19.11.11

Juan Palomino



“Cada uno es responsable de ser protagonista del tiempo que nos toca”
  El popular actor cree en un arte que estimule valores colectivos y religue a las personas con su identidad. En este entrevista inédita de 2008, habla de la herencia cultural africana de América, temática que  vive muy de cerca por el trabajo difusor de su padre comunicador. Y por su participación en el grupo musical Negros de Miércoles. Además, expresa los vínculos fuertes que lo unen con la Medicina.  


Diego Oscar Ramos 


Juan Palomino habla del placer que siente siendo parte del grupo afroperuano Negros de Miércoles, con una potencia corporal que también llena de gestos cada relato de lo que ha vivido los últimos años haciendo de Martín Fierro para el cine, de Juan Moreira en giras teatrales por todo el país o como compañero de su padre - el comunicador José Palomino Cortez - en la difusión de valores naturales del ser americano en programas radiales como el ya histórico Nuestro continente. Hoy el actor, popularísimo por sus roles seductores en televisión y cine, se amiga con un para él inimaginable rol de galán y valora que los papeles masivos le permitan sostener un arte que construya identidad y restituya memoria. Como argentino se ha sentido feliz de convertirse en Fierro, pero como ser criado en el Cusco profundo supo ver que el personaje tenía una similaridad social con muchos excluidos sudamericanos y encontró un mensaje potente: los grandes desencuentros se dan por estar distraído a lo que le pasa a los otros, pensando que podemos salvarnos solos. Eso también lo quiere transmitir en el documental Causas, en etapa final, donde la convivencia con los integrantes del grupo musical fue el inicio de una investigación sobre la negritud en América.

- ¿Qué recuerdos tenés de tu infancia en Cusco?
- Los primeros recuerdos son el descubrimiento de las sensaciones, el primer enamoramiento. Me acuerdo claramente del nombre de la primera chica de la que me enamoré, Rocío Castañeda Carolingo, cuando tenía cinco años. Nunca fui correspondido, hacía todo lo posible. Y recuerdo también que no pude hacer de San Martín porque era moreno. Después aparece toda la majestuosidad de la cultura quechua, una ciudad construida con bases de la cultura incaica. Ese clima distinto donde confluyen muchas personas del mundo me permitió tener una visión más universal de la realidad. En mi madurez, cuando hice Atahualpa en teatro, me di cuenta que los puntos de referencia que tomaba eran de mi historia. Y cuando regresé, después de 18 años, sentí que mi actitud frente a la vida tenía que ver con algo que pude cerrar allá, en el año ´96.
         Palomino había regresado antes a la Argentina, con 16 años, poco antes que el teatro llegara a su vida, la principio para ayudarlo a integrarse socialmente en una cultura bien diferente a la cusqueña. Y se convirtió en su profesión. Ya adulto y exitoso, en 1996, regresa por primera vez a la tierra de su infancia y hace algo que aquí no acostumbraba, afeitarse en una barbería. El cholo que lo afeitaba le habló de un hombre peruano que había vivido en Argentina, al que le agradecía de por vida el gesto de haberlo llevado de chico a conocer el Macchu Picchu junto a otros hijos de obreros de una cervecería. Ese hombre era su padre José. “Ahí se me puso la piel de gallina”, cuenta el hijo, religado desde entonces a un mundo que antes hasta rechazaba: “Redescubrí todo lo que yo de niño sabía que había, esos fantasmas, ese mundo de conquistadores y conquistados, saldé deudas y pude reconocerme en cada uno de los monumentos arqueológicos”.

- ¿Y cómo vivís la actual difusión mediática de la riqueza precolombina?
- Me parece fantástico que todo ese bagaje cultural se proyecte al mundo, pero ¿qué le queda al auténtico habitante? Eso me llena de contradicciones, pero no me quedo quieto. Transmito mi esencia como hombre, mi gran desafío es mostrar las culturas originarias a partir de la música y la actuación. Y tomo lo afro como algo originario, porque responde a una identidad muy fuerte. Sin ser afrodescendiente directo, con la mixtura de un papá cusqueño con raíces españolas e indias y una mamá argentina con raíces vasco francesas, mi memoria recurre a toda la información que corporalmente llevo. Y aparecen cosas que aparentemente no están, como lo negro, pero a las que me siento muy conectado.

- ¿Y con qué valores te ligó el trabajo con el grupo musical?
- Con la tolerancia, con acomodar las piezas, escuchando, para poder sacar lo mejor de uno, con proyectos que nos permitan vivir en este mundo. Y es responsabilidad de cada uno el ser protagonistas de los tiempos que nos tocan vivir, en la responsabilidad con la familia, en lo que pasa en tu cuadra, tu barrio, tu ciudad. Uno no puede estar indiferente a la vida.

