Dos santos populares, el Gauchito Gil y la Difunta Correa, tienen en barrios porteños como Chacarita y Palermo sus altares donde los fieles expresan su devoción. Dos de ellos nacieron como instalación artística y se convirtieron en
sitios de religiosidad urbana.
Diego Oscar Ramos - 2008
Chacarita. En el
remodelado Parque Los Andes, en el cruce de la avenida Corrientes con la calle
Concepción Arenal, las rejas omnipresentes en los espacios verdes porteños
rodearon circularmente al árbol donde estaba desde hace años el altar del
Gauchito Gil, dándole un marco especial al ya histórico templo. Ahora, las
banderas que estaban antes clavadas en el árbol se encuentran por decenas en
todo el vallado, creando un círculo del color que homenajea la condición
federal del gaucho injustamente ajusticiado por la ley según las leyendas. Las
insignias tienen escritos nombres, pedidos, agradecimientos en todo tipo de
tintas y hasta con lentejuelas que diseñan palabras de la más pura fe en las
gracias que en santo correntino puede conceder a quien cumple las promesas
hechas frente a su imagen. La estampa que salió de su Mercedes natal hasta
innumerables rutas y caminos de todo el país – hay altares hasta en Ushuaia –
lo muestra como un típico gaucho, con bombachas marrones, camisa blanca, pelo
largo, bigotes y el color rojo en su pañuelo al cuello y en la cruz enorme que
descansa a sus espaldas. Y siempre una boleadora en sus manos, símbolo
gauchesco de un coraje que pareció distinguirlo en vida. Compartiendo su altar
con varias imágenes de la
Virgen de Itatí, en Chacarita pueden verse allí desde cartas,
cintas, fotos, monedas, adornos navideños, botellas y copas servidas de vino
tinto y muchos mensajes que lo llaman amigo y hasta expresiones celebratorias como
el coloquial “Aguante gaucho”.

A
pocos metros, llegando a la altura del parque donde Corrientes deja nacer a la
calle Leiva, el color celeste y blanco tradicional de los altares a la Difunta Correa se repite
respetuosamente en el emplazado sin data precisa pero tanto tiempo de
existencia como el de su santo vecino. Estas figuras amadas por devotos
migrantes que han traído sus creencias hasta sus nuevas moradas tienen aquí, en
las cercanías del ferrocarril y en una de las principales avenidas porteñas, un
punto de adoración para agradecer, pedir y seguir el camino diario bajo sus
bendiciones. Rodeada de flores naturales y de plástico, además de decenas de
botellas de agua, el bien preciso que no tuvo en su árida gesta para recuperar
a su marido preso del separatismo unitario y federal. Hoy las hormigas hacen
aquí su propio periplo calmo, entre las figuras de la santa madre que salva a
su hijo después de la muerte, las velas que dejan en su cuerpo de cerámica la
cera del fervor inagotable. Pero aquí no está sola, muchas estampas de santos
como San Jorge o san Expedito cuidan de las rosas que la gente le deja cuando
pasa a verla y pedirle sus gracias.
Palermo *

“Gaucho
Gil, quiero hablar de los altares, que encuentro por los caminos, donde se
recuerda el nombre de ese santo argentino”, escribió en un rezo épico un poeta
denominado El Mingo en un cuadro enmarcado en rojo en el siempre cambiante
altar de Palermo Soho, junto a las vías del tren, casi en la esquina del Pasaje
Atacalco y Honduras. Allí surgió en esta década como instalación estética del
artista plástico Sergio Gravier,
como una de varias intervenciones urbanas con signos de la cultura popular
religiosa que le atraían por su contenido kitsh y su convivencia vital entre lo
profano y lo sagrado. Claro que con el tiempo, se fueron sumando banderas,
cintas, estampas de otros santos, encendedores, monedas, gomas pintadas de
colorado, figuras de yeso y la visita de devotos que diariamente prenden velas
o cigarrillos en nombre del santo gaucho, reproducido en muchas imágenes, en
esculturas y las clásicas banderas rojas. Acompañan al santo figuras como el
curador Pancho Sierra y hasta un Papa Noel que comparte con el correntino un culto
al poderoso color del Dios Marte, otro símbolo de un carácter enérgico que
suele invocársele al gauchito.
A
pocas cuadras, en la esquina de Thames y el Pasaje Santa Rosa, en un despliegue
siempre más sutil visualmente, el cantero de un árbol deja lugar al altar de la
santa en los colores claros del cielo patrio. Sin banderas, pero rodeada de
botellas y flores siempre renovadas, la Difunta Correa
tiene su escultura cubierta de cera de las velas que las personas encienden en
su nombre. Los objetos van mutando y entre cartas, mensajes, estampas de otros
santos y fotos, puede encontrarse hasta un chupete, objeto propicio para
homenajear al fruto de su milagro, el hijo que supo amamantar de su pecho en el
extremo calor cuyano. Ambos lugares, en su origen, fueron parte de la
instalación “Perlas a los santos”. Hoy son un lugar más donde los creyentes
pueden sintonizarse con sus creencias.
HISTORIAS
Con la
precisión ambigua de toda leyenda popular, el Gauchito Gil es parte del "santoral
profano", que lo recuerda cada 8 de enero, el día de un año que va de 1830 a 1870 donde fue
ajusticiado y dio su primer milagro. Nació en Mercedes, Corrientes, como
Antonio Mamerto Gil Núñez y en su juventud la provincia vivía un enfrentamiento
entre fracciones coloradas y celestes, siendo su color hoy característico el
que mostraba su preferencia. Se lo indica como héroe de la guerra contra
Paraguay y como desertor al ser llamado a combatir a los celestes. Castigado
con la muerte, su verdugo no escuchó su vaticinio de que estaría por llegar su
perdón oficial, pero sí el segundo, que también recibiría la noticia de la
enfermedad terminal de su hijo, que sólo se salvaría si invocaba su nombre para
interceder ante Dios. Todo aconteció de esa manera y luego de su muerte, el coronel
que lo mató terminó construyendo en ese mismo lugar y con sus manos un altar de
cañas, que con el tiempo se convirtió en sitio de peregrinación milagrosa.
En 1835 el esposo de la
sanjuanina María Antonia Deolinda Correa había sido reclutado a la fuerza para servir militarmente en La Rioja a las montoneras de
Facundo Quiroga. Desesperada porque su esposo estaba enfermo y también
escapando del acoso de hombres poderosos de su pueblo, tomó a su hijo y siguió el
camino de su esposo. Cuenta la leyenda que luego de días de andar, con sus
provisiones de comida y agua agotadas, pasó los límites de sus fuerzas y murió en
la cima de un cerro. Unos arrieros que pasaron por el lugar, alertados por el
vuelo de aves de carroña, se encontraron con la mujer, que aún sin vida había
salvado la de su bebé, que seguía alimentándose de su seno. Recogieron al niño,
le dieron sepultura a la mujer y la historia del milagro trajo peregrinaciones,
la elevación de un oratorio y varios milagros que fueron sucediéndose allí
mismo. Hoy se le rinde un popularísimo tributo, especialmente de los viajeros.
* A la hora de publicar este texto inédito, concebido inicialmente para un suplemento de un diario, aún existía el altar del Gauchito Gil en las vías de Palermo generado inicialmente como una instalación artística, pero hace algunos meses fue removido por políticas de gestión urbana que no tomaron como eje el rito popular generado por esta instalación. De todos modos, pronto se instaló en un lugar cercano, también al lado de las vías, un nuevo altar, del que dejamos testimonio aquí en algunas de estas fotografías.
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