2.2.08

Capoeira Argentina


Ginga Gaucha

Arte marcial acrobático y manifestación cultural afrobrasilera, la capoeira es una metáfora en acción de la necesidad de vivir en estado de atención continua. En Argentina la practican miles de personas, hay una asociación nacional y fue reconocida oficialmente como deporte.

Texto: Diego Oscar Ramos - Dibujos: maestro Carybé-


Publicado en Revista BA Metrópolis - Nov. 2007




El legado. “Un argentino canta las músicas de Capoeira con tonada medio tanguera y esa forma de poner la boca para un costado, son cosas que se van adaptando de la cultura de un lugar”, define en la sede de la Asociación Argentina de Capoeira que fundó en 1995 el mestre bahiano Marcos Gytaúna, que llegó a Buenos Aires en 1986 como parte de un espectáculo de Egle Martín se convirtió, con apenas 40 años, en uno de los máximos impulsores de la expansión en nuestro país de una de las disciplinas más polisémicas de la cultura afrobrasileña, un arte marcial donde la música y la cosmovisión filosófica religiosa consolidada en Bahía tienen tanta importancia como la ginga, su herramienta corporal de esquive del golpe del compañero más característica. Declarada ya como deporte nacional oficial, esta práctica nacida de la necesidad de entrenarse aún con un pie engrillado como forma de entrenamiento escondida en la belleza de sus movimientos estéticos, sigue hoy mismo la ley esencial de los ancestros esclavos fundadores, que sabían que para permanecer vivo y lograr la libertad lo más poderoso sería un estado absoluto de atención constante. Así Gytaúna estimula a sus alumnos y discípulos un desarrollo corporal, mental y espiritual con raíces tan claras en el acerbo histórico brasileño como en su historia y presente expandido. En ese viaje de la Capoeira por fuera de sus fronteras geográficas, Marcos supo escuchar la misión que todos los santos de su San Salvador de la Bahía le dieron para que en las tierras de nuestra Santa María los Buenos Aires complementen su adoración de los dones racionales con mágicas destrezas corporales. Como resumiendo en un gesto estas trayectorias, el mestre imita la voz de Gardel para hablar de cambios que acontecieron aquí en la ceremonia que cada viernes se hace en la sede de Padilla y Thames: “ahora se utiliza mucho la picardía del argentino, está pegando mucho la energía del pogo, todos juntos saltando en la roda, algo bien latino, como la euforia del carnaval”. Remarca similitudes entre la figura del malandro brasilero y el compadrito argentino “con su forma de amagar o hablar para intimidar a otro”, para dar luego un papel importante a nuestra generalmente negada negritud: “la cultura de Salta o Santiago del Estero tuvo una presencia negra muy importante, la forma en que se canta la chacarera tiene mucho que ver con el swing de los pasos de la Capoeira, cuando doy clases al Ballet Folclórico Nacional veo expresiones muy similares con nuestra cultura, como en la forma de tocar el bombo, algo debe haber”. Ese misterio de unión perceptible es el que guía su trabajo, donde dice sentirse gratificado por la gran cantidad de profesores argentinos dando clase y de alumnos que son discípulos y hasta están en camino de mestre. “El discípulo se interesa profundamente con la disciplina y el conductor, acompaña al mestre en el día a día, el lazo es como de padre e hijo”, explica Gytaúna y deja en claro que habrá un tiempo próximo en que les legue la dirección de la sede. Entonces regresará a Bahía y su misión habrá concluido.



