21.5.10

Luthería de Cuerdas


Entre el arte y el enigma

Un oficio que, aún nacido en pleno desarrollo de una música con valores iluministas, encarna el resurgimiento de la figura del artesano.

Diego Oscar Ramos - Uno Mismo - 1996

Un aroma de resinas y barnices, gubias, cepillos y formones, los mismos que sirvieron al nacimiento del arte, una sensación de eternidad, de detención del tiempo. La madera sin forma, expectante de resurrección luego de años de estacionamiento, sueña las manos pacientes y precisas del artesano. Llega el encuentro y las miradas sonríen la sospecha de lo que esperan darse: el hombre busca docilidad y nobleza, la materia respeto y habilidad. Los cortes minuciosos surcan ya la fibra embravecida por la espera. Los brazos oyen con sus movimientos el sonido futuro mientras juegan a la dominación. Surgen entonces las curvas, la textura, la forma final. El árbol renace transformado. Sólo restan otras manos, que brinden su emoción al instrumento.

En el principio fue el instrumento

            Desde que el hombre es hombre ha confeccionado instrumentos; en el  Paleolítico los elementos del entorno se usaban para imitar la sonoridad de la naturaleza: el sonido estaba inserto en una concepción ritual. En el Neolítico la música comienza progresivamente a valorarse en sí misma y los instrumentos se complejizan. Es en estos tiempos remotos donde debemos rastrear los orígenes del arte de la luthería. Los instrumentos de cuerda clásicos: violín, viola y violoncello tienen un nacimiento impreciso, con antepasados en culturas orientales y arábicas, pero su forma actual se delinea en el siglo XVI, en el umbral de la llamada música clásica. La música postrenacentista va a nacer en un mundo que cambia el trono de Dios por el de la racionalidad del Hombre.
Nacen  las Ciencias Experimentales, la naturaleza se transforma en un objeto que puede manejarse y el tiempo abstracto del reloj rige la vida entera. Este mundo es el que inventa la fábrica, y con la división racional del trabajo provoca la desaparición de la figura del artesano. En la música el reinado de la armonía va a enlazar lo musical con lo matemático: el sonido ya no va a valer en sí mismo sino solamente por su inserción en un sistema lógico. La paradoja de la luthería de instrumentos de cuerda clásicos es haber servido al desarrollo y auge de una música que comparte los valores del mundo racionalizado de la ciencia pero poniendo como constitutivos del oficio elementos como el azar y la incertidumbre y encarnando el resurgimiento de la figura del artesano.
           
De la ciudad de Cremona, en Italia, surgen los grandes luthiers: los Guarneri, Montagnana, Granzino y por supuesto Amati y Stradivarius. La llamada escuela de Cremona surge a mediados del siglo XVI con la familia de los Amati. Nicolo Amati tiene la importancia de - además de los instrumentos de calidad confeccionados - haber sido el maestro de Antonio Stradivari. Nacido en 1644, Stradivari produjo, entre 1660 y 1737, 620 violines, 18 violas y 63 violoncellos. No todos se conservan hoy en día, pero los ejemplares existentes son apreciados como gemas a las que se le rinde un culto que aumenta constantemente sus cotizaciones y reta a la ciencia a descubrir qué es lo que hace tan particulares a estos instrumentos. Muchas son las teorías, algunas hablan de las maderas usadas, otras se concentran en la composición del barniz. Y aunque no ha podido revelarse el enigma y tampoco reproducirse su sonido, muchos son los que afirman que mediante modernas tecnologías para medir el área de lo acústico es posible la superación de estos instrumentos. Esto sostuvo una luthier norteamericana de 82 años - Carleen Maley - en el “Encuentro Anual de la Sociedad de Acústica” realizado en el Massachusetts Institute of Technology en 1994, quien también denunció la inconsistencia musical del mito y su efectividad comprobada sólo para elevar su propia cotización.     

