9.7.11

Máximo Salas


"No se puede concebir el teatro sin riesgo"



El director argentino expone en la valiosa obra teatral Aún el viento, una mirada en clave chamánica sobre la violenta irrupción europea al continente americano. 






Diego Oscar Ramos



    Fruto de una mirada curiosa e investigadora sobre sobre la cosmovisión integral de culturas originarias americanas como los Wichi, la puesta en escena que Máximo Salas creó para la obra Aún el viento. El nudo de sangre (Espacio Cultural Pata de Ganso - Zelaya 3122, Buenos Aires, lo sábados 20.30 hs) expone una mirada muy personal sobre lo que por mucho tiempo se ha llamado la conquista de América. Antes que quedarse en la denuncia histórica de un proceso de aculturación vivido con extrema violencia, la obra se adentra con valentía estética sobre un universo cultural americano precolombino donde los viajes en el tiempo y el diálogo con entidades espirituales ligadas a fuerzas de la naturaleza formaban parte de la vivencia concreta de lo real. Viejo conocido de quienes se hayan acercado al teatro a lo largo de estas décadas para buscar sensaciones e ideas que puedan despertar preguntas, vale mencionar trabajos de Salas como la dirección de La Metamorfósis (Frank Kafka), con Lorenzo Quinteros o Tal como gustéis (William Shakespeare) con Pompeyo Audivert. Y serán apenas dos puntos visibles de una trayectoria que incluye, además de todo tipo de obras vanguardistas a nivel estética y temática, la creación de proyectos de arte y teatro para personas con capacidades diferentes y alteraciones psico sociales. Con esa experiencia expansiva sobre el arte escénico, Salas ha puesto en práctica con su puesta teatral Aún el viento sus certezas éticas y estéticas acerca de la posibilidad de impactar al espectador con un arte que puede modificar para mejor la realidad humana.


- ¿Podría contar el proceso de gestación de la obra? 
- La mayoría de las veces una obra se va gestando sin que uno lo sepa. Ideas sueltas, sensaciones y hasta imágenes parecen ir a un lugar y quedar como en suspenso, a la espera. Mientras tanto uno dice no tengo ningún proyecto. En mi caso sino hay una idea-fuerza y un mundo posible a descubrir no me pongo a ensayar. Sino aprendo algo, sino se me revela algo no tengo proyecto. Con Silvia Kalfaian queríamos volver a hacer una obra, yo la dirigí a ella y a Lorenzo Quinteros en Metamorfosis de Kafka en el Teatro San Martin. Con Silvia nos reunimos varios eneros y en uno de ellos hablamos sobre nuestras experiencias sobre Chamanismo, dijimos entonces tenemos una idea y un mundo a descubrir. Pero también susurramos, será posible llevar este mundo al teatro? Bajo que condiciones, sobre todo de espacio-tiempo, porque este es como un huevo donde todo se da a parir, lo posible y lo imposible juntos. Nos miramos como si estuviéramos viendo por afuera nuestro y concluimos; será durante la conquista española, el trabajo que hicieron ahí los chamanes. Ese encuentro fue muy fluido, fue como nuestro primer viaje por el tiempo, es como si hubiésemos sentido el llamado de ese mundo. Y es así, se puede sentir a diario, hay mundos que te llaman para que hagas algo con ellos. Los tomas o los dejas. Nosotros ya estábamos 300 años atrás, y aun hoy desde luego, en medio de los chamanes del pueblo Wichi. Creo que así nos iniciamos en Aun el viento.

- ¿Cómo llegó a la idea estética central, con su enfoque centrado en el universo chamánico?
- No es mi primera obra sobre los pueblos originarios de América. En 1985 dirijí con Ricardo Holcer “América Macbeth”, sobre Shakespeare, fue muy bien criticada por la prensa, una especie de obra de culto para el público. Creo que el mundo de los chamanes pone a prueba toda estética, más bien la hace encontrarse con líneas de todo tipo; micro-percepciones, devenires animales, devenires infantiles, danza, viajes, alianzas etc. Eso que ocurre a cualquiera de nosotros sin que nos demos cuenta, para ellos es el único mundo posible, donde habitan todas las transformaciones, las convenientes y las inconvenientes. En este sentido no hay estética para los chamanes, sería como un juicio a priori, hay pruebas y trabajos, objetos de poder y nombres, pues en realidad toda forma de ser, de poder ser está en continuo cambio, no sabemos lo que puede tal persona en tal momento. Ni siquiera sabemos cual es nuestro nombre propio cuando amamos u odiamos, no creo que sea el mismo. El mes pasado la televisión inglesa nos mostraba a una anciana “muy inglesa” que desbarató a paraguazos el robo a una joyería. He aquí un objeto de poder, una boca que grita, un nuevo cuerpo, quizás un nuevo nombre. El filósofo Gilles Deleuze llama a esto “estética en fuga” un continuo salirse de los límites del yo, una constante búsqueda de superación para sentirse vivo. Pienso que en esta estética en fuga de los chamanes también hay lugar para el disparate, la carcajada para con uno mismo, la sana locura que dialoga con la enfermedad y le ordena o le explica como debe salirse. Todo puede verse como un juego de niños, lo imposible es su objeto exaltado y afectivo.

