24.9.07

Manu Chao


El hombre de las mil vidas


Manú Chao entiende al otro en su originalidad y no en su exotismo, respetando y queriendo lo que conoce con la mirada que no tiene el turista. Sorteador de fronteras artísticas, lo que ahora quiere es rendirse al relato de lo que vio, sin evitar la melancolía del que quiere vivir todas las vidas, en el camino


Diego Oscar Ramos - La Contumancia - 1998


       “¿Ensillar un mate, qué es eso?” se sorprende Manú Chao, que no esperaba una explicación folclórica del arreglo del mate ya lavadísimo en una de las habitaciones del hotel modesto de Congreso. Entre música árabe a todo volumen, humo clandestino, variados personajes circulando y el teléfono sonando constantemente, Manú habla rápido con ese acento y tono inconfundibles, con la atención múltiple queriendo captar todo lo que sucede a su alrededor. “Viajo mucho, pero nunca para no hacer nada, así me siento como alguien que está mirando algo desde fuera, si estás trabajando es otra cosa, estás con la gente con un contacto real, vas de un lado a otro, de la casa de uno llegas a la de otro y así entras en el país” dice Manú junto a la consola fileteada de apenas ocho canales que parece tener siempre con él, la misma con la que registró en sus recorridos las miles de cintas que sirvieron de base a Clandestino. De esos itinerarios, nada parece recordar tanto como los encuentros con artistas desconocidos que alimentaron su percepción humilde y alejaron cualquier atisbo de divismo de estrella de rock: “algunos son mil veces mejores que tú, te dan vuelta mil veces, te vuelven a bajar a tu sitio, a tener los pies sobre la tierra: mi lugar lo podría tener otro, hubo trabajo pero también suerte”.


Muchas vidas, muchas despedidas

       “Me llaman el desaparecido, cuando llega ya se ha ido, volando vengo, volando voy, deprisa deprisa, rumbo perdido. Cuando me buscan nunca estoy, cuando me encuentran yo no soy, el que está enfrente porque ya me fui corriendo más allá ... Yo llevo en el cuerpo un dolor que no me deja respirar, llevo en el cuerpo una condena que siempre me echa a caminar” (Desaparecido).

     La levedad y el peso del que habla Milan Kundera, ideas inevitables para pensar en la vida errante del músico que vive mil vidas, escapándole al peso metafísico de aquel que se establece en un lugar para tener una sola vida.

- ¿El no tener un punto fijo puede jugar con fragmentar la identidad, la personalidad?
- La identidad la fragmenta totalmente, porque te sientes de muchos lados y hubo momentos en que tuve la impresión de vivir varias vidas muy diferentes un poco al mismo tiempo. Estás en Río de Janeiro y dices “yo he vivido toda mi vida aquí”, pero te vas y llegas a otro lugar donde a veces sientes lo mismo.

- Es como si en parte se diluyera tu historia.
- Es que comienzas a entender los códigos sin que te expliquen nada, te colmas de recuerdos, son pequeñas vidas, son varios lugares. No sé si es bueno o malo vivir así, hay gente que tiene una vida en un lugar y yo los admiro y me gustaría ser como ellos, respeto mucho a la gente que es de su sitio y no necesita nada más.

- ¿El ser de su sitio puede implicar situaciones como la de formar una familia?
- Sí, claro.

- Y tus compañeros de Mano Negra ya no querían seguir en ese camino de fragmentación.
- Es que era muy difícil, cuando vives ese camino solo es tu historia, pero cuando vives el camino con 12 o 14, ya es una fragmentación multiplicada. Es difícil vivir así, ¿sabes? al nivel de la familia, al nivel de la gente que quieres, hay muchas despedidas. Es bonito, yo no me quejo y mucha gente dice “qué suerte tienes”, pero tampoco es sólo eso.

- ¿Nunca pensaste “en este lugar, en esta vida sí me quedaría”?
- Sí, claro. Pero luego dices “¿por qué no puedo olvidarme de mi gente allí?”. Hay un momento que los gallegos llaman la moruña.

- La saudade brasileña.
- Sí, la saudade. En serio, siempre me siento con necesidad de ir a Río de Janeiro. Mi lugarcito es Catumbí, un barrio chiquito de Santa Teresa. Ese fue uno de los lugares que conocí primero de Río y ahí me quedé. Río es uno de esos lugares, o ahora Senegal, estoy mucho en Africa.

Uniendo tribus en un mundo sin volante

    “Todo es mentira en este mundo, todo es mentira la verdad, todo es mentira yo me digo, todo es mentira por qué será” (Mentira).


