28.8.09

Cruz del Sur

Guía de los mundos

Esta constelación de cuatro estrellas pertenecientes a la Vía Láctea tiene una historia de enorme importancia para muchas culturas originarias de América. Y otro tanto para los primeros marinos europeos que llegaron al continente.



Diego Oscar Ramos - Revista Espacio - 2009

Imágenes: cortesía Cielo Sur - Astro y Ciencia

Quienes vivimos en el hemisferio sur, es común que desde niños aprendamos a identificarla en el cielo, como si un mensaje vital se siguiera transmitiendo de familia a familia, herencia de momentos donde pudo ser esencial conocerla para orientarse en las navegaciones. O porque en su brillo podían verse reflejos de formas animales que se consideraban sagrados para la supervivencia. Herederos como somos de la mezcla de los que estaban antes con los que aquí fueron llegando, la Cruz del Sur tiene una rica historia simbólica. Y ese valor que algunas culturas precolombinas le daban como portadora de unión entre cielo y tierra, también puede ser un lazo cultural entre nuestros mundos.

“Quien primero denominó Cruz del Sur a ésta constelación, fue el marino Hernando de Magallanes, llamándola Cruz do Sul en su viaje en el año 1505, acompañando a Lourenco de Almeida”, escribe en un trabajo muy interesante la investigadora argentina Silvia Smith, fundadora de Cielo Sur, un portal astronómico con una década de existencia. “Investigo esta apasionante disciplina, porque es la madre de todas las ciencias”, nos comenta Smith, que incluye en su compilación de referentes históricos que ya daban cuenta de esta constelación a Dante Alighieri. En la Divina Comedia menciona cuatro estrellas que habían sido las primeras vistas por ojos humanos. Si bien en la época del poeta no se sabía de la existencia de las tierras americanas desde donde pudiese verse la Cruz del Sur, no deja de ser sugestiva la mención, habida cuenta de las futuras simbologías que habría entre el nuevo mundo y el mismísimo paraíso mencionado por la Biblia. Fue justamente el aventurero Américo Vespuccio (1454-1512), remarca la investigadora, quien le escribe sobre esta constelación a Lorenzo de Pier Francisco de Médicis, lo que lo volvería el primer europeo en observarla, otro privilegio que le diera la historia al mismo hombre que acabara dándole nombre al continente.
Claro que cabe que él fuera sólo el primero en haber hecho el registro, ya que cabe la posibilidad de que Marco Polo (1254-1324), el viajero por antonomasia, las haya observado antes, cuando llegó a las islas de Java y de Madagascar. “Aunque él no la nombra directamente, sí existe una descripción del filósofo y médico Pietro de Albano, a quien Polo describió las estrellas que se encontraban al Sur del Ecuador”, indica Smith. Agrega que la mención a la constelación hablaba de su magnitud modesta, pero podría haber sido revalorizada, ya que en El Libro de las Maravillas, el explorador menciona que la estrella Tramontana – como se la llamaba a la estrella Polar - no se veía desde esas latitudes, lo que vuelve probable la necesidad de hallar una nueva guía para los que navegaran estos mares. “Y la formación más llamativa era, indudablemente, la Cruz del Sur”, refiere la investigadora y regresa al universo dantesco, al pensar que estas descripciones de Marco Polo pudiesen haber llegado a Dante, en cuya mente imperaba el imaginario del paraíso terrenal.



Yendo mucho más atrás en el tiempo, durante el siglo II, el astrónomo egipcio Ptolomeo hizo un catálogo informativo sobre 1022 estrellas, el llamado Almagesto, incluyendo sólo estrellas visibles desde la latitud de Alejandría (31,13,12N), desde donde Acrux (Alpha Crucis) podía verse a 5 grados sobre el horizonte sur. “En la actualidad, desde dicha latitud sólo se observa Gamma Crucis a 1,5 grados sobre el horizonte”, agrega Smith. Y comenta que en 1624, es el astrónomo alemán Jakob Bartsch quien distingue las estrellas componentes de la Cruz del Sur que Ptolomeo había incluido en Centaurus. El detalle significativo es que la visibilidad se fue perdiendo por efecto del movimiento de precesión de la Tierra. Los que la verían, quizás hasta antes de Vespuccio, serían otros navegantes europeos, como el piloto y astrólogo portugués Joao de Lisboa desde la costa este de Brasil cerca del año 1500, junto al también navegante Pero Anes. Juntos escribieron un Manual de Navegación en el que ya recomendaban a todo el que se aventurara en estas aguas el uso de esta constelación para encontrar la Estrella Polar Sur Sigma Octantis. Recién en 1679 se convertiría esta constelación en la número 63, cuando se la independiza de Centaurus, donde figuraba en registros históricos como parte de la pata trasera izquierda del animal mitológico.