- ¿Siente como una apuesta teatral de riesgo el haberse centrado en concepciones chamánicas para relatar la transición entre la América previa a la llegada de los conquistadores y la posterior?
- No se puede concebir el teatro sin riesgo. Ahora creo que el mundo del arte, del espectáculo, como está hoy, como lo soportamos hoy, está lleno de falsos riesgos. Los conflictos de la mass-media familiar dominan la escena teatral con su temática de derrumbes, abandonos, homosexualidad y adolescentes embarazadas. Y de ahí no salen como los peores psicólogos. Es cierto que el único riesgo que nos queda por jugar es el del amor, pero al amor hay que buscarlo abriendo la vida y no quedándonos chapoteando en el pozo del resentimiento y la mala conciencia. A esto ya lo mamamos desde pequeños. Los riesgos en “Aun el viento” eran justamente como sobrepasar el resentimiento y la mala conciencia entre dos culturas, la europea y la americana. En la obra, la esposa de un comandante español se enamora de un esclavo indio. El comandante los encuentra y fusila al amante. De seguido, la blanca, embarazada del indio, huye con su vieja mucama wichi y esta la lleva a parir a una cueva sagrada. Alli, cuando pare, la madre muere. Y los indios se quedan con el pequeño mestizo destinado por los dioses para ser el primer jefe mestizo de la tribu. Sin embargo pronto todo cambia. La madre muerta resucita y busca a su niño, cree que lo han raptado. Sin embargo el chamán empieza a entender qué está pasando, y nosotros con él, a ella la están preparando, la están iniciando para ser hechicera. He aquí entonces el nudo de sangre entre estas nuestras dos culturas. Nudo de amor y de barbarie que llega hasta nuestros días. El paradigma del amor se abre, antepasados de una y otra cultura intervienen como sombras, como sueños y pesadillas, todos tienen algo que decir y todas son posibles alianzas. En realidad, nos creemos que estamos solos, pero somos cada uno una cultura y una comunidad de afectos y sentimientos a la hora de tomar una acción, de darnos una idea. Luego está el riesgo de cómo llevarlo a los cuerpos, de cómo hacer que los actores devengan chamanes y parteras, y no hacerlos sucumbir en los planos del naturalismo o realismo. Como meter a los espectadores en la cueva sagrada, como integrarlos como otros tantos espíritus y no dejarlos en sus butacas para que se identifiquen o busquen, una vez más, sentirse representados. Eso sí que sería triste.

- Desde el punto de vista de esas concepciones mágicas o místicas, ¿cambia radicalmente la idea de derrota o conquista que pobló muchos relatos sobre esta transición histórica? 
- Buena pregunta. Creo que eso lo tienen que contestar los espectadores. Recuerdo que era Nietzsche el que decía que esclavitud y dominación son ante todo estados internos. En todo sentimiento de triunfo o derrota siempre hay algo de amor y algo de dolor. Los europeos que triunfamos no dejamos de ser esclavos, lo que nos da a pensar que toda guerra de dominación es una guerra entre esclavos como escribía Foucault. Con Aún el viento quisimos agitar la memoria, la deuda que tenemos todos con los pueblos que nos precedieron y sobre pasar el pensamiento que nos dice “pobre gente”, “sí, que terrible que fue eso, chau buenas noches”. Y la única forma es llegar a la emoción, a la locomoción del corazón, solo allí puede haber futuro y no pasado de lo mismo. Creo que el espectador asiste también a una iniciación en su forma de pensar y de sentir, porque hay en toda la cultura chamánica un modo de pensar y sentir que tal vez esté en el futuro de esta modernidad perezosa. Creo que esta cultura ancestral nos enseña que entre triunfo y derrota hay un cúmulo de situaciones intermedias que hacen que una o la otra no tengan demasiado sentido ni alcanzan la verdad. Lo que si siento es que estas grandes deudas sobre vuelan cada vez más nuestros actos, porque toda deuda es un cuerpo vivo que respira y recorre las ciudades, son como aullidos y cantos de niños que claman por un mejor lugar. Median en nuestros deseos y en nuestro sueño, están en nuestros zapatos. Nada está en la memoria sin tener presencia en acto.

