21.6.10

Teatro Ciego


Luminosa Oscuridad

Un grupo teatral, desde hace una década, integra a personas ciegas con otras que ven, en una refinada y experiencia estética, realizada en total oscuridad. 



Diego Oscar Ramos  - Uno Mismo



       Una máquina de escribir, antigua, de teclas pesadas y campanilla al final de cada línea de texto, hace su aparición en medio de la oscuridad total. Se le suman otra máquina, una más y otra, en una sinfonía de trabajo rutinario, en una oficina de una Buenos Aires de mediados del siglo pasado, que termina de construirse en nuestra mente, cuando aparece un entrañable aroma a café, que parece darle otra dimensión a la imaginación del espectador de una propuesta teatral pionera en su tipo. Es que desde hace una década, el Grupo Ojcuro, dirigido por José Menchaca, le dieron un marco totalmente inédito a una pieza crítica y costumbrista del gran escritor argentino Roberto Arlt para integrar en un mismo espacio escénico a actores que ven junto con otros que no ven. En la oscuridad absoluta, todos forman parte de una trama delicada de movimientos precisos que hacen viajar, por una hora, a espectadores que aceptan las reglas de la más pura oscuridad, por todo tipo de paisajes exóticos que terminan de percibirse sin la necesidad de la luz. Así, en La isla desierta, somos llevados a un lugar mágico, donde sonidos, aromas y estímulos táctiles sutiles, harán que compartamos con los empleados contables la posibilidad de vivir momentos de intensidad, bien más allá de las rutinas que empequeñecen la existencia.
       “El espectador es parte de la obra, cada uno construye espacios, es un hacedor de la escenografía sonora y el hecho de que esté en el centro de la escena lo hace más partícipe, La isla desierta le pertenece a cada espectador”, comenta luego de la obra José Menchaca, su director y fundador del grupo que desde el año 2000 está realizando esta propuesta donde estímulos extra visuales tienen un valor de gran potencia. “Me gusta mucho trabajar con aromas, porque es algo concreto, son partículas que se están metiendo adentro de tu cuerpo, no es ver o sentir la vibración del sonido, es materia que está entrando a tu cuerpo”, se entusiasma el creador de la puesta que nació de una investigación personal luego de que una obra de teatro en la oscuridad de un grupo con el que tuvo contacto hace 15 años en Córdoba lo hiciera sentir como inevitable el hecho de incluir a personas ciegas en ese tipo de espectáculos. Así, junto al actor  Gerardo Bentatti, inició un trabajó de estudio que concluyó con la realización de esta obra a partir de un Taller de Investigación y Experimentación Teatral en la Biblioteca Argentina para Ciegos.
     En la primera etapa trabajó sólo con ciegos, algunos de ellos con trayectoria en teatro leído, que debían dar el paso al trabajo en el espacio. “La propuesta era salir de la silla, el primer reto fue poder moverse con tranquilidad en el espacio, sin la vergüenza de que los vean moverse torpemente, porque no sabían qué tan oscura iba a ser la sala, pero después la oscuridad fue una red tremenda, un colchón, muchos me comentaron que es un momento mágico para ellos no sentir la mirada prejuiciosa del otro. Es un momento donde nadie los mira y pueden moverse con la tranquilidad de no ser mirados. Ahí vencieron ese miedo”, cuenta el director y agrega que la etapa siguiente fue trabajar también con actores que ven, los que se entrenaron con vendas en los ojos, hasta llegar a moverse en el espacio y manipular objetos sonoros con destreza. ¿Por qué esta conformación grupal? “Me parecía que la integración era el mensaje, no tratarlos diferente, porque nunca quise ir con la bandera de los ciegos, desde la raíz, no es esa mi intención, porque podía dar la sensación de que era una obra menor, no quería que hubiera un atractivo que fuese a la vez descalificativo”, confiesa el fundador de Grupo Ojcuro y suelta sus sentimientos en torno a un tema que podría causar confusión en cuanto a los alcances de la propuesta: Yo respeto que se enternezcan con la ceguera, pero no es lo que me llama la atención ni alimenta mi ego, la gente se sorprende por la oscuridad primero, porque pasar una hora en la oscuridad moviliza, pero no hay que pasar en alto la obra de Roberto Arlt, que es maravillosa, el golpe final puede ser que el espectador sepa que algunos son ciegos, pero nada sobresale del resto, ni los efectos, ni las actuaciones, ni la dirección, con todo hacemos La isla desierta”.
      El hecho de que todos los actores lleven anteojos oscuros subraya esa igualdad que a la vez se expresa en que, desde el principio, el grupo se constituyó como cooperativa, teniendo cada miembro los mismos derechos y los mismos porcentajes de ingresos, sistema que funciona hasta la actualidad. Y no fueron los actores no videntes los únicos que han vencido miedos, también el director ha pasado por la necesidad de superar alguno en este proceso de trabajo. El que más disfrutó de superar fue el de la actuación. “Básicamente el miedo es al rechazo, uno corre riesgo siempre que se expone, al dirigir lo he vencido, pero acá actué, he vencido ese miedo, la oscuridad te da esa protección”, dice Menchaca, que pudo comprobar con su propio cuerpo una de las sensaciones expresadas por sus dirigidos. A todos ellos, junto al espectador, los hace viajar en cada función con una habilidad técnica y un cuidado respetuoso de los géneros históricos del teatro costumbrista argentino que se suman al específico atractivo sensorial. Y las emociones, más allá del tiempo en que viene dirigiendo la obra, no sólo pertenecen a los espectadores que se vieron tocados por el texto o la puesta. También hay algo que acontece cada noche, que no hay rutina que pueda desvanecerlo. “El momento que más me emociona es cuando termina la obra, corro las cortinas, la gente grita bravo, los aplaude y a mí se me caen las lágrimas, porque veo a los chicos, gente que vive una vida como ciegos en un mundo que nos les da facilidades, con caras de felicidad, de reconocimiento, eso me emociona”, asegura Menchaca y dice que sólo por eso, siente que su trabajo tiene total sentido. Y se siente privilegiado.

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