Uniendo lazos

En el valioso sitio Astro y Ciencia el investigador español Juan Miguel comenta que el erudito victoriano R. H. Allen en su obra Los nombres de las estrellas da una vuelta de tuerca a estos saberes. Ya que indica que hubo una tradición antigua que aislaba a la Cruz del Sur de las constelaciones que la rodeaban, además de revalidar la idea de que Dante estaba hablando de esta constelación. Comenta que “en el siglo XI DC el astrólogo árabe Al-Biruni descubrió que desde 30º latitud norte en la India se podía ver una configuración estelar del sur, conocida como Sula: La viga de la Crucifixión”. Luego agrega que aquí habría una clave para interpretar la referencia del texto del italiano, de principios del siglo XIV, cuando la entrada al purgatorio se da por el hemisferio sur. Allí donde el poeta ve esas cuatro estrellas, “las mismas que vieron los primeros hombres y que desde entonces ningún vivo a vuelto a ver”. La aclaración da pistas precisas de lo que podría ser críptico o apenas poético: estas estrellas no pueden hoy verse en el hemisferio norte, los primeros hombres son los primeros cristianos, por ser visible la Cruz del Sur desde Jerusalén en tiempos de Cristo. “Como Dante conocía los efectos de la precesión, se refiere a una era sin Dios tras la muerte de Cristo, cuando la Cruz empezó a desaparecer del cielo”, completa Juan Miguel, con ecos místicos que verán su reflejo en la parte netamente americana de esta historia.

“La Cruz del Sur como tal la conocemos desde hace pocos siglos, anteriormente se la observaba como parte de otros objetos, como animales o plantas, que tuviesen que ver con el entorno de los diferentes pueblos que observaron las estrellas más brillantes que la componen”, nos comenta Smith, que agrega que esta constelación solía observarse como un todo junto a las dos estrellas más brillantes de Centaurus, Alpha y Beta. Los mitos aborígenes sobre estas formaciones estelares son diversos y lo que sabemos ha llegado vía oral, cuenta Smith, a través de un resguardo de tradiciones que sobrevivieron la represión por ser consideradas paganas para la evangelización europea. La misma oralidad actuó en la vida de la investigadora, por tener entre sus fuentes a los relatos que su padre le hacía y al legado que le dejó con su experiencia trabajando en la Patagonia haciendo mediciones geográficas para el Instituto Geográfico Militar Argentino. Allí le hizo dar cuenta de la cantidad de registros rupestres de manos y patas de animales, soles y flechas. Más tarde Smith tendría estos registros como un punto valioso para conectar la fuerza que tiene en el imaginario de culturas aborígenes sureñas la figura de animales sagrados, como el sirí o ñandú, ligados a los cielos.


Entre otras historias que compiló de viajes y búsquedas, apunta un antiguo relato, donde un río blanco y zigzagueante persigue al sirí, que corre y zigzaguea para huir del río, pero debe cuidarse de no meter la pata en un pozo negro, mientras lo miran un anciano y una anciana. La interpretación daría con que el río zigzagueante sería la Vía Láctea, la pata es la Cruz del Sur y el pozo el llamado Saco de Carbón. Los ancianos son la Gran Nube de Magallanes y la Pequeña Nube de Magallanes. Esta leyenda tendría un origen en los indios Chiriguanos y Chahuancas, que ven al surí representando a su cabeza con las cuatro estrellas de la Cruz del Sur, el cuello por unas cuantas estrellas de Centaurus, siendo el collar blanco del cuello del animal representado por Alpha y Beta. Esta visión habría sido también adoptada por los Chanes, una etnia vecina. Aunque, como asegura Smith, la figura del ñandú en relación al cielo se repetirá en otras culturas originarias, aunque pudiendo aparecer ciertos cambios, como representar una pisada del animal o su pata atrapada por las boleadoras, el instrumento autóctono para cazar. En este caso se revelaría la relación directa entre ciertas visiones del cielo y las imágenes propias de las cacerías.

