14.11.11

Crónica: Festival Internacional de Jazz San Luis





Revista Rumbos
Noviembre 2011




TEXTO

Música del alma

         Con la épica apuesta de federalizar eventos que históricamente suelen darse casi únicamente en Buenos Aires, el reciente Festival de Jazz Internacional San Luis tuvo como centro un homenaje al eterno Miles Davis. E hizo que talentos internacionales o locales como Wallace Roney, Rufus Reid, Cyrus Chestnut,  Jacques Morelembaum, Mariano Loiácono, Ricardo Cavalli, los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso o Tito Oliva, tuvieran a Potrero de Los Funes como marco ideal para hacer del Jazz un arte palpitante de la inclusión de lo más diverso.
Diego Oscar Ramos


Las palabras

La pregunta era simple, saber qué sentían los músicos del Festival de Jazz San Luis con una palabra tan llena de historias y sentidos como el jazz. Y pocas veces  acontece que una conferencia colectiva genere conceptos que resuman lo que mejor definiría a un evento que recién comenzaba. “El jazz es libertad, esa es para mí su mejor traducción y también es reunión, porque a través de la libertad los músicos se juntan para llegar a un lugar bello”, contestó el cellista brasileño Jaques Morelenbaum, muy querido en Argentina por su trabajo como productor de Caetano Veloso. Y dio una llave para comprender que el festival que se inauguraba ese viernes 14 de octubre, inédito en San Luis, podía ayudar a redefinir las percepciones de lo que hoy se entiende como propio del jazz, esa música que naciera a finales del siglo XIX en Estados Unidos de la transmisión de la sensibilidad africana a través de instrumentos europeos. Claro que toda esta historia podría parecer ajena para músicos como los del dúo Tonolec, quienes fusionan cánticos de comunidades tobas con electrónica, pero su cantante Charo Bogarin se las ingenió para traducir las potencialidades de unión respetuosa que hay en su música. “Es muy importante estar compartiendo con músicos del jazz lo nuestro, por una cuestión de apertura de mente y del corazón, porque cada música vibra en diferentes lugares y así como la popular es aquella de la que más cerca nos sentimos, el jazz puede hasta ser música de elite, pero también nace del sentir de un pueblo, vibra en una frecuencia y transmite un sentir”, dijo como susurrando la cantante formoseña, con una delicadeza en su musicalidad oral que contrastó con la efervescencia con que Hugo Fattoruso - pianista, arreglador, compositor, miembro de agrupaciones como Los Shakers u Opa, además de colaborador de lujo de músicos como Jaime Roos, Milton Nascimento, Djaban o Ruben Rada – se para, provoca sorpresa por buscar la mirada de los presentes y realizó una jam sessionvocal. “Nosotros hemos aprendido del jazz americano, de la música brasilera, de los tambores de candombe de Uruguay, del folclore argentino, tocamos un poco de cada cosa, pero con ritmo ensalada”, provocó risueño Fattoruso. Y con su gesto de poner el cuerpo, dio pie a que fuese la emoción la que dominara. Convocado por el organizador Roby Aidenbaum, luego de expresarle a todos los invitados ilustres que en nuestro país eran amados, el refinadísimo saxofonista argentino Ricardo Cavalli pareció necesitar respirar más aire que en sus solos y mirando a los músicos americanos de la Miles Davis Tribute Band – el trompetista Wallace Roney, el baterista Jeff Tain Watts, el contrabajista Rufus Reid, el pianista Cyrus Chestnut y los saxofonistas Antonio Hart y George Garzone – encontró una metáfora deportiva para expresar su impacto emocional: “Hay mucha pasión en este evento,  estamos haciendo todos lo que más nos gusta,  frente a grandes referentes de la historia del género,  esto me recuerda la situación de Los Pumas contra Nueva Zelanda, póngase en nuestro lugar, lo único que puedo decir es que siento gratitud”. Seguramente tomando la sonrisa de Cavalli como un pase para hacer su solo de bienvenida, el notable contrabajista Rufus Reid, con voz tan grave como su instrumento, fue contudente: “Vine a hacer aquí lo único y todo lo que sé hacer, tocar con esta banda me enorgullece y también ser convocado para un tributo a Miles, quien lo mejor que hacía era lograr que cada músico diera lo mejor de sí, por eso, lo que van a escuchar es lo que nosotros queremos escuchar, para nosotros mismos va a ser excitante”.
La música