La búsqueda del maestro

            Calma y minuciosidad son palabras que ayudan a definir al luthier Gustavo Acosta. Su hablar tranquilo se puede prolongar indefinidamente cuando se trata de su profesión, abundando en detalles  que vulneran una leve timidez y demuestran un conocimiento profundo. Músicos que lo conocen aseguran que su trabajo presenta esa misma obsesión por la precisión, que se proyecta en la calidad final. Fue la música la que lo condujo al territorio desafiante de la luthería, pero no cuartetos de Beethoven o sonatas de Haydn, sino composiciones populares latinoamericanas: el primer instrumento que construyó, ayudado por un artesano que lo aceptó en su taller y le enseño los rudimentos del oficio, fue un charango. De los interminables meses que sufrió luchando con los materiales y su inexperiencia surgió un instrumento que vendió inmediatamente y al que le siguieron una progenie que llegó al centenar. Interesado en el violín por su uso en canciones populares de ecuatorianas - formaba parte de una agrupación musical folklórica - empieza a estudiar la ejecución del instrumento hasta que le sugieren el reto de construirlos. El maestro de luthiers elegido es el artesano autodidacta Alejandro Bertoncello que, como en las viejas sociedades iniciáticas,  rechaza inicialmente a su futuro discípulo, pone a prueba su temple y su insistencia, hasta que lo acepta  en su taller. Así estuvo siete meses fabricando su primera viola y comenzó a internarse en el estudio de la luthería de instrumentos de cuerda.
Gustoso de hablar sobre un tema que le apasiona, Gustavo asegura que en la excelencia de ciertos instrumentos italianos antiguos, no sólo importa la antigüedad y su calidad de confección, sino lo que podríamos llamar la memoria del instrumento. Muchos de ellos han sido tocados una y otra vez por grandes músicos a lo largo de centurias.  “La ejecución virtuosa - explica - se da  en una frecuencia de afinación ideal, el instrumento trabaja mucho en todas las notas y la madera vibra en todas las frecuencias”. No es raro, entonces, que los concertistas importantes busquen esta clase de instrumentos. Pero es la idea de que el instrumento crece junto al instrumentista lo que hace que se sigan adquiriendo instrumentos nuevos: “Actualmente - relata Gustavo - el solista de la Filarmónica toca un violín hecho por un luthier argentino que vive en Cremona y el concertino de la Camerata Bariloche está tocando un instrumento hecho por otro argentino que trabaja en Europa. Esta aceptación por músicos de nivel nos abre el mercado a todos.”

Presencia de lo azaroso
                                                                                                                                             
            En la luthería la idea científicista del control total de la materia va a ceder paso a  un concepto vivencial de la relación entre el luthier y sus materiales de tradición más arcaica: “Para mí hay temas que siguen siendo un misterio - confiesa Gustavo - algunas cosas son intuitivas y otras como las medidas y las estructuras son bien definidas. La madera no siempre es la misma, no se repite ni la dureza ni la fibra; acústicamente cada pedazo de madera es diferente.” Una de las metas, al manejarse con límites imprecisos, es encontrar un promedio de calidad: “Te puede salir un instrumento especial, pero mantener esa calidad extrema es un problema, en Europa se está usando un sistema electrónico de medición de las frecuencias de vibración que otorga un nivel de instrumentos parejo, pero no asegura lograr un violín brillante.” La tecnología no pudo vencer aún al elemento misterioso de la profesión.
            En este componente se basa la creencia en los secretos que cada gran luthier del pasado poseía y en el recelo que tenía de transmitirlos; los afortunados debían ser sus hijos  o ayudantes muy bien elegidos. Esto parece reciclar la estructura de las sociedades secretas mágicas donde el maestro sabio elige un aprendiz al que debe iniciar en sus secretos. Esto ya no es vigente según Gustavo, porque la información sobre los procedimientos es accesible, pero la idea no termina de desaparecer de la mente de algunos artesanos. En sus inicios quiso aprender con un luthier entonces famoso que se negó a enseñarle, aduciendo que le debía su conocimiento a sus hijos, para que mantengan la tradición familiar. El problema fue ellos se negaron a seguir la profesión del padre y esto influyó en su posterior ruina económica.
            Pero más allá de que pueda o no hablarse de secretos, lo que es esencial para el trabajo es la calidad de los materiales. En ese sentido el luthier argentino – en conceptos de Acosta - no tiene control sobre las maderas, que compra varias veces más cara por la importación y no conoce su estacionamiento exacto ni si fueron respetadas las épocas de corte. Es por eso que dice trabajar en desventaja con respecto al artesano europeo;  por si fuera poco existen ciertos prejuicios de los músicos a comprar instrumentos nacionales. Esto, sumado a la situación económica y a la reducida dimensión del mercado de compra de instrumentos, hace que muchos luthiers no puedan crecer profesionalmente construyendo con regularidad y deban ganarse la vida con las refacciones. Para Gustavo, pensando en las condiciones dificultosas en las que se trabaja, cada instrumento es un desafío en el que pone todo su esfuerzo y su perseverancia,  lo que de define su capacidad frente a otros artesanos con dotes naturales. Esos valores le trajeron lo que considera la suerte “de que varios de mis instrumentos fueran a parar a músicos que están tocando muy bien. Y eso da sentido y gratifica mi empeño”.    

