6.8.10

Martín Buscaglia


Música, juego y ritual

 Las canciones del músico uruguayo, cada vez más escuchado en nuestro país, saben darle a lo lúdico un lugar central en su arte vanguardista.

Diego Oscar Ramos - Uno Mismo - 2010

         
       Quien es hoy uno de los músicos más vanguardistas del Uruguay, nació en Montevideo, en 1972 y creció en una familia donde la música era un alimento cotidiano y celebrado, ya que su padre Horacio, reconocido publicista y músico, solía componer canciones junto a figuras hoy legendarias de la música uruguaya como Eduardo Mateo y Rubén Rada. Y Buscaglia niño vivió estos encuentros que duraban hasta altas horas de la madrugada, mientras intentaba dormirse, con el oído atento a los sonidos que se gestaban en su casa. “Tengo el recuerdo de mi viejo faltando a trabajar por haberse quedado a componer una canción hasta las cinco de la mañana, era muchísimo más importante quedarse haciendo un tema”, cuenta hoy quien supo ser telonero en su país de artistas como Jorge Drexler, Caetano Veloso, Arnaldo Antunes, Charly García o Luis Alberto Spinetta y que hoy tiene un peso propio con discos como Llevenlé (97), Ir y Volver e Ir (04),El Evangelio Según Mi Jardinero (06) y Temporada de Conejos (09), la mayoría editados en Sudamérica y Europa. Y si algo vincula a toda su obra, además del cuidado artesanal de las canciones en sus letras y músicas, es un sentido preciso del juego, tanto en el uso de instrumentos no convencionales como en su rol de Hombre Orquesta, cuando construye música con capas superpuestas de sus propias intervenciones instrumentales, aunque sea seguramente lo más sorprendente el verlo disfrutar como un niño cuando toca, con sus guitarras o con juguetes electrónicos de los años ´80.
         “Me gusta la dicotomía entre el lado naif de un juguetito y la violencia tecnotrónica que puede albergar en su interior, también el generar emoción con objetos por naturaleza insensibles y baratos, siempre me interesó el hacer música  con cosas que no fueron hechas con ese fin, a las cuales tenés que entregarte de manera más intuitiva, pero también me interesa, y mucho, hacer música con instrumentos nobles y clásicos, el piano, la guitarra acustica, el bajo o el tambor”, asegura el músico, cuyo componente de juego va bien más allá de lo visible de lanzar sonidos de un juguete. Todo su arte, que combina múltiples tradiciones y estilos, deja resonar un espíritu de niño eterno, al que se le permite todo tipo de experimentación, seguramente por esa gracia que a todo adulto le da el conectarse con la energía de los chicos curiosos. “Realmente disfruto, fluyo y puedo sonreír durante mucho rato, porque estoy pasándola bien (en un concierto), pero si hiciera eso muy solemnemente sería más evidente el lado ritual”, especifica Buscaglia, poniendo el ojo en el componente de rito presente en todo juego hecho con intensidad, como lo puede ser la música. Por eso, agrega: “El juego es un ritual y el ritual también es un juego. Los rituales son combinaciones  poderosas, como las corridas de toros, las payadas, el mate, las misas, lo lúdico es un ritual, son dogmas autoimpuestos que se transforman en picaportes. La relación sería la de la ganzúa y el ojo de la cerradura”. Lanzando claves que evidencian su goce con el lenguaje y su placer en dejar claves ingeniosas para ser reveladas con ingenio, el músico aclara más las relaciones puestas en juego: “La música está relacionada con la religiosidad, uno se inventa un dogma, elige de qué manera decir las cosas y colocarlas en el tiempo, para construir el ojo de una cerradura lo bastante grande como para que puedas mirar y en cualquier momento maravilloso pasar a otro lugar, lo que me parece la función más noble que tiene el arte, para transportarte a otro lugar y hacerte levantar un poco los pies del suelo”.
         Jugar entonces con la música puede generar un efecto espiritual. “Estoy seguro de eso y puede estar en una música de tres minutos que te hace bailar, que de hecho es algo muy relacionado con la religión, con el trance”, reflexiona el artista cada vez más popular en Argentina y piensa en el lugar que la experimentación tiene en su forma de hacer música: “Tiene mucha importancia en los momentos previos, como forma de autoexploración y de forzar mis límites, pero una vez que grabo o que toco en directo, ya nada es un experimento, todo son decisiones conscientes de las que tengo que hacerme cargo, incluso cuando improviso, que de hecho es el momento en que más concentrado hay que estar, por eso me interesan y enseñan  igualmente el orden y la  disciplina, como la inspiración y el misterio”. Muchos de estos elementos los ha encontrado y disfrutado en músicos que lo formaron, como los norteamericanos norteamericano Jonathan Richman o Tom Waits, a quien llama “lúdico y lúcido, niño sabio”, tanto como sus coterráneos Eduardo Mateo y Rubén Rada o los brasileros Jorge Ben, Tom Zé o Hermeto Pascual, uno de los máximos referentes de  un arte virtuoso que mantiene vivo el sentir mágico infantil. En su caso, el Martín Buscaglia que hoy puede hacer música con un Simon, aquel juguete con forma de plato volador que ponía en juego la memoria de los chicos de los 80, tanto como el que le da actualidad sonora a géneros poéticos medievales, ya se podía presagiar en sus elecciones lúdicas infantiles. “Cuando era chico jugaba al fútbol en la calle, sin parar, a la bolita, mucho, y al mismo tiempo escribía un diario en la escuela, dirigía una murga de niños en el barrio, escribía cuentos, componía canciones y al mismo tiempo era súper callejero”, cuenta Buscaglia y nada cuesta imaginárselo, siendo el chico más juguetón y el más serio, como ahora.

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