23.8.09

Antonio Valiente


EL ELEGIDO

Es el puestero más célebre del histórico Mercado de Pulgas porteño y el creador de objetos de arte únicos. Aquí presenta un cuadro donde concreta una relectura del fin de los tiempos.



Por Diego Oscar Ramos - Revista C - Diario Crítica

        Si había en Buenos Aires un lugar donde el surrealismo parecía haberse materializado ese era el viejo Mercado de Pulgas de Dorrego y Álvarez Thomas, una manzana de puestos de muebles, ropa y curiosidades del tiempo más propicio al mareo de los sentidos que sólo al comercio de recuerdos o mobiliarios. Y ese circo embriagador, desde su refundación en 1990, tuvo en Antonio Valiente a su maestro de ceremonias, llamativo por usar un eterno sombrero lleno de insignias, monedas y variado chaperío y por el caos ordenado de su puesto, un imán para cazadores de objetos con aura y un festín sensorial por la sensación de feria de variedades que terminaba de provocar con los carteles de frases que ponía sobre las cosas. Algunas desviaban el concepto en sí del objeto y otras parecían más venidas de la sabiduría campechana. “Son frases que me salían solas, porque venía una persona y hablaba de algo que quedaba plasmado en mi mente y hacía que la gente me apreciara más, que hablara mejor de mí, porque tienen pimienta”, cuenta hoy Tony y lanza de inmediato algunas históricas: “No sigas al loco para el lado que dispara, que ahí es el abismo”, “No muerdas la mano de quien te da de comer, que comenzará tu vida de serpiente y alguien te aplastará la cabeza”, “El pasado es el presente, el presente es el futuro, el futuro es hoy”, “El amor es ciego, pero no te hagás problema, que el matrimonio te abre los ojos” o sus clásicas “Sonrisa, idioma universal de la inteligencia” y “Ser o no ser, esa es la Cues-Tony”, el lema que hoy cubre toda una pared de su puesto del mercado provisorio. Su puesto actual es uno de los que aún mantiene cierta radiación anárquica dentro del predio que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires destinó provisoriamente, a pocos metros del anterior sobre Dorrego, por un decreto del último período de Aníbal Ibarra. “Si un político te dice la verdad no le creas, no es político”, “El político corrupto dice la verdad cuando miente”, “Si un político te miente no le creas, seguro que te está mintiendo”, lanza al hilo Tony, disgustado porque las refacciones del predio original fueron extendiendo su plazo de finalización y tiene que hablarle ya a un tercer intendente para que se cumpla la misma promesa de la restauración: “Nos dijeron que en octubre pasamos al mercado nuevo, espero que esta vuelta cumplan con sus palabras, así que Macri, ponete las pilas papuchi, que el Mercado de Pulgas es el único lugar del mundo donde estuvo de nuevo Carlos Gardel, esto no es una fantasía mía, esto es energético, así que espero que también me prometas hacer ahí un busto en su homenaje y si es posible que me den el puesto en ese mismo lugar”.