- ¿De todo lo que hiciste con qué te has sentido más identificado?
- Con Atahualpa, que fue la génesis de este mensaje, luego haber hecho al Martín Fierro en la versión de Gerardo Vallejo, me permitió darme cuenta de que la realidad del gaucho es la misma que la del llanero venezolano o del campesino peruano, uruguayo, paraguayo, ecuatoriano o colombiano. Y me permitió ver que estaba ya presente esto de ocuparse sólo de lo individual, porque Fierro no veía que en los otros ranchos se iban llevando a la gente para formar parte del ejército que combatía al indio. Se dio cuenta cuando tocaron a su puerta, como en el poema de Bertold Brecht y todo parte de que sólo le importaba su familia. Es fundamental dejar de lado intereses individuales para pensar en lo colectivo, porque a todos nos conviene darnos cuenta que el sistema individualista ha llevado al hambre y la miseria. De nada sirve la beneficencia, si los que tienen responsabilidad para opinar no son críticos del sistema. Hay que juntarse entre los artistas de América Latina para presionar a los gobiernos al cambio.

- ¿Sentís que los artistas tienen un poder real de acción social?
- Si, tienen una herramienta fundamental. Yo quise ser actor para contar historias  que me representen y cuando hago teatro trato de ser un referente del tiempo en que vivo, ese es el rol de los hombres que se dedican a comunicar emociones públicamente. No entiendo la indiferencia del artista frente a la realidad que vive.

- ¿Qué has sentido con el teatro popular participativo que has protagonizado en estos años?
- Haber hecho Juan Moreira en 10 localidades de la provincia de Buenos Aires, en relación directa con el público, con miles de espectadores en una calle que significa mucho para ese lugar, con gente del pueblo incorporándose al espectáculo, opinando, gritando, es un antes y un después.

“Quiero hacer esto toda mi vida”, dice Palomino y relata entonces una escena vivida en Chivilcoy que lo conectó con el poder del teatro para ligarse con un reservorio de memoria popular. En la escena final de su personaje escuchó que un hombre gritaba “No te mueras nunca Moreira”, desde las entrañas, como en un tiempo mítico. “Eso no lo olvido más”, dice, también él con voz profunda y agrega que algo intenso sintió también con todo el ciclo de la obra La tentación, donde interpreta a Dorrego, por distintas provincias. “Hemos ido a pueblos de mil habitantes donde 500 vieron la obra en la escuelita abarrotada, algo está pasando compadre”, expresa satisfecho el actor, que ve en ese interés por la discusión de visiones de nuestra historia, un signo positivo para sentirnos unidos. En este tiempo, así, la palabra en escena tiene para él un papel importante: “Recuperar el teatro de texto es uno de los hechos esenciales de mi carrera, me da mucha alegría, estoy ganando el pan dignamente, cumpliendo con los cometidos del teatro, entretener e inducir a la reflexión y la emoción”.

Arte curador

- ¿Qué quedó en vos del joven que quería ser médico?
- Quedó en un personaje, ahora, que hago de médico. (Se ríe con ganas, luego de hacer referencia a su papel actual en la novela Mujeres de nadie). Lo que queda esencialmente es el estar atento a la mirada del otro, el poder estar solidariamente ante aquellas personas que a uno lo necesitan.

Mucho de esto ya estaba presente al inicio de la carrera de Palomino, cuando estudiaba teatro y trabajó en el hospital neuropsiquátrico Melchor Romero. “Estuve durante 3 años, los dos primeros como auxiliar de enfermería sereno, quedándome de noche con 200 pacientes en los pabellones, después como administrativo en el servicio de Rehabilitación”, detalla, cuenta que vio situaciones de gran maltrato con los pacientes a las que él no se hacía el distraído, por lo que tuvo problemas con los médicos, salvo con tres profesionales atentos – “el Dr. Serafín Pérez, el Dr. Grinberg y la Psicóloga Silvia Cardona” - que le propusieron dar un taller de teatro. “Formé un grupo que aún subsiste y fue la primera vez que los pacientes del hospital salían a la sociedad a mostrar una obra, cuando fuimos en un colectivo que contratamos la Escuela de Teatro de La Plata e hicimos Un sueño inolvidable, un gran circo donde todos tenían roles, el mago, el domador, el payaso, los animalitos, era muy simple, pero empezaban a emitir opinión”. Palomino se entusiasma, dice que fue un momento clave humano y artístico de su juventud, donde vivió otras situaciones bien creativas: “Un día se me ocurrió dar vueltas en moto con los pacientes peligrosos con los que estaba encerrado 9 horas, les hacía dar vueltas, uno por uno, en los pasillos anchos - hace ruidos de acelerador, gesticula - pero me cuestionaron que le estaba cambiando la rutina a los pacientes y pedí la renuncia”.

