10.12.07

Juan Villarino


Subí que te llevo


El marplatense Juan Villarino viaja desde hace dos años haciendo dedo por el mundo. Ha pasado por decenas de países, con el universo islámico como gema a conocer. Y entregado a las peripecias, lógicas y tiempos propios de este antiguo sistema de transporte.
ASA
Diego Oscar Ramos - BA Metrópolis . Noviembre 07


Fotos: Cortesía Juan Villarino


         La decisión aparece cuando un joven, después de un año viviendo en Irlanda, siente que el haber viajado a dedo en su país le dio una destreza con la que puede entregarse sin miedos a todos los caminos. Un primero de mayo de 2005, Juan Villarino se pone disponible frente a un mapa desplegado para su composición automática, trepa a un barco y hace su primer dedo universal en una ruta de agua. Los puntos del mapamundi se le van apareciendo, sin elección racional, antes de tener chinches para marcarlos en rutas pautadas. Desde entonces pasa por ciudades de Escocia, Reino Unido, Francia, Bélgica, Holanda, Alemania, Suiza, Italia, Austria, Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia, Estonia, Latvia, Lituania, Polonia, Eslovaquia, Hungría, Rumania, Ucrania, Bulgaria, Turquía, Siria, Jordania, Egipto, Iraq, Irán, Afganistán, Pakistán, India, Tíbet, China, Laos y Tailandia. Siempre con el dedo como dispositivo, escribiéndose en el camino, con Kerouac como modelo literario y su cuerpo más dispuesto al movimiento que al devaneo de palabras. Comparte movimientos con una compañía circense ciclista, da lecciones de su método de transporte en el parlamento kurdo ante el vicepresidente, granjeros egipcios le preguntan si en su tierra también hay estrellas y ornitólogos noruegos le dan un número identificatorio, como el de las aves que estudian en sus costumbres migratorias. Si hoy mismo lo buscamos en el mapa, puede estar escribiendo, vendiendo sus libros de poesía, haciendo números de circo o viviendo algún amor andante. Está armándose y desarmándose, como un rompecabezas metafísico. El acróbata del camino hace equilibrio en los bordes del mundo, ahí donde los elefantes sostienen lo que la tortuga deja madurar dentro de su caparazón: esa bendita pregunta de quiénes somos. El camino, si la vida lo quiere, puede darnos la respuesta. 


          “Mi primer viaje a dedo es en febrero de 1998, un tirón desde mi Mar del Plata natal hasta Villa Gesell, para ver el programa de radio del negro Dolina, desde entonces, el mito de la lejanía reencarna en otros nombres de geografías extranjeras. Desde ese momento la magia del autostop, su adrenalina, son algo demasiado bello como para sólo hacer un viaje de vez en cuando”, comenta Villarino, dice que así se empieza a dar cuenta de que se conoce “mucho más de cerca los sitios por los que transitaba” y se genera “una acrobacia constante, una comunión con el camino y una gimnasia para el alma, porque mientras tomar un tren o autobús es un acto irrevocable, unilateral, en el que le imponemos al camino nuestra voluntad, al viajar a dedo escuchamos al camino, interactuamos con él, hay cambios de planes, invitaciones a ciudades que ni siquiera conocíamos o desvíos fortuitos”. Como cada vez que tiene un boleto de transporte en su mano se siente un prisionero, nunca duda de que el viajar a dedo es la dinámica a usar en toda expedición global, porque “la puntuación involuntaria que este método permite siempre depara sorpresas” y transforma “cada punto del mapa en una anécdota”. Siente que con una mochila, libros de poesía para vender y cinco dólares diarios, basta para sentir la armonía del caos en “un universo que cuida de nosotros”.


