19.9.08

Nelson Motta


Música Tropical

La Bossa Nova está cumpliendo 50 años y se conserva más que bien. Nelson Motta, historiador y parte del movimiento, analiza aquí por qué ese género -y Joao Gilberto en particular- cambió la música para siempre. Motta recuerda anécdotas y reivindica como cantantes de bossa a Roberto Carlos y a Jorge Drexler, aunque sea uruguayo.



Diego Oscar Ramos - Revista C - Crítica de la Argentina - 2008


    
   Cuenta el brasileño Nelson Motta que una noche llena de pensamientos confusos recibió el llamado de su amigo Joao Gilberto, hombre de una fama de ermitaño tan mítica como la bossa nova, invitándolo a su departamento del barrio de Leblón. Motta llegó a la hora indicada y Gilberto abrió la puerta antes de darle tiempo a llamar. Estaba bañado, de impecable traje, corbata y con la guitarra en su estuche, preparado para salir. Propuso regresar al departamento de Motta, sin explicaciones. Bajaron al garage, subieron a un Monza verde y emprendieron un relajante paseo nocturno por la costanera carioca, escuchando grupos vocales de los 40 y deteniéndose apenas para beber agua de coco y comer choclo. Al llegar a la casa de Motta, frente al mar de Ipanema, Gilberto le dio su guitarra y le pidió que tocase para él. No sin cierto temor, que el músico calmó con una sonrisa afectuosa, Motta tocó. Después, el gran Gilberto tomó la guitarra con delicadeza, se quedó un tiempo en silencio y ofrendó su música, durante el resto de la noche. Se trata de una de las tantas noches mágicas que Motta describe en su libro Noites Tropicais (2000). Periodista y productor musical –uno de los más respetados en Brasil–, Motta es a la vez narrador y testigo de la historia de la bossa nova, ese género que aunque está cumpliendo 50 años no sólo no envejece, sino que goza de una saludable frescura. El episodio ocurrió poco antes de terminar los 80, cuando el productor intentaba poner distancia a una relación personal de límites imprecisos con una novísima Marisa Monte, con la que había diseñado un debut artístico de precisión artesanal. Precisamente, su trabajo de elección de las formas musicales más adecuadas para la cantante se basó en "el método gilbertiano", aquel por el que "la repetición siempre diferente procura la forma perfecta". Nacido en San Pablo y criado en Río de Janeiro, desde que escuchó –en la, por entonces, moderna radio Spika– "Chega de Saudade", la canción que precisamente cumple cinco décadas y que se considera fundadora de la bossa, Motta tuvo la sensación de que en aquellos finales de los 50 los brasileños, y los cariocas en particular, tenían la suerte de estar viviendo en el centro del universo.

Gilberto y Roberto


        Elegante a un modo quizás hasta más porteño que paulista o carioca, Motta se mueve como pez en el agua por los pasillos del Hotel Alvear, buscando un lugar propicio para darle más palabras a la música, en esta ciudad a la que viene simplemente porque se siente bien aquí y tiene amigos que le dan más razones a su disfrute de una arquitectura que aun con ecos europeos siente como totalmente sudamericana. Ya fuera del hotel, sentado en un bar con vista a la calle donde lo conocen y le sirven un café irlandés, se nota a gusto. Y así habla. "La bossa fue la primera contribución de la música brasileña para el mundo, después se desarrolló en varios subgéneros y funciones, abrió el camino para lo que es conocido como Música Popular Brasileña (MPB), que es Chico Buarque, Caetano Veloso, Gilberto Gil y el mismo Roberto Carlos, que es indirectamente un producto de ella, como intérprete, como estilo", cuenta. Ya en Noites Tropicais Motta cuenta que conoció al que todo brasilero llama O Rey, cuando uno de sus primeros representantes intentaba promocionarlo como un nuevo fenómeno de la naciente bossa. Entonces la explosión discográfica y radial no había llegado y se divulgaba tanto en conciertos universitarios como en reuniones en departamentos de Copacabana. Uno de estos sitios era el del entonces joven cónsul argentino Oscar Camillión, que dos décadas después sería embajador en Brasilia y hasta ministro de Relaciones Exteriores. Uno de los detalles curiosos relacionados con el político argentino fue que mientras unos cuantos cantaban y tocaban sentados en las alfombras, otros llegaron a hacerle desaparecer un pavo de su cocina. Todo era posible en los tiempos bossa, también que el futuro monarca total de la canción popular fuese presentado en estos fogones aristocráticos como el futuro príncipe de la bossa. "Era flaco y tímido, con cabellos ondulados y oscuros, la piel muy pálida, tenía ojos profundos, tristes y sonreía nerviosamente", lo describió Motta al relatar la escena también fundacional en la que Roberto Carlos cantó a los presentes dos temas gilbertianos y uno de su manager.

