleison usted
trabaja sobre una forma cristiana de meditación donde se busca el contacto
íntimo con el ser. ¿Esto es fruto de las vivencias del silencio monástico y de
sus experiencias anteriores?
- Kyrie Eleison es mi experiencia de oración, sobre todo en
mi último año, cuando fui a Francia a formarme con un abad. Mi aprendizaje en
esta etapa fue más de maestro que de libro, y este abad seguía la “oración del
corazón”, que hilvanaba mucho con una oración de un mantra. Al salir fui a
Monte Athos, en Grecia, una isla donde sólo hay monasterios y que fue el gran
reservorio de la oración del corazón, que pertenecía a la Iglesia Ortodoxa. De
toda esa experiencia surgió ese libro, pero después comencé a sentir la
necesidad de que la contemplación se volviera transformación, una muerte del yo
que no pasa tanto por el trabajo interior, es el otro con su necesidad el que
me hace olvidarme de mí, que reclama a mi yo. Es un concepto más
cristiano, la trascendencia del yo vendría como olvido de uno mismo y no como
trabajo sobre uno.
- Un aspecto de la “oración del corazón”
que me pareció de gran interés es el hecho de que aunque haya libertad para
conformar la plegaria, es esencial que aparezca el nombre de Jesús, incluso
puede rezarse repitiendo constantemente su nombre a la manera de un mantra.
Esto refleja el tema de la importancia sagrada del nombre, una idea que
recuerda preocupaciones de los antiguos cabalistas.
- Esto es algo que los antiguos tenían clarísimo y que se perdió.
Había nombre cuando todavía la palabra era sagrada, en el sentido de ser
capaz de instaurar aquello que designa, darle el ser a las cosas. La idea de
Heidegger es la vuelta a ese lenguaje donde la palabra es la morada del ser,
donde el ser todavía habita en la palabra. El gran equívoco que plantea
Heidegger es que el hombre se adueñó del lenguaje, cuando en realidad el
lenguaje es el dueño del hombre.
- Uno es hablado.
- Sí, aunque eso sería más lacaniano. Heidegger, Lacan,
están embebidos en los místicos de los primeros siglos; es el concepto bíblico
de “Dios habló y fue”.
La palabra dignificada
- ¿En lo cotidiano seríamos culpables de
una profanación del lenguaje?
- Absolutamente, y creo que de eso se sale a través del silencio,
para dignificar la palabra. Cualquier objeto se manifiesta más si se recorta un
fondo amplio; si ponés cinco estatuas una al lado de la otra no se ve ninguna.
Las palabras necesitan un horizonte de silencio en el que tengan espacio para
vibrar. Y en el silencio monástico la base no es el silencio sino la escucha,
la idea de que en el silencio va a ser oída una palabra. Esa es la experiencia
mística, la que separa el silencio oriental del occidental; el oriental es
destinación y el judeocristiano es origen, el lugar donde de nuevo todo va a
volver a comenzar.
- Usted comienza a escribir poesía en su
etapa final en el monasterio. ¿Que relación tiene la palabra poética con esta
actitud mística?
- La poesía es el género que más contiene al silencio y
escribir es esta idea de manifestar aquello que escucho, la expresión de que
algo se había dicho en mí, que no es para mí sino para otros. La primera
traducción de esta escucha es lo poético. Yo diría que la poesía es la
captación intuitiva y la prosa la discursiva. La poesía es de lo primero con
que se reviste el silencio. Después aparece la técnica, porque no es lo mismo
un poema bien escrito que uno mal escrito. Lo técnico sería más racional, sería
hacerlo bello, pero la captación es más receptiva.
- Su obra suele rescatar la tradición
mística de la Iglesia. ¿Qué sucede con la mística hoy? ¿Se revaloriza o se
ignora esta tradición?
