23.5.08

Sacerdotes Exorcistas


El exorcismo nuestro de cada día  

Popularizados en los ´70 por la película El exorcista, la que suelen respetar en sus fundamentos básicos, los sacerdotes exorcistas tienen cada vez más demanda social. Los pocos que hablan de su tarea - velada la publicidad por la normativa apostólica romana del ritual - aseguran que ven semanalmente a decenas de personas con problemas espirituales o mentales. Y aunque derivan a la mayoría a la psiquiatría, dicen haberse topado innumerables veces con la presencia misma del demonio. 

  Diego Oscar Ramos - Crítica de la Argentina - 15-5-2008

  “Tu Dios no existe, me dijo el diablo hace pocos días en un endemoniado. Ahh, no?, ¿Y a vos quién te mandó al infierno?, le dije y ahí se calló la boca”, cuenta en la iglesia platense San José, el padre Carlos Mancuso, uno de los poquísimos sacerdotes católicos que hacen pública su condición de exorcistas. Y habla de su tarea - enfrentarse a distintos males psíquicos, espirituales o al mismísimo demonio, como asegura - con la naturalidad que podría tener cualquier profesional para explicar detalles de su trabajo. “Estas cosas son muy reservadas. Yo curiosamente he salido a la luz, pero los demás trabajan solos en sus parroquias y nadie sabe nada”, comenta y sólo menciona como referente a su también famoso colega Ramón Morcillo, cura de la iglesia San Andrés Avelino del partido de San Isidro, con quien no suele verse con frecuencia, simplemente – explica - por el tiempo que les demanda atender a las decenas de personas que los consultan por semana. Luego no habrá más menciones a otros sacerdotes o a estadísticas, en sintonía con la mayoría de fuentes católicas consultadas, que niegan mediciones oficiales de posesos y prefieren en general no ser mencionados en torno a esta función sacerdotal.
      En cambio, el padre de La Plata habla del tema con un humor que hasta parece molestar al máximo exponente del mal para el Occidente cristiano. “Al diablo no le gusta mi ironía, se siente herido en su amor propio”, dice y revela otro de sus diálogos: “Una vez me dijo Tú a mí no me conoces, como dando a entender Soy un gran señor, pero cuando lo echo en nombre de Cristo se va, no es omnipotente”. A sus 74 años, el sacerdote habla como de un viejo conocido a la misma figura que la Iglesia ha estado enfriando en los últimos tiempos para aliviar siglos de ética religiosa con premios celestiales y castigos infernales. Claro que ese corrimiento también tiene ecos en el saber popular, que además de ver en su vejez la fuente de su saber dice que su poder se magnifica si creemos que no existe. “Eso es correcto, la gente dice que el diablo es un invento de los curas para asustar a los chicos para que se porten bien, pero los que hacemos exorcismo sabemos que es un ser perverso”, asegura en su despacho, donde suelen llamarlo desde personas en busca de su atención hasta canales de televisión internacionales para filmarlo en acción. “Esta tarea es extender el reino de Cristo, no hay que devaluarla convirtiéndola en espectáculo”, dirá entonces el cura, afirmando una y otra vez que es el propio Jesús el que a través suyo continúa echando las fuerzas oscuras, como menciona que lo hizo hace 2 milenios, cuando dejó establecidas las bases para la repulsión del mal. “Siento a Cristo presente cuando las personas son liberadas, es una presencia a través de uno” cuenta Mancuso y expone una paradoja: “Me es más fácil hablar con el diablo que con Jesús, pero lo hago por necesidad, no porque me agrade”. Igual aclara que conviene hablar poco y atenerse a las fórmulas del Ritual Romano, texto oficial católico que incluye las oraciones para exorcizar. Con esta herramienta - usada desde 1614 y renovada por Juan Pablo II en 1999 - Mancuso trabaja junto a por lo menos cinco hombres que sujetan a la persona, dueña en esos estados de una gran fuerza que llama sansonismo. Las ceremonias duran cerca de una hora en los casos más leves, en otros se van reiterando las fórmulas exorcísticas por varias horas seguidas o en varios encuentros, todos necesariamente autorizadas por un obispo.  

