19.3.16

Dino Saluzzi

Sutilezas y misterios

Dueño de una musicalidad notable, que combina tango y folclore con desarrollos instrumentales cercanos al jazz y la música clásica, es uno de los más respetados bandoneonistas del mundo.

Diego Oscar Ramos - Diario z (septiembre 2012)

Así como pasa en su música, hay que saber escuchar el discurso de Dino Saluzzi, uno de los bandoneonistas más respetados del mundo, con una carrera de más de cuatro décadas, más de 30 discos y trabajos históricos con músicos como Charlie Haden, Wolfgang Dauner o Al Di Meola. No es que su hablar sea hermético, pero su habla puede lanzarse a recorridos filosóficos o espirituales profundos sin preámbulos que avisen el destino de las palabras. Y quien haya oído trabajos suyos como "El Encuentro", grabado en 2009 en Amsterdam y presentado el mes pasado en Buenos Aires junto a la Orquesta Sinfónica Nacional, comprenderá que su aporte musical y humano está justamente en conducir a los oyentes hacia regiones intensas de la sensibilidad. “En la música dejamos la concreción de algo que soñamos, uno percibe cosas que después se muestran de una manera diferente y sin ese juego todo sería chato, sin atractivo”, comenta con cierto misterio el hombre nacido en la localidad salteña de Campo Santo. Y pronto dice que la música es algo muy serio, que se maneja con exactitudes técnicas tanto como con sutilezas del ánimo. “Es necesario no olvidar que las ciencias del corazón son necesarias en la vida, que la música aporta el ejercicio de prepararse para la armonía y la fraternidad”, dice Saluzzi y completa: “La música produce diferentes efectos en las personas y siempre componemos pensando en el otro, no en La Mesopotamia”.
El compositor sonríe, como acentuando un tema que siente como importante. Y jugando con las paradojas, dirá que lo que las creaciones musicales siempre deben de contener es una pertenencia clara a una región, la identidad que da la tierra. “Si carece de geografía, la música sería un entrevero de cosas, un reduccionismo extraño, porque la referencia a un lugar puede convertirse en algo espiritual”, expresa antes de explicar algunas reglas que aplica como arreglador: “No hay que transformar lo que no se debe transformar, porque si a un carnavalito le ponés acordes extraños lo sacás de su geografía y eso es ignorar todo”. Obras de corte sinfónico como “Vals de los días”, que también presentó recientemente en esta ciudad, son la prueba viva de la aplicación de este ideario ético de un Saluzzi que viviendo en Buenos Aires aún parece generar más presentaciones de sus obras en la Europa donde estuvo radicado por décadas. Ya sea en nuestro país o en alguna ciudad del mundo donde su obra haya tenido hasta hoy mayor difusión que en su tierra, Saluzzi mostrará siempre la relación intensa que tiene con su instrumento: “En el bandoneón el aire que entra es de afuera, tiene humo, humedad, con el fuelle aspiramos el aire de los otros y lo devolvemos transformado”. En este intercambio múltiple, le parece que el instrumento no debe ser constreñido a ningún género, ni siquiera al tango y menos todavía convertirlo en herramienta de competencia técnica: “Me resisto a pensar que hemos nacido para batallar, miro los jardines, miro la luna. Y siento que hemos venido para gozar la vida”.



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