- Yo creo que hay místicos ahora, lo que pasa que lo místico nunca
fue masivo. Suele pensarse que es elitista, pero todo es elitista. Hay una idea
de los medios sobre la democracia, por la cual algo tiene valor si es para
todos. Y la vida está hecha de pequeñas elites, el que amasa el pan es una
elite maravillosa. En el mismo sentido se dice que la poesía no vende, y nunca
vendió. Esa idea de que uno escribe para doscientos mil es moderna, Dante
cuando escribió a mano La Divina Comedia la leyeron los cinco amigos que
tenía, porque no se imprimía, y para él eso era suficiente. Y lo místico fue
siempre algo muy particular, aún dentro de Oriente; pero sólo es uno de los
caminos, está el de la generosidad, el del olvido de sí, el del compromiso.
Cuando vino a Occidente el paquete oriental de la meditación me planteé qué
pasaba con nuestra tradición. Cuando vas a Oriente hay como una divinización de
nosotros, hay libros sobre el yoga de San Juan de la Cruz. Lo que sucede
es que reciben la pureza, cuando mandaron un monje a hablar a India fue Thomas
Merton y allí deben pensar que todos los monjes son como él. El engaño
es que uno, como en el noviazgo, ve nada más que lo mejor, y yo traté de
recuperar a través de Kyrie Eleison y Kénosis toda esta vida más
interior, todo esto que en un momento aparecía como exclusividad de Oriente; y
a la vez tratar de respetar lo oriental, porque la experiencia espiritual en sí
es neutral.
El dolor religioso
- Volviendo a la pregunta inicial ¿De dónde
surge su vocación sacerdotal?
- La idea de ser sacerdote la traje del monasterio. Al salir me
tomó un año, para estar seguro de que no era simplemente una necesidad de
protección. Después de seis meses en el campo sentí realmente que eso era lo
que quería. No sabés cómo, pero sentís un llamado, algo que se impone sobre uno
y aunque podés decir que no, lo sentirías como traición. Pero no fue fácil,
sentí un choque grandísimo, venía de una elíte espiritual y esto era salir del
Colón e ir a parar al Luna Park, los seminaristas eran pibes que venían de la
parroquia, más o menos formados. El primer roce fue con un pibe que tenía la
radio en el cuarto y me dijo: a mí el silencio me embola, lo que me hizo pensar
que ahí las reglas eran otras. Creo que el sacerdote común llega a Dios a
través del don y de la generosidad, no a través del trabajo interior; responde
a la vida y en eso se olvida de él. La gente trae dolor, no pide argumentos, ni
tiene la idea de meditar. Lo religioso es responder al dolor, aquello por lo
respondió Jesús, que cuando muere no deja un método de contemplación, deja doce
tipos imperfectos como seguidores, la experiencia de la comunidad y no la de la
interioridad.
- ¿Qué siente ante los sacerdotes que no
están precisamente en ese camino, teniendo en cuenta la idea de la Iglesia y el
vínculo familiar que une a sus miembros? Estoy pensando, por ejemplo, en
los religiosos vinculados al poder político económico.
- Yo siento que pertenezco a una familia, y es una situación muy
ambigua, es un misterio de pertenencia. La vocación se da hacia una situación
que abarca cosas que no conocés. Como cuando te casás, te estás casando con tu
mujer, más su historia, más su familia. Las opciones siempre incluyen
contradicciones y es el misterio de una opción. Siento que esa es mi familia y
que en mi familia hay parientes a los que no les hablo, y otros a los que amo;
pero sé que si pasa algo voy a estar al lado del que es agredido, porque algo
en mí reclama esa pertenencia. Y al mismo tiempo debo tener la conciencia de
que el indigerible para otros soy yo. Saber que mi verdad puede no ser la
precisa.
- ¿Alguna vez se sintió relegado dentro del
cuerpo de la Iglesia?
- Relegado no, pero sí distinto. Sé que escandalizo a muchos,
porque hablo con libertad, por no estar vestido de cura por la calle; pero en
general soy muy respetado por los sacerdotes, porque tengo una trayectoria muy
seria, por mis años de monasterio, por mi compromiso con la verdad, por mi
nivel intelectual. Creo que soy una persona de fronteras, un borderline. Cuando
estaba en el monasterio era como demasiado mundano y cuando vine al mundo me
decían que seguía siendo un monje; estoy en la iglesia pero paso todo el día
con ateos, y entre los ateos soy el religioso. Estoy siempre en el borde y ese
parece ser mi lugar. Ahí me siento bien, ya estoy acostumbrado.

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