13.4.10

La Bomba de Tiempo


Serena euforia
Al frente de La Bomba de Tiempo, seleccionado de grandes percusionistas, Santiago Vázquez generó un ritual masivo que une a miles de personas a través del baile. 



Diego Oscar Ramos - Uno Mismo - marzo 2008



     Santiago Vázquez es uno de los músicos más creativos y emprendedores de la última década en la música popular argentina. Su concierto semanal con La Bomba de Tiempo, un grupo donde unió hace ya dos años a lo más destacados percusionistas de la ciudad para generar una música vital e improvisada, nos dio a los porteños una verdadera fiesta percusiva semanal. Y sumó a la ciudad una calidad rítmica propia de las capitales mundiales de la percusión, con una continuidad de trabajo investigativo en vivo, al que cada semana se agregan invitados de todo tipo de vertientes musicales. Todos parecen querer tocar al son del grupo dirigido por Vázquez – que también va haciendo rotar la batuta a otros miembros del grupo -  con un preciso lenguaje corporal de señales que inventó inspirado por el trabajo del norteamericano Butch Morris.
     Vásquez ya había guiado la experimentación sonora de otro seleccionado, el Colectivo Estereofónico y con su propio grupo Puente Celeste – junto a talentos como Edgardo Cardozo o Marcelo Moguilevsky - le devolvió sorpresa al folclore argentino. Ese mismo elemento estuvo en su más reciente disco solista, Mbyra y pampa, enteramente grabado con un instrumento religioso africano en ambientes como iglesias o a la vera de un río. Todo en Santiago Vásquez parece pendular entre la euforia y la serenidad, con una intensidad que ya tendría a sus ocho años, cuando lograba que sus amigos fuesen público de sus habituales shows de percusión con objetos caseros. Ese ímpetu lo condujo en una carrera como baterista, percusionista, director musical o productor de músicos como Dino Saluzzi, Luis Salinas, Pedro Aznar, Néstor Marconi, Roberto Goyeneche o Lito Vitale, antes de darle tiempo total a sus agrupaciones, destacadas por improvisar y componer en tiempo real. Su clave de encuentro musical, asegura, es muy simple: saber escuchar y estar atento para traducir lo que la música está queriendo decir.

Trance colectivo



     “Más allá de que musicalmente la forma en que trabajamos quizás sea nueva para este tipo de grupos, lo que se genera en el espacio no es tan nuevo, aunque sí es algo que faltaba acá en Buenos Aires, que un grupo de tambores de la posibilidad de que la gente pueda venir, conectarse con el ritmo, bailar y ser feliz”, comenta el músico casi una hora después del final de un concierto de La Bomba de Tiempo. Habla con pausa, busca las ideas que quiere expresar tratando de que la mente no lo saque del lugar que le dan las dos horas de pura música. “Cuando terminamos quedo en un estado de vacío muy lindo, que me gusta respetar, para no llenarlo de muchas cosas, hasta que va bajando, decantándose lo que pasó durante la noche, a todos nos pasa un poco eso, al principio nadie podía dormir después de los conciertos, ahora hemos ido aprendiendo a manejar la energía que se genera, para que la podamos compatibilizar con el resto de nuestra vida”, explica en pleno segundo aniversario desde que ensayaron juntos por primera vez, unidos en una aventura sin red en la que crearon al poco tiempo un ritual de encuentro eminentemente corporal.
     “Es necesario para un grupo de gente tener un momento de comunión con la música, que es abstracta, sin ideología, algo previo a nuestra conciencia y a nuestra razón, por eso me parece importante tener dónde hacer eso”, comenta el director y aclara que puede ser que en las discos se den fenómenos similares de trance rítmico, pero una diferencia que ve es la variedad de grupos humanos que bailan en sus conciertos. Y parte de esa variedad social y hasta de edades tiene vínculos con una libertad expresiva que se estimula desde arriba del escenario. “Intentamos tocar todo lo que nos viene sin descartar nada, sin prejuzgar las sugerencias que cada uno tenga, simplemente dejamos que afloren y en ese sentido se vuelve una música para cualquiera”, dice Vázquez, quien puede no ver a la gente mientras dirige la improvisación, pero siente los aportes del público en la composición en tiempo real: “La gente se siente, con sus pasos, con los murmullos, hay una energía que va cambiando y eso uno lo toma como un músico más, algo está sucediendo y lo tenés en cuenta en la improvisación”, precisa.  

Sonidos sagrados 

     “Cada día y cada momento tiene su magia, si uno conecta con eso, es todo, pero si uno no conecta se queda deseando alguna otra cosa que no está ahí”, comenta Vázquez y dice que esto lo puede vivir en cada concierto donde se improvisa: “a veces estoy dirigiendo y no logro concretar lo que tenía en mente, por eso lo mejor es entregarse a lo que está sonando, con todos los sentidos lo más alerta posible para reaccionar rápido”. Ese nivel de atención a lo que quiere ser dicho fue base del disco Mbyra y pampa, donde grabó músicas nacidas de improvisaciones con un instrumento africano de uso ritual y apenas lo matizó con leves aportes de percusión argentina, trazando un puente entre culturas donde lo más intenso estuvo en el propio proceso creador. “La mbyra es como un trance, tiene poder de conexión con el mundo de lo espiritual, dicen que se usa desde hace más de mil años para tocarles a los espíritus shonas y conectarse con esas energías”.  Grabado en un monasterio de Gándara que ya había utilizado por su acústica para otros proyectos, el contexto tuvo especial incidencia en conectarlo con una vivencia de la música como cura, en parte por la creencia afro en las virtudes sanadores del instrumento hasta en sus propias vivencias: “esta música tiene algo que hace bien, puede conectar cosas aparentemente rotas, como la vida y la muerte, no en un sentido espiritista, sino simplemente de los espíritus que viven en uno, de gente que ya no está, ayuda a integrar esas dos partes”, comparte. Esa ruta íntima lo hizo terminar las sesiones en una capilla de Córdoba y en una isla del Tigre, para conectar con “lo que para cada uno es lo espiritual”, como dice para expandir a planos generales una dimensión que puede tener nombres e imágenes diferentes para cada persona.
     Si lo que más parece haber logrado con su arte haya sido lograr enlazar lo diverso en ritos de unión, que dejan su aura un buen rato en el aire del Konex, ya a dos años del inicio. “Lo principal de la música para mí es la conexión, poder escuchar y dejar de dividir”, resume el director del seleccionado. Habla de ellos y de sí mismo como personas que se respetan, admiran y aprenden unos de los otros, funcionando con una energía grupal muy fuerte y sostenible. Sin escuchar sus palabras, pero esperándolo para festejar el cumpleaños colectivo, esa conexión se percibe en los músicos. Todos se ven contentos, en un lugar entre relajado y eufórico. Como la música que hacen y los une.  


Crónica del concierto por el 3er. Aniversario

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