       Cada vez que un amigo empieza un viaje dice sentir una pulsión “en ese punto debajo del ombligo que los japoneses llaman hara”. Porque sabe lo que genera todo viaje cuando se empieza a compartir momentos con personas que tienen una historia nutrida de movimientos: “Conozco gente que viaja hace 10 o 20 años y tienen en la cara una sonrisa casi maquiavélica, porque el rostro humano quizás no fue diseñado para soportar tanta felicidad”. Para vivir así, dice, “hay que tener desapego por el progreso material”, porque “mientras hay gente que siente después de los estudios una imperiosa necesidad de empezar a trabajar para comprar una casa”, su experiencia le hace ver que “hay miles de casas que nos esperan en todo el mundo sin que haya que comprarlas”. Asegura que “la mayoría de las personas están envueltas en una inercia a poseer, que no es natural ni necesaria, que obedece más a la publicidad, a la educación de clase media y a la demonización por parte del establishment hacia otros modelos de vida donde consumir no es una prioridad”. Así, rescatando vivencias de un absurdo que ve como un “hermoso y pequeño acto de vandalismo contra el sentido común”, cuenta que le tocan vivir bastantes situaciones con “escaso o nulo valor pragmático” que lo llenan de sentido. Como en Noruega, sobre el Circulo Polar Ártico, cuando dos ornitólogos que estudian y anillan aves migratorias de grandes desplazamientos lo unen a su campo de estudio: “al escuchar de dónde venía y las vueltas que daba, decidieron de inmediato que no era diferente de sus plumíferos y me insertaron un anillo que aún llevo en mi dedo”. BA 20016 es desde entonces su identificación científica como criatura de costumbres migratorias.




           “En Siria tomé té con los beduinos, los amos del desierto y también con los oficiales de la Inteligencia Siria, encargados de interrogarme por acercarme demasiado a la frontera Iraquí. Crucé el Sahara en camiones cuyos conductores me ofrecían sus hijas en matrimonio. Entré en Iraq como un vagabundo, a pie, de noche y sin moneda local o mapas, pero inesperadamente me hice amigo del primo del presidente de la Provincia Kurda y fui recibido en el Parlamento por el vicepresidente. Cuando las cámaras de televisión que filmaban mi encuentro solicitaron una demostración practica de autostop, algo desconocido para ellos, dentro del recinto alfombrado apunté mi pulgar a camiones invisibles”. Estas historias las ha contado en su blog, en el diario marplatense La Capital y algunos periódicos europeos como Respublika, de Lituania y Hermmanstadter Zeitung de Sibiu, en Rumania. Los periódicos locales de esta ciudad donde nació uno de sus filósofos profetas, se hicieron eco de la historia con grandes títulos: “Inspirado por Cioran, un argentino se ha lanzado a caminar por el mundo”. En Sighishoara, la ciudad rumana donde nació Drácula, se sumó a una campaña local contra el tráfico automotor, en favor de los transportes alternativos. Y en Irán se contactó con grupos de resistencia contra el régimen de Khomeini: “gente que termina sus tertulias nocturnas bebiendo etanol con cola, porque no se puede comprar bebidas alcohólicas”. Luego de llegar en camión a Estambul, “la primera parada en la vieja ruta de los hippies por tierra hacia India”, conoció en la mística Capadoccia, centro de Turquía, al Cyclown Circus, “10 artistas callejeros de Argentina, Italia, Estados Unidos y Estonia que viajan en bicicletas de dos pisos”, unidos en una ética opuesta a las guerras del petróleo. Con ellos durmió en cuevas que mil años atrás fueron refugio de los primeros cristianos y participó de números de Circo y Jazz en plazas, calles, teatros y orfanatos.