La literatura

El episodio no es histórico, o lo es en un sentido esotérico, ya que lo que pide que acrediten de su relato es el momento en que a este cordobés nacido en 1935 - fotógrafo amateur, camionero y ex empresario del transporte de cargas convertido en autoproclamado “ciruja con carnet” luego de una quiebra económica – se le habría aparecido el espíritu de Carlos Gardel. Según su relato, el 6 de noviembre de 2002, fecha que numerológicamente da el místico número 3, todo pasó en su casa de Guardia Vieja y Mario Bravo, a pocas cuadras del museo gardeliano. A mitad de la noche, el morocho del Abasto lo llamó a Tony varias veces por su nombre, dejándolo en un transe con el que llegó a su puesto. “A las 10.36, cuando me pongo mi sombrero, que tiene una chapita de Gardel arriba, pierdo el control por completo, después la gente me preguntaba por qué los había insultado, pero estaba escribiendo la literatura que Gardel me dictaba”, cuenta y revela que el texto le decía en forma de verso que a Tita Merello la esperaban en el cielo la próxima navidad, que había que prestarle atención a Cacho Castaña en sus letras, que los políticos tenían que dejar de robar y que allá arriba hitos del Tango como Julio Sosa o Discépolo estaban disgustados porque acá abajo se estaba gastando mucho dinero para encontrar un tango mejor. “La segunda noche, se me aparece de vuelta, en el mismo lugar, pero no jodiendo tanto, porque mi energía estaba atenta, me dijo Tony, repetí el escrito y hacélo conocer a todo el mundo”, relata Valiente y enumera sus acciones posteriores: llegó al mercado, llevó la literatura a un cíber, la hizo tipear, sacándole errores de ortografía que dice no saber si eran propios o de Carlitos, lo pasó a un disquette e hizo que una amiga puestera ducha en tecnología lo enviara al mundo. El escrito pasó así por bases de datos, mails de programas de radio y televisión y hasta el de Cacho Castaña, quien hasta ahora nunca dio su opinión sobre esta curiosa apreciación gardeliana de su obra. Los que sí se hicieron eco del tema fueron, según Valiente, los periodistas Alejandro Fantino y Diego Korol, que lo entrevistaron para sus programas de la época. “Toda una semana después la gente venía a verme y creía que era un curandero, que tenía visiones”, se ríe hoy el escriba, que se cuidó de tener testigos de su hecho – o de sus reacciones poco habituales - como el taxista que lo llevaba cada mañana de su casa al mercado y a unos cuántos de sus compañeros puesteros que lo vieron transeado. Si bien todos en el Mercado ya sabían de sus excentricidades, los que leyeron su escrito antes de esa navidad tuvieron una confirmación cuando se cumplió el vaticinio de la reunión de Tita Merello, el 24 de diciembre de 2002, con los muchachos tangueros que la habían invocado desde el cielo.
         “Nadie me creyó hasta que murió Tita, pero me tiene sin cuidado, Gardel estuvo conmigo, en mi materia, la prueba es que cuando salió de mí me puse a llorar como loco, como si se hubiera muerto todo el planeta, ni con mi padre o mi madre lloré tanto, pero los que creyeron con lo de Tita es como pasó con Jesús, que cuando resucitó le tuvieron que meter el dedo en la llaga para saber que era él”, se envalentona el hombre de las frases y aclara que antes de la presencia y la literatura, él podía haber sido tanguero, pero nunca tuvo fanatismo por Gardel y mucho menos por Cacho Castaña. Dice que del único que es fanático es de Jesús, una figura de la que ya hablaremos más, pero antes una historia más de aparecidos. Si en el texto de Gardel había un texto cifrado, aquello de lo que se estaba gastando para buscar el mejor tango, la respuesta llegó en esos mismos días de transe: “Un tipo que no sé si fue un fantasma o un ángel vino a comprarme un CPU 286, porque era escritor y había salido un concurso en el Subterráneo, donde la mejor canción iba a ser ganadora de un tango para Buenos Aires, ahí supe que ese era el mensaje de Carlos Gardel”. Es obvio, ya estarán adivinando, que ese supuesto escritor nunca más pasó por su puesto, y así fue. Muchas otras anécdotas fueron girando en torno a la figura gardeliana en esos días para Tony, como apariciones y desapariciones de cuadros con la estampa del cantor, pero hay un punto que da un salto conceptual a esta historia en la que cada uno pondrá su cuota de creencia o desconfianza en mensajes del más allá.

La creación

La cuestión es que desde el episodio mediúmnico, aparte de sus performances verbales habituales en su puesto, las mescolanzas que siempre vendió comenzaron a ser parte de un procedimiento artístico que nunca había hecho. Comenzó a inventar gorros temáticos, con todo tipo de objetos pegados, siguiendo impulsos nocturnos de creatividad que venían con la misma fuerza que los mensajes de Gardel. Dice que algunos los soñaba y al otro día algún ciruja amigo se le aparecía ofreciéndole comprar justo algo de lo que se le había aparecido en sueños. A los sombreros le siguieron cuadros, chalecos y ahora lámparas, bolsos y hasta paraguas intervenidos. Sus instalaciones espontáneas de siempre ahora cobraban otra dimensión, quizás más concisa, pero con la misma carga de humor filosófico metafísico surrealista y político. Así hoy puede llamar La noche K a un gorro hecho de lámparas valvulares, Eternamente Sandro a un cuadro dedicado al Gitano donde abundan rosas y bombachas o Auxilio a otro donde reflexiona sobre el tema de la droga con una imagen kitsch de muchacha melancólica rodeada de jeringas, cruces, pastillas, un cuchillo y el pedido de ayuda armado con letras de máquina de escribir.
           Valiente dice haber vendido sus creaciones a turistas de todo el mundo que pasan por el Mercado de Pulgas, menciona a celebrities como Alan Faena o Jessica Trosman, que compraron y expusieron su obra y jura que una mujer española que compró el cuadro Igual los perdono, dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, le aseguró que lo tiene en su poder la reina de España. “Qué se yo si es verdad, pero ¿por qué vino a contarme eso a mí?”, dice el ensayista de los collages, rehusante tenaz a ser llamado artista, más allá de que haya expuesto gorros en galerías de arte porteñas, locales de moda en Palermo o en la prestigiosa ArteBa 2007 durante el lanzamiento de la revista de diseño Menta. “Lo mío es ser un elegido para hacer esto, soy una energía materializada que me manejo con lo que pasa, con lo que va ocurriendo a mi alrededor, si a los demás les gusta decirme artista bienvenido sea, pero artista es alguien que se mueve a través de los tiempos y se recuerda, como Miguel Ángel o Van Gogh, alguien que hace una obra única en el planeta; lo mío es único sólo en el Mercado de las Pulgas”, reflexiona Tony, que pedirá prestar atención a la naturaleza energética de todo, desde lo que le pasó con Gardel a la forma en que va concibiendo cada creación. Será por eso que pide a sus compradores que dejen la obra como él la hizo, sin sacar elementos, porque son parte de una composición vibracional. Muchas personas, dice, llegan a sentirla: “La gente que me compra cosas, sombreros o cuadros me viene a decir en muchas ocasiones cómo le cambió la vida tenerlos”.


