Nació en Mar del Plata como Juan Villarino, pero viajeros del
planeta entero e internautas que visitan
su sitio lo conocen como el acróbata del
camino. Ha recorrido ya varios continentes sólo viajando a dedo, escribió un
libro sobre Medio Oriente y ganó premios con sus fotografías. A poco de emprender
una aventura por América, ahora en una bicicleta de dos pisos, cuenta por qué
apuesta por una vida nómada.
“Soy
nómada desde hace 3 años, en mayo de 2005 me subí a un velero en Belfast,
Irlanda del Norte, con destino a Escocia. Era el comienzo de mi soñado viaje a
dedo alrededor del mundo. Desde entonces he vagabundeado, con un presupuesto de
5 dólares diarios, a través de Europa, Medio Oriente - incluyendo Irak, Irán y
Afganistán -, China, Tibet, India,
Tailandia y, ahora, Sudamérica”, se presenta a sí mismo Juan Villarino. Lo hace
en su sitio Acróbata del camino,
nombre que alude tanto a las peripecias con las que saborea la vida como al
relato mítico del escritor norteamericano Jack Kerouac. La
diferencia es que el creador de On the
road, modelo literario de una
existencia con intensidad aventurera, no hizo ni una mínima parte de los
recorridos del marplatense para lograr su ansiada vida en movimiento.
“Hay
dos fases en la vida de un nómada, la de descentrarse, que ocupa la mayor parte
del tiempo, es el movimiento constante como evento fundamental, el viaje, el
devenir del que hablaba Heráclito. Y la otra es la de apropiación momentánea de
un sitio”, filosofa Villarino en un bar palermitano, a fuerza inspiradora de
cerveza y maníes que le dan al relato exótico un marco particularmente
cotidiano. Algo de esta mezcla sutil está en todos los relatos de su periplo de
dos años, esos que podían leerse en Internet o ahora en su libro sobre Medio
Oriente, uno de los lugares con la peor prensa, pero la mejor fuente de
sensaciones para el acróbata.
“En
Siria tomé te con los beduinos, los amos del desierto y también con los
oficiales de Inteligencia encargados de interrogarme por acercarme demasiado a
la frontera iraquí, crucé el Sahara en camiones cuyos conductores me ofrecían
sus hijas en matrimonio, entré en Iraq como un vagabundo, a pie, de noche y sin
moneda local o mapas, pero inesperadamente me hice amigo del primo del
presidente de Habitar el movimiento
“El autostop, el arte de hacer dedo,
es mi medio de transporte por excelencia. Su puntuación involuntaria permite
una conversación con el camino: siempre hay sorpresas, frente al acto
irrevocable que es conducir un automóvil o tomar un tren, el viajar a dedo nos
deja vulnerables a paradas sorpresivas, desvíos inesperados y amigos nuevos
cada vez que un automóvil se detiene para llevarnos”, reflexiona Villarino
sobre el método y sus implicancias. Pide más maníes para alimentar los
pensamientos y encuentra palabras para hablar de lo que le dieron tantos
kilómetros. “He aprendido que es posible vivir en movimiento constante, con
estabilidad emocional y económica”, dice y se aferra a la coherencia de hacer
lo que se plantea. “Toda la filosofía mamada de los libros, que alentaba al
ascetismo, a la trashumancia y a la bohemia, todas esas letras de rock nacional
que exaltaban la importancia del aquí y ahora, ¿tenía que limitarme a
tararearlas o acaso había que animarse a ser coherente?”, lanza sabiendo la
respuesta. Mejor que pensar fue andar, por
34 países, haciendo 70 mil kilómetros, viajando a dedo en 920 vehículos y usando
3 pares de botas. Y conociendo partes de
sí mismo inesperadas. “Uno nunca es el mismo, porque viajar, sobre todo,
implica poner a prueba diariamente la propia identidad, sin embargo, creo haber
logrado una armonía en que la personalidad que los viajes cristalizaron se
mantiene estable”, elabora el viajero y le pone más kilómetros a la idea: “La
ruta es ahora un estado constante, paradójicamente, el cambio se vuelve algo permanente
conforme uno habita el movimiento”.
