28.3.11

Sebastián Wainraich


“Todos necesitamos reírnos y contar nuestras cosas”.

Su humor reflexivo e irónico ha pasado por radios, teatros, televisión y libros de cuentos. Hoy se muestra tan sensible como inteligente. Y asegura que es en la radio donde mejor se siente.
  

Diego Oscar Ramos - Uno Mismo


       Si hay algo a lo que Sebastián Wainraich parece no tener temor alguno es al silencio. Puede quedarse callado los segundos que precise para contestar alguna pregunta por la que prefiere reflexionar, antes que apenas hacer uso de esa velocidad mental por la que más se lo conoce. Y es en ese tiempo, cuando sus ojos se relajan y dejan de escrutar con precisión de cirujano al interlocutor, que aparece como cuidadoso, delicado en sus ganas de llegar al centro exacto de sus sensaciones o ideas. Así dirá, antes de comenzar la entrevista en el estudio radial donde todas las tardes conduce su programa Metro y Medio, que se siente una persona dispuesta a las decisiones y que nunca calcula antes de hacer cambios fundamentales. Lo comenta en relación a haber dejado, luego de cuatro años, la conducción de un programa exitoso, como Televisión Registrada. Pero también recuerda que irse a vivir solo, luego animarse a la convivencia y finalmente haber tenido un hijo, fueron hechos que se dieron sin que su mente le dictase cuándo tenía que hacerlo. Habla de su hija de tres años, entonces, y no disimula su goce de la paternidad, aunque revela que algunas preguntas de la niña lo suelen dejar sin palabras. Una de las últimas fue acerca de Dios, lo que lo dejó mudo, a pesar de que son sus diálogos con él una de las secciones de su programa más celebradas por los oyentes. Y una buena muestra de su estilo levemente ácido, pero nunca cruel, para jugar con todo lo que ofrece la vida.

- ¿Qué valor le das al humor y especialmente la ironía?
- Más que valor le doy uso. Es una de las primeras herramientas que tengo para comunicarme. Todo eso está. Pero después te volvés más sensible con las noticias trágicas, cuando le pasa algo a alguien. Sobre todo a un chico, porque te ponés en el lugar del padre. Tal vez antes era un insensible (se ríe). Antes me pegaba, pero teniendo un hijo mucho más.

- Antes de ser padre, ¿qué lugar le dabas a lo irónico, a la acidez? ¿Tenías límites con su uso?
- No sé si llamarlo límites. Me parece que hay cosas que no me causan gracia. Hacer humor negro porque sí, sólo para provocar, no me interesa. Puede aparecer algún chiste de humor negro, pero también me da miedo. Primero, molestar a alguien, porque no me parece bien. No me gusta que incomode desde ese lugar de la provocación.

- ¿Podés estar incomodando para darle visibilidad a algo, algún comportamiento, por ejemplo?
- ¡Sí! Pero no para reírme de las desgracias. Y sí de las dudas, de las angustias que tenemos todos. Pero si hay un manco en la sala, hacer chistes sobre mancos, no sé. No hay reglas. Hace unas semanas estuvimos en la playa y uno de mis compañeros de la radio hizo un monólogo donde apareció un chiste de humor negro, sobre un tema doloroso. Y en ese momento me reí, lo sentí como un alivio. Ahora capaz que me pregunto qué pasó, pero no en el escenario y con la naturalidad con que se dijo. A veces reírte es un método de curación. ¡Es muy autoayuda esto! (Se ríe, suavemente). Igual me gustan los comediantes que se meten con todo tipo de temas.

- ¿Qué tiene que tener un buen acto de comedia?
- Bueno, si me hace reír ya está bien. Después analizo porqué me hizo reír. No estoy con la lupa, para ver cómo armó la estructura. Después me pongo a estudiar, porque soy un trabajador de todo esto. Me interesa saber los trucos. Y después te das cuenta de que siempre te reís con las mismas cosas, las que finalmente te interesan. Me resulta siempre interesante la parodia, el replanteo de lo que es cotidiano, la vida de pareja. Hay cuatro o cinco temas, nada más: el amor, el sexo, el poder, el dinero, la religión, la muerte. No sé que otro más. Y después parodiar a otros, como hace (Diego) Capusotto con el mundo de la música. Eso te hace reír, porque te está mostrando lo ridículo que son otros que pretenden ser serios. Tal vez lo son, pero está bueno reírse de la solemnidad. Me gusta cuando se le baja el volumen a lo solemne.

- ¿Lo solemne hace que aparezca la dureza, lo rígido?
- Claro, lo solemne parece forzado. Y también soy un poco cursi a veces. Hay una gran película que se llama El cómico de la familia, con Billy Cristal, que tiene un costado sensiblero que me llega. Es como con el humor, siento que está bien hecho. Pero primero me llega, luego veo porqué. Eso pasa seguramente porque tiene coherencia con la historia que cuenta, no es un golpe bajo porque sí, para hacer llorar.

- ¿Abrirte a cierto lugar sensible podría desarmar estereotipos o imágenes que se tienen de vos?
- Yo estoy tratando de romper con todo eso. Y me parece que en esta radio (FM Metro) estamos como sin miedo, no nos da vergüenza mostrarnos como sensibleros, o decir que algo nos puedo emocionar. Y también reírnos. Las dos cosas. Ya pasó la adolescencia, no da mostrarse como rebeldes. Buscamos una coherencia con el mensaje, ampliar el horizonte, no abrazarnos a un discurso porque sí. Me parece que pasa por no avergonzarnos de lo que somos.

-¿Hay algo central que quieras decir como comunicador y artista?
- No sé qué decirte. Me parece que si me vas a ver actuando podés sacar tu propia conclusión. Lo mismo que me pasa como espectador me pasa cuando trabajo. O cuando hago todo esto que no sé si es un trabajo. No es que digo: “Voy a hablar de esto”, sino que me sale naturalmente hablar de lo que hablo. Lo más interesante es que debo trasmitir cosas que no sé, que no me doy cuenta. El otro día me puse a escribir un monólogo y comprobé que estaba repitiendo temas. Es natural, un poco me alegra.  Por un lado me digo que tengo que trabajar más, pero por otro siento que está bueno, porque estoy siempre alrededor de lo mismo.

- ¿Lo ves como un lugar de identidad?
- ¡Sí! (es muy expresivo, eleva la voz). Siempre estoy detrás de lo mismo. Y es también como te decía: hay cuatro o cinco temas. Y cada uno se las rebusca para contar qué le pasa con esas cosas.

- ¿Siempre tuviste interés, desde chico, por los decidores? Me refiero a relatores de fútbol, conductores de radio, hombres de la palabra hablada, en resumen.
- Sí. Hasta los 12 no hablaba. No es que estaba callado, pero era tímido. Y me gustaba la radio, que es un lugar de decidores, como decís, de gente que habla. Escuchaba a Víctor Hugo, a Dolina, a la vieja Rock & Pop, a Lanata. Me gustaba mucho escuchar los domingos, en las transmisiones de fútbol, sobre todo “la previa”, que me parecía radio pura. Eso me gustaba. Me acuerdo del placer de escuchar, me divertía, me entretenía. Me parecía una actividad solitaria en la que estás acompañado. Fue el primer paso para todo este camino.

- ¿Y la radio, como hacedor, sigue siendo un lugar de placer?
- Sí. No quiero ser injusto con los demás trabajos que hago, pero la radio son tres horas, todos los días, donde me siento muy relajado, muy auténtico. Hago, deshago, me equivoco, me corrijo, digo, me contradigo. Se puede hacer de todo, hablo de todos los temas, puedo invitar a una actriz, a un filósofo. Todo es muy flexible. Hacer todo esto me parece milagroso. Disfruto poder vivir de eso, me gusta hacerlo, vengo contento todos los días.

- ¿Qué otras cosas te dan una alegría tan potente como esta?
- La relación con mi hija. Y pequeñas cosas, que tal vez son momentos cortos, como ir a comer.

- ¿Qué aportó a tu vida la paternidad? ¿Te hizo ver de otra manera partes tuyas? ¿Te modificó en relación a la sensibilidad?
- Todos los lugares comunes que se dicen acerca de la paternidad son ciertos. Creo que ahora soy mejor, menos egoísta, más paciente. Y con una clara razón para vivir.

- ¿Cómo fue pasando la timidez?
- No sé cómo fue. Fue pasando. No hubo un suceso que me provocara dejar la timidez para empezar a hablar, fue de a poquito. Y la timidez no sirve para muchas cosas, no está bueno ser tímido, es mejor comunicarse, hablar.

- Solés hablar también de la vergüenza en tus monólogos.
- La vergüenza es algo que aparece una vez que ya hiciste algo. Y yo tengo esa vergüenza todavía, no es que no la tenga. A veces estoy parado en el escenario, haciendo un monólogo y me pregunto cosas mientras lo hago, la cabeza se me divide en ochenta cosas: el monólogo que estoy haciendo, con quién voy a ir a comer después, o lo que quiero comer esa noche. Eso pasa distinto cada noche. A veces estoy muy metido y a veces no tanto. Otras me da vergüenza. Digo: “¿Qué hago parado acá, ante 500 personas, diciendo estas cosas?, ¿qué es todo esto?”. Pero es un ratito.

- ¿Y qué pasa cuando un chiste no causa la gracia que pensabas?
- Dalia (Gutmann), mi mujer, dice que en todo esto hay que estar preparado para la frustración. Puede pasar. Pero hay que seguir adelante, buscar el otro chiste y ver qué hicimos mal.

- ¿El escenario es un lugar de conquista?
- ¡Sí! (de nuevo su afirmación entusiasta). Y más en este género (el stand up), que es de respuesta inmediata. O se ríen o no se ríen. Es así, cruel, pero cuando ganás sos un campeón. Y cuando venís tres noches a carcajadas y en la cuarta sólo se ríen, sentís que pasó algo. Hay gente que no es tan explosiva. Como espectador, me suele pasar que un show me gustó, aunque por ahí no me reí tanto. El que está en el escenario está expuesto. Somos inseguros, estamos haciendo algo desde nosotros, antes que desde un personaje.

- ¿Y la construcción de la comicidad en este género, tiene en general que ver con exponer las propias debilidades? ¿Lo que podría causar dolor se pasa a otro lugar?
- Casi siempre, sí. Totalmente. La comedia podía ser drama o tragedia tranquilamente, hay que ver el tono que se le da, la actitud que se le pone. La mayoría de los textos cómicos se pueden convertir en trágicos. Y viceversa.

- ¿Es sólo un cambio de perilla?
- ¡Sí! Es una actitud. Una puesta.

- ¿Sentís en la propia vida esa posibilidad de cambiar de circuito?
- ¡Sí! En una fiesta de casamiento se puede hacer una tragedia y en un velorio se puede hacer una comedia. Entonces ahí está todo. Estamos todos locos (se ríe).

- ¿Solés usar este mecanismo para enfocar las cosas que vivís?
- ¡Sí! A mí me funciona naturalmente la cabeza. Tampoco es algo que me propongo, sino que me surge. Yo digo algo y me lo imagino en ficción después. Siempre me pasa eso, anoto cosas.

- Además de ficcionalizar vivencias, pensaba en esa facilidad de desdramatizar las cosas que tal vez tengas.
- Desdramatizo, pero también dramatizo. Muchas veces uno se angustia.

- Ser comediante, entonces, ¿no puede ser fácilmente visto como una cura para las angustias?
- Muchas veces sí. Pero también uno se angustia por cosas que después no lo puede creer. Uno también es débil.

- ¿Donde ubicás una debilidad fuerte?
- Hablé de la ansiedad en mis últimos monólogos. Me juega un poco en contra, muchas veces.

- ¿Y el psicoanálisis es una buena ayuda para controlarla?
- Sí. Ayuda también para hacer monólogos. La terapia es un tema clave. Me parece un buen lugar para charlar cosas, para plantear. Ahí no tengo vergüenza, voy con todas mis miserias juntas. Llevo todo. Porque es alguien que te escucha, está para eso.

- Tener vergüenza ahí sería antiterapéutico.
- Sí, pero hay que luchar también contra eso. Uno a veces no tiene ganas de hablar de ciertos temas, porque pueden provocar dolor, molestia, incomodidad. Pero decís: “Si no lo hablo acá, ¿cuándo lo voy a solucionar?”.

- ¿Hay cosas que llevas ahí que no van a los monólogos o puede ir todo?
- Puede ir todo. Pero hay cosas que no llevo. Porque no quiero, no puedo o no le encuentro la vuelta graciosa. No es que todo sea un chiste.

- ¿Sentís que la palabra ha sido una gracia para vos?
- Esa pregunta es muy psicoanalítica. Sí, también soy un obsesivo de la palabra, de las frases hechas, las que decimos todos los días como si estuvieran bien dichas. Muchas veces tenemos construcciones que entendemos porque vivimos todos en esta ciudad y que un extranjero no entendería. Todo eso me parece gracioso.

- ¿Las frases hechas, algunas construcciones, te molestan si ya son un espacio vacío de sentido?
- ¡No! (tajante).

- No tenés entonces una mirada dramática, como la de algunos intelectuales, que se inquietan por ciertos usos de la palabra.
- Bueno, según en qué situación. Pero en lo cotidiano no tanto, cuando se usa un lugar común para bajar línea, ahí joroba un poco más. Cuando alguien quiere lucrar un poco más con eso, me es más molesto. Pero en general me parece más divertido que otra cosa.

- Recién usé la palabra gracia y le viste un sentido psicoanalítico. También puede tener uno religioso. ¿Cómo vivís en sí las creencias, la religiosidad?
- Algo hay. Sin duda. Muchas veces con los chicos de Metro y medio hablamos de religión, de Dios. Nos interesa hablar con un rabino, con un cura, hay un querer investigar por qué tanta gente cree en eso, qué es lo que tiene. Debe ser como una droga. Y también me parece que es algo para parodiar. La religión te la deja picando: que un tipo ayune una vez por año o que vaya caminando  muchos kilómetros para algo religioso, es para agradecerle a Dios. Alguno va a decir que falto el respeto, pero no es eso. Es para parodiar.

- Fuera de lo parodiable, ¿encontrás algún diálogo con ese misterio?
- No.

- En tu programa, de forma humorística, solés tener charlas con Dios.
- Pero hablo en la radio, fuera de la radio no.

- ¿Qué le dijiste a tu hija cuando te preguntó por Dios?
- En seguida le cambié de tema. (Se ríe). Le dije: “No sé muy bien qué es Dios”. Igual tiene tres años. Creo que me escuchó hablar con Dios en la radio y eso le queda.  Supongo que más grande me hará más preguntas, pero cuando crezca. Creo que vamos a ir hablando de igual a igual. Y vamos a poder compartir las dudas.

- ¿Podés ir vislumbrando qué le dirías?
- No mucho más. Lo que algunos presentan que es Dios. Puedo decirle que venimos de la religión judía y cómo lo presenta la religión.

- ¿No la estás haciendo vivir los rituales religiosos judíos?
- Muy poco. El Año Nuevo y la Pascua judíos, esas cosas. Pero no locamente.

- ¿Lo mejor que te dio la tradición judía está en una forma de trabajar y hasta hacer un culto a la palabra y el humor?
- Sí, una forma de acercarme a los escritores, a los comediantes. Tal vez si no fuera judío también me acercaría, pero así siento que hay lazos más cercanos. Me veo representado en muchas cosas.

- ¿Cómo explicás esa forma judía de hacer humor?
- No sé bien cómo definirlo con palabras. Supongo que es agarrar la religión, como un trapo, sacarle agua todo el tiempo, para que vayan saliendo muchas cosas. Y después reírse de lo que es la costumbre familiar. Todo eso. Tiene mucho que ver con cuestionarse, preguntarse, dudar.

- ¿Igual que con el psicoanálisis?
- Sí, totalmente.

- ¿Y tanto el humor, como el psicoanálisis, te han ayudado a aliviar esa angustia de la que hablabas antes, esa ansiedad?
- Sí. Todos necesitamos reírnos, contar nuestras cosas. De eso se trata la comedia y el psicoanálisis.

- ¿Qué sentís con la palabra felicidad?
- La palabra felicidad me parece demasiado grande. Uno dice demasiado esa palabra. Uno puede decir “Estoy feliz”, “Estoy contento”, pero me parece que la palabra felicidad es algo impuesto, una meta. Como cuando te dicen: “Pasala bien, eh”. Pero me estás amenazando así, voy a tratar de pasarla bien, pero no me pongas esa presión.

- ¿Como vivís esta época que entroniza la salud, el bienestar?
- Sí, hay una cosa acerca de las cosas que están bien y las que están mal. Pero, a la vez, veo que todo el tiempo se lucha contra eso, muchos se rebelan. Me parece que es una época interesante, donde muchas cosas tambalean. De ahí siempre sale algo.

- ¿Qué cosas no te gustaría que tambaleen?
- No, que todo tambalee. Y vuelva a quedarse quieto. Todo es circular.

- ¿Caos y orden?
- Sí. Todo el tiempo.


Biografía

1974: Nace en Villa Crespo el 23 de mayo. Hasta la actualidad vive en el barrio.
1990: Ser inicia su trabajo en radios alternativas, trabajando por dos años un programa sobre el Club Atlanta, del que es hincha confeso. Trabajaría como productor en Rock & Pop y  al final de la década conduce un programa de culto, Mamá Paga.
2000. Es productor por tres años de El parquímetro con Fernando Peña. Con él llega a escribir obras teatrales del actor, como Mugre o La burlona tragedia del corpiño.
2005. Gana un Martin fierro como revelación por su trabajo en el ciclo Indomables, como notero  y creador del sketch “Kitsch TV”. Conduce Wanna Be en X4. Participa del espectáculo teatral Cómicos Stand Up, el que hará por varias temporadas seguidas, junto a Peto Menahem, Martín Rocco y Diego Reinhold, entre otros. Publica su primer libro: Estoy cansado de mí y otros cuentos.
2006. Conduce junto a Gabriel Schultz Televisión registrada, ciclo en el que trabaja hasta 2010. Participa hasta 2008 en Duro de domar, también con Pettinato.
2007. Conduce Metro y ½  por la Fm Metro, ciclo que sigue hasta el presente. 
2008. Sale su segundo libro: Ser feliz me da vergüenza y otros cuentos.
2010. Participa de la ficción Ciega a citas, como actor.



1 comentario:

Alejandro dijo...

Muy bueno el articulo, no lo habia leido hasta que vi tu comentario al enlace de la revista "Uno mismo". Lo fui a ver en el 2007 en un viaje a Bs. As. en una presentación que se llamaba stand up 3 (creo) y me mate de risa. Saludos. Alejandro (Cogo)