El tiempo

El día que se pararon todos los relojes es el último cuadro terminado de Valiente, una enorme pintura francesa de su adorado Cristo a la que intervino con otras figuras religiosas y decenas de relojes marcando una misma hora, una especie de sinfonía visual del fin de los tiempos. Si bien la imagen le apareció entera como en una ráfaga de creatividad, el proceso total le llevó de diciembre de 2008 a abril de 2009, desde que un vecino puestero le regalara la pintura, a la aparición de todos los relojes, las partes metálicas de unas camas que sirvieron de marco y las agujas de máquina industrial de tejer que hizo ser los rayos que salen de la cabeza de Jesús. Muchos de los elementos, cuenta, le llegaron de mano de sus amigos cirujas, a quienes respeta porque le vendieron desde el principio de sus tiempos de feriante y ahora admira en su sincronía para con su obra religiosa. “Este cuadro me toca mucho, amo a Jesús por sobre todas las cosas, tenía un mensaje de hacerlo así, es medio apocalíptico, aunque la hora es cualquiera, imagináte, estaba marcada en una lata de chocolate con forma de reloj de pared y le puse esa hora a todos los relojes”, detalla el creador y explica que no cree en las teorías ultra apocalípticas: “El planeta no se va a terminar, imposible pensar en eso, no se terminó en la época de los dinosaurios, menos ahora, lo que se terminan son etapas, plasmaciones, aunque esta epidemia elimine a todo el planeta, quedarán unos cuantos, volverá otra generación y con el tiempo los que van a gobernar serán los que saben, los que tienen poder de sabiduría”.
Despejada ya la duda por su filosofía en esta época propensa a relecturas mayas del Apocalipsis, se enfoca en su obra y cuenta que, como algunos relojes que puso son automáticos su obra puede contar con especimenes rebeldes al concepto total. Y cuenta con algunos ciertamente especiales, como uno de muñeca nacido en la era presidencial menemista, que le llegó al terminar la obra. “Sentí que ese tenía que estar porque también a él le va a tocar la hora y se le van a parar los relojes, pero no tiene nada que ver con la política”, explica Tony. Y de inmediato comenta que, si bien ya rechazó algunos compradores, ahora se le apareció como una nueva implosión interna el nombre de quien merece tenerlo: “Tendría que ser para Francisco de Narváez, no porque sea millonario, si me ofrecieron 12 mil dólares y no lo quise vender, pero se me puso en la cabeza que es para él”. Valiente se ríe, agarra un busto del ex presidente riojano y con la voz de Peña, el imitador televisivo del político, dice: “El tiene un plan, pero yo tengo palabra, porque este Menem yo se lo regalé hace cinco o seis años atrás, cuando venía a mi puesto, llegaba con varias secretarias y otros muchachos que lo acompañaban, me enteré después por televisión de quién era, para mí era Francisco, el que compró una rockola, entre muchas cosas que le vendí”. Humorada o editorial político surrealista, Tony afirma que cuando lo vio por primera vez a De Narváez en la pantalla, se le vino como en un título en letras moldes que él sería gobernador de Buenos Aires. “No soy adivino, alguien me lo apuntó, de repente lo veo y creo que ahora se está empezando a cumplir lo que pensé”, comenta Valiente y pide a todos los políticos que lean esta revista que no se olviden de cumplir con la promesa de devolverle en el plazo prometido su lugar original en el restaurado viejo mercado. El pedido es sentido, es que para Antonio Valiente este lugar es el sitio donde su historia tuvo un nuevo génesis. Ahí se convirtió en Tony, ese al que algunos le dicen el loco de las chapitas, otros que es un artista, mientras él insiste en que es un elegido circunstancial, que siente al Mercado como “el viagra diario” que lo pone en erección anímica y que tiene la esperanza de que sus cosas se conozcan en todo el mundo. “Que no llegue a ser como una obra de Dalí o algo fabulosamente grande, simplemente que se conozca y se valorice como lo que es”, reza Valiente. Y hace sonar las chapas de su gorro.







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