- Por cómo hablás, se nota que son cosas que te toman por entero.
- Sí. Lo mismo sentí al plantar árboles en San Luis en un plan de inclusión social con personas sin trabajo. Planté como cien con la gente. Y mis compañeros de filmación me miraban y algunos se reían porque hacía eso en los ratos libres. Pero, ¿cómo te vas a perder la posibilidad de plantar árboles con compatriotas de otras provincias? Todo esto te va nutriendo, colocándote en un nivel de sensibilidad, como para poder relacionarte con lo esencial de las personas.

- ¿Sentís internamente el arquetipo del hombre silencioso, para adentro, que puede definir ciertos aspectos del hombre originario americano?
- Sí lo he tenido. Cuando vine de Perú, de adolescente, con una forma rara de hablar, con una miopía galopante, con anteojos gruesos, vestido a la usanza peruana, no encajaba por ningún lado y me iba deprimiendo. Estaba a destiempo con los adolescentes, con el hablar, con el color de la piel. Eso me hizo hablar poco, imaginar mucho y estar solo. Pasé como siete meses sin contacto con gente de mi edad. Me la pasaba caminando y yendo al cine.

- ¿Ahí te propone tu papá estudiar teatro?
- Sí, mi viejo es muy intuitivo, pasó un día por la escuela de teatro y le pareció que me iba a hacer bien. Me dijo que lo hiciera, mientras me preparaba para Medicina. Fui y me llevó dos o tres años darme cuenta de que quería ser actor. Yo quería ser médico, bombero, piloto, policía, soldado, astronauta. Es que vivía jugando solo, me encantaba construir mundos. (Se mueve como habitado por el niño que juega).

- ¿Qué te dio el teatro?
- El teatro me dio seguridad, construyó mi autoestima. Descubrí la lectura, los clásicos, empecé a ver cine europeo, a tener otro lenguaje, a entender la realidad política que se estaba viviendo. Y me permitió tomar conciencia de que valía vivir la vida desde el lugar de la entrega sin dudas, de dar lo que uno tiene para dar.

- ¿Y que significó trabajar con tu padre?
- Fue un reencuentro con sus puntos de vista y los míos. Me parecía fantástico poder ver la identidad a partir de la relación padre hijo. Cualquier cosa que encaremos juntos está hoy teñida de tolerancia, respeto, discrepancia, pero fundamentalmente de amor. Nos elegimos para estar juntos.

Amor de familia


Juan Palomino habla de sus hijos y se le ilumina la cara. Nombra con ganas a Sofía, de 18 años, Arón, de 10 y Floriana, de 4, como una verdadera familia, donde los tres son hermanos, sin que el hecho de que hayan nacido de madres diferentes le reste algo a la hermandad natural. “Ellos se llaman, se juntan en casa, festejamos juntos los cumpleaños, a veces se suman las mamás de mis hijos, que son parte de mi patrimonio de afectos, pudimos entender que hay formas de construir respeto, en las buenas y en las malas, cuando hay desencuentro lo atravesamos y cuando hay encuentro seguimos avanzando, porque hay tres personas a las cuales hay que cuidar, amar, acariciar y demostrarles que la vida no es solamente el bombardeo al que uno está expuesto”, asegura el actor, dice que tiene diálogo con todos y que intenta que compartan todas sus facetas laborales con él, incluyendo los recitales con Negros de Miércoles y las giras teatrales con las obras que lo comprometen de cuerpo y alma. “Quiero que entiendan que su padre no es solamente ese muchacho famoso, entre comillas, que aparece en la tele, sino que uno vive de otra manera, hace escenografías, va a marchas, no oculto nada y ese es mi legado, construyo la familia desde el estar y siempre hago cosas para ser más feliz todos los días”, dice y con su cuerpo los gestos de abrazos y caricias nutren de intensidad palabras sobre sus amores, cuando comenta que con todos fue esencial el contacto físico y la expresión continua del afecto. ¿Qué es entonces para Juan Palomino el elemento que más organiza su tiempo, entre tantas actividades y la voluntad de ser un padre presente? “El amor nos organiza”, dice, con el brillo del sol quechua, en sus ojos criollos.




No hay comentarios: