Hombre de
palabra
Es poeta,
músico y dramaturgo con una vasta carrera. Este mes aún se puede ver su obra
teatral La voz de la sirena en el Centro Cultural de la Cooperación, con puesta de Leonor Manso.
Tan misterioso como amable, en su carácter y en
su arte, Alberto Muñoz (Bs. As. 1951) es poeta, autor teatral, músico,
guionista y psicoanalista. Y en todas sus creaciones -desde sus canciones para
el grupo MIA (Músicos Independientes Argentinos) en los ´80 a guiones
para los programas Magazine For Fai u Ocupas en los `90, pasando
por discos solistas como El gran pez americano, libros como El
naturalista o las piezas de teatro musical Misa negra o Los últimos días de Johnny Weismüller- su marca está en una mezcla única de
erudición, ironía, melancolía, humor y una mirada lúcida sobre los temas que
escribe.
En su ámbito de creación, una habitación llena
de libros y objetos múltiples de innegable aura, Alberto Muñoz respira con
fuerza especial cuando habla del momento en que todo artista “encuentra algo”.
Y uno de sus últimos hallazgos fue La voz de la sirena, cuya
puesta teatral dirigida por Leonor Manso puede verse durante agosto. “Quería
componer una obra que tuviera que ver con la ley, pero no sabía qué parte de
ella hasta que vi en la calle a una mujer policía y al darme cuenta que nunca
decimos hombre policía sentí que había algo en esa diferencia”, cuenta Muñoz. Y
revela el origen de un texto inquietante sobre “una mujer vestida de ley” que
irá descubriendo quién es realmente, más allá del uniforme, al visitar la tumba
de su madre.
- ¿Cómo
llega a este tema?
- Los temas están siempre están ocultos. Uno busca los detonantes
de esos temas agazapados. Y cuando vi a la mujer con uniforme entendí que tenía
que investigar sobre la mujer que trabaja para una fuerza. Y lo que terminó de
darle forma al trabajo fue la partitura gestual y de sentimientos que hizo
Leonor Manso al adaptarla al escenario.
- Hay un despojo muy dramático del
uniforme durante la obra, que coincide con su mayor sensibilidad
- Ese despojamiento hace que pueda
entrar cada vez más cercanamente a su madre muerta, de-construye un uniforme
que construye la posibilidad de una enorme comunicación. Esta mujer tosca,
agresiva, entiende un poco más de su vida. Y en ella el espectador empieza a
encontrar un alma que sufre.
-¿Qué le deja como autor el trabajo final sobre esos temas
que halla?
- En general, me
desentiendo. Es lo que me sucede. Y no placenteramente. Grabo un disco y no lo
escucho nunca más. Termino un libro, lo publico y no lo leo nunca más.
- ¿Y cómo ha sido hasta ahora su relación con los libros
en sí?
- Los libros son vidas adentro de las vidas. Uno leyendo
encuentra la historia viva de la humanidad. Lo interesante es que está escrita
por hombres o mujeres hoy ya muertos. Es un dialogo con muertos que aportan
siempre lo mismo, pero de manera cambiante, porque nunca Shakespeare o Baudelaire
son los mismos. Y tampoco uno. La lectura es una interrogación, en principio,
sobre uno mismo. Para entender cómo me fui modificando leo libros que leí a los
20 años. Los libros son compañeros fieles, a veces traicioneros, pero la
mayoría de las veces son amigables de papel.
- ¿Por qué asocia traición y fidelidad a los libros?
- Bueno. Yo leía libros de aventuras marítimas, porque
quería ser marino mercante o en realidad pirata. Y esos libros, traicioneros
entre comillas, estaban engañando o tapando un deseo enorme: el de ser poeta.
Retrasaban esa posibilidad, porque veía más posible ser un marino. Y hoy me
convertí en un poeta mercante (se ríe).
- Y también estudió psicología.
- Es que uno de los marinos posibles fue Freud, que era un
navegante indiscutible de los infiernos de lo inconsciente. Su lectura no me
generaba ningún inconveniente con la poesía ni con la marinería.
- ¿Qué le ha dado el oficio de la palabra?
- Entender que la vida es muy compleja. (Piensa) Este
trabajo me ha hecho entender algunos mecanismos de estas complejidades del
mundo. Sobre todo en lo artístico y lo creativo. Fuera de esto, es un mar que
navego mal o en el que tiendo a hundirme.
- ¿La escritura no ha sido un buen bote?
- Sí. Un bote precario, pero de buen diseño. (Ríe con ganas).
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