Energía. “En la roda tenés que estar atento a tu compañero, a los ritmos de la música que marcan formas de jogar, a las canciones que dicen cosas con las que tenés que reaccionar, a lo que está pasando afuera, lo que genera un estado de atención global del espacio y las personas que están en ese lugar”, explica Santiago Cerbarca, cuyo nombre capoeirístico, Siri, se lo dio un mestre rosarino que lo vio moverse en la roda como lo hace un pequeño cangrejo de nordeste de Brasil. Apasionado desde que la conoció a los 17 años, llegó a Gytaúna dos años después y desde entonces ha practicado a su lado, hasta en momentos donde las plazas eran el lugar donde entrenar, cuando lo importante seguía siendo lo que lo había impactado inicialmente: “había algo exótico, muy atractivo, que me llamaba interiormente, la onda, la música, la energía, que después supe que se llamaba axé”. Hoy, a los 34, es profesor en segundo grado, una de las categorías máximas de la Capoeira y sabe con certeza el lugar que su práctica tiene en su vida: “es todo, se convirtió en una filosofía, una herramienta para evolucionar, porque ayuda a descubrir límites para convertirlos en desafíos”. La práctica, así, es una pantalla de cómo situarse en una vida nutritiva en cambios: “en una roda a veces sos observador, otras protagonista, estás en el centro o alrededor del círculo, aplaudiendo, cantando o tocando los instrumentos, cooperando con los que están adentro”. El gran maestro, en la rueda de la Capoeira y del mundo, es el tiempo, que regirá la maduración interna de la disciplina en cada capoeirista. “No hay que quemar etapas, hay que crecer, evolucionar y madurar en el momento justo, para aprovechar la fruta con el sabor propio y el alimento necesario”, define haciéndose eco de conceptos de mestre Bimba, una figura histórica de la Capoeira, que respeta con devoción a quienes han contribuido a su crecimiento. Desde el origen, su ritualística viene del candomblé con su panteón sincrético de deidades vinculadas a las fuerzas naturales, pero no es necesario que cada capoerista profese sus creencias. Sí debe sentir al espacio circular donde se joga como un lugar sagrado, lo mismo que a todo lo que acontece en la roda, aportando su parte para que el axé de la ceremonia sea positivo. El respeto de Siri pone a los aspectos religiosos en un espectro más amplio: “la parte religiosa está incluida en la forma ritual, pero no la forma dogmática, porque la riqueza de la Capoeira está en la suma de todas sus partes”. Entre estas partes importantes, está su origen. “Gracias a Dios pude ir ya tres veces a Bahía, para entrenar y estar en contacto con grandes mestres”, asegura el capoeirista, para quien alguno de ellos, como mestre Dinho, cargan con una personalidad tan firme que compartir momentos con ellos se transforma en una lección en sí misma: “sentís una energía tan especial, son personas que son ellos mismos y el haber tenido la oportunidad de ser bien tratado por ellos me enseñó mucho”. Agradece a la vida por la oportunidad de haber viajado con su mestre: “tiene un carisma que está por detrás de sus palabras, hay una energía muy especial que no se puede explicar, como pasa con esos buenos amigos que te enseñan con lo que dicen y con lo que hacen”. En camino a esa integridad que admira, reconoce que está camino a ser mestre, pero asegura que aún quedan pasos para llegar a esa meta. Mientras tanto, dice que nadie puede ganarle en la intensidad de su sentimiento por la Capoeira, seguramente porque le da al mundo y a él mismo algo diferente y sustancial: “nació para la liberación y siempre hay alguna esclavitud de la que liberarse”.