Hermanos de arriba

La misma Vía Láctea ya tenía una fuerte presencia en estas visiones. El doctor Roberto Lehmann Nitsche, en un estudio citado por Smith donde abarca la totalidad del territorio argentino para estudiar la visión astronómica indígena del país, asegura que la Vía Láctea “era para los indios de Buenos Aires y de la Patagonia septentrional que vivían en el siglo XVIII el campo donde sus antecesores cazaban avestruces”. Las estrellas podían dar lugar a todos los actores del gran evento, de los cazadores a las plumas dejadas en dos montones por las aves cazadas. Para la etnia Mocoví, de la región chaqueña, un relato indica que unos perros siguieron un avestruz, que logró trepar al cielo, donde también la siguieron. El ave quedó en el Saco de Carbón. Otra versión dice que en el cielo hay una pareja de avestruces, el macho adelante, que se juntan y ponen un nido, en la etapa de buen clima. Del nido salen muchos pichones, que son criados y bajan a la tierra con la primavera, para comer flores y para que la gente tenga con qué alimentarse. Los Mocovíes llaman Amanic al crucero, nombre que remite a este animal. Otro mito habla de un indio corriendo a un avestruz, que trepa al cielo y allí se queda, formando su estampa con estrellas. Es allí que el crucero, junto al Saco de Carbón, forman su cuerpo. Y Alpha sería el cazador, mientras que en un relato complementario, Beta sería el perro compañero del hombre.

Para el informe de Smith, los indios guaraníes también veían un enorme avestruz en el firmamento, que no se los devora porque un ser supremo también le puso a mano una gran bolsa de alimentos, el ya mencionado Saco de Carbón. La leyenda dice que antes los depósitos de alimentos eran tres, por lo que cuando el animal devore los dos restantes, irá por el mundo entero y será el fin de los tiempos. Estas creencias completarían entonces visiones que irían de una punta a otra de la Argentina y países limítrofes como Paraguay y Brasil, contando con historias vinculadas al ñandú y la Vía Láctea vista como un gran río para Araucanos, Wichis, Quichuas, Aimaraes y Onas. Es en Brasil donde Smith recoge aportes del investigador Carlos H. A. Andrade, quien asegura que la Cruz del Sur ha tenido mucha importancia para la cultura Inca, hallando muchas construcciones a ella relacionadas a esa constelación, porque sus estrellas indicaban hacia donde quedaba el Polo Sur, lo que les ayudaba a definir las estaciones del año, las mejores fechas para plantar o cosechar. Y era clave para ubicar solsticios y equinoccios. En la localidad peruana de Ollantaytambo se encontraron muchos grabados sobre piedras relacionados a esta constelación, como en Nazca, donde sólo pueden ser vistos desde el cielo. Luego Smith aporta datos sobre las costumbres mexicanas del 3 de mayo, el Día de la Cruz, por ser cuando más visibilidad tiene esta constelación, dándose todo tipo de costumbres religiosas relacionada con un sentir católico con huellas de creencias aborígenes. Ese día, por otra parte, el pueblo boliviano tiene celebraciones, aunque referidas específicamente a la entidad estelar, a la que sus antepasados cultuaban bajo el nombre de Achakana.

Astronomía andina

Para el astrónomo Manuel de la Torre, investigador de la cosmovisión andina para la Dirección Nacional de Arqueología de Bolivia, la Cruz del Sur es la constelación principal para el mundo andino. Porque “era la guía para los caminantes del altiplano, marca la dirección Sur y se la puede observar más de 9 meses al año”, además de que “por su posición permite determinar diferentes épocas agrícolas, como la época de cosecha, que es el 3 de mayo, donde se realizan importantes ceremonias”. Seguro de los conocimientos que en estas tierras había sobre los cielos, el astrónomo es un gran difusor de la cosmogonía andina y asegura que “los pueblos andinos construyeron en todo su territorio una serie de observatorios astronómicos, desde donde realizaban observaciones del Sol, la Luna, los planetas y las constelaciones”, teniendo estas observaciones un destino de signos precisos para los dos calendarios esenciales, el agrícola y el ceremonial.

