Interacciones tecnológicas en web 2.0,
obras estéticas que se van realizando por muchas manos y sensibilidades
diferentes. ¿Ingresa el apogeo de la creación grupal y se despide el autor
único? ¿La estética anuncia cambios de paradigma que se alejan del reinado del
individuo que cimentó la cultura occidental como la conocemos?
Diego Oscar Ramos - Concepto
F (especial Creatividad)
Todo el que maneje nociones básicas de uso de
Internet, que haya visto alguna vez usar programas de manipulación digital del
imágenes o hasta sea parte de una red social donde el intercambio de imágenes
sea un punto de unión, estará en clima para entender de qué se habla hoy en día
cuando se menciona el tema del arte colectivo o más precisamente del arte colaborativo, una tendencia actual que estaría mostrando mucho más
que modos de acción posibilitados por la tecnología. “Tiene que ver con la
posibilidad de co-laborar, trabajar en conjunto, sin depender o sin requerir de
una coordinación en el tiempo y de actuar a distancia, además, desde diferentes
puntos del planeta, o aún en diferentes lugares de una misma ciudad”, asegura
Margarita Schultz, doctora en Filosofía por la Faculta de Artes de la
Universidad de Chile, para contestarse parte de la pregunta acerca de lo que
hablamos realmente cuando pensamos en las maneras en que, en el auge de la Web
2.0, con sus plataformas de intercambio veloz de archivos de todo tipo y una
cultura ya instalada del compartir como eje de época, los mismos objetos
estéticos están mutando. Estamos en presencia de un procedimiento colaborativo
“cuando un sujeto propone un trabajo de índole artística -visual, literario,
musical- y otro individuo lo recibe en algún lugar del planeta, si decide
actuar y lo devuelve a ese espacio -el cyberespacio- modificado, elaborado,
intervenido, transformado”, explica la filósofa en su artículo “El concepto
de arte colaborativo civilización de
la imagen, los riesgos del simulacro”, donde deja en claro que la imagen mental
que tenemos que hacernos no es la de algo cerrado y quieto, como puede serlo un
cuadro, inmerso en su marco y colgado en la pared de un museo, sino pensar
mejor en un objeto en movimiento, como puede ser una imagen digitalizada, que
circula por la red de diferentes maneras, es trabajada por diferentes personas,
que aportan su punto de vista, la hacen circular nuevamente o la publican en un
sitio personal. Las opciones son múltiples y nada parece estar fijo, ya que la
misma red implica una estructura que no es lineal, sino ramificada.
Y
si bien hay colectivos de trabajo, artistas que generan obras juntos, como lo
pueden ser los cuadros del grupo argentinoMondongo, una asociación de
artistas plásticos que hacen obras de altísima calidad de resolución usando
materiales tan poco ortodoxos como alimentos, el hecho de que sus obras estén
ya legitimadas por el sistema clásico de exhibición del arte, como los son los museos más prestigiosos de nuestro circuito argentino
como punto de partida para la circulación internacional posterior de las obras,
esta tendencia de arte colaborativo que se
distribuye por Internet y tiene en ella su casa más característica habla de un
proceso cultural que tiene otras características diferentes, bien específicas.
“Es imposible conocer todas las ramificaciones de una acción colaborativa, a
menos que se elabore el proyecto de un circuito cerrado entre un grupo finito
de artistas pre-seleccionados”, dice Schultz, indicando que el trabajo de arte colaborativo puede iniciarse en un momento que no tiene
necesariamente que ver con un punto inicial de una cadena de asociaciones
creativas, ya que puede ser tomada alguna imagen que hace mucho tiempo esté
colgada en la red y que mucho después genere algún tipo de interés en que
alguien la reprocese, la fije nuevamente o la deje en circulación, para que las
resignificaciones del objeto muten de formas diversas. “La presencia de
tecnología informática, multimedial con soporte en Internet aporta un terreno
apto para nuevas producciones y, a la vez, estimula a generar nuevos conceptos
para interpretarlas”, explica la teórica del arte, que agrega que el trío inevitable de interacción-colaboración y
distribución que le darían un rostro preciso al arte colaborativo tienen su participación en áreas como la
Bioinformática, la Astronomía, la Medicina y hasta ciertas prácticas
educativas. Además, ni siquiera hay que pensar el origen de estas formas de
acción sólo en el ciberespacio, ya que cuando una comunidad rural trabajaba en
conjunto una parcela de tierra está aplicando esquemas arcaicos de actuar
colaborativamente, donde el beneficio de la acción es de la comunidad, tanto
como su autoría. Y si bien, desde el principio de la humanidad, cuando ha
habido prácticas artísticas individuales, estas han sido hechas con la misión
de expresar ideas, mitos o sentires de la comunidad, las nuevas interacciones
humanas propiciadas por la Red estarían generando nuevas formas del
conocimiento humano. Y a diferencia del ejemplo de la agricultura comunal,
donde las tareas colectivas unían a las personas en un tiempo y espacio dados,
muchas veces el arte colectivo de la red, provoca
relaciones particulares con el factor del tiempo y el espacio, ya que pueden
intervenirse obras estéticas, pinturas digitales, músicas, textos, sin
coordinación obligada y hasta desde lugares físicos y momentos muy distantes
entre sí.