Felicidad. “Si me ves feliz en una roda y querés eso, si escuchás el berimbau y lo sentís en la sangre, si te dieron ganas de mover el cuerpo cuando escuchaste los tambores vení a hacer capoeira”, dice Juan Cruz Peláez, con la misma seguridad con la que hace acrobacias increíbles en cada roda. Con 29 años, algunas clases de artes marciales orientales previas y 10 en este mundo multicultural, ha sido presentado en lugares como Australia como ejemplo de discípulo. “Me emocioné hasta las lágrimas, lloré delante de todo el mundo”, dice quien recibiera su apodo por el trabajo de ilusionista que tenía al comenzar Capoeira y mucho antes de que las artes de la magia pasaran a ser sinónimo de las acciones sorprendentes que hoy realiza con su cuerpo. La clave en su altísimo rendimiento la encuentra en una pasión desbordante y una entrega completa que se dio desde que se inició, un año después de haber quedado deslumbrado por la energía de una roda en Mar del Plata. “El primer día que empecé hice tres clases, al otro día hice cuatro y así no paré de entrenar a full, todos los días, se me metió en la sangre y no salió más”, enfatiza, valorizando la dedicación total como el camino que lo llevó a ser respetado, porque todos notan la presencia del empeño en su desarrollo. Fue el axé que encontró en la primera roda que vio, aunque fuese de principiantes, el que lo fue conduciendo por las etapas evolutivas en la disciplina y por las transformaciones personales. “Te cambia la manera de trabajar, de estudiar, de relacionarte con tu familia o con tus amigos, te encuentra con vos mismo”, asegura Mago con una calma inquieta, como de niño virtuoso que ha encontrado el juego más disfrutable. Amante de lo que acontece aquí con la Capoeira hasta la Bahía se desdibuja como Meca para todo capoeirista: “allá es bastante competitivo, pero no me sentí menos que nadie y realmente acá hay una energía impresionante”. Hoy, como discípulo que siente a Gytaúna como más que su amigo o padre, afirma que su mestre les da todo lo que sabe, incluyendo una energía que siente como legado.“Hace años que anda diciendo que viajará de regreso cuando vea que estamos preparados para continuar con el trabajo, pero espero que no sea todavía, porque estamos preparados, pero es como pasa con tu papá, aunque sabés que creciste está bueno tener al viejo siempre ahí, por cualquier cosa”. Su padre y su madre, que suelen hablar de él como el Mago, lo siguen en los encuentros, han entrenado en algunas oportunidades y conocen bien los fundamentos de la disciplina que Juan Cruz lleva tatuada en cada movimiento con los que hipnotiza a quienes lo ven en las rodas y perciben la esencia de la ginga, ese desplazamiento circular en el que el cuerpo sigue las señales del berimbau manteniéndose con el centro de gravedad dislocado, listo para la esquiva, ataque, contraataque o fuga. En esa dinámica astuta donde dos tratan de derribarse mientras sus cuerpos parecen más adueñados por una danza que por una lucha, se lo ve disfrutando y feliz. Eso es la Capoeira. Aquí, allá o en todas partes.




Roda. Una de las características destacables en una roda como las que se viven cada viernes en la Asociación Argentina de Capoeira es la amplitud de edades, tipos de personas y niveles diferentes de entrenamiento que pueden encontrarse, siendo un espectáculo de belleza inusual basado en el centro de estos encuentros semanales no es la competencia.




Historia. El origen de la capoeira es remoto. Hay que pensar en los dos millones de esclavos traídos al Brasil desde el centro oeste de África, principalmente de Angola, transportados en barcos tumberos hacia San Salvador de Bahía, Santos, Recife y Río de Janeiro y depositados en plantaciones de azúcar y tabaco o en minas. Fue en Recife donde estalló la primera rebelión libertaria, con cuarenta esclavos que escaparon al interior, a través de áreas boscosas de vegetación densa. En la huida tuvieron ayuda de indios de origen tupí y llegaron a un lugar lleno de palmeras, que bautizaron Palmares, dando nacimiento a una comunidad africana agrícola autónoma, conocida como quilombo, que duró casi cien años. En un clima de mezcla cultural nació la capoeira, en asentamientos donde negros de diferentes etnias, indios e incluso blancos compartieron danzas, rituales, religión y juegos. Palmares creció y su gente motivó nuevas rebeliones. Ayudaron a escapar a esclavos de otras colonias, además de enfrentarse a los portugueses y con la guerra que Holanda ganó a Portugal debieron enfrentarse a las expediciones holandesas, que fueron derrotadas por el sistema de emboscadas, donde la capoeira fue clave en los ataques inesperados. En las plantaciones, al difundirse esta técnica, los esclavos comenzaron a entrenarse sin que los blancos lo notaran, dando una impresión de danza y ritual religioso. Sucesivas rebeliones, durante 25 años, llevaron a la abolición de la esclavitud en 1888. La mayoría de los trabajadores de las plantaciones emigraron a las ciudades y formaron las fabelas. Los mejores capoeiristas eran contratados como guardaespaldas de los políticos, pero la mayoría caía en la delincuencia por la falta de empleos. La capoeira fue atacada y controlada por el gobierno, llegándose a dictar leyes en su contra. Hasta que la guerra con el Paraguay sirvió para que muchos capoeiristas pasaran de delincuentes a héroes nacionales por su valentía en combate. Mientras duró la prohibición, hasta 1920, la capoeira sobrevivió en su aspecto de danza folclórica. En 1937 se abrió la primera escuela de Brasil y pocos años después se la designó deporte nacional.