      El francés de la rebeldía postpunk, el freak multiculturalista, el músico anarquista, en cuya banda parte de ese espíritu llevó al tecladista a romper a patadas un monitor en un programa de televisión: demasiadas imágenes que cansan al Manú Chao que ya no se siente el mismo que en el ´92 llegaba con Mano Negra a Buenos Aires. “He cambiado mucho, si después de seis años eres el mismo sería un fracaso, no se evolucionó, pero a nivel de prensa siempre hay una necesidad de etiqueta, una parte de cómo soy hoy estaba allá en el ´92 y hoy la parte punkie la podemos tener de un momento a otro. Pero bueno siempre es más mezclado, nunca se es tan radical como lo puede decir la prensa, que necesita ubicarte en algún lado”.

- ¿No se sobredimensiona tu parte más combativa? Es imposible acá que cada vez que se hable de vos no se recuerde el episodio del monitor roto.
- Es que son episodios fuertes, cuando vengo aquí también recuerdo el episodio de la televisión.

- ¿Crees que se necesitan esas referencias por cierto vacío de actitud en el rock?
- Es que hay muchos grupos así, criticando, pero ahora haría falta más grupos construyendo más que criticando. No sé, o estoy ciego, pero todo el mundo está consciente de que la cosa no va bien, todo el mundo hace la propia crítica de que todo no va, todo el mundo cuando pincha un poco está un poco acojonado sobre lo que puede pasar en 20 o 30 años, nadie sabe. A partir de ahí criticar las cosas está bien pero ahora ya no, hay que ponerse pilas para encontrar soluciones porque los que llevan el mundo no las van a encontrar, están como locos y nadie sabe dónde está el volante, el mundo mismo va sin volante.

- Aunque crítico y escéptico, creo que tu perfil de narrador de los lugares y personajes de tus viajes tiene algo de esa búsqueda constructiva.
- Es que frente a un problema tan grave, la respuesta es una gotita de agua, bueno es tratar de unirse con gente, conocer a gente, unir tribus. Ayer hablábamos con un chabal de San Telmo y tenía la misma clarividencia. Yo hago discos y salgo en periódicos y él hace tambores en la murga de San Telmo y era lo mismo, es bueno unir tribus. Eso es "La Feria de las Mentiras", la única propuesta de la feria es esa, lo que hay en el escenario es bueno pero no es lo más importante, ahí hay una energía que nos da fuerza a todos para volver a lo nuestro y esperar hasta la siguiente.

- Esa parece la idea del concierto de rock como ritual de encuentro. De Mano Negra siempre se destacó esa fuerza increíble para vincular gente.
- Con Mano Negra nos subíamos al escenario en cualquier sitio, grande o pequeño y a veces nos salía y a veces no, conseguíamos una comunión entre gente muy diferente. Creo que esa era nuestra fuerza, sabíamos hacer eso, no sé cómo, pero se juntaba todo Dios y había buena onda, nunca hubo un problema con un concierto de algo violento.


Discusiones en un bar

    “Solo voy con mi pena, sola va mi condena, correr es mi destino para burlar la ley, perdido en el corazón de la grande Babylon, me dicen el clandestino por no llevar papel. Soy una raya en el mar, fantasma en la ciudad, mi vida va prohibida dice la autoridad”. (Clandestino).


     Con su diversidad rítmica, racial y lingüística, Mano Negra marcó un viraje en la aceptación de la latinidad en el rock hecho en América, y es innegable la capacidad del grupo y especialmente de Manú para retratar la realidad política y social del continente, muchas veces mejor que artistas americanos. “Quizás mejor que los que grabaron discos” aclara para rescatar a sus musas populares: “nos hemos inspirado de lo que vimos aquí, a lo mejor tuvimos menos prejuicio de mezclarlo todo, cojemos lo nuevo con lo antiguo, lo mezclamos y si se nos quema el fondo es igual, ¿sabes?”.

- Ese eclecticismo sentó sus bases, es ya una práctica muy habitual.
- Yo ya estoy en otra, yo ya vuelvo a concentrar.

- ¿Y ese concentrar tiene que ver con unir en lugar de fragmentar?
- Claro, este disco ya no es un disco que sorprende como Mano Negra, de un estilo a otro. Es un disco que tiene un ambiente, el próximo será diferente, con fragmentación, pero menor.

- Los referentes de tu mirada lúcida sobre América parecen claros: cierta mística indígena, el subcomandante Marcos, pero también los sonidos de televisión, el melodrama mexicano. América es todo eso.- Este disco es casi discusiones de bar. Estar ahí, a aguardiente y a María, a discusiones en un bar donde hay televisión, y sale una coña o un chiste en la mesa. Se escribe la canción así en la mesa y se graba en el acto, no se espera ir al estudio. Estás con la peña que lo has hecho, quizás ni son músicos ni nada.

- ¿Se trata de captar el instante?
- Captar el instante, uy, sí, es eso.