Ritual liberador

      Para explicar el ritual liberador a través de oraciones, lectura de pasajes bíblicos y uso de agua bendita, Mancuso dice que lo que se ve en la película El exorcista se acerca bastante a lo que él hace cotidianamente: “El hecho es real, pero la puesta en escena es ficticia, no me ha tocado que se levante la cama o que algo salga volando, uno lo que tiene es un enfrentamiento con un enemigo que hay que expulsar”. Otra película que respeta es El exorcismo de Emilie Rose, la visión del norteamericano Scott Derrickson del caso de Anneliese Michel, una alemana de 23 años que murió luego unas cuantas sesiones exorcísticas, que terminó en el enjuiciamiento de sus padres y el sacerdote. El caso es paradigmático para entender la cautela oficial de la Iglesia en sus declaraciones públicas y también algunos puntos de la reforma del código exorcista como el que indica que el ritual se haga “de manera que nadie lo pueda considerar una acción mágica o supersticiosa” o los pedidos de “cuidar que no sea un espectáculo para los presentes”, que no haga partícipes a los medios de comunicación y que todos los participantes tengan discreción sobre lo que vivieron. Allí también se define nuevamente los signos de un poseso: “aversión vehemente hacia Dios, la Virgen, los Santos, la cruz y las imágenes sagradas”, junto a fenómenos como “hablar con muchas palabras de lenguas desconocidas o entenderlas, hacer presentes cosas distantes o escondidas o demostrar más fuerzas de lo normal”. Entre las señales, como lo suele mostrar el cine, estarían también los cambios fuertes en la voz, pero Mancuso separa los tantos, contando qué le contestó a una mujer segura de que su hija estaba poseída: “Bueno, señora, llévela a la fonoaudióloga, porque las cuerdas vocales pueden estar alteradas”. “Sé cuando estoy hablando con el diablo, no me importa la voz”, dice y corre el eje a los cambios de la personalidad, donde se muestra la posesión. En algunos casos, de manera tan extrema que ni su experiencia de dos décadas le permiten actuar: “Un hombre, que se había metido en una secta prohibida, salió reptando de mi despacho sin que le pudiera hacer el exorcismo. Si ese no es el diablo!”.

Demonio dopado
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     “El psiquiatra que cree manda a la persona a la iglesia para que lo curen de la parte espiritual y el que no, dice que se trata de esquizofrenia y empastilla”, lanza Mancuso, estudioso de todo lo que puede estar vinculado a su tarea, desde la presencia de sectas demoníacas en el país a las características de las enfermedades psíquicas que pueden confundirse con algunos signos de la llamada posesión. “El endemoniado se parece al esquizofrénico y el esquizofrénico cree que está endemoniado, entonces viene acá”, dice el cura y define: “Psiquiatras y exorcistas somos primos hermanos en la labor”. Por eso, además de tener a mano psiquiatras para contar con sus diagnósticos, el interés multidisciplinario lo llevó a participar del último Congreso Internacional de Psiquiatría – realizado en Buenos Aires en 2006 – como disertante en una mesa dedicada al Exorcismo. Allí desplegó su experiencia y su ironía: “Bien les he dicho a los psiquiatras que el demonio no se va con resperidona, y todos se rieron a coro”. Presente en esa mesa médico religiosa, Ricardo Corral, Jefe de Docencia del Hospital Borda, explica que la creencia en un demonio que posee a las personas existió históricamente en todas las culturas humanas, menciona que el inicio de la medicina tuvo su período demonológico, donde las enfermedades eran consideradas causa de espíritus que también podían tomar la voluntad humana. “Es una tendencia al pensamiento mágico, la mejor manera de no resolver un problema para que lo haga otro a través de algún poder”, radicaliza el médico y con el mismo énfasis da su diagnóstico final de los casos de posesión presentados en el Congreso: “Ninguno no se ha podido explicar a través de la psiquiatría y la psicopatología”. Comenta que patologías como la doble personalidad o las personalidades múltiples siguen generando para el paciente, la familia y la comunidad situaciones que ven como un fenómeno sobrenatural. Lo que no le sucede, asegura, a su profesionalidad médica, sobreviviente en los más variados casos de los llamados trastornos disociativos que atiende: “Un paciente que me trajeron hizo una crisis y empezó a hablar en portugués, fuera de sí, como si fuese otra persona, con la cara transfigurada, pero son trastornos psiquiátricos”. Como precisa que la prevención y el tratamiento de toda enfermedad deben ser rápidos, agradece la mesura de la Iglesia en poner a los aparentes posesos ante la mirada psiquiátrica, lo que dice que no pasa con algunos curanderos populares que para él pueden retrasar los tratamientos y hasta empeorar las patologías.