Este
juego comunicacional se maneja con distintos programas de manipulación digital
de archivos de imagen o audio, que se sirve de sitios de intercambio y
alojamiento de información, que publica resultados, parciales o finales en
blogs, sites o hasta comparte pizarrones virtuales para que dos escritores
hagan un brainstorming sobre posibles desvíos de la trama de
una novela que estén haciendo juntos luego de haberse encontrado en alguna red
social. Si es o no arte lo que acontece de todas
estas interacciones, es lo que menos le preocupa a Schultz, para quien no puede
compararse este universo de acciones con el paradigma de artista renacentista,
que aún sigue resonando en nuestra época, tal vez en plena fase de pasaje a un
nuevo paradigma sensible, donde el concepto mismo de individuo y de artista
esté cambiando. En el arte colaborativo por Internet,
dice la teórica, “el valor artístico de los resultados no estaría distribuido
entre cada uno de sus realizadores, ni aún radicada en cada uno de sus
productores”. Lo que estaría aconteciendo es que los creadores y los receptores
del arte se están viendo despojados
de las funciones con las que se venían reconociendo hasta ahora, se desdibujó
poderosamente la relación entre emisor y receptor, además de que la misma obra
parece poco quieta y con más ganas de ser intervenida, reapropiada y puesta
nuevamente a disposición. La calidad del arte no sería ahora un factor en juego, la obra estaría abierta, una
idea que viene desde las vanguardias de los sesenta, que la Internet está
regalándole una plataforma ideal para que lo que era búsqueda filosófica hoy
sea la más pura práctica.Este tipo de arte colaborativo
en red está recuperando de muchos modos, como también señala Schultz, ciertas
prácticas tribales de comunicación donde los individuos de una comunidad
comparten tareas y se enfrentan bien pragmáticamente al individualismo tan
criticado durante el siglo XX. Por otra parte, en “Arte Colaborativo:
Política de la experiencia”, un artículo hecho de forma colaborativa por
los investigadores españoles Javier Rodrigo y Jordi Claramonte, este tipo
de arte es
aquel que implica un proceso “por el que un grupo de gente construye las
condiciones concretas para un ámbito de libertad concreta y al hacerlo libera
un modo, o un racimo de modos, de relación, es decir libera una obra de arte”.
La palabra libertad aparecerá una y otra vez en el trabajo de estos dos
intelectuales ligados a la Filosofía, el Arte y la Educación, quienes ponen el ojo en las
formas transformadoras de estas prácticas, lo que vuelve de muchos modos
irrelevante la pregunta misma sobre el resultado estético de las intervenciones
colectivas sobre un objeto estético dado.
“El
valor de la experiencia no radica tanto en el objeto o la situación que la
produce, sino en sus consecuencias y efectos a largo plazo sobre el que la
experimenta y la reproduce en otras situaciones”, detallan acerca de estos
procederes en red, tomando a su vez conceptos históricos de filosofías político
estéticas, que transforman y resignifican, para decir que “la experiencia se
consolida cuanto más grado de relaciones e interrelaciones comprenda y por ello
cuanto más autónomamente contagiosa se expanda, es decir, se articule en otras
situaciones”. Para tomar la posta y expresarlo con nuevas palabras, el que los
objetos estéticos se muevan de un lado a otro de la red, cobrando
significaciones siempre vibrantes en su ética de circulación sin trabas,
otorgaría a esta época de tecnologías accesibles de pasaje, transformación y
distribución de sentidos una posibilidad de generar espacios de cambio
colectivo. O lo que es lo mismo, cambiar directamente el mundo que habitamos,
directamente por cosas que vamos haciendo, casi inocentemente, cuando nos
hacemos amigos de las nuevas tecnologías y nos animamos a crear símbolos,
aunque nunca nos hayamos visto antes como artistas, como creadores o como
poseedores de algo para comunicar. Algo está cambiando, las grandes preguntas
pueden seguir siendo las mismas, pero las respuestas no están sólo
soplando en el viento, como cantaba Bob Dylan en los vanguardistas años ´60.
Seguramente haya ya unas cuantas respuestas en las formas en que nos vamos
sabiendo otros, con el uso de las nuevas tecnologías de creación colectiva. Las
mismas que, sin duda alguna, estarán generando también, tantos otros
cuestionamientos, sobre lo que somos y por qué hacemos lo que hacemos. Quien
tenga ya algunas certezas, que las haga circular, para compartirla con todos. Y
hacer de la circulación y el intercambio veloz, una completa forma de vida.
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