5.11.09

Juan Villarino


El mundo en un dedo

Nació en Mar del Plata como Juan Villarino, pero viajeros del planeta entero  e internautas que visitan su sitio lo conocen como el acróbata del camino. Ha recorrido ya varios continentes sólo viajando a dedo, escribió un libro sobre Medio Oriente y ganó premios con sus fotografías. A poco de emprender una aventura por América, ahora en una bicicleta de dos pisos, cuenta por qué apuesta por una vida nómada.

Diego Oscar Ramos - Concepto F - 2008

“Soy nómada desde hace 3 años, en mayo de 2005 me subí a un velero en Belfast, Irlanda del Norte, con destino a Escocia. Era el comienzo de mi soñado viaje a dedo alrededor del mundo. Desde entonces he vagabundeado, con un presupuesto de 5 dólares diarios, a través de Europa, Medio Oriente - incluyendo Irak, Irán y Afganistán -,  China, Tibet, India, Tailandia y, ahora, Sudamérica”, se presenta a sí mismo Juan Villarino. Lo hace en su sitio Acróbata del camino, nombre que alude tanto a las peripecias con las que saborea la vida como al relato mítico del escritor norteamericano Jack Kerouac. La diferencia es que el creador de On the road, modelo literario de una  existencia con intensidad aventurera, no hizo ni una mínima parte de los recorridos del marplatense para lograr su ansiada vida en movimiento.
“Hay dos fases en la vida de un nómada, la de descentrarse, que ocupa la mayor parte del tiempo, es el movimiento constante como evento fundamental, el viaje, el devenir del que hablaba Heráclito. Y la otra es la de apropiación momentánea de un sitio”, filosofa Villarino en un bar palermitano, a fuerza inspiradora de cerveza y maníes que le dan al relato exótico un marco particularmente cotidiano. Algo de esta mezcla sutil está en todos los relatos de su periplo de dos años, esos que podían leerse en Internet o ahora en su libro sobre Medio Oriente, uno de los lugares con la peor prensa, pero la mejor fuente de sensaciones para el acróbata.

“En Siria tomé te con los beduinos, los amos del desierto y también con los oficiales de Inteligencia encargados de interrogarme por acercarme demasiado a la frontera iraquí, crucé el Sahara en camiones cuyos conductores me ofrecían sus hijas en matrimonio, entré en Iraq como un vagabundo, a pie, de noche y sin moneda local o mapas, pero inesperadamente me hice amigo del primo del presidente de la Provincia Kurda y fui recibido en el parlamento por el vicepresidente”, enumera sin pausa, sacando de la mochila una historia tras otra. “Tomar un te sobre un campo minado fue la experiencia con que me dio la bienvenida Afganistán, país que crucé por la desolada ruta central, donde conocería nómadas Pashtunes y Hazaras, además de los predominantes Tajiks, portando conmigo dos cartas para ser entregadas a un trabajador voluntario norteamericano que vivía fuera del rango postal, siempre había querido ser cartero”, recuerda con humor el acróbata. Una de las fotos que sacaría en Afganistán del bushkashi, un juego a caballo con cierto parentesco con el pato criollo, le valió aquí un premio, lo que consolidó una búsqueda estética que lo llevó a realizar recientemente una muestra en Buenos Aires. Esas mismas fotos son las que están en su libro - Vagabundeando en el Eje del Mal. Redescubriendo Irak, Irán y Afganistán a dedo – que se puede comprar en su página, en librerías indicadas también en el site o en la edición próxima de la Feria del Libro.