        “Tomar un té sobre un campo minado fue la experiencia con que me dio la bienvenida a Afganistán, país que crucé por la desolada ruta central, donde conocería nómadas Pashtunes y Hazaras, además de los predominantes Tajiks, portando conmigo dos cartas para ser entregadas a un trabajador voluntario norteamericano que vivía fuera del rango del servicio postal”, cuenta Juan Villarino, que festejó su antiguo sueño de ser cartero con una escuadra barremina que lo invitó a tomar té en un área segura marcada con piedras blancas. “La escena fue digna de la tapa de un disco de Pink Floyd”, dice el acróbata, que también presenció un emocionante juego de bushkashi en el que 40 jinetes compiten por una cabra degollada y tuvo más emociones extremas al cruzar una franja estrecha del llamado territorio talibán positivo, camino a Kabul, en un jeep de la Policía Afgana. “Todos mirábamos a las colinas, de un momento a otro alguien podía aparecer con un lanzacohetes portátil”, relata con la misma calma con la que dice que al cruzar a Pakistán por el Khyber Pass, hacia las áreas Pashtun, probó un rifle AK-47 y conoció “a la gente más hospitalaria del planeta”.






             Sobre momentos de miedo, la imagen es precisa: “La decisión más difícil de mi vida tuvo lugar en Afganistán, cuando estaba en el cruce donde es aún posible tomar la ruta norte, que pasa por territorios seguros, o la Ruta Central, 800 kms de ripio hasta Kabul por montañas y sitios aislados donde muchos presagiaban que iba a desaparecer. Cuando empecé a caminar por la banquina en las afueras de Heart, en el Oeste, no sabía si iba a salir por el otro lado. Finalmente salí, con un montón de amigos ganados y un par de sustos”. Los miedos que más lo perturban son los que llama metafísicos, esos momentos donde “miraba aún de reojo a lo que había renunciado”. Hoy es otro su momento: “Siento que debería haber pateado el tablero mucho antes, que perdí tiempo con las narices entre los libros en la Universidad Nacional de Mar del Plata, cuando veo todas las cosas que hay en este mundo que me gustaría aprender”. Habla de idiomas, su amado árabe y unos cuantos instrumentos musicales, una pluralidad que lo mueve a seguir su recorrido. Aprendiendo y valorando tanto su libertad como su decisión de “salir a caminar por este inmenso planeta para darle la mano a todos sus pueblos, sentir de cerca todas sus luchas, probar todas sus comidas, obtener una resaca con todas sus cervezas, admirar todas sus ruinas, todas sus mujeres y conocer a todos los que, renunciando a la hipoteca y a los niños jugando sobre la alfombra, han inventado sus propios estilos de vida”.




         “En el camino surgen de tanto en tanto esos amores efímeros que al quedar inconclusos se vuelven eternos. Una de esas historias, sin embargo, destaca del resto”, relata Juan, que ya había dejado en la Argentina una relación afectiva y que tuvo a la mística de la India como uno de los escenarios de una relación que se había iniciado en Vilnius, la capital de Lituania. “Una chica a quien había preguntado dónde quedaba el supermercado terminó luego visitándome en Egipto y seis meses más tarde, en India, tenía dos años más que yo y estaba separada de un millonario arquitecto que acariciaba más su Porsche rojo que a ella”, describe y cuenta que al visitarlo en India, ella corrió las cortinas de las ventanas del hotel y ante el panorama expresó: “Esto no es Paris”. El detalle le volvió evidente que nada lo unía a ella “más que ese capricho de los sudacas por las rubias de las tierras de la Perestroika”. Todo terminó “cuando ella propuso que nos mudáramos a su piso en Vilnius, donde tenía su boliche de arte armado y yo tendría tres meses al año para viajar, en tanto y en cuanto trajera, a la vuelta, objetos de arte de los países visitados para vender en su galería de arte”. “La rubia escondía un ancla”, sentencia Juan, poniendo en esa imagen el peso de una vida que no debería atraer nunca a un acróbata.
ASASASAS
EL LIBRO DEL ACRÓBATA
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       "Vagabundeando en el Eje del Mal - Redescubriendo Irak, Irán y Afganistán a pie" es el libro que compendia las narraciones viajerasde Juan Villarino, el cual puede conseguirse contactándose con el autor a través de su sitio.