Algunas anécdotas surgen
con privilegio en ese movimiento. “En el Kurdistán iraquí tuve la oportunidad de
hacer dedo dentro del parlamento kurdo, cuando las cámaras de televisión que
filmaban mi encuentro con el secretario del vicepresidente solicitaron una
demostración práctica de autostop y allí, dentro del recinto alfombrado, apunte
mi pulgar a camiones invisibles”, relata Villarino, que suele hablar con la
gracia de quien sabe escribir. Esa actividad tiene para él tanta metodicidad
como la que requiere conseguir quien lo vaya llevando por el mundo: “Cada día tomo
notas en una libreta, en vivo,
mientras la acción tiene lugar, a veces escribo sólo palabras claves para no
perder el ritmo de la realidad, aunque a veces va demasiado rápido, lo que me
obliga a hacer code switching. Si una
palabra es más corta en inglés la escribo en inglés, si es más corta en alemán
la escribo en alemán, así he escrito frases combinando palabras en cuatro
idiomas”. Claro que al otro día debe pasar en limpio esos códigos, lo que hace
en su computadora portátil, de 9 pulgadas , una de sus grandes herramientas
para mantener a sus lectores al día, sea donde sea que esté gastando botas y
levantando el pulgar para ganar kilómetros.
¿Qué le queda por hacer hoy?: “Queda mucho por
viajar, hay más de 200 países y territorios, yo apenas conozco 45, podría volver a recorrer
los países ya conocidos siguiendo rutas distintas y he comprometido mi pluma
a retratar la cotidianidad de un mundo
que sólo aparece en las noticias cuando estalla una bomba o una revolución, quiero
sembrar entendimiento donde otros siembran miedo, por eso sigo caminando,
África y Oceanía aún esperan”. Antes está América, el destino de estos tiempos,
el año pasado recorrió 10 mil kilómetros de Argentina, Chile, Perú,
Ecuador y Bolivia, investigando la minería a gran escala, dando conferencias en
universidades y hasta haciéndole dedo a canoas en afluentes del Amazonas. De
todos modos, la aventura prosigue y su cuerpo le pide otro cambio. “Habiendo viajado 150 mil kilómetros a dedo en los
últimos 10 años, siento la necesidad de migrar hacia otras modalidades de
transporte”, revela el acróbata, seudónimo que cobrará un nuevo sentido en el
viaje que hará desde Mar del Plata a Alaska: “Siguiendo con lo que llamo metodologías humildes de transporte,
pienso cubrir el trayecto en una bicicleta reciclada de doble altura,
artesanalmente construida, a la que bauticé Oniriciclo,
el cuadro tiene un 1 metro
80 de altura y su función es sencillamente la de robarle una sonrisa a cada
persona que cruce nuestro camino”. Habla en plural porque lo acompañarán dos
amigos, también escritores y fotógrafos. Con ellos, quiere compartir ahora su
meta existencial constante. “Viajo para retratar una humanidad más amable, la que estrecha la
mano sin solicitar credenciales y puede prescindir de las alarmas”, aclara el
escritor viajero y agrega: “Después de haber
compartido la cotidianidad de cada cultura, uno puede solidarizarse con las
luchas ajenas y compartir su alegría, como si fuéramos enredándonos con hilos
que por siempre nos conectarán con la gente que conocimos”. Por eso dice que hasta Kurdistán o Noruega pueden
llegar a ser como arrabales, que uno puede llegar a sentirse un egipcio y que,
finalmente, su objetivo mayor es poder definirse más por lo que nos une con los
demás que por lo que nos diferencia. Con la botella amigablemente vacía y sin
maníes sobre la mesa urbanísima, el acróbata mira profundo a los ojos, como si
mirara a la Humanidad
entera y da su principal mensaje a quien quiera salir a las rutas del autostop:
“Que nunca olvide que todo sucede por una razón, que el universo cuida de
nosotros, que no hay espera demasiado larga que no contenga la semilla de una
dicha y a aquellos que sienten la tentación del camino pero se excusan en nunca
encontrar la oportunidad o el tiempo, los invitaría a reflexionar y preguntarse
si acaso no se merecen la libertad que añoran”.

Su
modelo. “Es una persona contemporánea, su nombre era Kinga Freespirit, era una intrépida autostopista de Polonia que recorrió el mundo a dedo entre 1998 y 2003. Ella solía decir: Todos los sueños nos son dados con el poder para volverlos realidad. En el 2006 emprendió un viaje en solitario a dedo por África. Entre las hermosas locuras, las que uno debe cometer de vez en cuando para no volverse loco, recuerdo que le hizo dedo y viajó en un auto que corría el Paris Dakar en Mauritania, compró un camello blanco en Burkina Faso y lo montó hasta Niger a través del desierto, entró sin sello alguno en el pasaporte, en Ghana salvó a una niña de la esclavitud pagándole sus estudios y poco después cayó víctima de la malaria".








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