         Si el agua puede servir de metáfora de cambio y movimiento, el lago a cuya vera se creó el Hotel Potrero de los Funes – ubicado a 16 kilómetros de la capital puntana - le dio mucho más que un marco visual placentero al Festival de Jazz Internacional San Luis. Que fuera en un escenario montado sobre la terraza de un restaurant flotante donde se inaugurara el festival con el concierto del quinteto del talentoso trompetista argentino Mariano Loiácono resaltó el carácter mágico que el mejor jazz puede generar en quien se entrega sin miedos a sus movimientos. Y si el placer ya estaba instalado en el atardecer serrano, el clima de misticismo lo terminó de crear el dúo Tonolec, ya en el auditorio principal, en canciones simples de capas sonoras cuidadosamente ensambladas, donde Bogoarin entonó versos en lengua qom y llevó a todos a tiempos prehispánicos con sonidos de tiempo presente en las bases electrónicas del chaqueño Diego Pérez, con los aerófonos de Nuria Martínez y las percusiones de Lucas Helguero dando matices afroindígenas a un concierto que supo emocionar e hipnotizar, sobre todo por cierta seducción chamánica de la cantante. A su manera, también fue mago Hugo Fattoruso, junto a su hermano Osvaldo en batería y el bajista Andrés Ibarburu. El pianista logró ser una especie de Joao Gilberto uruguayo, al jugar travieso con ritmo y armonías, creando un manjar con el vértigo de lo imprevisto, que pasó del candombe a los sonidos brasileños y el jazz más libre. Igual de aventurero, aunque con un set prolijo y una musicalidad desligada de cualquier disonancia hasta como efecto, el Jaques Morelenbaum Trío mostró que la herencia de Tom Jobim – el compositor que más y mejor unió al Brasil con el jazz - puede tener un referente actual en la manera en que géneros populares como el samba carioca pueden ser recreados con destreza académica sin perder sabor ni llegada inmediata al público. Con un baterista como Rafael Banana y sus magistrales usos del silencio además del efectivo guitarrista Lula Galvao y luego la voz de su esposa Paula, el cellista le dio a canciones clásicas de la MPB como Aguas de marzoDesafinado o la menos transitada Receita de samba un formato instrumental tan lujoso como accesible.
         La siguiente jornada, además de jam sessions y diversos conciertos previos al cierre donde se apreció el arte de agrupaciones como Jazz Cordillerano del creativo pianista Tito Oliva, con su reciente incorporación del bandoneón a su formación, la noche final del festival se inició con el jazz rock progresivo del guitarrista puntano Silvio Páez, siguió con la fusión dejazz y música popular italiana del pianista romano Fabricio Pieroni y siguió un encuentro emotivo. El saxofonista Ricardo Cavalli sumó a su admirado George Garzone a compartir escena junto a los argentinos Guillermo Romero en piano, Eloy Michelini en batería y Carlos Álvarez en contrabajo. Fue un goce absoluto ver cómo dialogaban con colores de jazz a la John Coltrane ambos instrumentistas, haciendo de la música un instrumento de comunicación humana. Y una ofrenda de amor a los dioses. Si el gran Coltrane lo escuchó desde el cielo de héroes del jazz debe de haber estado feliz. Y esa sensación debe de haber tenido el propio Miles Davis (1926-1991), al ser reverenciado en esas virtudes de excelencia y disfrute por músicos que Eidenbaum logró juntar en San Luis luego de más de dos años de trabajo constante. Con el trompetista Wallace Roney como jefe de la tribu, por ser quien no sólo tocó con Davies en vida sino quien está representando más una tarea de resguardo de su obra, el grupo tocó músicas como Blue in GreenSeven Steps to heaven o Footprints, demostrando que todo lo que pueda decirse sobre el jazz y sobre uno de sus máximos creadores se vuelve un intento intrépido de traducir lo innombrable. Y si bien podemos remarcar la destreza y la energía desbordante de músicos que cada uno en su propia carrera están construyendo nuevos caminos para la evolución del género, el hecho de verlos juntos para recrear lo que muchos marcan como la era dorada de Davis y del Jazz -entre los ´50 y los ´60- fue un hecho placentero e histórico para un primer evento de este tipo en San Luis. El público presente el fin de semana, los propios músicos del tributo y quien sabe también Miles en su trono de nubes inquietas, deben de haber festejado cada solo en que los instrumentistas parecen equilibristas sobre un abismo, pero más aun el swing total del concierto y esa manera en que, todavía hoy, la historia del jazz sigue escribiéndose. Nota por nota