- ¿Qué piensa sobre la famosa previsión maya del 2012 de la que tanto se habla desde hace unos años? Me interesa saber qué opina globalmente sobre este tema, tanto desde la visión más plana que habla del fin del mundo como las lecturas espiritualistas que mencionan la llegada progresiva de un cambio de conciencia colectiva.
- Ah sí, está esa predicción de los mayas. La verdad que no tengo opinión. Lo que si me parece interesante de los mayas es su concepción de la muerte y del fin del mundo. Hay una hermosa obra de ficción de Liliana Bodoc, La Saga de los Confines donde la autora se acerca a ese pensamiento. Ella plantea, como otros, que los mayas se fueron de esta tierra a través del fuego en un momento del cielo determinado por sus hechiceros astrónomos, que por ese agujero en el espacio-tiempo viajo la mayoría del pueblo. La concepción de la muerte y del fin del mundo de estas culturas dista mucho de la nuestra, ya podemos ver en ellos que la muerte es un pasaje, una puerta o un túnel, o bien que lo que llaman fin del mundo es la terminación de una era, en cambio para nosotros es el terror apocalíptico. Se ve esto también en la educación y formación de los niños. Tocar el frío de un cadáver daba coraje y determinación para la vida. En cambio, en mi caso, cuando murió mi abuelo paterno, yo tenía 8 años, y mis padres creyeron conveniente que no asistiera a su velatorio. Consecuencia de esto, tuve pesadillas en que mi abuelo salía como un zombi desde su tumba y me mostraba cómo estaba. De seguro que esto plantó mi miedo a la muerte. Hay que ver que toda nuestra sociedad está construida sobre el miedo. El miedo es dinero, capital que se mueve constantemente en armas, medicamento, consumo masivo, y es por supuesto estado interno de cosas que nos asfixian. Creo que sin embargo hay un cambio en la conciencia colectiva, y esto a mi entender habría que buscarlo en los terremotos que sacuden a las grandes religiones que da a lugar a nuevos caminos espirituales, aun dentro de esas mismas religiones. Y esos caminos espirituales son como aire fresco que llega a la ciencia, a la educación, al arte y a los proyectos sociales. Para mi la conciencia colectiva se abre cuando la muerte camina junto a nosotros, como un doble nuestro, porque vemos que si la rechazamos ella se agranda como un fantasma y va a nuestra espalda. Entonces todos nuestros actos de creación tienen su sello.

- ¿Podría explicar qué es lo que le interesa más del chamanismo americano? ¿Cuál es su historia en sí con estas concepciones mágico espiritualistas de la vida?

- Hace unos años, con la psicóloga Haydé Romero y otros profesionales, hemos formado la Asociación Entrelazos. Nos dedicamos a la creatividad en los vínculos, el trabajo y los talentos. Hemos investigado mucho un tema que hace cientos de años que ha sido dejado de lado; los cuatro elementos, la tierra, el agua, el fuego y el aire. Tema que en ciertas culturas americanas es decisivo a la hora de curar, alimentarse y predecir acontecimientos. Pensamos que la Creación del Todo a terminado y esto es un error. La Creación está viva y de continuo tiende a expandirse. Cómo? A través de las creaciones de todos los seres vivos. Y que comunica la Creación del Todo con las nuestras? Los cuatro elementos. Porque ellos son medios y están en todo lo creado. Hay en ellos una ecología dramática de la creatividad. Sentimos que hay una rueda de los elementos en cada uno de nosotros, rueda que permite que pasemos de un elemento a otro fluidamente, espontáneamente. Los problemas de creatividad sobrevienen, esto lo sabían los chamanes y casi toda la antigua cultura oriental, cuando un elemento domina en exceso y obstaculiza el paso de los otros. Imaginemos una dominancia de fuego que crea acciones de ira y desesperación, o una dominancia de tierra, con sus nostalgias, depresiones, fobias y ocultamientos. Los otros dos elementos son los que pueden hacer saltar la dominancia y volver a girar la rueda. Esto es posible sentirlo y registrarlo tanto interna y externamente vía respiración y bio-energía. Nuestra idea actual de Ecología aun está en términos de Naturaleza y no aun de creación. Sin embargo sabemos que la Naturaleza, incluidos por supuesto nosotros, somos todos una comunidad de seres de creación, y de esto depende la expansión del Todo. Para quien le interesa el tema pueden entrar a la pagina web de Entrelazos.


- ¿Siente que hoy el teatro puede ser un lugar de transformación humana? ¿Y considera que su trabajo a lo largo del tiempo ha estado vinculado a ideales de este tipo?
- Ah sí, dalo por hecho. La prueba está que cada vez más personas hacen teatro, y por distintos motivos. Siento que esto se debe a que el teatro abre las puertas a la auto-afirmación y la confianza, y por otro lado nos permite sentir todos los personajes que puede haber dentro nuestro. Hace años que trabajo teatro y danza en personas con necesidades especiales, en la Asociación de Padres de Hijos Especiales, APHE, de Bernal. Son jóvenes y adultos con discapacidad física y mental. Esto fue una prueba para mi, una hermosa prueba que cambió mi vida otra vez. Cuando me llamaron para ver si quería hacer un taller de teatro en un Centro de Día contesté que ni loco, que no sabría ni por dónde empezar. Claro, yo estaba dirigiendo teatro profesional producido por Carlos Rotemberg, otro mundo. Sin embargo la sorpresa fue enorme con estos jóvenes, ya que todos disponemos de una capacidad de teatralización que está a la espera, como dormida, y vasta que la pongamos en acción para que se despierte. Hoy los padres pueden ver y hablar sobre lo que el teatro les dio a sus hijos. Hacemos funciones y salimos de gira. A su vez hay otra cosa, el escenario. El poder del escenario es algo colosal. Algo elevado y suspendido entre la tierra y el cielo hace vibrar la energía desde otro lado, y la sentís. Por eso podés tocar a los espectadores.

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