Habitar el movimiento

“El autostop, el arte de hacer dedo, es mi medio de transporte por excelencia. Su puntuación involuntaria permite una conversación con el camino: siempre hay sorpresas, frente al acto irrevocable que es conducir un automóvil o tomar un tren, el viajar a dedo nos deja vulnerables a paradas sorpresivas, desvíos inesperados y amigos nuevos cada vez que un automóvil se detiene para llevarnos”, reflexiona Villarino sobre el método y sus implicancias. Pide más maníes para alimentar los pensamientos y encuentra palabras para hablar de lo que le dieron tantos kilómetros. “He aprendido que es posible vivir en movimiento constante, con estabilidad emocional y económica”, dice y se aferra a la coherencia de hacer lo que se plantea. “Toda la filosofía mamada de los libros, que alentaba al ascetismo, a la trashumancia y a la bohemia, todas esas letras de rock nacional que exaltaban la importancia del aquí y ahora, ¿tenía que limitarme a tararearlas o acaso había que animarse a ser coherente?”, lanza sabiendo la respuesta.  Mejor que pensar fue andar, por 34 países, haciendo 70 mil kilómetros, viajando a dedo en 920 vehículos y usando 3 pares de botas.  Y conociendo partes de sí mismo inesperadas. “Uno nunca es el mismo, porque viajar, sobre todo, implica poner a prueba diariamente la propia identidad, sin embargo, creo haber logrado una armonía en que la personalidad que los viajes cristalizaron se mantiene estable”, elabora el viajero y le pone más kilómetros a la idea: “La ruta es ahora un estado constante, paradójicamente, el cambio se vuelve algo permanente conforme uno habita el movimiento”. 
Algunas anécdotas surgen con privilegio en ese movimiento. “En el Kurdistán iraquí tuve la oportunidad de hacer dedo dentro del parlamento kurdo, cuando las cámaras de televisión que filmaban mi encuentro con el secretario del vicepresidente solicitaron una demostración práctica de autostop y allí, dentro del recinto alfombrado, apunte mi pulgar a camiones invisibles”, relata Villarino, que suele hablar con la gracia de quien sabe escribir. Esa actividad tiene para él tanta metodicidad como la que requiere conseguir quien lo vaya llevando por el mundo: “Cada día tomo notas en una libreta, en vivo, mientras la acción tiene lugar, a veces escribo sólo palabras claves para no perder el ritmo de la realidad, aunque a veces va demasiado rápido, lo que me obliga a hacer code switching. Si una palabra es más corta en inglés la escribo en inglés, si es más corta en alemán la escribo en alemán, así he escrito frases combinando palabras en cuatro idiomas”. Claro que al otro día debe pasar en limpio esos códigos, lo que hace en su computadora portátil, de 9 pulgadas, una de sus grandes herramientas para mantener a sus lectores al día, sea donde sea que esté gastando botas y levantando el pulgar para ganar kilómetros.
      ¿Qué le queda por hacer hoy?: “Queda mucho por viajar, hay más de 200 países y territorios,  yo apenas conozco 45, podría volver a recorrer los países ya conocidos siguiendo rutas distintas y he comprometido mi pluma a  retratar la cotidianidad de un mundo que sólo aparece en las noticias cuando estalla una bomba o una revolución, quiero sembrar entendimiento donde otros siembran miedo, por eso sigo caminando, África y Oceanía aún esperan”. Antes está América, el destino de estos tiempos, el año pasado recorrió 10 mil kilómetros de Argentina, Chile, Perú, Ecuador y Bolivia, investigando la minería a gran escala, dando conferencias en universidades y hasta haciéndole dedo a canoas en afluentes del Amazonas. De todos modos, la aventura prosigue y su cuerpo le pide otro cambio. “Habiendo viajado 150 mil kilómetros a dedo en los últimos 10 años, siento la necesidad de migrar hacia otras modalidades de transporte”, revela el acróbata, seudónimo que cobrará un nuevo sentido en el viaje que hará desde Mar del Plata a Alaska: “Siguiendo con lo que llamo metodologías humildes de transporte, pienso cubrir el trayecto en una bicicleta reciclada de doble altura, artesanalmente construida, a la que bauticé Oniriciclo, el cuadro tiene un 1 metro 80 de altura y su función es sencillamente la de robarle una sonrisa a cada persona que cruce nuestro camino”. Habla en plural porque lo acompañarán dos amigos, también escritores y fotógrafos. Con ellos, quiere compartir ahora su meta existencial constante. “Viajo para retratar una humanidad más amable, la que estrecha la mano sin solicitar credenciales y puede prescindir de las alarmas”, aclara el escritor viajero y agrega: “Después de haber compartido la cotidianidad de cada cultura, uno puede solidarizarse con las luchas ajenas y compartir su alegría, como si fuéramos enredándonos con hilos que por siempre nos conectarán con la gente que conocimos”.  Por eso dice que hasta Kurdistán o Noruega pueden llegar a ser como arrabales, que uno puede llegar a sentirse un egipcio y que, finalmente, su objetivo mayor es poder definirse más por lo que nos une con los demás que por lo que nos diferencia. Con la botella amigablemente vacía y sin maníes sobre la mesa urbanísima, el acróbata mira profundo a los ojos, como si mirara a la Humanidad entera y da su principal mensaje a quien quiera salir a las rutas del autostop: “Que nunca olvide que todo sucede por una razón, que el universo cuida de nosotros, que no hay espera demasiado larga que no contenga la semilla de una dicha y a aquellos que sienten la tentación del camino pero se excusan en nunca encontrar la oportunidad o el tiempo, los invitaría a reflexionar y preguntarse si acaso no se merecen la libertad que añoran”.


Su libro. Título: Vagabundeando en el Eje del Mal – Redescubriendo Irak, Irán y Afganistán a dedo. Autor: Juan Villarino. 176 páginas. 104 fotografías y mapa desplegable. Autoeditado. Detallada crónica de un viaje a dedo por el Mundo Islámico en el que Juan, un mochilero argentino, intenta demostrar la bondad del ser humano allí donde los medios señalan sólo violencia e intolerancia. Aprendiendo árabe, persa y turco, Juan viaja de aldea en aldea, recalando en tiendas beduinas, parlamentos o bases norteamericanas.  Para conocer las librerías que lo distribuyen visitar: www.acrobatadelcamino.com



Su modelo. “Es una persona contemporánea, su nombre era Kinga Freespiritera una intrépida autostopista de Polonia que recorrió el mundo a dedo entre 1998 y 2003. Ella solía decir: Todos los sueños nos son dados con el poder para volverlos realidad. En el 2006 emprendió un viaje en solitario a dedo por África. Entre las hermosas locuras, las que uno debe cometer de vez en cuando para no volverse loco, recuerdo que le hizo dedo y viajó en un auto que corría el Paris Dakar en Mauritania, compró un camello blanco en Burkina Faso y lo montó hasta Niger a través del desierto, entró sin sello alguno en el pasaporte, en Ghana salvó a una niña de la esclavitud pagándole sus estudios y poco después cayó víctima de la malaria". 



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