El sonido de Cuyo


         Con una larga trayectoria como pianista y docente de música, Tito Oliva asegura que la región del Cuyo tiene un jazz de sonidos propios. “Al estar alejado de los circuitos donde el jazz tiene una academia, obtiene una identidad al no estar tan enfocado a ciertos lenguajes establecidos y ser una plataforma para experimentar”, asegura el instrumentista nacido en San Juan y agrega: “las armonías que uso tienen que ver con la luminosidad de la zona, con la claridad y la lejanía de la cordillera y esa nostalgia que implica vivir en una zona desértica”. Para el músico, además, estos festivales incentivan el crecimiento y potencian el significado múltiple de la palabra reunión: “Hace referencia a tener la amplitud de escuchar al otro, sin prejuicios, lo que también es un trabajo, una experiencia que hay que aceitar en la vida, para aprender a valorar y hasta tener la valentía de traspasar algunos límites”.


Sin temor a lo desconocido

“Vivo para lo desconocido, eso es lo excitante, mucha gente tiene miedo, pero sé que va a ser bueno”, asegura el contrabajista Rufus Reid, pocas horas antes de pararse al ladode su compañero de exploraciones una vez más. Esta vez para tocar por Miles. Si bien no tocó con él, sí lo conoció y admiró en él una personalidad fuerte, que hizo que pudiera transformar la historia del jazz. “A mucha gente no les gustan las personas que tienen personalidades fuertes, pero la individualidad es necesaria, es muy importante que a la gente joven se la aliente a experimentar”, dice Reid, dice que él mismo puede ser catalogado de obsesivo, como le pasó a Miles o a Coltrane, que siempre parecía estar buscando algo. “Nunca estaban satisfechos y puede ser muy peligroso para la mayoría de las personas, pero para ellos no lo era en absoluto, era algo que necesitaban y tenían que hacer”.
  
Celebración de la diversidad

“Si algo podemos incluir en la definición de jazz, además del trance africano junto a la instrumentología y parte de la armonía europea, es la celebración de la diversidad”, menciona el saxofonista Ricardo Cavalli y compara a Nueva Orleans, donde nació, con Buenos Aires, por haber sido sitios propicios para el cruce racial y cultural. Cerca en su estilo de las décadas del 50 y el 60 donde florecieron figuras como Coltrane y Davis, Cavalli explica la implicancia en el género del logro de un sonido propio: “Es fundamental encontrar ciertas cosas que se repiten, modismos que son parte de la expresión, que van haciendo tu sonido, que es la vibración que uno emana en el conjunto de sus ideas, en el plasmar sus convicciones estéticas, enla forma de decir, en lo distintivo de tu personalidad”. 





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