La cuna de la luthería

             Pensada esencialmente como una profesión masculina, no se cuentan muchas mujeres en la luthería argentina. Pero la luthier Paula Godoy no sólo es singular por su condición de mujer, sino por estar especializándose, gracias a una beca del ministerio de Cultura, en una de las más importantes escuelas de luthería del mundo: el Instituto Professionale Internazionale per lártigianato Liutario e del Legno: Antonio Stradivari.  A Paula siempre le gustaron las tareas artesanales, pero el camino que la acercó a la luthería fue una visita casual a un taller de confección de instrumentos; tuvo entonces  la sensación de hallarse con un mundo que le pertenencia. Decide entonces abandonar la carrera de Biología y dedicarse por entero al aprendizaje de este arte. Luego de un tiempo de trabajar con un maestro artesano y de confeccionar sus primeros instrumentos, se conecta con la escuela italiana y es aceptada para rendir el examen de ingreso que finalmente aprobaría.
El Instituto Stradivari está en Cremona, donde se encuentran los talleres y comercios más prestigiosos, y concurren estudiantes de todo el mundo. Dentro de los programas de estudio se incluyen no sólo materias teóricas y la práctica de luthería sino que se exige estudiar la ejecución de alguno de los instrumentos de cuerda, lo que indica la importancia que se le da a la formación musical del luthier. Paula, entonces, se dedica al estudio del violoncello, aunque asegura que no aceptaría ser considerada como músico. Lo que destaca de su formación en el Instituto es la posibilidad de contar con la más completa gama de herramientas y materiales de calidad y el apoyo y supervisión constante de maestros especializados que no le retasean información. El hecho de insertar en una estructura educativa el arte de la luthería parece despejar de este mundo su aura de secretos o misterios. Para Paula Godoy la veneración de los instrumentos históricos no se debe a elementos misteriosos: “el respeto por el violín antiguo tiene que ver con un envejecimiento de la madera, que sigue estacionándose a través de los años. Probablemente que sean tocados durante tanto tiempo influya, pero creo que hay instrumentos nuevos que pueden sonar muy bien”. El encuentro con una creación del arquetípico Stradivari pasó de la sorpresa a la desmitificación: “pude escuchar de cerca el cremonés, un violín que está en el Museo Cívico y casi me desmayo, pero tuvo que ver con la emoción de tener cerca un instrumento del que había oído hablar tanto. Después lo oí en un concierto y aunque dicen que la particularidad de estos violines es que su sonido es capaz de llegar muy lejos, me pareció tan sólo un instrumento que sonaba muy bien, pero nada extraordinario. Creo que Stradivari, en la evolución del violín, llegó a darle una forma, un rendimiento sonoro que hasta ese momento no había tenido, todo lo demás me parece un mito.” Esta idea la apoya sugiriendo que la apreciación por el sonido de un instrumento es siempre subjetiva: “si confronto varios instrumentos y pido a varias personas que los califiquen es probable que todas te digan algo diferente, pueden hablar del sonido abierto, cerrado, crudo; todos estos son calificativos personales”.
            Lo que puede generalizar sin temores son los puntos centrales del mundo del que ya se siente parte: “la habilidad del luthier - sugiere - consiste en ir familiarizándose a través de los años con la madera, de modo de llegar a comprenderla. La madera es una materia que proviene de un ser viviente, entonces nunca vas a encontrar una que sea igual a otra.” Esta variedad natural complejiza un procedimiento riguroso en el que se manejan con medidas de décimas de milímetro para trabajar los espesores y calibrados. El no saber como va a sonar hasta que esté terminado agrega minuciosidad y cierto suspenso a un oficio donde todos son - como reconoce Paula - “bastante obsesivos y perfeccionistas, nunca se llega a lo que se quería, siempre falta un poco para lograr el instrumento ideal”.

El alemán errante

            Stefan Hansen es alemán y construye instrumentos de cuerda desde hace casi veinticinco años, este dato es el único que delata que ha superado los cuarenta. Stefan está trabajando transitoriamente en nuestro país desde hace casi un año mientras intenta aprender el idioma para continuar su viaje por el continente. Errante y aventurero, su peregrinaje desde Alemania poco tuvo que ver con querer mejorar económicamente; el mercado de la luthería en la Argentina no tiene comparación con el de Europa. Stefan está aquí porque deseaba conocer América. A pesar de tener un padre músico trocó su destino cambiando las partituras por las gubias y la madera; estudiante avanzado de violín desde su niñez, abandonó el camino de la profesionalidad por el de la confección de instrumentos, estudiando en Mittenwald en una de las mejores escuelas de luthería de Europa junto al Instituto de Cremona.
            En un perfecto inglés, el artesano asegura que fue muy importante para su trabajo el conocer qué es lo que exactamente buscan los músicos por ser uno de ellos, aunque sostenga que toca “sólo aceptablemente bien” y se reconozca a sí mismo  más como luthier que como músico. Sin embargo, cuando construye o se encuentra con un violín realmente bueno siente el deseo de retomar profesionalmente la música. Stefan realizó muchos instrumentos en Europa pero revaloriza el papel de las reparaciones en la formación de un luthier, ya que le permite experimentar con instrumentos de diversas calidades y explorar el área del sonido. En todo este aprendizaje - que para él no termina nunca - ronda un cierto enigma esencial: “el sonido depende de la antigüedad, de la madera, de las medidas; no es algo que por usar la misma estructura tengas siempre los mismos resultados, no es algo que puedas leer en los libros; depende de la experiencia y del trabajo intenso.”