Hacerse cargo

     Como también acepta que la ciencia no tiene todas las respuestas a algunos padeceres, cree que la medicina tiene que darle un espacio a la espiritualidad en la cura, más allá de que explique que se da a través de la acción de la sugestión. Por eso dice que el psiquiatra puede derivar pacientes a un sacerdote, cuando lo que percibe de fondo sea una búsqueda espiritual, lo que no quiere decir que vea ahí el cierre del conflicto: “Hay que aprender a trabajar con la persona para que siga adelante con su propio desarrollo personal e individual, no repita las crisis y tenga más autonomía en su vida, sino va a estar pendiente de si lo posee un demonio y si un sacerdote va a curarlo”. Católico ecuménico, con su búsqueda espiritual ligada al estudio de las religiones comparadas, Corral no cree sin embargo en la posesión demoníaca. “Si bien puedo creer que existen cosas sobrenaturales, se las atribuiría a Dios y no tendría sentido una intervención sobrenatural por algo negativo, sino por algo positivo”, argumenta teológicamente el médico y ofrece una pregunta para pensar con tiempo: ¿Por qué Dios, que es todo poderoso y omnipresente, dejaría que un ser inferior como un demonio pueda poseer a una persona?”. El argumento del psiquiatra es que lo que se mueve por detrás de muchos fenómenos humanos como el de la posesión es el conflicto de asumir la responsabilidad de nuestros actos. Por eso sentencia: “Si dependemos de la voluntad de Dios o el demonio para que nos haga bien o mal estamos listos, ya no dependemos de nosotros mismos”.
     Corral comenta que por carecer de una figura central que asuma el lugar del mal, su pensamiento está más cerca del Taoísmo. Y concluye que lo fundamental es dar cuenta cada uno de sus acciones, con todas sus consecuencias, ya que “sería muy fácil echarle toda la culpa de los males al diablo”. Es en las acciones también donde Mancuso, aceptando el paradigma psiquiátrico pero reafirmando la existencia concreta de lo diabólico, siente que está la llave para entrar y salir de la posesión. “Si no te exponés a que te afecte el espíritu del mal, nunca vas a padecer esta consecuencia”, explica y desafía a quienes no crean en lo demoníaco: “Los invitaría a que vengan a ver un exorcismo para que comprendan lo grave que es la cosa, porque la persona endemoniada sufre horrores y la medicina no la puede ayudar”. En lenguaje médico, igualmente, dice que “tenemos que tener una especie de profilaxis” contra el mal y aconseja no acercarse a sectas satanistas, no consumir drogas, no vivir una sexualidad “desaforada”, ni dejarse seducir por mensajes mediáticos o artísticos que invoquen potencias negativas. “Es demencial ir en busca del mal, una locura moral, otro tipo de enfermedad”, dictamina el sacerdote y ofrece una imagen que condensa sus recomendaciones: “Abrirle la puerta al demonio es como llevar una cobra a casa y arroparla en el pecho”.

Símbolos
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     “El bien y el mal son grandes palabras cuya raíz remite a un imaginario mítico que señala hacia lo que no sabemos, a la idea del bien la llamamos Dios y la del mal demonio, que en griego quiere decir división”, explica el sacerdote y escritor Hugo Mujica. “Lo que reúne es lo simbólico, el bien es poder reunir las partes y el mal original es que nos dividimos, nos separamos de un todo al que pertenecíamos, eso es nacer, pero si estamos con voluntad de reunirnos estamos en el bien”, explica antes de llegar al propio rito liberador: “la idea del exorcismo apunta a sanar lo que pasa cuando ese fondo, ese abismo del cual nace todo lo que contradice el bien, que es lo habitual, tiene voluntad, ya no es una energía neutra”. Y si el Ritual Romano asegura que “el hombre no puede conseguir su unidad interior si no es con la ayuda de la gracia de Dios", Mujica dirá que el exorcismo trabaja sobre un problema humano que todos podemos percibir: “Como dice San Pablo, ¿por qué hago lo que no quiero?, ¿qué es eso de que la voluntad quiera una cosa, la razón otra, los sentimientos otra, ese mundo interior dividido en uno?, eso lo vivimos todos y radicalmente implica que la totalidad de nuestra voluntad no está bajo nuestra razón”. Ahí es donde actúan los psiquiatras o los exorcistas. “Si un cura hiciera un exorcismo real no lo haría en publico, la Iglesia no está corriendo detrás de cada loco que dice haber visto al diablo”, aclara Mujica y confiesa que nunca estuvo presente en un exorcismo. “No he tenido cerca la experiencia del mal, la del bien es estar en casa y es curioso porque al mal lo percibimos gracias al bien, un domingo iba en el tren Sarmiento, miraba la actitud afectiva de los hombres jugando con sus hijos y pensaba que estos trenes pasaban todo el día con el bien, algo que damos por descontado, que no aparece hasta que uno mata a otro, como si el mal fuese lo que deja marca, contradiciendo al bien, vemos más al cuerpo torturado que al acariciado”.