–El primer disco de Roberto era el de un clon de Joao Gilberto, pero le di valor. Lo criticaban porque cantaba igual que él. Pero para cantar igual a Gilberto hay que ser un crack. Es como decir que alguien juega igual a Maradona. ¡Hay que jugar mucho para eso! Luego, Roberto tomó otro camino, pero es un cantor típicamente bossa nova, la voz, su cosa romántica, la manera cool.

–¿Y dónde cree que está su magia para haberse convertido en el artista de la canción popular más exitoso de todos los tiempos? 
–No tengo la menor idea. Lo conozco hace cuarenta años, nos encontramos de vez en cuando, sigo su carrera. Es un tipo muy recluido, viaja mucho también. ¡Pero cada vez que voy a un show suyo es una emoción tan grande! Tengo 63 años, estoy en esto desde que tengo 15, vi a todo el mundo y con él es diferente. ¡Los shows son una magia! Cuanto más lo veo, menos lo entiendo. Es cierto que está cantando cada vez mejor, un fenómeno, eso cuenta. Pero soy un profesional de la música y él hace que me quede nervioso. Sólo siento eso, también, con Joao Gilberto. El arte de esos hombres me toca profundamente, sus performances, sus carismas. Son increíbles. Hace años que pienso sobre eso y no consigo explicarlo. Entonces, sólo disfruto.

       
Quien crea que esta comparación es imposible quizás deba vivir un tiempo en Brasil para sentir el afecto y la admiración potente que se les tiene a Roberto Carlos y a Joao Gilberto. Pero, además, la base misma de la bossa ha estado en exponer armonías complejas en formas que se puedan percibir como simples. He ahí la magia de las construcciones del guitarrista baiano, para Motta el padre esencial del género.
"La bossa nova es una invención de Joao Gilberto. La guitarra, la batida, aquel ritmo, no existían en el mundo. Entonces, a partir de ahí, claro, otros la desarrollaron, como Tom Jobim o Vinicius, con su estilo de letras llenas de disminutivos, transformándolo todo en un lenguaje intimista, coloquial, al tiempo que elevaba el nivel. Vinicius ya era un gran poeta cuando se pasó a la música popular y cambió totalmente eso que antes era lo más común, las letras que exaltaban las grandezas del Brasil", describe Motta y encuentra la síntesis del génesis del estilo en una imagen bíblica: "Suele decirse que era una santísima trinidad, Tom el padre, Vinicius la madre y Joao el espíritu santo". Motta rescata así el valor del cancionero de Jobim y la lírica de Vinicius, pero siente de corazón que la llamada actitud bossa nova está mayormente en el guitarrista: "La batida y su manera de combinar voz y guitarra es la esencia de lo moderno en un momento en que todos queríamos cosas modernas, televisión, historietas, cine europeo; y la bossa llegó como una música propia de la juventud brasilera, que expresaba nuestra vida de playa, romances y leveza, el clima cultural propio de Copacabana". Lo bossa calzó justo, entonces, en un tiempo en el que la juventud empezaba a tener un lugar valorizado, asociado ya a su propia manera de hacer las cosas, un clima cultural que fue aprovechado por la publicidad:"Con el suceso, todo en Brasil era bossa, se hablaba de la heladera bossa, la televisión bossa", cuenta el escritor, pero no se cansa de aclarar que el que siempre estuvo por fuera de esto fue Gilberto. Hasta el día de hoy. Recomienda prestar atención total a su último disco, Joao Gilberto in Tokyo, grabado en vivo en Japón, cuyo concepto absolutamente minimalista trae en su interior una renovación que precisa de tiempo y concentración, algo quizás exótico en la era del download y las miles de canciones en un mp3.