- Hay algo muy fuerte en tus canciones, no son nada pretenciosas. Parecen surgir de vivenciar los lugares, registrando cosas simples: una conversación, un tipo que toca en la calle, un relato de fútbol.- Es que la manera de grabar así te permite.. No te estás pasando un mes para hacer una canción. Si no sale, terminas completamente fumado a las cuatro de la mañana que ya no sabes ni lo que haces, pero lo grabas en DAT y el día siguiente lo haces escuchar a tus amigos alrededor y sientes como me dicen “ahh, ohh”. Ahí ya lo noto en mi gente.


Saludos en el contestador

   “Me dicen el desaparecido, fantasma que nunca está, me dicen el desagradecido, pero esa no es la verdad. Yo llevo en el cuerpo un motor que nunca deja de rolar, llevo en el alma un camino destinado a nunca llegar” (Desaparecido).

     No cualquiera sabe viajar sin ser turista, y no todos los músicos logran ese encuentro generoso con culturas diferentes, no cualquiera sabe del mimetismo y del entender al otro en su verdad y no en su exotismo. Más quizás que con su grupo, en Clandestino Manú Chao parece vestirse cómodo en su traje personal de hombre múltiple, quizás con una sensibilidad que lo vuelve menos europeo que americano o africano. Por eso es imposible pensarlo dentro de las filas de la world music con su lógica de mercado y sus vicios particulares.

- En comparación con lo que puede pasar con músicos estrellas como Sting, no creo que nadie te ubique entre los “gringos que llegan para robar”, ¿reconocen en vos otra actitud?
- Bueno, no sé como trabajan ellos, pero deben hacerlo al estilo que he conocido por ahí, que falta mucho el respeto; arrancan la planta, la cojen, la manejan. A veces veo venir a artistas americanos, llegan y en seguida se ponen como nerviosos: “que tal si hacemos un vídeo”, cuando no se trata de eso. Primero te sientas, te quedas dos o tres días, te haces amigos y luego Sudamérica te lo da; pero tiene que venir de la gente y generalmente no esperan, sí hacen brillar el billete y todo el mundo va. Y es normal, tío, trabajar con Sting, van corriendo; puede ser un tipo genial, lo respeto, pero es una maquinaria opresiva.

- ¿No tiene que ver con el tema del tiempo? El sistema de creación norteamericano no admite ese proceso lento de quedarte, establecerte y conocer.
- Yo tuve la suerte de poder grabar así, de tomarme mi tiempo.

- ¿Hay alguna desventaja del sistema, tuviste que pagar algún precio?
- Actualmente, que sepa yo ninguno, a mi nivel, eh. Yo entrego el disco cuando quiero, grabo las canciones que quiero, y el disco que sale es el que yo quiero. Luego hay que pelear cada día, si quiero pasear en un Cadillac rosa tengo que discutir un buen rato. Hay detalles que hay que estar todos los días peleándolos, si quiero cinco colores en mi portada en lugar de tres.

- Volviendo al tema de tu condición de errante, son muy significativos los mensajes de tus amigos en el contestador que incluís en el disco.
- Son saluditos, son accidentes del momento, estás grabando la canción y te llega un cassette, o vas a escuchar el contestador y te suena alguien. Y dices “bueno, hostia” y ya se mezcla en la habitación. Está el estudio y suena la voz de alguien, la tele.

- Estar receptivo a todo el entorno, a todo lo que va pasando.
- Sí, ese es el encanto de eso. La gente se pierde mucho en los estudios porque van a grabar y saben lo que tienen que hacer. Llegan y graban uno o dos y para el momento de la tarde pierden un poco el coco, porque hay demasiada concentración, entonces en lugar de parar un rato y ver lo que fluye en la pieza, “ahh, cabezazo, venga” y ocho veces la misma y “prueba otra vez” y once y doce. Pero si no está en la primera o la segunda, espera un rato, tómate un mate, o es que no era eso, y olvídalo, “olvidémonos de esa guitarra”, no es tan importante..

- ¿El problema estaría en poner el énfasis en la extrema profesionalidad?
- Depende de lo que sea ser profesional, yo me considero profesional, soy un profesional, porque sé cómo hacer fluir esas cosas, sé cómo captarlas.

       La ruta es siempre melancólica, saben los que viven su tristeza de abandono, de despedidas y crecimiento, de lejanías y ausencias, de novedad y repetición: la miseria igual en cada desvío del camino, la riqueza humana siempre la misma y otra. Manú Chao camina desde hace años, en grupo o solo, buscando en la música ese hilo del sentido de todo que aparece suelto en cada sitio, desplegado en fragmentos pequeños. Sus canciones escarban esos retazos de lo que seguirá buscando, en cada uno de los encuentros que aún lo esperan en la ruta.

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