“El conocimiento de la astronomía eraimprescindible, llevó a la construcción de verdaderas ciudades astronómicas para la observación de los movimientos celestes, a cargo de sacerdotes o amautas que hacían las observaciones”, indica Silvia Smith. Aunque el astrónomo argentino Sixto Giménez Benítez, director del Museo del Observatorio Astronómico de La Plata es más cauto. “Hay un problema con llamar observatorios a los sitios que pudieron tener alguna función astronómica, ya que esa palabra nos remite, en nuestra cultura, a un concepto bastante concreto relacionado con el seguimiento preciso de los objetos celestes”, aclara y reconoce que, por lo general, sí estaban ligados a la observación de fenómenos solares que podían utilizarse para definir un calendario. Estas actividades dieron lugar a símbolos como llamada Cruz Chacana o Cruz Andina. Así habla de ella Silvia Smith: “Tenía y tiene una gran importancia en la cultura andina, considerada como un especie de puente entre lo material y espiritual, algo mucho más complejo que la simple visualización de un asterismo o constelación”. Dice que se la encuentra en infinidad de representaciones, también como símbolo propiciatorio de lluvias, como cruz escalonada, como la Doble Cruz de Pumapunku en Bolivia o la Cruz Triple de la Isla del Muerto, en Nicaragua. En todas las culturas se encuentran simbologías con pertenencia a la cruz, de América o África, a China, India y Australia. En muchos de estos puntos, culturas ancestrales vieron en la vía láctea un río para navegar, muchas veces como conexión entre la vida y la muerte. Y han visto al crucero como una pata de águila.
Hasta los egipcios antiguos pudieron haberla cultuado, según estudios de Alberto Martos Rubio, en la cruz ansada con que justamente representaban la vida y de lo viviente. Y también en la India, cuando hablaban de una constelación que existía en otros tiempos, llamada Sula, que quiere decir “la viga de la crucifixión”. Estas coincidencias apasionan a Smith, que aunque hace muchos años que se dedica a la investigación, aún sigue sorprendiéndose con la gran cantidad de simbología ligada a representaciones celestes como la Cruz del Sur que enlaza poblaciones que nunca podrían haberse encontrado. Así estas estrellas, además de guiar movimientos, navegaciones o cosechas, estarían ayudando a crear puentes humanos. Allí donde los ojos dibujan en el cielo lazos de unión entre vidas, distantes en tiempo y espacio, pero unidas en un abrazo perpetuo entre lo que brilla, allí arriba y aquí abajo.

Datos básicos

La Cruz del Sur es la más pequeña de las 88 constelaciones definidas en la modernidad occidental. En contraste con la menos famosa Cruz del Norte, esta constelación ha sido históricamente muy útil para la orientación, ya que al extender el eje principal de la cruz tres veces y media se llega hasta el polo sur en el cielo, con una leve diferencia de grados. Está rodeada por la constelación Centaurus por tres de sus lados y el cuarto por la constelación Musca. Por mucho tiempo se la concibió como parte de Centaurus, hasta que la expedición de Vespuccio en el 1500 la independizó, al ser trazado el mapa de la Cruz del Sur, junto al de las estrellas de Centaurus, Alpha y Beta. La constelación es visible en latitudes entre +20° y −90°, su mejor visibilidad se da a las 9 p.m. durante el mes de Mayo. Tiene cuatro estrellas, siendo Acrux la más brillante.

Cruzada solidaria


La Cruz del Sur ha servido también para que un médico argentino encuentre un símbolo con fuerte tradición para ponerle nombre e imagen a una tarea solidaria. El pediatra Rubén Sosa ha tomado a la cruz Chacana incaica para representar su gesta Proyecto Cruz del Sur de la Educación, por la cual ha estado realizando populares eventos donde se remontan cientos de barriletes en puntos equidistantes de la Argentina que han formado la imagen misma estelar. Desde la tierra el médico ha hecho el dibujo de la cruz del sur para transmitir valores solidarios y esencialmente juntar libros para bibliotecas de escuelas de todo el país. Ya ha juntado miles de libros y la gesta sigue. Amante de la cosmovisión indígena, el médico admira el estudio que las cosmovisiones indígenas hicieron con esta constelación, aunque da su propio sentido a la imagen: “Son los cuatro puntos cardinales, los cuatro vientos, los extremos de un país, más allá de lo religioso, tomo la cruz como caminos que se cruzan, como puntos que divergen y que si los unís, hasta se puede formar un rombo, que es la estructura de un barrilete”. Para conocer más de la obra: http://www.historiasenelaire.com.ar/. Y este mail: rubensosa@gmail.com para ponerse en contacto o realizar donaciones de libros para escuelas carenciadas.