Todo en movimiento
 
     "Antes, no sabía nada de música, no me enganchaba, no prestaba atención, no estaba en mis sueños ni en mis recuerdos, lo que me gustaba era leer y escribir, escuchar y contar historias", escribe Motta, que luego de la aparición de “Chega de saudade”, el enganche fue potente. Estudió guitarra con el maestro Roberto Menescal –compositor de la ultraversionada “O barquinho”, que también reinventó Joao– y tuvo entre sus pares a músicos como Edu Lobo o Dori Caymmi. Como parte del ambiente social de clase media alta carioca donde se gestó y creció el movimiento, tuvo su propio grupo de bossa y estuvo en las reuniones musicales de los departamentos de Copacabana donde había que estar para ser parte. Allí vio el inicio de carreras como las de Nara Leao y Chico Buarque. Estuvo en unas cuantas viniçadas, reuniones musicales organizadas por Vinicius en tiempos de exilio artístico de sus antiguos colegas Jobim y Gilberto en Estados Unidos. Hizo convivir la música con el diseño industrial, compuso junto a Dori Caymmi un tema que ganó el Festival Internacional da Cançao en 1966 y comenzó a trabajar en el Jornal do Brasil, primero como becario y pronto con artículos musicales. Fue jurado de programas de música en la televisión carioca y una investigación suya sobre la decadencia de la música de carnaval motivó una propuesta de un sello para reunir a clásicos como Jobim, Vinicius, Francis Hime o Luiz Bonfá con la nueva generación de músicos como Chico Buarque, Paulinho da Viola, Gilberto Gil o Caetano Veloso.

    El disco nunca se hizo, pero sí se afianzó la orientación musical de su carrera periodística, en televisión y gráfica. Su columna del diario Hora Cero fue órgano de discusión y difusión de ideas de un Tropicalismo que allí encontró su nombre definitivo como movimiento. Se convirtió en periodista especializado para TV Globo, cubrió giras internacionales de artistas brasileros como Sergio Mendes y se convertió en productor de discos para el sello Philips. Su tarea sería "crear con el artista un concepto para el trabajo, elegir con él un repertorio, músicos, discutir arreglos y ritmos, dirigir las grabaciones, supervisar la tapa, ayudar en el marketing y la promoción, en la imagen del artista", cuenta Motta. Empezó produciendo a la cantante Joyce, unas cuantas bandas sonoras de calidad para novelas y a la gran Elis Regina. Con ella acabaría teniendo un apasionado romance. También la hizo grabar con un joven Tim Maia, a quien lanzó profesionalmente y se convirtió en su amigo. Nacían los 70 y abrió una empresa de producción de eventos musicales, hizo los shows de regreso del exilio londinense de Gil y Caetano, produjo festivales de rock, escribió un musical esotérico, instaló un mítico local de música disco y ya en los 80 dio gran impulso al rock brasileño con varios programas. El mismo Gilberto apoyó al rock grabando un tema del rockero Lobao y Motta compuso uno de sus mayores hits junto al nuevo astro pop Lulú Santos: “Como uma onda do mar”. El tema, de puro relax costero que hoy se podría reconocer en un Jack Johnson, seguramente debe de haberle gustado al riguroso Joao, porque mucho de lo que dice la letra –que Motta escribió juntando al Borges que escribió sobre Buda con El arte del arquero Zen de Eugene Herrigel y la estética surfer– tiene todo que ver con la forma única en que Gilberto viene inventando a la bossa nova desde 1958. Porque esa manera suya, única y siempre mutante, de montar acordes disonantes sobre armonías modulantes, de susurrar melodías íntimas sobre un vértigo de transformaciones rítmicas, se parece mucho a la serenidad de un buen surfer en mares agitados. O como lo canta Lulú Santos: "Todo lo que se ve no es igual a lo que vimos hace un segundo". Todo está en movimiento; y Gilberto es un signo de constante cambio, aun con la paradoja de cantar un repertorio bastante breve de canciones, que vive transformando. Así lo explicó Motta en 1984 en su libro Sobras Completas: "Muchos y muchos años pasarán, mucho aun será cantado después de él, hasta que el arte original de Joao Gilberto haya sido asimilado en toda su fuerza revolucionaria y liberadora. Y aun así, él ya estará mucho, mucho más adelante". Esa misma creencia sigue teniendo hoy.