Tocar un Stradivarius

            Una de las metas de Stefan es lograr que sus instrumentos tengan personalidad;  su modelo es obviamente Stradivari, del que lo sorprende que a pesar de haber hecho cientos de instrumentos todos tuvieran el signo de su creador: “a lo largo de su carrera fue experimentando, variando las medidas, los tamaños, el sonido, pero hay algo que es siempre especial.” Como músico la oportunidad de tocar él mismo uno de sus instrumentos: “en Londres toqué uno de sus violines y me provocó una impresión muy profunda, es una diferencia real tocar en uno de ellos, es el sonido y lo estético; es muy fácil de tocar y te motiva a hacerlo. Lo que se dice de Stradivari no es una ilusión, es verdad; tuve la sensación intensa de estar conectado con el instrumento, de ser uno con él”.
El luthier tiene la esperanza o casi la certeza de que su objetivo de igualar el mítico sonido de los instrumentos italianos antiguos no es imposible: esta idea cobró fuerza al probar una réplica que confeccionó imitando un instrumento antiguo,  cuando comprobó con asombro que su  creación tenía un mejor sonido que el original. Claro que este concepto no es siempre el mismo que manejan los músicos; entonces, aunque la inversión en dinero se multiplique considerablemente, los concertistas prefieren la seguridad del instrumento con tradición. “Es muy frustrante - se lamenta Stefan - cuando juzgan un instrumento sin apreciar su sonido. Los músicos profesionales buscan generalmente instrumentos antiguos, con una firma de un luthier famoso, que esté en un catálogo.”
Para Stefan, a pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo intensa la experiencia de probar él mismo sus instrumentos; al ser la fabricación de un violín un proceso tan largo y minucioso, el instante en que siente que ha finalizado mantiene todavía un valor ritual. Cada creación necesita, entonces, ese soplo de vida que le regala el sonido inicial, donde se revela la naturaleza del instrumento: “En ese momento estás curioso por lo que va a pasar, qué sonido va a brotar y cuando suena bien provoca una gran excitación. En la primera semana el instrumento cambia demasiado, mejora más y más porque la madera trabaja y todo se mueve; es una sorpresa constante”. Como dejando surgir una conclusión, sugiere que un buen luthier no es  alguien que produzca instrumentos como una máquina, sino alguien que en su trabajo pueda expresar su personalidad. Su propósito es lograr que sus instrumentos posean un aura artística: “es cómo hacer un cuadro; en las pinturas de Van Gogh o de Picasso, aunque todas son diferentes, hay algo que te toca, te despierta sensaciones, y lo mismo pasa con un instrumento. Por eso, no soy un productor de instrumentos; preferiría ser considerado como un artista. Quiero que los que vean uno de mis instrumentos se fascinen no sólo por su sonido sino por su condición de objeto artístico, por su belleza, que haya una vibración especial que los afecte personalmente”.

El luthier y la industria

La valorización y cotización de la luthería dentro del ámbito de los músicos profesionales puede verse como una contrapartida a los valores de industrialización de nuestra sociedad. Los instrumentistas de cierto nivel buscan un instrumento especial, requieren la mano precisa de un artista y no a la industria. Esta revalorización del trabajo artesanal va más allá del valor que se le otorga a los artesanos de las ferias, o los que realizan objetos decorativos. A los luthiers se les otorga el estatuto de artistas, venerándose el aura de las piezas únicas en contraposición a los objetos de producción en serie. Es por esto que Gustavo Acosta considera que los mercados de instrumentos industriales y de los confeccionados por un luthier “no se mezclan ni compiten entre sí.” Más irónico, Stefan Hansen piensa que un violín de fábrica puede sonar como uno artesanal “sólo por casualidad” y esta fortuna puede sólo acontecer “en uno de cada mil instrumentos.”

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