5.11.09

Difunta Correa y Gauchito Gil

Altares callejeros 

Dos santos populares, el Gauchito Gil y la Difunta Correa, tienen en barrios porteños como Chacarita y Palermo sus altares donde los fieles expresan su devoción. Dos de ellos nacieron como instalación artística y se convirtieron en sitios de religiosidad urbana.

Diego Oscar Ramos - 2008 

Chacarita. En el remodelado Parque Los Andes, en el cruce de la avenida Corrientes con la calle Concepción Arenal, las rejas omnipresentes en los espacios verdes porteños rodearon circularmente al árbol donde estaba desde hace años el altar del Gauchito Gil, dándole un marco especial al ya histórico templo. Ahora, las banderas que  estaban antes clavadas en el árbol se encuentran por decenas en todo el vallado, creando un círculo del color que homenajea la condición federal del gaucho injustamente ajusticiado por la ley según las leyendas. Las insignias tienen escritos nombres, pedidos, agradecimientos en todo tipo de tintas y hasta con lentejuelas que diseñan palabras de la más pura fe en las gracias que en santo correntino puede conceder a quien cumple las promesas hechas frente a su imagen. La estampa que salió de su Mercedes natal hasta innumerables rutas y caminos de todo el país – hay altares hasta en Ushuaia – lo muestra como un típico gaucho, con bombachas marrones, camisa blanca, pelo largo, bigotes y el color rojo en su pañuelo al cuello y en la cruz enorme que descansa a sus espaldas. Y siempre una boleadora en sus manos, símbolo gauchesco de un coraje que pareció distinguirlo en vida. Compartiendo su altar con varias imágenes de la Virgen de Itatí, en Chacarita pueden verse allí desde cartas, cintas, fotos, monedas, adornos navideños, botellas y copas servidas de vino tinto y muchos mensajes que lo llaman amigo y hasta expresiones celebratorias como el coloquial “Aguante gaucho”.
   A pocos metros, llegando a la altura del parque donde Corrientes deja nacer a la calle Leiva, el color celeste y blanco tradicional de los altares a la Difunta Correa se repite respetuosamente en el emplazado sin data precisa pero tanto tiempo de existencia como el de su santo vecino. Estas figuras amadas por devotos migrantes que han traído sus creencias hasta sus nuevas moradas tienen aquí, en las cercanías del ferrocarril y en una de las principales avenidas porteñas, un punto de adoración para agradecer, pedir y seguir el camino diario bajo sus bendiciones. Rodeada de flores naturales y de plástico, además de decenas de botellas de agua, el bien preciso que no tuvo en su árida gesta para recuperar a su marido preso del separatismo unitario y federal. Hoy las hormigas hacen aquí su propio periplo calmo, entre las figuras de la santa madre que salva a su hijo después de la muerte, las velas que dejan en su cuerpo de cerámica la cera del fervor inagotable. Pero aquí no está sola, muchas estampas de santos como San Jorge o san Expedito cuidan de las rosas que la gente le deja cuando pasa a verla y pedirle sus gracias.
  
Palermo *

 “Gaucho Gil, quiero hablar de los altares, que encuentro por los caminos, donde se recuerda el nombre de ese santo argentino”, escribió en un rezo épico un poeta denominado El Mingo en un cuadro enmarcado en rojo en el siempre cambiante altar de Palermo Soho, junto a las vías del tren, casi en la esquina del Pasaje Atacalco y Honduras. Allí surgió en esta década como instalación estética del artista plástico Sergio Gravier, como una de varias intervenciones urbanas con signos de la cultura popular religiosa que le atraían por su contenido kitsh y su convivencia vital entre lo profano y lo sagrado. Claro que con el tiempo, se fueron sumando banderas, cintas, estampas de otros santos, encendedores, monedas, gomas pintadas de colorado, figuras de yeso y la visita de devotos que diariamente prenden velas o cigarrillos en nombre del santo gaucho, reproducido en muchas imágenes, en esculturas y las clásicas banderas rojas. Acompañan al santo figuras como el curador Pancho Sierra y hasta un Papa Noel que comparte con el correntino un culto al poderoso color del Dios Marte, otro símbolo de un carácter enérgico que suele invocársele al gauchito. 

    A pocas cuadras, en la esquina de Thames y el Pasaje Santa Rosa, en un despliegue siempre más sutil visualmente, el cantero de un árbol deja lugar al altar de la santa en los colores claros del cielo patrio. Sin banderas, pero rodeada de botellas y flores siempre renovadas, la Difunta Correa tiene su escultura cubierta de cera de las velas que las personas encienden en su nombre. Los objetos van mutando y entre cartas, mensajes, estampas de otros santos y fotos, puede encontrarse hasta un chupete, objeto propicio para homenajear al fruto de su milagro, el hijo que supo amamantar de su pecho en el extremo calor cuyano. Ambos lugares, en su origen, fueron parte de la instalación “Perlas a los santos”. Hoy son un lugar más donde los creyentes pueden sintonizarse con sus creencias.




HISTORIAS



      Con la precisión ambigua de toda leyenda popular, el Gauchito Gil es parte del "santoral profano", que lo recuerda cada 8 de enero, el día de un año que va de 1830 a 1870 donde fue ajusticiado y dio su primer milagro. Nació en Mercedes, Corrientes, como Antonio Mamerto Gil Núñez y en su juventud la provincia vivía un enfrentamiento entre fracciones coloradas y celestes, siendo su color hoy característico el que mostraba su preferencia. Se lo indica como héroe de la guerra contra Paraguay y como desertor al ser llamado a combatir a los celestes. Castigado con la muerte, su verdugo no escuchó su vaticinio de que estaría por llegar su perdón oficial, pero sí el segundo, que también recibiría la noticia de la enfermedad terminal de su hijo, que sólo se salvaría si invocaba su nombre para interceder ante Dios. Todo aconteció de esa manera y luego de su muerte, el coronel que lo mató terminó construyendo en ese mismo lugar y con sus manos un altar de cañas, que con el tiempo se convirtió en sitio de peregrinación milagrosa.




     En 1835 el esposo de la sanjuanina María Antonia Deolinda Correa había sido reclutado a la fuerza  para servir militarmente en La Rioja a las montoneras de Facundo Quiroga. Desesperada porque su esposo estaba enfermo y también escapando del acoso de hombres poderosos de su pueblo, tomó a su hijo y siguió el camino de su esposo. Cuenta la leyenda que luego de días de andar, con sus provisiones de comida y agua agotadas, pasó los límites de sus fuerzas y murió en la cima de un cerro. Unos arrieros que pasaron por el lugar, alertados por el vuelo de aves de carroña, se encontraron con la mujer, que aún sin vida había salvado la de su bebé, que seguía alimentándose de su seno. Recogieron al niño, le dieron sepultura a la mujer y la historia del milagro trajo peregrinaciones, la elevación de un oratorio y varios milagros que fueron sucediéndose allí mismo. Hoy se le rinde un popularísimo tributo, especialmente de los viajeros. 

    * A la hora de publicar este texto inédito, concebido inicialmente para un suplemento de un diario, aún existía el altar del Gauchito Gil en las vías de Palermo generado inicialmente como una instalación artística, pero hace algunos meses fue removido por políticas de gestión urbana que no tomaron como eje el rito popular generado por esta instalación. De todos modos, pronto se instaló en un lugar cercano, también al lado de las vías, un nuevo altar, del que dejamos testimonio aquí en algunas de estas fotografías. 

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