Sintonía fina


      Ya pasaron los 90, en los que trabajó como periodista en Estados Unidos. Logró concretar el viejo sueño de editar un libro sobre Tim Maia –Vale Tudo, 2007– y, entre las varias novelas que certificaron su búsqueda literaria, la que dice que le dio más placer escribir fue Ao som do mar e a luz do céu profundo, donde retrata justamente el Río de Janeiro de su adolescencia. Motta, que tiene un programa de radio que puede escucharse en su site  o en los podcast que cuelga en la página, hoy se da tiempo de hacer balances de su vida como creador y testigo de momentos claves de la cultura contemporánea.
       "Fui muy privilegiado en tener contacto con toda esa gente, de varias generaciones; mi padre siempre dice que quien recibió más tiene que dar más, por lo que los libros y todo lo que hago son una forma de compartir mis experiencias, más si tengo oportunidad de contar sobre amigos, grandes personajes de la cultura brasilera e internacional como Veloso, Gil, Marisa Monte o Gilberto". En Estados Unidos, su trabajo relacionado con la MPB era un pasaporte importante: "Allí el latinoamericano se siente inferiorizado, pero cuando decía que trabajaba con música brasilera todos sabían de qué hablaba".

–¿Cómo podría hablar hoy de la riqueza de la música brasileña?
–Siento que es un reflejo de lo mejor que tiene Brasil, que es la diversidad cultural, étnica e histórica, y la mejor cualidad de nuestra música hoy es la diversidad de ritmos, géneros, de estilos. En Santa Catarina todo el mundo es rubio, habla bajo; en Belen do Pará hay indios, negros, hay selva hi-tech, una escena musical sensacional, completamente diferente a la del Nordeste, como lo afro en Bahía; San Pablo es una escena más neoyorquina, urbana, internacional.


–¿Y qué lo ha sorprendido musicalmente en estos últimos años?
–Jorge Drexler, que es casi brasilero, es la última revelación de la MPB de los últimos años, que por casualidad habla español, pero es MPB, por su elaboración, su manera de cantar y tocar la guitarra, cada música tiene la ambición cultural de causar un impacto. Es maravilloso y lo comparo con Buarque o Veloso. Después lo conocí personalmente y hoy somos amigos. De aquí acompaño cosas desde Piazzolla, conozco bastante a Fito Páez. Vi cosas de Gotan Project que me parecieron interesantes, pero me gustó más Bajofondo de Gustavo Santaolalla.

        Motta escribe columnas periodísticas para medios como Folha de Sao Paulo y sigue siempre antenado a las novedades tecnológicas y artísticas, aunque no tiene muchas ganas de volver a los estudios de grabación. "Es un trabajo penoso, estás meses en un estudio, con las mismas músicas, no las aguantás más cuando terminás. Prefiero que me gusten, por eso en la radio mi compromiso es con la novedad y la calidad, que además no tienen fronteras: puedo pasar reggae alemán, un chico de Islandia cantando en inglés, sambas hechas en Costa Rica; todo, siempre que sea buena música", dice y considera cada vez más valioso saber seleccionar. "Tengo la certeza de que la música está mejorando, porque hay mucha más gente haciéndola y aumentan las chances", agrega sin dar lugar a ninguna saudade. Termina su segundo café, parece que está por decir algo, pero se queda en silencio. El hombre, como su amigo Joao Gilberto, está inventando un mundo, todo el tiempo.


Nelson Motta compositor